La Verdadera Historia de Barrio Sésamo.
Si es que el mundo está loco, qué haríamos nosotros sin espinete... recuerda su bella historia!!!
La puerta que estás a punto de traspasar marcará tu vida desde
el mismo momento que empieces a leer esta estremecedora historia. Nunca podré
advertirte todo lo que en un principio quisiera pero sólo te digo que
si amabas la dulzura de los siempre simpáticos personajes de esta educativa
serie, por favor, no sigas leyendo.
A partir de aquí es todo decisión tuya y cualquier trastorno que
esta lectura te produzca será única y exclusivamente culpa tuya.
Quedas avisado.
- ¡Espineeteeee! ¡Espineeteeee!
Era Don Pimpón quien aporreaba la puerta de la caseta verde de Espinete.
El pobre monicreque de color rosado estaba todavía recuperándose
de la terrible moña que había sufrido el día anterior en
la fiesta de Chema, el panadero yonqui. En una cama encharcada por sus propios
vómitos, Espinete tenía sus púas de esparto asquerosamente
babadas. Trozos de plátano, restos de mortadela con aceitunas y un fuerte
olor a whisky barato cerraban la jugada. Dubitativo y errante, el pobre Espinete
abrió la puerta a Don Pimpón, quien estaba toqueteando a Ruth,
una de las niñas que esnifaba coca en mitad de la plaza. La niña
no se dejaba hacer mucho más.
- ¿Qué cojones quieres, Pimpón? -dijo Espinete, encendiendo
un Celtas sin filtro. Don Pimpón soltó a Ruth, que se fue a hablar
con la gallina Caponata, a ver si le ponía un huevo de cocaína.
- Pues nada, Espinete -dijo Don Pimpón rascándose los cojones-,
venía por aquí a ver si me dejas mil duros, que he quedado a debérselos
a la madre de Ruth por el... trabajito que me hizo ayer.
- Joder Pimponeti, eres la hostia tío, ¿no te llego yo aunque
tenga que hacer de pasivo?
- Nooo, Espineeeteee, nooo, dame cinco papeles ya, hostia, que si no, el chulo
me va a matar, joder.
- Vete a la mierda, yo estoy mareado y me voy a potar a la puta chabola esta
de los cojones, que en el ayuntamiento son unos hijos de la gran puta y no me
quieren dar una vivienda social, ¡joder, que me aso en esta puta mierda
de barracón!
Don Pimpón desapareció cuando Espinete entró de nuevo en
su choza. Las arcadas fueron audibles desde fuera de la plaza, y la pota visible
porque salía por debajo de la puerta. Unos niños saltaban a la
comba, mientras las niñas entraban en el supermercado a comprar botellas
de ginebra con las pagas que les habían dado sus mamás. La cajera,
en un principio, no les quiso atender, pero cuando le pusieron la pipa encima
del escáner de la caja no tuvo más remedio que regalárselas.
Don Julián se sonaba las narices con su pegajosa boina, y es que tenía
razón el médico: tantos porros de avecrem son malos para la nariz.
Aún así este hombre, tal vez por influencia de los comics de "Martínez
el facha", decidió advertir a los niños que no era bueno
beber ginebra a pelo.
- Niños... niños... ¡niñoooos!
Nada, los niños no le hacían ni puto caso. Al final, después
de partirle la cara de una hostia a un niño que jugaba con una pelota
todos los demás atendieron:
- Joder, menos mal... ¿no veis que la ginebra sola es mala para el hígado?
¿No os han dicho vuestros padres que hay que mezclarla con algo, como
la tónica?
- ¿De verdad, don Julián? -dijo un niño después
de pegar un fuerte sorbo a la botella de Gordons.
- Sí, y tengo unos burmar-flash caducados y descongelados que pueden
estar cojonudos con la ginebra, a ver si nos podemos montar un botellón
de "gin flash".
Todos los niños gritaron "¡Bien!" y "Viva don Julián".
