UNO DE LOS PERSONAJES NOMBRADOS POR EL GRUPO EN SUS CANCIONES, BIEN LLAMADO:  "EL PATRON"..............
El Patron 
Un soldado cay� muerto
Nuestro jefe fu� asesinado
Quien nos va mandar


Fue rey de coca - hizo platas de hojas
Fue un gran hombre - Padrino de los pobres
Fue un general - Mando indios guerreros
Era El Patron, el mero chingon


El neg�cio de placer - lo supo bien
Los indios lo corr�an y los pocos vend�an
Los negros cocinaron y las gangas empujaron
Polvo para los ricos y piedras para los pobres


PABLO EMILIO ESCOBAR GAVIRIA "EL PATRON"

El barrio de los acostados, as� le dicen a Montesacro, se encuentra al sur de Medell�n, exactamente sobre una peque�a colina en el municipio de Itag��, y es un cementerio como cualquier otro: un extenso terreno donde abundan las tumbas a ras de tierra, marcadas por una peque�a placa de m�rmol y, casi todas, adornadas con flores a punto de marchitarse. S�lo que este cementerio alberga a un difunto distinto de los dem�s: �Aqu� yace Pablo Emilio Escobar Gaviria, un rey sin corona�, anuncia una placa de m�rmol puesta sobre su sepultura.

All� llegu� el 2 de diciembre de 1996. Esperaba encontrar la tumba de un pr�ncipe. Imaginaba que quien lleg� a ser uno de los hombres m�s ricos del mundo viv�a su posteridad en un mausoleo de m�rmoles y enchapes de oro, y me desencant� al ver una morada humilde, adornada con peque�os pinos p�tula, gladiolos y azucenas.

Hab�a empezado a buscar la historia de este difunto del que b�sicamente sab�a que a todos -a la ciudad y al pa�s- nos hizo sufrir y nos cambi� definitivamente. �l, igual que centenares de latinoamericanos, conoci� en los inicios de los a�os setenta el comercio de la coca�na; sab�a que daba dinero pero estaba lejos de imaginar que se trataba de una caja de Pandora de la cual brotaron manantiales de riqueza y, luego, como en el mito griego, tempestades y guerras. Unas y otras, riquezas y tempestades, lo llevaron por caminos que nunca hab�a imaginado. Pablo se diferenci� entre su gremio porque, adem�s de ser un pr�spero narcotraficante, convirti� la muerte en un inigualable instrumento de poder, en un gran negocio y en el signo de su vida.

So�aba con que en alguna parte estaba descrita su verdadera humanidad. Pero en todo lo que dijo, en lo que qued� escrito o grabado, por lo menos lo conocido, �l, campe�n del mimetismo, siempre ocult� su ser.

Llegu� a Montesacro ese d�a, 2 de diciembre, porque se celebraba, como cada a�o, el aniversario de su nacimiento y de su muerte, y tendr�a la oportunidad de ver a do�a Hermilda, su madre, y a Arc�ngel, un hombre que se hab�a hecho popular porque permanec�a, desde hac�a dos a�os, como vig�a al pie de la tumba. Esperaba, y en alguna medida lo corrobor�, que un hombre que cuidaba a un muerto, por d�as, semanas y a�os, pod�a tener el suficiente conocimiento y la suficiente confianza para describirlo con profundidad y sinceridad.

Observ� con detenimiento a Arc�ngel -su tez trigue�a y su apariencia de hombre elemental-, estaba limpiando y preparando la escena del homenaje al que considera el muerto m�s vivo de toda Colombia. Pablo -como lo sigue llamando la mayor�a, sin nombrar siquiera su apellido, como si se tratara de un amigo o de alguien familiar- fue su camarada de infancia y un hombre que marc� definitivamente su vida; por eso le guarda una especie de amor perenne que lo lleva a cuidar de su reposo.

Arc�ngel me cont� de la peregrinaci�n incesante que llega a esta tumba. Vienen gentes de todos los rincones, de pa�ses lejanos, pero sobre todo colombianos por montones. Algunos vienen por simple curiosidad; otros, a rendirle tributo de admiraci�n, y otros m�s, a implorarle favores. Unos lo hacen silenciosamente y otros, en cambio, alteran la paz del difunto para complacerlo. Seguramente lo logran porque �l siempre gust� de las personas sencillas. �Una madrugada, no hace mucho, un grupo de muchachos lleg�, despu�s de una rumba, a saludarlo a gritos y a ofrecerle una botella de whisky que, a manera de homenaje, derramaron sobre el c�sped�.

