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1. El plan de fin de año.

 El plan para fin de año no le resultaba nada atractivo. Eso de ir a una fiesta privada que celebraba el novio de la amiga de la novia de su amigo parecía no prometer nada. Pero mejor era que quedarse en casa, así que decidió ir.

 Se celebraba en un pequeño chalet a las afueras de la ciudad. El chalet pertenecía al organizador del evento, y lo tenía totalmente desocupado en invierno. Había escaso mobiliario, nada más que el preciso para pasar los días de Agosto relativamente cómodos cerca de la playa. Las mesas con las bebidas y una hosca decoración era todo lo que había en el salón principal, situado en la planta baja del edificio. La música típica de cualquier bar cutre sonaba en un stereo un poco quemado.

 Había unas veinte personas. Las chicas o bien no merecían demasiado la pena o bien estaban acompañadas de sus novios, así que la noche no parecía que fuese a desenvolverse por los derroteros más atractivos en este tipo de noches de "empezar de nuevo y acabar en seguida". Sin embargo había alguien especial.

 Llevaba tres años sin verla. Era una chica que había estado en su misma clase en el instituto. De ella solo sabía que se llamaba Rosa y que jamás se había fijado en ella. Por aquellos tiempos solía juntarse con las empollonas y los pedantes y tenía toda la cara llena de granos y una voz chillona e irritante. Pero aquella noche le parecía distinta, no se sabía muy bien si por el efecto del alcohol ingerido o por el del paso de los años.

 Rosa no llegaba al metro sesenta y era delgada. Tenía unas caderas proporcionadas y un pecho firme, la piel blanca, el pelo claro y los ojos verdes. Iba vestida con un jersey de punto con un cinturón ancho de cuero negro por encima, y con unos pantalones negros muy ajustados, casi como unas mallas. El movimiento de caderas de la chica le tenía bastante hipnotizado mientras ella bailaba al son de la típica salsa cutre que no le gusta a nadie que esté sobrio. Se sorprendió a sí mismo embobado mirando moverse un culo que jamás le había llamado la atención.

 Hablando con uno de sus escasos conocidos presentes en la fiesta averiguó que la chica se había echado un novio de Valencia haría cuestión de ocho o nueve meses. El supuesto novio estaba precísamente allí, así que no importaría mucho que bailase un rato con Rosa.

Se acercó furtivamente mientras la chica se recargaba el cubata y la saludó. Hacía siglos que no se veían, y jamás se habían hablado, pero Rosa recordó su nombre:

 - Hombre, Luis. ¡Cuánto tiempo!

La conversación trivial que surgió a la somera introducción estuvo bastante lubricada por el alcohol que corría por las venas de ambos, así que pronto se descubrieron frente a frente bailando la correspondiente canción, una melodía Pop de los 40 principales de la cual estaban todos bastante hartos.

Todo fue sobre ruedas, y para la siguiente salsa de Chayanne Luis había rodeado ya la cintura de Rosa y bailaban de forma desinhibida y despreocupada. Con "el baile del ocho" la rodilla de Luis ya estaba entre las piernas de la chica mientras se movían al compás, y en el "suavesito para abajo" de "la Bomba" hicieron el descenso juntos, él detrás y ella delante, dándole la espalda y golpeándole con el culo en la entrepierna.

El anfitrión bajó las luces y encendió un sicodélico casero para comenzar en condiciones con la retaíla de música techno que el amigo más moderno de la reunión había preparado esa misma tarde. Mientras todos danzaban con aire postmoderno y mecánico, la recien estrenada pareja de baile se había retirado a una esquina y se habían dado el primer beso.

Ante las furtivas miradas de algunas sorprendidas amigas de Rosa, Luis no se cortó un pelo en recorrer la arquitectura corporal de la chica con todo tipo de caricias mientras seguían dándose el lote. Sentía como la chica se apretaba contra él frotándo su entrepierna con su muslo más adelantado. Cuando se notaron no observados abandonaron sigilosamente la estancia escaleras arriba buscando un lugar algo más íntimo.

Entraron en un dormitorio con una cama de matrimonio y cerraron las puerta tras de ellos con el pestillo.

Al verse solos se cohibieron un poco. Buscando soluciones Luis decidió recurrir a las drogas.

 - ¿Fumas?
 - Lo he hecho. ¿Tienes goma?
 - María.
 - Venga. Vamos a liarnos uno.

Dado el beneplácito de la chica, Luis sacó los utensilios y lió un porro bien cargado. El olor ocupó la instancia cuando dió la primera calada, tras la cual pasó el cigarro a Rosa.

Se sentaron en la cama y mientras fumaban y dejaban a Cannabis hacer de las suyas charlaron un poco para conocerse mejor. La charla de diez minutos concluyó con la colilla humeando en una esquina y la pareja entregada a nuevas exploraciones orales.

 Recíprocamente desnudados se tumbaron boca arriba en la cama contemplando como todo el techo daba vueltas. El repiqueteo del bombo en la habitación inferior les hinchaba las sienes. Luis se incorporó para contemplar el cuerpo desnudo de Rosa, que yacía inmóvil dejándose hacer.