Ana pasó por allí subida en su puta bicicleta sin sillín,
pero Don Pimpón, que está siempre al acecho, le pegó un
adoquinazo en la cabeza y la dejó K.O. el tiempo suficiente para consumar
la violación, arrancándole a tiras el horroroso chándal
que llevaba. Roberto, el hermano gitano de Ruth se llevó la bicicleta
mientras Don Pimpón se clavaba a Ana. Pero apareció el sargento
Romerales por allí. Los niños escondieron las botellas de ginebra
y apareció don Julián cargado de Burmar Flashes. Romerales le
dijo:
- ¡Hostia, don Julián! dame un burmanflás de esos, joder,
que se nos jodió el aire acondicionado del coche patrulla y me aso, que
ya llamó la pelma de la Cano medio histórica diciendo que un yonqui
estaba asaltando su puta farmacia y que ya había matado al plastazo del
hijo mediano, el Guille de los cojones. Don Julián le dio dos Burman.
Los niños que aún no habían caído al suelo cogieron
con entusiasmo los Flashes y los mezclaron con la ginebra. Una niña de
unos siete años empezó a vomitar en los pies de don Julián,
y éste reaccionó dándole una terrible patada a la niña,
tan terrible que además de levantarla metro y medio del suelo le desfiguró
el rostro, pero no dejó de vomitar boca arriba por ello, ahogándose
en su propia pota.
Cuando Don Pimpón se aburrió de Ana fue a por el cadáver
de la niña y decidió tener alguna práctica necrofilia y
pederasta a la vez. Era de las pocas cosas que no había probado todavía.
Espinete seguía potando en el cuarto de baño, pero al terminar
resbaló con sus meos de la semana anterior y se pegó la gran hostia
contra el bidé, que partió en cuatro y le provocó grandes
brechas en la frente. Además, se clavó la cañería
en un ojo y dejó allí la mitad de sus púas.
El piso de Epi y Blas era un asqueroso chamizo de quince metros cuadrados en
el que había dos camas, una estantería, un lavabo, una mesa camilla
con un brasero que estaba empezando a quemar las faldillas de la mesa, una ducha
sin mampara que goteaba arrítmicamente, un retrete con inodoro incrustado
en la pared y una cocina que siempre olía a butano. Habían llamado
al fontanero una semana atrás, pero no había venido y el inodoro
desbordaba excrementos por todas partes, con lo que el olor del chamizo era
aún más apestoso, entre butano, mierda y los platos sin fregar
en el lavabo. Blas dormía su siesta tranquilamente mientras Epi, nacional-bakaladero,
tenía la música bakalao hardcore a todo volumen y bailaba sin
control alguno, pues los tripis le habían dejado muy colocado. Blas se
levantó, molesto por la música.
- Joder, Epi, no sé que es mas asqueroso, si la puta basura del bakalao
este de los cojones o el olor a mierda del water. Epi, que estaba colocadísimo
por culpa de los tripis, le dio una rotunda patada a Blas en la cara con sus
Doctor Martins y lo dejó inconsciente.
Chema hizo su aparición en la caótica plaza. En una muralla, unos
niños asaban viva a la gallina Caponata, quien no quería venderles
quinientas pápelas de jaco. En el centro de la plaza, niños y
niñas por el suelo, borrachos como cubas, y dentro del quiosco don Julián
se sonaba los mocos con los periódicos. Ana recuperaba poco a poco la
consciencia y pudo apreciar su chándal nuevo hecho jirones. Al ver que
estaba manchada de semen azul, se dio cuenta de que sólo podía
ser Don Pimpón el autor de una machada semejante, así que fue
hacia donde estaba Don Pimpón clavándose a la niña muerta,
cuya cabeza giraba en círculos errantes. Don Pimpón tenía
que agarrarla para que no se cayese. La cuestión es que Ana arrancó
una farola y empezó a hostias con el pobre Don Pimpón, a quien
rompió las dos piernas y le estalló el bazo.
Pues bien, Chema, el panadero yonqui, asaltaba a los transeúntes diciéndoles
aquello de: "Oye colega, me dejas cinco duretes que tengo que llamar por
teléfono.... es que tengo que llamar al hospital, tronco, que está
mi hermano allí". Alguna vieja le daba los cinco duros, pero aún
no tenía lo suficiente para comprar toda la droga que quería.
