El pecado

 

Fuimos hechos por y para el amor. Sin embargo nuestro problema comienza cuando nos alejamos de la fuente del amor, para seguir nuestros propios caminos.

Quien se aparta de la vida, no puede encontrar sino muerte. la peor enfermedad del hombre se llama pecado, porque todo el que comete pecado es un esclavo (Juan 8,34), cuya consecuencia lógica es la muerte (Rom 6,23), ya que todo aquel que siembra en la carne, cosecha corrupción (Gál 6,8).

El pecado es como una coraza que no nos permite experimentar el amor de Dios. Básicamente consiste en creernos más a nosotros mismos y nuestros medios, que a los caminos de Dios. Es una rebeldía que nos lleva a independizarnos de Dios, y por tanto a no experimentar su amor salvífico, pues nos separa de los demás y divide nuestro interior. Más que hacer cosas malas o prohibidas, se trata de una actitud de rebeldía frente a Dios, alejándonos de su presencia y de sus caminos. " Porque todos pecaron y están privados de la gloria de Dios" (Rom 3,23).

En cuanto a Adán y Eva, que nos representan a cada uno de nosotros, se alejaron de dios, experimentaron su desnudez y fueron expulsados del paraíso, que simboliza la felicidad a la cual Dios nos había llamado. El pecado es el origen de todos los males que aquejan a la humanidad.

No podemos salvarnos por nosotros mismos.

No podemos salvarnos por nuestras propias posibilidades y obras buenas. Nadie se puede justificar por sí mismo. Se trata de una sombra, de la cual es imposible separarse por las fuerzas humanas.

El ser humano está profundamente incapacitado para alcanzar la vida eterna. Herido por el pecado, no puede retornar al paraíso perdido. El hombre no se puede redimir por sus propios medios.

El pecado es un gran obstáculo, pero el peor problema es no admitirlo. Quien no lo admite, no puede experimentar el perdón.

Pero el que lo reconoce, se dispone a recibir la salvación, como lo podemos ver en estos dos casos del evangelio.

Un fariseo y un publicano subieron al templo a orar. El fariseo, puesto de pie al frente, comenzó a jactarse de todas sus buenas obras, declarándose mejor que el publicano que estaba arrodillado en la parte posterior del templo, el cual se confesaba pecador y solicitaba la clemencia divina. Jesús afirmaba que éste, y no el fariseo que no sólo se sentía bueno sino mejor que el otro, fue justificado por Dios.

El ladrón crucificado al lado izquierdo de Jesús quería su salvación, pero en ningún momento reconoció su pecado. Se quería aprovechar de Jesús, pero sin aceptar que era pecador y merecedor de la muerte.

No se trata de sentirse acusado de los pecados cometidos, sino de tener la absoluta conciencia de la propia incapacidad para salvarse. Los hechos muestran la verdad de lo que decimos.

Es andar por muchos caminos, pero sin ninguna meta. No hay peor cosa que caminar sin avanzar, y esas son las sendas de la perdición. Son laberintos sin salida, que cuanto mas buscas, mas te desesperas y te hundes en las arenas movedizas de tus propias limitaciones. Que razón tiene Dios cuando se queja: "Me han abandonado a mí, la fuente de agua viva para excavarse, algibes agrietados que no retienen agua" (Jer 2,13).

Cada día estoy mas maravillado de lo que el espíritu Santo puede hacer en nuestras vidas, por el poder de la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo. El Señor se manifiesta en múltiple formas cuando decidimos ponernos en sus manos.

Verdaderamente nuestro Dios se muestra maravilloso con los pecadores que están dispuestos no a pagar por su pecado, sino que se abren para ser perdonados por el amor infinito de Dios.

El pecado es el origen de todos los males que aquejan al mundo. Sin embargo el principal problema es no reconocerlo, porque entonces no buscamos la salvación, puesto que no creemos necesitarla. Por eso Jesús aclaran a todos los que se creen buenos:" Si fueseis ciegos, no tendríais culpa; pero como decís que veis, seguís en pecado" (Jn 9,41).

Así como el hijo pródigo entró dentro de sí, reconoció el amor de su padre y decidió regresar donde él, lo único que Dios está esperando es que reconozcamos nuestro pecado, sin excusas ni justificaciones, para perdonárnoslo. Que simplemente le digamos:

" Pequé contra ti y quiero regresar otra vez a tu casa:..".

Quien se reconoce necesitado de salvación está a la puerta de encontrarla. Así como sólo se puede encender una vela si está apagada, así también sólo puede brillar la luz de la salvación en quien reconoce que está en la oscuridad del pecado y que necesita esa luz.

Para concluir, diríamos que sólo hay un pecado que Dios no puede perdonar: el que nosotros no reconocemos y queremos excusar, el pecado cuyo precio queremos pagar nosotros mismos con una buena obra. El único pecado que Dios no perdona es aquel del cual nosotros no le pedimos perdón.

Sólo basta confesarnos pecadores delante de Dios, para experimentar el perdón salvífico. Aceptar que somos incapaces de salvarnos por nosotros mismos, y entregarnos como estamos en las manos de Dios, que no quiere la muerte del pecador.


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