"NUEVA
ECONOMÍA", PRODUCTIVIDAD Y CAPITAL HUMANO
Resumen: Cada época genera su propia versión de la ´nueva
economía´. A finales de 1990, se entendía por ´nueva economía´una economía
global en la que las tecnologías digitales habían producido “nuevas formas de
trabajar, nuevos medios y maneras de comunicarse, nuevos bienes y servicios,
así como nuevas formas de comunidad”. Su materia prima es la información, el
conocimiento y las distintias formas de “capital intelectual”. Sus beneficios
sólo serían válidos si las tecnologías telemáticas causan realmente una aumento
en la productividad de los trabajadores.
Palabras claves: “nueva economía”, productividad, capital
humano.
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Un estudio realizado por Jeff Madrick para el Joan
Shorenstein Center on the Press, Politics and Public Policy de la Universidad
de Harvard revela que desde la década de los 1970 economistas, empresarios y
periodistas ya utilizaban la expresión “nueva economía” (Madrick 2001). Lo que
pasa es que la utilizaban para designar cosas diversas que a menudo no
guardaban ninguna relación entre sí. Con la crisis de petróleo de los años ´70
la industria automovilística comenzó a comercializar modelos con motores más
eficientes en el consumo de combustible: eran los “coches de la nueva
economía”. A mediados de los años ´80 revistas especializadas como Fortune y
Business Week sacaban en sus portadas titulares que aludían a la “Nueva
Economía de los Estados Unidos”; al mismo tiempo que se empezaron a publicar
libros que llevaban por título Doing Business in the New Economy (Albrecht
& Zemke 1985) y Understanding the New Economy (Malebre 1989). Un lugar
común en estas obras era el mayor protagonismo que los sectores de servicios y
de la alta tecnología comenzaban a desempeñar en la vida económica de aquel
país.
Tras la caída de la bolsa de Wall Street en 1987 y el
crecimiento lánguido de la economía norteamericana por aquel entonces, la
“nueva economía” significó para el gran público nada menos que inseguridad
laboral y desempleo, como consecuencias ineludibles de unas corrientes de
desindustrialización, reconversión y re-estructuración empresariales. Por
consiguiente, parece como si cada época genera su versión propia de la “nueva
economía”, y que ésta no siempre apunta a un desarrollo positivo o
esperanzador.
En noviembre de 1989 la comunidad internacional sufrió los
efectos de otro derrumbamiento, el del muro de Berlín —símbolo no sólo de la
división de esta ciudad y de la nación alemana, sino también (y sobre todo)
señal de la separación violenta de dos “mundos ideológicos” o “visiones de la
vida” diametralmente opuestos—. Este final de la “Guerra Fría”, con el
consiguiente triunfo del liberal-capitalismo democrático sobre el
social-comunismo totalitario fue la llave política que abrió el paso hacia el
fenómeno contemporáneo de la “globalización”. De modo que para la mayor parte
de la década de los ´90 la expresión “nueva economía” vino a identificarse, en
la práctica, con la “globalización”: fundamentalmente, con la integración
progresiva de economías hasta entonces consideradas “nacionales”, debido a los
avances en las tecnologías de redes (los sistemas de transporte, las
telecomunicaciones y la informática), potenciados además por la apuesta de los
gobiernos por la desregulación comercial y la liberalización financiera (Held,
McGrew, Goldblatt & Perraton 1999).
Aunque desde 1998 los informes anuales del Departamento de
Comercio norteamericano ya mencionaban otra “nueva economía” bajo la guisa de
una “economía digital emergente”, no fue hasta junio de 2000 cuando, por fin,
pudo hablarse propiamente y sin ambages de una “economía digital”: a partir de
aquel momento se reconoció que los desarrollos en las tecnologías digitales
habían producido “nuevas formas de trabajar, nuevos medios y maneras de
comunicarse, nuevos bienes y servicios, así como nuevas formas de comunidad”
(Shapiro 2000: xiii).