Por eso fue a ver a su amigo Espinete.
Espinete ya había recobrado la conciencia en el suelo inundado de su
lavabo. Tras potar por enésima vez, fue a abrirle la puerta a Chema,
quien le pedía una hipodérmica. Espinete, con babas en el hocico,
le dijo que sólo tenía una usada, pero a Chema le daba igual porque
ya tenían los dos el SIDA.
En la calle un niño comía un muslo de la gallina Caponata. En
mitad de la plaza hizo su aparición Super-Coco.
- ¡Hola niños y niñas! Soy Super-Coco y os voy a enseñar
la diferencia entre el vodka de marca y el vodka de garrafón. Los niños
y niñas que aún sobrevivían atendieron con gran interés
las palabras de Super-Coco. Este, al terminar la lección, se fue camino
de su base en el polo Sur, pero un avión de la armada de Ceilán
lo derribó encima de Sri Lanka.
Otro que hizo su aparición fue Triqui, el monstruo de las basuras. Comía
todas las basuras que encontraba por la calle; mejor dicho, las fagocitaba.
Las fundas de los burman-flashes se le indigestaron y tuvo que ir a comprar
bicarbonato. De paso se comió a la farmacéutica.
Ya no quedaba ningún niño vivo en la plaza cuando el Fary entró
con su taxi. Aplastó a seis o siete niños borrachos con la mala
suerte de frenar encima de una inmensa potada, y se fue a estrellar contra el
quiosco de don Julián, quien murió en el acto. El Fary, borracho
como una cuba, se volvió a su casa andando sin su taxi, destrozado en
acto de servicio. Se cruzó por el camino con Nieves Herrero, quien iba
a hacer un reportaje sobre el nuevo Barrio Sésamo, pero el camión
de la basura la aplastó contra una pared y quedó peor que un grafiti.
Una ambulancia del SAMUR recogió a Don Pimpón, casi agonizante.
Espinete, rascándose los cojones desde la puerta de su casa, se preguntaba
cuándo llegaría su primo Yupi en su nave. Poco tardó en
llegar, pero cuando llegó le destrozó la barraca porque en vez
de utilizar el rayo tractor usó el rayo láser. Yupi venía
con su amigo Buck Rogers, quien a su vez llamó a MacGyver para que arreglase
la caseta de Espinete con una caja de cerillas.
Triqui reapareció diciendo:
- Basura. ¡Quiero basuraaa! áam, basura rica, áam, áam.
El barrendero municipal barrió a todos los niños y niñas
de la plaza, quitándoles eso sí los dientes de oro, las cadenas,
relojes y anillos. Chema yacía muerto debajo de una farola con una jeringuilla
clavada en el brazo derecho, destrozado por los pinchazos.
Blas recuperó la conciencia por culpa del horroroso olor a mierda que
invadía la habitación. Como era sadomasoquista, empezó
a calentar a Epi gritando cosas como "Viva la república" o
"Berlín, sin muro, no vale ni un duro". Las Martins de Epi
estaban perdidas de sangre por las patadas que daba a Blas en los cojones.
Casimiro dejó su estúpido programa en la televisión para
hacer que los niños no se acostasen nunca... solos. Su nueva canción
decía: "Me cago en tu puta madre, que te pongan caviar de cena,
vete de discotecas y cómete a quince guarras, dale una paliza a la monja
que pasea por la calle y sácale los ojos a tu puto perro que una vez
se cagó encima de tu chupa favorita".
El Barrio Sésamo estaba presidido por la música bakalao. Apareció
Gustavo, el reportero más dicharachero de lo que quedaba de Barrio Sésamo
ataviado a lo Pérez Reverte en Yugoslavia. Perejil murió aplastado
por Gustavo, quien no se percató de su presencia. Triqui se comía
los restos de Perejil.
Espinete y Yupi se fueron a dar una vuelta en la nave de este último
y también a ponerle uranio a Chernobil porque no quedaba mucho en la
recámara.
