DOCUMENTOS HISTORICOS

NUEVO DEPORTE EN LA ARGENTINA

  “PALOMAS DEPORTIVAS”

Presentamos a la consideración de los aficionados a la Colombicultura, y a todos aquellos que por curiosidad se asomen a ella, una nueva raza de palomas extraordinarias en todo concepto, decimos nueva para este ambiente, pues en realidad es una raza que se cultiva con esmerada selección entre aficionados de antigua data en su país de origen: España. No nos lleva al hacerlo ningún interés de lucro, pero en cambio si nos place que el conocimiento  y la difusión de estos maravillosos animalitos sea para todos un motivo de deleite y expansión espiritual; tal cual se disfruta con un espectáculo deportivo, éste es de los más sanos e interesantes a la vez.

Ilustración

Trataremos de explicar en qué consisten las virtudes y condiciones extraordinarias de estas Palomas Deportistas. La selección constante mediante cruces y apareamientos nos han traído al mundo de la colombicultura, una raza de palomas en la que se manifiestan ciertas cualidades, ya observadas en las razas consideradas como origen de este animal, pero reforzadas en gran manera, hasta el punto de que son distintivo inequívoco de su raza, dando por resultado el perfecto palomo deportista, única clase en el mundo. Es animal de una belleza singular por sus proporciones y su arrogancia, y de una mansedumbre que casi no admite rival. Agradece las atenciones que se le prodigan y se gana el afecto de persecución, seducción y conservación de la presa.

El deporte de la suelta  

Tiene el deporte de la “suelta” toda la emoción de las luchas sexuales de todos los animales, pero sin la crueldad que empaña la vistosidad de las corridas de toros o de las peleas de gallos. Hasta las palomas parece que encajan mejor que el resto de los animales en sus derrotas. Consiste el deporte de la “suelta” en demostrar qué palomo es el más digno de adueñarse y emparejarse con una paloma, que es codiciada a la vez por otros palomos, ya acostumbrados a estas competiciones.

La paloma objeto de esta competición será de un color claroscuro, con una pluma blanca atada a la cola, sobresaliendo unos cuatro centímetros o más sobre las proporcionadas plumas naturales que forman su cola.

Presupuesto esto, se la suelta a una señal y tras ella todos los palomos que intervendrán, fueran de uno o varios palomos vecinos. Lanzada la “suelta” al aire, y tras ella los machos, hay un momento de estupor es temor lo que siente ante su incapacidad para orientarse hacia su propio palomar, y el acoso de los machos, que encienden cada vez más su celo al contacto con la hembra.

Puede figurarse el lector a qué grado llega las excitación de unos machos, tan ardientes por naturaleza, y que al llegar a su madurez sexual “tocaron paloma” sin ver logrado su deseo de encontrar un definitivo apareamiento.

La paloma, por su parte, también en edad de madurez sexual, vuela incansablemente en amplios círculos, en elipses atrevidas que burlan al más audaz de los machos, en elevaciones sorprendentes o en bajadas que permiten que la bandada de machos pase por encima, y cuando quieren darse cuenta tienen que deshacer su vuelo muchos metros, para evitar que el colista de la competición, que por unos instantes queda en cabeza, gracias al cambio de dirección que ha impreso la “suelta”.

Las más variadas y caprichosas cabriolas se dibujan en el aire con las alas de estas palomas. Cada momento tiene su emoción y su belleza. Los palomos hinchan su buche, mientras no dejan un momento de realizar esfuerzos increíbles para lograr el puesto más próximo al que ocupa en el aire la paloma y ganársela con los encantos de macho fuerte, vigoroso, promesa de una robusta descendencia. Pero conseguir esto un palomo rodeado de otros muchos con idénticas pretensiones no es cosa fácil, por más que haya en la bandada alguno que otro joven, o cobarde, que a las primeras de cambio ya sabe que la “suelta” no se ha hecho para él, y por ello abandona la lucha para ir a reponer fuerzas en su palomar, en desmedro de su propietario, que pierde la esperanza de ganar la competencia, una copa o medalla, ganada en honrosa lid por ave que ha criado con tanto mimo y en la que cifró tantas esperanzas.

