UNA MOSCA gigantesca que intentaba comerme dió algunas vueltas por la habitación, se posó en una pared, lamió sus patas y mi miró con atención. Permanecí quieto quieto quieto un buen rato, la miré y corrí a la cocina. Esperaba que su gran tamaño le impidiera volar más rápido que yo.
LLEGUE A LA COCINA más rápido que ella, pero no mucho más. Tomé un papel de diario e intenté golpearla, pero lo esquivó. Dos, tres veces fallé el golpe. Comencé a desesperarme, quizás era mi fin el que había llegado, quizás sería su cena.
EL QUINTO GOLPE le dió de pleno. Sus alas machucadas temblaban nerviosamente, sus patas apuntaban al cielo y se movían espasmódicamente. Sus ojos aplastados no podían mirarme. La levanté con una grúa y la tiré al tacho de basura. A las siete pasa el encargado, que se la lleve y no vuelva más.