Castellar de Santiago
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Alegría de las vendimias

Finales de septiembre. Veranillo de San Miguel bajo el sopor picante del sol del membrillo.
Con
las primeras neblinas del otoño, el tierno yerbín en la rastrojera. Los racimos en sazón.
Aquel estudiante, bachiller en ciernes, se iba voluntario al tajo de las viñas bien labradas, posiblemente
para cumplir un rito atávico de su sangre labradora: vitivinícola por las cuatro ramas de sus apellidos.
Antes de estrenar los textos del curso, elegía las brisas del rocío mañanero, el frescor del amanecer entre las vides. Salir de madrugada -luna de otoño labriega-en carro o en galera., sentado entre las vendimiadoras más jóvenes, en un parlamento insospechado de insinuaciones y frases ambiguas. Paladeando historias y sucedidos añejos.
Compartiendo refranes y coplillas; chascos y chascarrillos, con la buena gente aquella, que sabía disimular deseos, recelos y renuncias.
Aquel estudiante solía formar pareja -liño arriba, liño abajo- casi de sol a sol, con zagalas iguales alas garridas y bien plantadas, muy sobre sí doncellas, que glosara don Antonio Machado; y por qué no, descendientes de la moza fermosa que esquivara carantoñas del marqués de Santillana, allá por la vía del Calatraveño.
Las muchachas de una tierra literaria andaban alegres durante las tres semanas de la vendimia.
Vendimiadoras fueron las primeras picardías del estudiante, lo mismo que su iniciación en la ciencia antigua del saber del valor intrínseco de un buen trago de agua del cantarillo, en la solana, chorreándose la pechera hasta la cintura; del regalo de la tregua que dura un cigarrillo; del sabor de un zalandro de pan candeal cargado de pimientos fritos; o del resquemor de la sardina arenque, allí llamada cubana. Viejos y difíciles saberes.
La gente estaba contenta por la vendimia, porque decían que era faena liviana, coser y cantar;
que para rigores y "madresmías", la siega y la aceituna. Pero el bachiller en ciernes soportaba malamente el dolor de riñones, habiendo de fingir entereza y poderío.
El ánimo se explayaba a través de los fandanguillos,los pasodobles y los romances de bandidos generosos sacados de los barrancos de la vecina Sierra Morena, legendaria y verdinegra. La jota manchega se danzaba en las anochecidas, a los sones telúricos del caldero y la sartén. Echando penas al viento; rezumando la poesía, que surge siempre allí donde el hombre, el campo y la mujer.
En una fiesta del remate, Juanillo, que con setenta años sobre su cuerpecillo de gnomo de los llanos llegó
a caporal en la Matilla, echó la despedida hasta el año venidero. Algo que al estudiante le pareció como un aviso:

"Colores de sangre y oro
lleva la hispana bandera,
no hay oro para comprarla
ni sangre para vencerla "

¡Tiempos!. No importaban el soletón, las moscas, el mosto pegajosos, el cansancio de siglos, el respeto que imponía
el mayoral de la labor. Porque la vendimia siempre tendrá el significado báquico y jovial que supieron recoger el Arte y la Mitología.
Sin conocer a Velázquez, Dionisio y Virgilio, entraban en el pueblo al oscurecer, altivos y locuaces, los
personajes viñeros. Tal los quiso ver Agustín de Foxá pedazo de poeta herido de españolismo y añoranza-:

"Al alba moza,
que me voy a vendimiar.
Volveré lleno de sangre
lo mismo que un capitán "

Ahora andarán sudando tinta en Francia.

Wenceslao Fuentes Sánchez

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