La luz de la luna que entraba por la ventana sin cortinas lo hacía aún de un blanco más intenso, que hacía destacar unos pezones rosados de aureola amplia que coronaban su pecho juvenil y firme, y el vello púbico de color claro y abundante, de pelo lacio y mullido, que desaparecía sobre una aguda uve rosada en la entrepierna.

Luis pasó el reverso de su mano sobre la tersa y suave piel de Rosa, que se estremeció al primer contacto. Mientras jugaba con los pechos de la chica, comprobó que los pezones se endurecían e hinchaban ante sus ojos. Rosa comenzó a humedecerse, y su dulce aroma se entremezcló con el humo de adormidera que flotaba en el ambiente, confundiéndose ambos en una fragancia sensual y sugerente.

Se subió sobre ella, con una pierna a cada lado de su cuerpo, apoyando sus nalgas contra el vientre cálido de la chica. El pene, caliente y semierecto, se acomodó pesado entre los pechos de Rosa, quien, empujando uno con cada mano, lo acunó en un tierno lecho. Sin dejar de mirar directamente a los ojos de su compañera, Luis comenzó a mover las caderas hacia delante y hacia detrás, simulando una imaginaria penetración entre los senos de ella. El glande, que quedaba descubierto con cada oscilación, comenzó a perlarse del primer líquido preseminal, mientras que Luis alcanzaba la plena erección. En ese instante, Rosa se incorporó un poco estirando el cuello, y pasó la punta de la lengua por el rosado centro de placer.

Él le siguió el juego, levantándose y aproximándose a su cara. La chica, teniendo el instrumento más amano, abrió la boca y guió el movimiento de Luis consiguiendo abarcarlo todo lo que pudo. Ayudándose de las manos, lo sujetó por la base mientras con un certero movimiento de cuello lo chupaba como a un pirulí. Mientras lo hacía, miraba la cara de satisfacción del chico y le sonreía amable.

Cuando Luis sintió que el placer rebasaba ciertos límites se apartó, y acomodándose entre las piernas de la chica comenzó a acariciar suavemente su mullido colchón púbico, entreteniéndose en explorar cada rizo dorado. Cuando las yemas de sus dedos alcanzaron los casi despoblados labios, notó la creciente humedad de la chica, así que llamó a las puertas del amor con su dedo índice que penetró como la seda en los cálidos interiores. Rosa comenzó a estremecerse a medida que Luis aumentaba el ritmo de sus acometidas, y su fuerte respiración se convirtió en un gemido apagado cuando el pulgar del chico se situó justo sobre su clítoris mientras un segundo dedo se sumaba al juego.

Entonces Luis sustituyó su dedo pulgar por su juguetona lengua, conduciendo a su acompañante a un estado de intenso placer. Los quedos gemidos de Rosa se transformaron en desinhibidos quejidos atenuados por la rutilante música del piso inferior, mientras su cuerpo pálido de luz de luna se cubría de sudor.

 - Vamos, Luis, métemela.

Luis se incorporó, cruzó la habitación y volvió con un preservativo que guardaba en su chaqueta. Sentado sobre sus talones a los pies de la chica, sobre la cama, enfundó rápidamente su miembro en el pálido látex. En esa misma postura, se inclinó hacia Rosa y, tomándola por las caderas, la acomodó con las piernas abiertas sobre sus muslos. Situó su pene erecto contra la entrada vaginal y, asiendo a la chica por las caderas, la penetró suavemente hasta que golpeó su perineo con los testículos. Rosa se retorció de placer.

Incorporándose y poniéndose de rodillas empujó las piernas de la chica poniéndole las rodillas sobre los pechos, sin sacar el pene de su interior. En esa postura, comenzó a penetrarla con lentas embestidas que conducían su miembro a lo largo de todo el interior de la vagina de Rosa. Inconscientemente acompasaron sus respiraciones con los golpes de caderas, y aprovecharon la postura para abrazarse con fuerza y besarse apasionadamente.

Al rato Rosa se zafó de su semental, y lo empujó suavemente obligándolo a tumbarse de espaldas. Subiéndose sobre él haciéndo equilibrios con la punta de sus pies, descendió su sexo sobre el pene del chico haciéndolo desaparecer de nuevo en su rosado interior. Sintiéndose próxima al orgasmo, había adoptado esta nueva postura para ser ella la que dominase en el último momento.

Mientras cabalgaba sobre Luis se estimulaba los pechos acariciándose los pezones, y pronto sintió el cálido derrame en su interior que precedía al placer.

Pronto llegó al preciado estado de éxtasis, y su vagina comenzó a contraerse rítmicamente alrededor del pene de Luis, que sin poder hacer nada para evitarlo, se vació completamente en el interior del protector preservativo.

Agotados, se tumbaron uno al lado del otro a fumar un pitillo. El alba comenzaba a despuntar, así que no pudieron disfrutar mucho del merecido descanso. Se vistieron apresuradamente y bajaron a sumarse al final de la fiesta, que había acabado con agotados invitados sentados en los sofás.
 

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