Hay otros machos en cambio, que no desmayan; antes por el contrario, se enardecen cada vez más con la lucha, repartiendo aletazos o recibiéndolos, sin aflojar por eso en su tenaz empeño de ir junto a la paloma. Y si por casualidad otro más fuerte o más afortunado ha logrado desbancarlo de su sitio privilegiado, saca fuerzas de esa derrota parcial para destronar al que ahora le toque estar en el sitio de honor. La lucha es agotadora. Por eso no es de extrañar ver alguno de los palomos acreditados en otras competiciones que, tras de dos horas o más de vuelo ininterrumpido, parecen que abandonan su puesto y pasan a lugares clasificados de mitad de la bandada hacia atrás. No es que abandone la lucha, sino un modo de rehacer sus cansadas fuerzas. Pronto lo veremos acercarse de nuevo a la paloma, que, ya más cansada, estará a punto de posarse en el alero de cualquier tejado.

Los palomos más veteranos o capaces saben colocarse en su vuelo de modo que obliguen a la hembra a volar hacia la zona de su palomar. Cuando consigue llevársela hacia su casa, el palomo, con agilidad increíble, hará un esfuerzo para remontar el vuelo un poco por encima de la hembra, y, posándose sobre ésta, sin que por ello deje de volar, obligarla a descender veinte o treinta metros y aún más, hasta lograr no sólo que la paloma vea el palomar, posible refugio en tan despiadada persecución, sino despertar en ella el instinto de orientación fijado a aquel sitio, cosa ésta no despreciable en estas competiciones.

Podría ser esto suficiente para dar por terminada la competición, si no fuera porque en la bandada siempre otros luchadores, que conocen las artimañas de sus competidores. Cualquiera de éstos, tan hábil y vigoroso como su rival, neutralizará el esfuerzo del que obligó a la “suelta” a descender volando rápidamente en picada para llegar a tiempo a colocarse debajo de la hembra y sobre sus propios hombros de macho fuerte levantar su codiciada carga a la primitiva altura, o a obligarla a volar hacia otro sitio más conveniente para sus propias intenciones. No es raro que uno la trabaje y otro se lleve el fruto.

Durante estos caprichosos vuelos las luchas aéreas entre machos se suceden, variadas y sin regla fija: unas veces se acometen con fuertes aletazos, que en más de una ocasión han sido causa de rotura de alas, o daños en los ojos; otras con zancadillas en pleno vuelo, que despistan a uno o varios machos, otras con simulacros de huidas, que le permitirán rehacer las fuerzas, y volver a la lucha en el preciso momento en que sus compañeros se encuentran ya agotados por completo, o cuando la paloma está a punto de lanzarse, rendida, al tejado o lugar que considere más seguro refugio. Si bello es el espectáculo aéreo, no le va en zaga la belleza que encierra la emocionante fase que empieza cuando la paloma ha logrado posarse.

La “suelta”, cansada al fin de tantas vueltas y tanto acoso, se posa en el sitio que ella ha juzgado como más seguro. Como aviones en picada se lanzan los machos allí mismo. Siempre queda un despistado, que no se ha dado cuenta que la paloma ya no está en el aire. Un instante, y la bandada se deshará para ir cada cual por su cuenta a buscar donde haya podido refugiarse la hembra. Los que son buenos palomos pronto encuentran el lugar. Busca con afán por el aire hasta encontrar el grupo que junto a la paloma han comenzado a formar los primeros. Allí irá con ánimos de lucha, dispuesto a deshacer la ventaja que hayan podido conseguir los otros en aquellos instantes de reposo, en los que la paloma ha podido poner sus ojos en uno de los más vigorosos de sus seguidores, ansiosa de terminar ya la tortura de tan gran asedio amoroso. Son momentos de ansiedad. La paloma se pega a las tejas o rincón, como si estuviera muerta, o pegada con pez. Comienzan los machos su desafiador arrullo y a luchar entre ellos, ora con el pico, ora con las alas, y aún con las uñas. El que es de “boca” pega como un luchador atacado de locura furiosa. Con otro igual la lucha podría ser mortal, y el derrotado ha de marcharse a curar sus heridas a la sombra de su palomar, ante la desesperación de quienes habían puesto sus esperanzas de triunfo en las cualidades peculiares de ese ejemplar.