Aburrido de su profesión, Gustavo se encontró a Petete y su puto
libro de los cojones y se pusieron a jugar a la ruleta rusa con la pipa que
tenían los niños. Al final, Petete no tuvo suerte y una bala atravesó
su cráneo hueco. Quedó tumbado en el suelo, con la cabeza totalmente
destrozada, como si fuese un coco partido por la mitad. Gustavo se dedicaba
a las apuestas ilegales del barrio. Quería cobrar a Chema todo lo que
le debía, pero al encontrarse el cadáver no pudo hacer otra cosa
más que emprenderla a patadas con su puta calavera: le arrancó
la piel de la cara hasta que se le vio el cráneo, le sacó los
ojos y se puso a jugar a las canicas con ellos y los cojones. Además,
adulteró la droga con la harina de su panadería. Su principal
cliente, Espinete el traficante, sería la víctima perfecta. Con
la piel de Chema, Gustavo se hizo una gabardina nueva. Se fue a la tienda a
comprar una Gilette para acabar de rasurar las cejas, que le quedaban a la altura
del esternón y no eran estéticas. "Si alguien tapiza su coche
con la piel de una vaca", pensaba, "¿por que no puedo hacerme
una gabardina de camello?". El problema es que por culpa de los pinchazos
en los brazos de Chema, la gabardina era como un queso gruyere.
Ruth se prostituía con su madre bajo la atenta vigilancia de su padre,
el chulo del barrio. Colombo fue el primer cliente. Después vendrían
muchos otros.
Por la ventana del piso de Epi y Blas se veía bailar a Epi, y a veces,
a Blas, siempre y cuando su amigo Epi no le pegase muy fuerte en la cabeza con
el bate de béisbol regalo del Cojo Manteca, que aún tenía
algunos cristalitos de romper cabinas telefónicas.
Barrio Sésamo, 10 años después. Por Rafa Roda.
Ya habían transcurrido 10 años desde que Espinete y su primo Yupi
salieran de Barrio Sésamo para conocer mundo y de paso huir del acoso
de un puto juez que quería meter un "peaso" paquete al erizo
por vender drogas a menores de 10 años en establecimientos no autorizados
y por ser socio accionista de "Teledrogas" (negocio de reparto rápido
de todo tipo de estupefacientes y alucinógenos que montó desde
el exilio gracias al iMac que heredó de Don Pimpón) junto a la
rana Gustavo y altos cargos de los principales gobiernos y realezas europeas
y que arrasó en las bolsas de todo el mundo y consiguió más
beneficios que Microsoft (en sus buenos tiempos), Repsol y Coca-Cola juntas,
y sin dañar el medio ambiente.
Con todo el sigilo del mundo (aplastando a varios de los niños del barrio
-entre ellos el hijo bastardo de Don Pimpón y Ana- que seguían
pinchándose en el parque y a Ruth, Roberto y Ana, que estaban en la mítica
farola ejerciendo ese antiguo y apreciado por las autoridades oficio que es
la prostitución), "Los primos" (como se conocía a Espinete
y a Yupi en el mundo del trapicheo) aterrizaron en mitad de la plaza. El erizo
se quedó con cara gilipollas al bajarse del platillo volante y ver que
dónde antes estaba su apestosa chabola verde reconstruida se erguía
ahora un Corte Inglés de 8 pisos. Espinete interpretó ese acto
como una provocación por parte de la administración central y
del juez y, olvidándose de todo lo que había aprendido sobre el
respeto por la vida y por la paz con los hermanos budistas del Tíbet
y con los Hindúes, no se le ocurrió otra cosa que coger una de
las recortadas que su primo guardaba en la guantera de su nave espacial, entrar
en la sección de cosmética del primer piso y empezar a disparar
como un poseso a diestro y siniestro ante la mirada atónita de Yupi,
que veía como, su primo, al que consideraba un tipo "legal",
se convertía en la vergüenza de la familia.