Por su esp�ritu guerrero y su generosidad, a Pablo, gente del pueblo lo admir� sin l�mites. �l mismo lo evidenci� cuando, recluido en la c�rcel de La Catedral, recibi� miles de cartas de muchachas, ni�os, ni�as, monjes, sacerdotes, jueces, hermanas de la caridad, deportistas, estudiantes universitarias� �Nadie lo remplaza en el mundo, otro como usted no vuelve a haber, ni ha habido, ni volver� a haber jam�s�, le escribi� una humilde mujer, que viv�a en el basurero de la ciudad y recibi� una de las quinientas casas que �l construy� en el barrio de la Virgen Milagrosa. Otros le ped�an perd�n para sus vidas, lo felicitaban por haberse entregado, lo alababan o le ped�an autorizaci�n para ir a verlo. �l mismo le mostr� a su mujer una carta donde unas j�venes de Bucaramanga, universitarias y v�rgenes, le ofrec�an, como un honor, su sexo.

Dijo Arc�ngel que llegaban personas que segu�an llorando su muerte porque lo consideraban un hombre de buen coraz�n. Peregrinaban siguiendo se�ales recibidas en sue�os: Pablo les ayudar�a a conseguir casa, a pagar las deudas o a ganar la loter�a. Quienes ya hab�an recibido sus favores aseguraban que si dejaban de visitarlo, les ir�a mal.

Unos y otros convocan el esp�ritu poderoso de Pablo, el Patr�n, entonando, solos o acompa�ados, rezos con la estampa que lleva su fotograf�a, y repitiendo con fervor una oraci�n que alguna vez compuso para �l una anciana:

�Multipl�came cuando sea necesario;
haz que desaparezca
cuando sea menester.
Convi�rteme en luz cuando sea sombra;
transf�rmame en estrella
cuando sea arena��

Arc�ngel recog�a la basura y trataba de detener a los depredadores que arrasaban con lo que encontraban para llevarlo como talism�n. A pesar de los cuidados, cada d�a deb�a tapar los huecos que dejaban quienes se llevaban manotadas de tierra, y repon�a las flores que tomaban en cantidades. El d�a de m�xima alerta es el 2 de cada mes y, sobre todo, un d�a como �ste de diciembre, cuando cumple a�os de nacido y de muerto.

Nota:  En 1982, en condici�n de congresista, Pablo Escobar viaj� a Estados Unidos.


La peregrinaci�n no cesaba. Arc�ngel ve�a llegar a unas mujeres hermosas que con cierta regularidad lo visitaban y se marchaban en silencio. �Deben ser hembritas que lo amaron o simplemente le ofrecieron sus gracias buscando recompensas�, dice. Ellas, como muchos otros, guardaban partecitas de la vida de este hombre que tanto nos asombr�, que tanto nos destruy� y del que muy poco conocemos. En cambio, otros no se resist�an a contar an�cdotas, llenas de realidades y de imaginer�as, que pintaban una historia vertiginosa, difusa y contradictoria.

Arc�ngel no s�lo hab�a escuchado a quienes lo admiraban, sino tambi�n a quienes le reclamaban con un rencor sin calma. Una madrugada encontr� a unos j�venes que ven�an de fiesta, zapateando sobre su tumba y gritando: �As� te quer�amos ver, rendido a nuestros pies�. Le quer�an cobrar la dinamita estallada que derrumb� edificios, arruin� a comerciantes ricos y pobres y mutil� y mat� a centenares de transe�ntes an�nimos; las r�fagas, las esquirlas clavadas sobre la sociedad; la multiplicaci�n del odio que produjo la estampida de sus guerreros. �Cu�nto dolor sembr� y cu�nto dolor alienta a�n su fantasma? Hay quienes, en una matem�tica incierta, le atribuyen cuatro mil homicidios directos, adem�s afirman que por su influencia se desat� la peor epidemia de muerte que haya vivido la sociedad colombiana.