Aparte de la idea de una economía digital y globalizada,
incluso hubo quienes propusieron una lectura más osada de la “nueva economía de
la información”, como aquélla en la que las leyes de la “vieja economía” y las
directrices de la estrategia empresarial convencional se habían “roto en
añicos” (Evans & Wurster 2000). Las nuevas capacidades tecnológicas para
utilizar y compartir la información —o sea, Internet— han transformado las
definiciones de empresas e industrias, así como los significados de términos
como “ventaja competitiva” o “empresa dominante”. Según Evans y Wurster,
consultores de la firma Boston Consulting Group, las empresas líderes en el
mercado se encuentran ahora en clara desventaja respecto de su competencia de
acuerdo con las reglas de la “nueva economía de la información”, debido
precisamente a factores que hasta el momento habían sido sus fortalezas. Todos
sus “activos tradicionales” (legacy assets), consistentes en ordenadores
centrales (mainframes), sistemas de producción, venta y distribución, sedes
materiales “de ladrillo y mortero” (bricks and mortar), marcas y hasta sus
venerables “competencias nucleares” (core competencies) y culturas corporativas
se han convertido ahora en fardo, peso muerto que les impide competir con eficacia
y éxito. Las metáforas actualmente en boga tienen reminiscencias nietzscheanas
y schumpeterianas: la desconstrucción (de la organización), la
desintermediación (en la cadena de distribución), la ruptura (en las
tradiciones y culturas), la “destrucción creativa” o “reinvención” de las
líneas de negocio... Parece como si nada de lo anterior siguiese en pie y que
lo válido ahora fuese justamente todo lo contrario. Aunque ha habido reacciones
académicas que, desde la teoría, han cuestionado semejante hipérbole y
optimismo, el golpe definitivo contra esta postura lo han dado los correctivos
que el propio mercado experimentó —primero en los EEUU y luego, prácticamente
en todo el mundo— a partir de diciembre de 2000.
Sin embargo, la misma persistencia de la expresión “nueva
economía” a pesar de los descalabros bursátiles y financieros de la primera
parte de 2001 parece indicar que hay otro significado posible, más moderado y
ajustado a la realidad. Según esta opinión se habría vencido, si no el mismo
ciclo económico, al menos gran parte de los efectos perniciosos de sus
descontrolados picos y valles, gracias a la libre circulación de información
por las redes de telecomunicaciones e Internet. Desde 1990 la economía
estadounidense había entrado en una fase de crecimiento, sin embargo, a partir
de 1996 el ritmo de aceleración fue vertiginoso. Lee Price, economista jefe de
la Administración Económica y Estadística del gobierno norteamericano, afirmó
al respecto en junio de 2000: “Los aumentos de productividad, las tasas de
inversión así como el crecimiento real de los salarios son mucho más altos; las
cifras de desempleo y de inflación son mucho más bajas; la expansión
(económica) acaba de establecer en los EEUU un récord de máxima duración. El
aumento en la confianza de que el futuro de la economía real se parecerá más a
los últimos cuatro años que a los 22 años precedentes ha llevado a que cada vez
mayor número de analistas e incluso economistas acepten la etiqueta mediática
de la ´Nueva Economía´” (Price 2000: 59).
Por tanto, en su formulación estricta, estadísticamente
contrastada, la “nueva economía” se refiere a la situación estadounidense de
1996 a 2000, durante la cual este país experimentó una tasa de crecimiento sin
precedentes, junto con una inflación baja y el logro de unos mínimos históricos
en las cifras de desempleo. Según el Secretario de Comercio, William M. Daley,
la clave de este “milagro económico” no fue tanto la introducción de las nuevas
tecnologías por sí misma como su impacto en la actividad de los trabajadores o
en el aumento de su productividad (Daley 2000: iii).
Aunque las estadísticas del Departamento de Trabajo
norteamericano dan fe de ello, no han faltado quienes han puesto en tela de
juicio este “aumento milagroso de productividad” o han propuesto para estos
mismos datos una lectura muy desvirtuada. Según Stephen Roach, economista jefe
del banco de inversión Morgan Stanley Dean Witter (MSDW), el aumento de
productividad experimentado a finales de la década de los ´90 se detectó ante
todo en el sector de servicios —transporte, comercio, finanzas, seguros,
inmobiliarias, etc.— que da empleo al 77% de los trabajadores, 2/3 de los
cuales son oficinistas de “cuello blanco” (white-collar), o sea, no son
trabajadores manuales; además, de entre éstos, casi la mitad se consideran
“directivos” o “gerentes” (managers), pertenecientes a la categoría de los
“trabajadores de conocimiento” (knowledge workers) (Roach 2000). Ahora bien, es
público y notorio que para este tipo de trabajo las medidas tradicionales de
productividad son muy poco fiables. No se mide tanto lo que estos trabajadores
teclean con sus dedos como lo que se les pasa por la cabeza.
Entonces Roach se aventura a explicar que, de hecho, no ha
aumentado tanto la productividad como las horas que se dedican al trabajo (las
cuales no se contabilizan igual que las de los trabajadores manuales). Gracias
a las nuevas tecnologías —los ordenadores portátiles, los teléfonos móviles,
los fax— que sirven de “correas electrónicas”, los trabajadores siguen
trabajando estén dónde estén, en sus casas o de viaje, en coche, tren o avión.