Los frascos de Chanel Nº 5 y de Calvin Klein estallaban como sandías
lanzadas desde el último piso del Empire State y la gente que inundaba
el centro comercial empezó a correr desconcertada en todos los sentidos
provocando una avalancha en la entrada y, de paso, taponándola. El balance
de la masacre fue de 87 personas muertas (entre ellas un joven estadounidense
llamado Kenny que nadie sabía que cojones hacía allí) y
574 heridos graves. Pero podrían haber sido muchos más si no llega
a ser por la rápida intervención de Jose Luis Torrente (un agente
de calle venido a menos que se metió a segurata en Prosegur después
de perder en Marbella una fortuna misteriosamente acumulada que Hacienda todavía
está investigando) que escuchó los disparos mientras violaba en
los baños a un menor de origen marroquí (que, después de
la condecoración como "ayudante de héroe civil", fue
repatriado y abandonado a su suerte en su país por no llevar papeles)
y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia la salida de emergencia
topándose sin querer con Espinete y metiéndole, también
sin querer, un balazo del 15 entre la sexta y la séptima vértebra,
condenándolo así a pasarse el resto de su vida tumbado en una
cama con respiración asistida.
Eso fue lo que salvó al malherido erizo de la silla eléctrica
y solo fue condenado a cadena perpetua por un jurado popular (todos eran votantes
del PP). La sentencia, además de no sorprender a nadie (porque el abogado
de oficio que le fue asignado al pobre Espinete fue Rodríguez Menéndez),
fue seguida a través del TVGE (Televisión del Gobierno Español,
antigua TVE) por 198 millones de españoles (la población se había
multiplicado por 5 en 10 años después de que El Vaticano y el
Gobierno llegasen a un importante acuerdo económico para la prohibición
del preservativo) superando a Gran Hermano 11 en 197,99 millones de personas.
"Ay.... Gran Hermano -suspiraba Espinete en su cama de la habitación
113 del hospital psiquiátrico en la que estaba encerrado- Gran Hermano
es lo único que todavía me queda de mi antigua vida, esa mierda
de vida que tenía antes de largarme". En efecto, era lo único
que el tiempo no había engullido desde su marcha y realmente el pobre
erizo no sabía si alegrarse o ponerse triste ya que apreciaba mucho a
Mercedes Milá, con quién solía tener pensamientos impuros.
Pero eso no era lo peor: Espinete había perdido a todos sus amigotes
de juerga. A la rana Gustavo, su amiguete y socio en "Teledrogas",
se lo habían cepillado unos "espesial ajents" de la guardia
civil en una redada metiéndole 12 balazos entre ceja y ceja en una conspiración
internacional de la que dos años más tarde Tim Burton haría
una película, consiguiendo 13 Oscars. Triqui, el compulsivo comedor de
deshechos (que una vez se atragantó al engullir una hipodérmica
que algún capullo había tirado a la basura), murió de encefalopatía
espongiforme al comer los restos de espinazo y demás detritus de la carnicería
del barrio. Casimiro, que gracias a su facilidad para hacer canciones se convirtió
en un rapero mundialmente conocido, disfrutaba de una vida llena de drogas,
tías y demás excesos, hasta que decidió cruzar el charco
y hacer un feat con Eminem, que más chulo que un ocho, le cruzó
la cara a hostias con un bate de béisbol (como hizo con su ex-mujer)
porque, como explicó su nuevo representante, Fenandisco: "En this
life no hay enough sitio for two white rapers, o sea que I hope que you´ll
have more fortune in la otra". El rapero norteamericano acabó refrito
en la silla eléctrica. Otro de los amigos de Espinete, el monstruo de
las galletas, murió de sífilis, "como era previsible por
su forma de devorar aperitivos", según declaraciones del equipo
médico.
Aunque la historia más rocambolesca, controvertida y mediatizada de todas
fue sin duda la de sus vecinos Epi y Blas que Espinete siguió por Internet
desde Hong-Kong, donde estaba por asuntos de "negocios". Después
de largos años de solitaria soltería sin novias conocidas, los
dos compañeros de piso se dieron cuenta de que sentían una irrefrenable
atracción sexual el uno por el otro. Estuvieron 5 años de pareja
de hecho sin que nadie en el barrio sospechase nada. Al sexto año decidieron
casarse. La noticia causó un revuelo sin precedentes. Los periódicos
que no habían sido ilegalizados (ABC, La Razón, La Vanguardia,
Marca y AS) pidieron unánimemente cadena perpetua para la pareja homosexual.
