Helen Keller
Se perdieron un día
las risas de la infancia.
De pronto, en torno suyo,
quedó todo en silencio.
Como un virus que trepa
por heridas abiertas,
su niñez sacudida
por dolores y miedos.
Cual dos piedras heladas,
sus ojos están vueltos
hacia adentro.
Quedaron sepultados
como una luz cumplida,
y solo esperan,
los días doloridos,
las lágrimas secretas
y el río del recuerdo.
Pisaba,
la orilla del otro mundo,
donde se cruzaban
caminos huraños y desnudos.
Por el aire notaba
la vida en movimiento,
sus brazos extendidos
interrogando todo,
sus manos levantadas
sosteniendo la lámpara
de todos los ideales,
dando vida a sus sueños.
Carlos Maria. Chamadoira