| Yo
vivo en tu jardín |
Desde que morí decidí quedarme a vivir en su jardín. El jardín de la persona que más amé en vida. Mi funeral no fue de lo más agradable. Yo les sonreia a los presentes desde mi ataud, pero parecían no darse cuenta. Lo más duro no era estar muerta. Es saber que tu puedes mirarles y sentir su tristeza. Y ellos no pueden verte ni sentirte, solo tocarte en el lecho. Me quedé por siempre en su jardín. Mi muerte no le fue fácil. Quizás fue porqué en vida fui demasiado dulce e inocente. Me hacía querer. Y todos me querían. Pero me doy cuenta cuando estoy muerta. Cada día le observo sentado en el mismo columpio. Me había balanceado con él muchas veces. Y veo mi risa junto a él y le sonrio ahora. No me ve ni me siente. Pero estoy detrás suyo empujándole. Se que piensa en mi, y que ahora su dolor es demasiado grande. Piensa que nadie le entiende. Que ha perdido el amor de su vida. Dios, si pudiera abrazarle, si solamente pudiera tocarle y hacerle sentir que no estó solo. Entendería que la muerte se llevó mi cuerpo pero no mi alma. Morir te convierte en un ser intangible pero no te roba el alma. Ahora me veo cerca de Dios y le ruego egoístamente que lo mate, que lo traiga a mi lado. El mundo de los muertos no es tan malo como creen. Pero sin él, todo se hace eterno. Como la vida celestial. Cuando dos enamorados hacen el amor, muchas veces dicen que estan en el cielo. Pero no tienen ni idea de que es estar allí. Al menos estan juntos, abrazados o ignorados que importa eso. Pero están juntos. Y yo en el cielo estoy sola. Eternamente sola, condenamente sola y sin un aliento que me calme. No puedo soportar verle cada día, a la misma hora sentado en el columpio. Se balancea con la mirada perdida hacia un mismo punto. Como si estuviera loco. Y se pasa el dia entero ahí postrado. No come, no bebe y no parpadea. Y yo no puedo hacer nada. Porque estoy muerta en vida. Se que si yo quisiera el podría verme. Pero si lo hiciera, no podría tocarme. Querría acariciar mis senos y sus manos se volatizarian en el aire. Intentaría besarme y sus labios rozarían la hiedra que envuelve los columpios. Prefiero que no me vea. Prefiero que no me sienta. Él es más feliz así. Y yo es lo único que deseo. No me iré jamás de su jardín, porqué ya me he acostumbrado al olor de la hiedra mojada por la lluvia, el sol acariciando las rosas y las margaritas, los peces plácidos en el lago. Los árboles firmes con olor a madera y a resina seca. Y sobretodo me he acostumbrado a tenerle a él, a apoderarme de su alma. Se que lo quiere, lo que piensa en cada momento. Y también me he acostumbrado a que, cuando pide que yo vuelva y le abraze, no poder concedérselo. Vivo en su jardín y permanezco en su alma. |
Volver |