El Vaticano, que últimamente había conquistado terrenos (Tierra
Santa cómo dicen ellos) a base de talonario y había extendido
su ridículo barrio de Roma al cacho de tierra costera que va desde Nápoles
hasta Gibraltar (donde seguía aparcado el Tireless), metió, una
vez más, las narices dónde nadie le había llamado y excomulgó
a la feliz pareja.
Y, hablando de la Iglesia católica, no está de más señalar
que el Papa firmó un contrato por 25 años y 10.000 "kilos"
con la empresa hostias.com dedicada a la venta y distribución de obleas
por Internet. El capitalista de dicha empresa era nada más y nada menos
que Carlos (el de Gran Hermano 2001) que la fundó con las 30.000 pelas
que había ganado por su estancia en la casa de campo y por varias charlas
en Universidades de todo el mundo sobre los derechos de la mujer.
El pastelero, que era (y esto muy pocos de vosotros lo sabrías) el hermano
menor de Chema, el panadero yonqui, de quién había aprendido todo
lo que sabía sobre bollitos y tortas, lanzó al mercado unos años
después del millonario contrato con el Papa un producto alimenticio que
revolucionó el mundo de los aperitivos: las yoyas. Se vendían
por pares y nadie sabía a ciencia cierta de que estaban echas, pero el
hecho es que obtuvieron un tremendo éxito y las acciones de hostias.com
subieron como la espuma en el Nasdaq. El eslogan era algo así como "A
mi me daban dos". El pobre Carlos tuvo que cambiarlo por las quejas de
Petit Suisse que le acusaban de plagio (hablando de plagios, Ana Rosa Quintana
sacó su segundo libro, "Sabor a fiel", que resultó ser
una copia, palabra por palabra, del único libro que todavía no
había sido censurado, La Biblia). El asunto no llegó a los tribunales
pero el ex-concursante de Gran Hermano 2 tuvo que idear un nuevo eslogan: "Dale
dos yoyas a tu hijo".
Los miembros de UNICEF, conocedores de los incidentes que protagonizó
el joven en la tele, interpusieron una denuncia ante el tribunal de La Haya
(aún sigue buscando pruebas para juzgar a Milosevic), que arruinó
al muchacho y hundió su "santa empresa".
Por si os habías quedao con la mosca, a Epi y a Blas los reventaron a
hostias unos neonazis a la salida del Golden Gay de Marbella (los agresores,
gracias a la nueva ley del menor, están libres en la calle).
Al desgraciado Espinete se le pasó toda la vida por su rosada y puntiaguda
cabeza y deseaba, agonizando en la cama, que el SIDA, que pilló en su
etapa yonqui, le mandase de una puta vez al cielo de los personajes animados
rellenos de ser humano junto a Cobi, Curro y sobre todo Don Pimpón, su
amiguete Pimpón asesinado a farolazos por la puta Ana a quien había
violado. Fue entonces cuando se acordó de su primo Yupi -"¿Dónde
coño estará ese mamonazo que no ha sido capaz de venir ni un puto
día a hacerme una visita?".
Yupi, que sintió que alguien se estaba jiñando en todos sus muertos,
volaba rumbo a su planeta con un gran fajo de billetes después de dar
por culo a los accionistas de "Teledrogas" al quedarse con todo el
dinero que la empresa iba a gastarse en los innumerables pleitos que sus clientes
(que se contaban por billones) les habían interpuesto por los efectos
secundarios que provocaban algunos de sus productos. Pero, mientras salía
de la atmósfera, un misil, que un presidente americano (de cuyo nombre
no quiero acordarme y en cuyo padre se han cagao muchos) incluyó en un
megalómano y egocéntrico "escudo antimisiles", alcanzó
de vellón su nave convirtiendo al instante al pobre ladronzuelo en polvo
espacial, si se puede decir polvo a estas horas.
Como habéis visto, algunos fueron felices pero no comieron perdices.
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