Hoy, cinco a�os despu�s, el aniversario se celebra como repitiendo un libreto. Llegan los fieles habitantes del barrio Pablo Escobar y, encabezados por un veterano travesti, entonan la novena. �Ah� viene do�a Hermilda, su madre, la m�s fiel en el cementerio�, me anuncia Arc�ngel. Sus ojos claros se dejan ver a trav�s de sus gafas, tiene su pelo cano y con alguna cirug�a pl�stica ha logrado borrar un poco las huellas de los a�os; se apoya en sus hijas para caminar, pero sigue altiva y entera. Cam�ndula en mano, vestida de luto, se suma a la romer�a del rezo. Aunque no tiene horario fijo para las visitas -porque no le dan tregua los pobres, que la acechan para pedir su misericordia-, nunca prolonga su ausencia m�s de tres d�as, ya que sabe lo importante que es pedir por los difuntos frente a su tumba. �Todas las almas, sin excepci�n -dice do�a Hermilda-, van temporalmente al purgatorio, ya que todos cargamos, por lo menos, con el pecado original de nuestros padres Ad�n y Eva. Qu� tanto se demore uno en el purgatorio depende de la gravedad de sus pecados y de la fe y la intensidad de los rezos�. Ella, vuelta sobre su memoria, empez�, como siempre, a hablar de su hijo:

�Alabanza propia, vileza conocida, pero la inteligencia Pablo la hered� de m� y la honradez de su padre. �l fue ambicioso, como todos lo somos, quer�a plata para tener bien a su familia, especialmente para tener bien a sus pap�s, a sus hermanos y, pues tambi�n para mantener a la mujer muy bien tenida. Pero nunca le quit� un centavo a nadie, y como hombre de honor hac�a los negocios de boca, no con papeles, y cumpl�a lo que promet�a.�1

Al verla, un grupo de j�venes le pidi� la bendici�n y la alab� por haber parido para este mundo a un aut�ntico var�n, a un hombre como quiz� no vuelva a existir en esta tierra. Ella los bendijo, mientras otro de sus familiares les explicaba a unos curiosos el origen de la fortuna de Pablo:

�Que, desde peque�o, alquilaba bicicletas y revistas de c�mics, aqu�llas del Llanero Solitario, del Zorro y del Santo que le�an los j�venes de los a�os sesenta. Que vend�a l�pidas en los pueblos; que distribu�a directorios de la empresa de tel�fonos de la ciudad y que, como ten�a tanta suerte, se encontraba plata entre los directorios viejos. Que vend�a loter�a y se la ganaba.�

En fin, que pudo amasar fortuna con trabajo y habilidad, que lo dem�s son calumnias de los gringos, del gobierno, de los periodistas y de los ricos envidiosos que le impidieron realizar su anhelo de ayudar a los pobres, como se lo ordenaba su buen coraz�n.

Do�a Hermilda va poniendo flores y limpiando otra placa de m�rmol en la que dice: �Habitas un mundo maravillosamente real: nuestro coraz�n�; mientras tanto, escucha a Arc�ngel sobre las romer�as que pasan a verlo. Ella dedica su vida a mantener y depurar la memoria de Pablo, a quien vio tirado sobre un tejado, el 2 de diciembre de 1993, cuando cumpl�a 44 a�os, unos minutos despu�s de que el Cuerpo Elite de la Polic�a lo abatiera. Fue el fin de una angustia prolongada por largos a�os de guerra y confrontaci�n; el inicio de una tristeza, la de la ausencia, de la que a�n no logra reponerse. Ella misma lo trajo a este jard�n. La masa, como un remolino incontrolable, se salt� la tropa y rompi� vidrios para entrar a la capilla. Algunos de esos miles pudieron verlo pero ni esta evidencia los convenci� de su muerte.

Al momento de su muerte, la revista Semana de Bogot� describ�a as� la huella que marcaba en la historia de Colombia:

�No dej� gobernar a tres presidentes. Transform� el lenguaje, la cultura, la fisonom�a y la econom�a de Medell�n y del pa�s. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconoc�an la palabra sicario. Antes de Pablo Escobar Medell�n era considerada un para�so. Antes de Pablo Escobar, el mundo conoc�a a Colombia como la Tierra del Caf�. Y antes de Pablo Escobar, nadie pensaba que en Colombia pudiera explotar una bomba en un supermercado o en un avi�n en vuelo. Por cuenta de Pablo Escobar hay carros blindados en Colombia y las necesidades de seguridad modificaron la arquitectura. Por cuenta de �l se cambi� el sistema judicial, se replante� la pol�tica penitenciaria y hasta el dise�o de las prisiones, y se transformaron las Fuerzas Armadas. Pablo Escobar descubri�, m�s que ning�n antecesor, que la muerte puede ser el mayor instrumento de poder.�

1. Ana Victoria Ochoa, Madre de espaldas a su hijo. Documental in�dito.

Nota:  En 1976 Pablo Escobar se cas� con Victoria Henao. Ella, de s�lo quince a�os, se escap� de su casa para seguirlo hasta la muerte.