Por tanto, se sobrevalora la productividad en la medida en que se infravalora
el tiempo de trabajo. Roach llega incluso a decir que, con la excepción de
algún milagro de la ingeniería genética, es muy poco probable que los
“trabajadores de conocimiento” aumenten su productividad por el mero uso de
nuevas tecnologías, como sucede con los obreros manuales de planta.
Otra voz discordante e incrédula respecto del “milagro de la
productividad” auspiciada por las nuevas tecnologías es la de Robert Gordon,
profesor de economía en la Universidad de Northwestern (The Economist 2000).
Según este autor, cualquier mejora en la productividad debería poderse explicar
por una combinación de dos elementos: un incremento en la inversión financiera
(“capital deepening”) o un aumento en la productividad del factor-total
(“total-factor productivity” o “technological progress”). Este segundo factor
se divide en el sector informático y en el no-informático. Ahora bien, según la
investigación de Gordon, la contribución del sector no-informático a la
productividad del factor-total es cero, y el incremento en la inversión
financiera, por sí solo, ya puede dar cuenta holgadamente de cualquier aumento
experimentado en la productividad durante estos últimos años. Más sorprendente
aún es su descubrimiento de que, para la mayor parte de la economía
norteamericana, el crecimiento de la productividad del factor-total, de hecho,
ha decelerado.
Finalmente, Gordon echa la culpa de este fenómeno a que los
“trabajadores de conocimiento” ahora emplean sus horas de trabajo en
actividades de entretenimiento y diversión por Internet —antes confinadas a sus
“horas privadas”, al tiempo que pasaban en sus respectivas casas—. No en vano
el volumen de tráfico en las páginas web dedicadas al consumidor —la
compraventa de acciones por la red se ha convertido en un pasatiempo muy
popular— es mayor durante las horas de oficina que por la noche, cuando en
principio la gente está en sus casas. En definitiva, Internet, como cualquier
medio o instrumento de trabajo, no mejora de por sí la productividad; depende
de cómo se utilice. Desafortunadamente, son todavía muchos los que
desaprovechan esta nueva oportunidad que Internet les brinda y la emplean más
bien para perder el tiempo.
En octubre de 2001 la consultora McKinsey publicó un informe
titulado Productivity in the United States, por ahora el estudio más
comprehensivo sobre el tema (McKinsey Global Institute 2001). La investigación
abarca la mejora a largo plazo de la productividad en los EEUU desde 1972 a
2000. De 1972 a 1995, la productividad laboral nacional aumentaba en un 1,4%
anuales, pero a partir de 1995 hasta 2000 —los años coincidentes con la ´nueva
economía´— esta tasa de crecimiento casi se duplicó hasta llegar a los 2,5%.
Durante este segundo período, las empresas norteamericanas aumentaron en casi
un 100% su inversión en la tecnología informática, y muchos expertos pensaron
que ésta fue la razón exclusiva de la mejora. Sin embargo, un examen más
detenido de los datos reveló que la tecnología informática sólo fue un factor
entre varios; entre éstos se incluyeron la innovación (no necesariamente
limitada a la informática), la competencia y algunas circunstancias relacionadas
con la demanda cíclica, como la burbuja bursátil y la alta confianza de los
consumidores. De hecho, casi toda mejora en productividad se localizó en sólo 6
sectores de la economía —la venta al por menor, la venta al por mayor, el
mercado de valores, las telecomunicaciones, los microprocesadores y la
fabricación de ordenadores—; mientras que en el resto, las pequeñas ganancias y
pérdidas de productividad acabaron cancelándose. Paradójicamente, en sectores
como el de la hostelería, el de la banca al por menor y el de la transmisión de
datos a larga distancia, no se produjeron mejoras en la productividad, a pesar
de las grandes inversiones en tecnología informática. La clave del éxito en la
productividad parece estar en la “aplicación vertical” de la tecnología
informática a las actividades nucleares de las empresas —máxime si el negocio
trata de productos digitalizables— en lugar de su mera utilización en
actividades auxiliares o de apoyo.
No existe una “nueva economía” si por esta expresión se
entiende una economía donde las antiguas “leyes” o los principios generales de
buen funcionamiento (aunque sean meramente “tendencias estadísticas”) han
quedado invalidados. Lo que ha cambiado ha sido la tecnología; en concreto, por
primera vez se ha logrado la fusión sin solución de continuidad entre la
informática y las telecomunicaciones. Pero tampoco podemos exagerar el impacto
de Internet, positivo o negativo, en el trabajo y en la productividad. Para
sacar mayor rendimiento de las oportunidades que Internet nos ofrece como
herramienta de trabajo, hemos de dirigir nuestra atención hacia una mejor
gestión del “capital humano”, específicamente y en primer lugar, del “capital
intelectual (humano)”.
