Así, poco a poco – relata Medioli –, el Profesor empezó a tomar cuerpo en el apartamento, en compañía de la fiel ama de llaves Erninia Un apartamento arreglado según sus gustos: bellísimos objetos, libros que se amontonan en las librerías hasta el techo y se desparraman por todas partes, por el suelo alfombrado, en divanes y poltronas..., y los “conversation pieces” en las paredes de toda la casa, cuadros con la imagen repetida en sus variantes de aquella familia que nunca había conseguido o que siempre ha bía renunciado a formar. Un hombre maduro, en el umbra1 de la vejez, de excepcional cultura y sentido humano, superviviente “gourmet” de los grandes valores de la vida. Y, en definitiva, culpable: ha malgastado los diez talentos de la parábola en retirarse a una soledad privilegiada y protegida, en una especie de suntuoso regazo rnaterno (...). Una vez confortablemente instalado, al Profesor era preciso incomodarlo y contradecirle en lo que había sido su elección, hecha de rechazos, en su manera de vivir. Es decir, introducir en su casa una caja de Pandora de relojería. Y la bomba estallará cuando, con un mínimo de imprudencia, el Profesor abre la puerta a sus inquietantes inquilinos...

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