No pierden de vista a la paloma, pues, aunque parece que es insensible a la lucha que se desarrolla en torno de ella, y precisamente por ella, no deja de observar las cualidades de sus pretendientes, y el menor signo de inclinación hacia alguno de ellos puede ser causa de la finalización del combate, o de encarnizarlo más aún de lo que actualmente está. Mientras unos palomos luchan entre sí, puede ocurrir que la paloma se desentienda de ellos, y aproveche este momento para huir a otro sitio más seguro. Vano intento; cuando se lance al aire se encontrará allí con casi la totalidad de los palomos deportistas, que habían abandonado antes la lucha y acuden ahora con más bríos, creyendo que se trata de otra aún no conquistada por las gracias de ningún Don Juan, o que se esa paloma, antes inexpugnable, ahora se ofrece a ellos, menos reñidores que los viejos machos.

En la fase final de la competición, y, hechas todas las demostraciones varoniles pertinentes, los “machos” comienzan a “sacar viajes”, es decir, a levantar pequeños vuelos, que son otras tantas invitaciones a la paloma, que ya está casi conquistada, o rendida por completo, a que le acompañe a su palomar, donde tiene un sitio delicioso para formar el futuro nido, que en su fantasía ya están tocando macho y hembra. Tras de unos de estos vuelos, la paloma va confiada al palomar de su elegido.

No piense, lector, que hemos descrito todas las emociones patéticas que encierra este deporte para los aficionados y aún para los profanos. Cada competición tiene nuevas emociones, nunca gustadas. Cada macho tiene sus modos peculiares de conquistar. Lo descrito no es más que una muestra de lo que puede gozarse criando palomas deportivas o asistiendo a estas competiciones.

Educación del palomo deportista

La formación de un palomar con “ palomas deportistas” no precisa otras reglas que las preconizadas para poblar un palomar con palomas de cualquier otra raza.

Podremos comenzar con la adquisición de una o varias parejas adultas, que tendremos encerradas hasta que haga nido, pudiendo entonces abrir las troneras del palomar sin miedo de que se nos vayan las palomas, ya que el amor a su nido es más fuerte que el instinto que las incita a vivir en el sitio donde nacieron. Con estas palomas no ocurre como con las mensajeras, que vuelven a su palomar de origen aún después de haber anidado en otro palomar, no una vez, sino varios años. Peri si para poblar un palomar es aconsejable la adquisición de palomas adultas, para formar un buen palomo deportivo es preferible comenzar con pichones de pío-pío. En este caso se procurará que la pareja sea de distinta sangre, para evitar los inconvenientes de la intra-cultura, por medio de la cual se multiplican las taras y se corre peligro de degeneración.

El palomo de esa edad ya come por su cuenta, o a lo sumo el colombófilo únicamente tendrá que alimentarlo embuchándolo dos o tres días con pan reblandecido, granos de trigo, maíz, verdura picada y conchilla entrefina. Al alcance de estos palomos jóvenes deberá haber un recipiente de poco fondo para que se bañen cuando lo desean; y otro con agua clara y fresca, para beber.

Al aparecer el celo, hacia los tres meses aproximadamente, se le pone al macho una hembra de tono oscuro, a la que se le colocó previamente en la cola la ya descrita pluma blanca, que ha de ser el signo distintivo de la hembra en todas las competiciones deportivas.

Exijimos que la paloma sea de tono oscuro y con la pluma blanca atada en la cola, al objeto de que el palomo no moleste a las demás palomas blancas o mensajeras que estén en vuelo.

El primer apareamiento de estos pichones de tres meses debe hacerse con una hembra de menos de tres meses y más de dos, pero procurando que esté en celo, ya que si la paloma fuera adulta o de más edad que la señalada, ésta pondría huevos en seguida, y entonces el macho se viciaría al nido, con lo que quedaría inutilizado para competidores deportivas.