Por “capital” entendemos cualquier recurso productivo,
acumulable, del que se puede obtener rendimientos económicos en el futuro. La
formulación del concepto de “capital humano” se atribuye a Theodore Schultz
(1981) y a Gary Becker (1975), los dos galardonados con el premio Nobel de
Economía en 1979 y en 1982, respectivamente. Schultz lo define como las
“cualidades” o los “atributos adquiridos” (a diferencia de los “innatos”) de
una población, que son valiosos y que aumentan con una inversión apropiada. Becker,
por su parte, explica cómo las diferencias de sexo, edad, estado de salud,
nivel educativo, grado de formación o desarrollo del carácter y experiencia
influyen en el “capital humano” y, por consiguiente, en el rendimiento de los
trabajadores.
Por otro lado, la elaboración de la noción de “capital
intelectual” se debe primordialmente al trabajo pionero del escritor y
columnista de la revista Fortune, Thomas Stewart (1997). Este autor parte de la
observación de que cada vez se valoran más los “activos intangibles” de una
empresa —como las informaciones que maneja, las experiencias y los
conocimientos de sus trabajadores— que los tradicionales “activos tangibles”.
Este hecho se ve reflejado en la gran diferencia que suele existir entre el
valor contable de una empresa según los libros y su valor en el mercado, el
precio que un comprador estaría dispuesto a pagar por ella. Los contables
atribuyen esta diferencia al activo genérico del “fondo de comercio”
(goodwill), a la “buena reputación” de la empresa y sus integrantes, y a la
propiedad intelectual de la que la empresa es titular, ya sea en forma de
copyrights o derechos de reproducción, patentes, marcas registradas y secretos
comerciales.
La contribución de Stewart consiste en la formalización y en
el “apalancamiento” (leveraging) de estos “activos intangibles” bajo el
concepto de “capital intelectual”. Stewart distingue tres componentes del
“capital intelectual”: el “capital humano”, que es la suma de los
conocimientos, las destrezas y las actitudes favorables de empleados
individuales; el “capital estructural”, formado por las capacidades
institucionales de organización, fruto en gran parte de la sinergia entre los
profesionales que trabajan en la empresa; y el “capital de clientela”, que
proviene de la franquicia o la cuota de mercado fidelizada, una fuente
privilegiada de conocimiento sobre los productos demandados. De estos tres
componentes, el “capital estructural” es el que más se acerca a una “propiedad
exclusiva”, relativamente estable de la empresa, ya que tanto el “capital
humano” como el “capital de clientela” —en determinadas condiciones— puede
salir por la puerta y ponerse al servicio de otro patrón o de otro proveedor,
respectivamente. Basándose en estas herramientas conceptuales, se pueden elaborar
nuevos paradigmas para la medición y la gestión de los recursos y los activos
de la empresa, nuevos modelos para la dirección y el gobierno de las personas
que en ella trabajan.
En definitiva, hablar de “nueva economía” sólo se justifica
en la medida en que se registre mejoras considerables en la productividad de
los trabajadores. Los aumentos más significativos de productividad derivan del
mayor rendimiento del capital humano e intelectual, con ocasión de la
tecnología informática. Por tanto, el principal reto de la dirección en la
“nueva economía” —más que la coordinación del trabajo de quienes ocupan lugares
y tiempos no-contíguos— consiste en el gobeierno de personas cuya contribución
al proceso económico proviene no de la fuerza de sus brazos, sino de su
inteligencia y creatividad.
REFERENCIAS
Albrecht, K. & Zemke, R. 1985: Service America. Doing
Business in the New Economy, New York, McGraw Hill.
Becker, G. 1975: Human Capital, New York, Columbia
University Press.
Daley, W. 2000: “Foreword from the Secretary of Commerce”,
Digital Economy 2000, Washington, D.C., U.S. Department of Commerce,
www.ecommerce.gov.
The Economist 2000: “Productivity on stilts”, 10 de junio.
Evans, P. & Wurster, T. 2000: Blown to Bits. How the New
Economics of Information Transforms Strategy, Boston, Harvard Business School
Press.
Held, D.,
McGrew, A., Goldblatt, D. & Perraton, J. 1999: Global Transformations:
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Madrick, J.
2001: “Each Generation Has Its Own ´New Economy´”, New York Times, 10 de mayo.
Malebre,
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McKinsey
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Price, L.
2000: “What Is New In the ´New Economy´”, Digital Economy 2000,
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2000: “Working Better or Just Harder?”, New York Times, 14 de febrero.
Schultz, T.
1981: Investing in People: The Economics of Population Quality,
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2000: “Introduction”, Digital Economy 2000,
Stewart, T.
1997: Intellectual Capital: The New Wealth of Organizations,