Do�a Hermilda mira esta vastedad, mar de muertos extendido a sus pies, pero su coraz�n de madre s�lo ve la tumba de su hijo. Y se duele de lo que llama su sacrificio y de quienes lo traicionaron: �Quienes no vienen son los torcidos, los que le dieron la espalda -dice-; los que pasaron por N�poles, su hacienda, a ofrecer y pedir. Pol�ticos, empresarios, ex presidentes, artistas, periodistas, reinas, divas, a quienes �l les mandaba el avi�n o el helic�ptero a Bogot�.

�Si no est� la mitad del pa�s en la c�rcel por corrupci�n es porque Pablo pag� siempre en efectivo, nunca en cheques�, se escucha con frecuencia. Les dio plata a pol�ticos, a magistrados de altos tribunales que le aconsejaban f�rmulas jur�dicas, a guerrilleros con cuya causa simpatizaba; a banqueros y constructores que le pintaron excelentes negocios... A otros no les dio plata, les hizo favores. Lo buscaba un pol�tico para que le prestara aeronaves para su campa�a electoral, otro pol�tico para pedirle que matara a un secuestrado. Otro m�s para decirle: �Haga el favor de hacerme dos atentados�, y Pablo, generoso, le regalaba autoatentados, le acrecentaba la simpat�a popular y le empujaba la elecci�n.

Por aquellas buenas �pocas con m�ltiples relaciones sinti� que pod�a ingresar a la alta sociedad. Para su sorpresa, le cerraron las puertas. �Pero si la plata m�a vale igual que la de ellos�, rezongaba, dolido de la oligarqu�a, de su doble moral; e iba cultivando un fino esp�ritu de resentimiento. Se consolaba comparando su fortuna con la de aquellos que lo despreciaban: �Qu� pobres son los ricos de Medell�n�, dec�a cuando constataba la enormidad de su propio poder econ�mico.

�Pablo no est� solo en este barrio de los acostados, lo rodean sus amigos y sus enemigos, vea le muestro -me ofrece Arc�ngel-. A su lado est� �lvaro de Jes�s Agudelo, el Lim�n, el guardaespaldas que lo acompa�aba el d�a de su muerte�. �Que c�mo fue ese d�a? El coronel Aguilar, del Cuerpo Elite de la Polic�a, lo cuenta: Pablo conversa por tel�fono con su hijo Juan Pablo y confunde los estruendos en la puerta con los ruidos de una construcci�n vecina. Tres hombres de la Polic�a entran preparados para disparar, pero se encuentran con la primera planta vac�a. Pablo se despide de la persona con quien habla por tel�fono, busca la ventana por donde ha salido el Lim�n y lo sigue por el techo. Vuelve su mirada y ve a un polic�a en la ventana, le dispara con una pistola autom�tica Zig Sauer. El oficial se tira al piso. Los polic�as que cubren la parte trasera de la casa les disparan con fusiles R15. El Lim�n cae sobre la acera y Pablo sobre el caballete del tejado. El oficial al mando grita: ��Viva Colombia!�. Lo agarra de la camiseta azul, esboza una leve sonrisa y posa con su presa para la c�mara. Los mandos dan el reporte al ministro de Defensa y al presidente de la Rep�blica. Dudan, temen una nueva salida en falso. Esperan ansiosos y� lo anuncian al pa�s.

Al Osito, el hermano mayor de Pablo, siempre lo ha irritado que los tombos -como llaman a los polic�as- digan que fueron ellos quienes mataron a Pablo. ��Mentiras! -asegura-. Mi hermano se suicid�, siempre tuvo claro que vivo no se dejar�a atrapar porque ya s�lo lo esperaba la muerte o la extradici�n, por eso se anticip�, para no darles gusto a sus enemigos se dispar� con su pistola detr�s de la oreja�.