Dejaremos al macho y la hembra sueltos en el mismo jaulón o palomar, hasta que veamos que es pisada por el macho. Durante estos días la pareja saldrá libremente por los alrededores del palomar. Pero cuando la paloma comience a poner palitos para hacer el nido, romperemos esta unión llevándonos la hembra a donde no pueda ser encontrada por el pichón, que está condenado a vivir sin aparear mientras lo dediquemos al deporte de la suelta, que estriba en que varios pichones “sin aparear o viudos” desplieguen sus dotes de seducción para conseguir una paloma que no esté defendida por su macho; o en otras palabras, que tampoco esté apareada.

El pichón quedará “viudo” tres o cuatro días a fin de que olvide su primera paloma. Durante esos días el pichón irá de tejado en tejado, en busca de la paloma, que necesita para su satisfacción.

Al quinto día se lleva al palomo a unos doscientos metros de distancia de su palomar y allí se le suelta otra paloma proveniente de algún palomar lejano para que no sepa orientarse, ni buscar cobijo en ningún palomar. Ni qué decir tiene que esta paloma ha de ser de color oscuro, aunque de distinto plumaje que la primera y siempre con la pluma blanca atada a la cola. En esta “suelta” el palomo trabajará para llevársela a su palomar y ya se descubrirán muchas de sus buenas cualidades. Es necesario que todas estas palomas de “suelta” sean de distintas zonas o palomares distantes para evitar que la hembra se refugie en su palomar y cause al pichón un terrible desengaño, al ver el fracaso de sus dotes de conquista, cosa ésta que le afectará en lo sucesivo y echará a perder su valor como palomo deportista. Cuando el macho haya llevado esta paloma a su palomar, le permitiremos que esté junto con su conquista solamente cinco  minutos.

La razón de esto es que si la paloma encerrada no estuviera en celo, habría el peligro de irritación del macho o “recalentamiento”, por no poder copularse con ella.

Le quitaremos la paloma después y dejaremos encerrado al palomo hasta el día siguiente. Esta suelta, al día siguiente de su primera conquista, es para que el palomo recorra los lugares por donde encontró la paloma y, de ese modo, se acostumbre a buscar la presa.

Al día siguiente de esta última prueba, le echaremos otra “suelta” distinta de las anteriores, pero siempre de tono oscuro, aunque con distinto plumaje y siempre con la pluma blanca atada a la cola. Se obra de esta manera para evitar que el palomo se acostumbre a buscar otras palomas que no sean la de la “suelta”. Este entrenamiento con distintas palomas se repite tres o cuatro veces, mas dejando siempre un día de descanso entre suelta y suelta, que se harán a unos doscientos metros del palomar del palomo y en diferentes puntos cardinales.

Segunda parte del aprendizaje

Cuando el pichón tiene ya los cinco meses, se suelta una paloma de las características señaladas, a unos 500 metros de distancia del palomar, y,  la hora convenida, se suelta también el palomo deportista de su respectivo palomar, a fin de que éste se ingenie en buscar la paloma que necesita. Debe hacerse esa suelta en presencia de otros palomos ya probados, para que el “educando” saque sus cualidades de ataque en tierra y en aire, evite el posarse en otros palomares, que no sea el suyo, ni aún en tejados que estén cerca de otro palomares.

Si el palomo es buen deportista no derrochará energías en perseguir a picotazos a su conquista, sino que volará lo suficiente para ir envolviendo a la paloma en un cerco cada vez más estrecho, hasta conducirla donde con más o menos reposo pueda él desplegar sus dotes de seducción. El pichón ha llegado a su fase adulta y está en disposición de tomar parte en competiciones deportivas, con la intervención de varios competidores de distinto palomar.

Vicios que hay que evitar

Un palomo, que persiga a cualquier clase de palomas, ya lo podemos retirar del deporte. Por esta razón el buen colombófilo evitará el soltar sus pichones sin que en el aire haya alguna paloma con su característica pluma blanca atada a la cola. El pichón educado a reconocer el sexo contrario en la que lleve esa pluma, no se fija siquiera en las palomas mensajeras, mundanas u otras que, por casualidad o de mala fe, le salgan a su vista. Ahora se comprenderá por qué repetimos con marcada insistencia, la necesidad de colocar la citada pluma desde los primeros vuelos del pichón que hemos de dedicar al deporte de la suelta, y no al robo de palomas.

Asociación Argentina de Palomos Deportivos

23 de Octubre de 1958, Buenos Aires, Argentina

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