Unos pasos m�s all� de la tumba de Pablo reposa Gustavo Gaviria, su primo, la carne de su u�a, quien quiz� lo super� en riquezas por su mesura para gastar. Recuerdan que cuando lo enterra-ron, su hijo, tambi�n llamado Gustavo Gaviria, conocido como Tavito, le ofreci� una serenata de m�sica campesina con la que quiso decir que heredaba el poder, la lucha y hasta su manera de ser. A Tavito, que ten�a 23 a�os, lo mataron a las once de la ma�ana el d�a que mataron a Pablo. Aqu� est�n los dos, padre e hijo, en la misma fosa, el uno encima del otro. El hijo encima del padre.

Al otro lado est� Mario Henao, cu�ado y compa�ero de an-danzas de Pablo, muerto en las selvas del Magdalena Medio el 22 de noviembre de 1989 cuando le llevaba una hembrita al Patr�n, que a�n en esas �pocas de persecuci�n gustaba de la compa��a de mujeres j�venes y hermosas. Tambi�n habita, un poco m�s arriba, Jotaeme, un traqueto -como se llama aqu� a los traficantes- al que sus trabajadores le echaron plata al hueco en el momento del entierro, a la usanza de las culturas ind�genas que enterraban a sus difuntos con riquezas y viandas. �Pero �para qu� plata en el m�s all�?�, pregunt� uno de los asistentes al sepelio. �Para que tenga con qu� coronar reinas y v�rgenes -le contestaron- y con qu� untarle la mano a San Pedro para que lo deje bajar a la Tierra a dar pase�tos�. M�s all�, en un territorio sin nombre, reposan Kiko Moncada y el Negro Galeano, dos socios con los que Pablo trabaj� toda la vida y a los cuales mand� ejecutar �por torcidos, por desleales�, sentenci�, sin calcular que esos muertos, principio de su fin, rebosar�an la copa de sus propios aliados que por primera vez en la vida osaron insubordin�rsele.

Sigo los pasos de Arc�ngel hacia el sector ocho, donde yacen tres trompetistas de la banda Marco Fidel Su�rez. A esta banda de m�sicos todos la conocimos de ni�os como ambientadores de las fiestas religiosas y comunitarias. Y desde luego Pablo, cuando la fortuna lo favoreci�, la convirti� en una acompa�ante permanente de sus festejos. Pero Arc�ngel me recuerda que terminaron estallados por la dinamita que el mismo Patr�n mand� detonar al final de una corrida de toros en la Plaza de la Virgen de la Macarena.

Arc�ngel sigue con una descripci�n tan abundante de muertos que me hace pensar que la geograf�a de cruces desborda los l�mites del cementerio y se propaga por los valles y las monta�as del pa�s. En el Valle del Sin� reposa Fidel Casta�o, socio, amigo y respon-sable de su derrota final, a quien la guerrilla envi� al mundo de los acostados un tiempo despu�s. Y en el Valle de L�grimas est� el coronel Valdemar Franklin y muchos de los polic�as por cuya muerte Pablo pag� y aquellos que, como var�n que era, ejecut� con sus propias manos. Y tambi�n una bebita de meses -cuya foto sin nombre apareci� en el peri�dico-, quien muri� estrellada contra una pared tras la explosi�n de uno de sus carros bomba. Pasando el r�o ancho de la Magdalena, sobre la otra monta�a, est� uno de sus mayores socios, el Mexicano. Y m�s lejos a�n, sobre la planicie central de Bogot�, Luis Carlos Gal�n, candidato presidencial a quien Pablo, el Mexicano y otros m�s mandaron sacrificar. Y al lado de Gal�n, otros grandes innovadores de la pol�tica, cuyas muertes le achacaron pero �l siempre neg�: Bernardo Jaramillo, el l�der de la izquierda; y Carlos Pizarro, el dirigente guerrillero que lider� la paz. Y muchos otros muertos de categor�a porque, como le gustaba decir al Patr�n: �En este pa�s, donde s�lo los pobres mor�an asesinados, quiz� lo �nico que se ha democratizado es la muerte�.


Pero Arc�ngel, a pesar de asociar a Pablo con la cadena de muertos, lo defiende, como lo hacen implacablemente quienes estuvieron a su lado como beneficiarios. Por eso s�lo logra dibujar una cara de Pablo: era un hombre bueno al que obligaron a hacer el mal. Pero sus caras en realidad son muchas m�s de las que este cegado admirador imagina. A veces parec�a que el propio Pablo no supiera reconocer su verdadero rostro y buscara estilo personal e identidad en figuras que admiraba, como el Padrino y el Siciliano, ambos personajes de Mario Puzzo; del primero dicen que aprendi� el hermetismo, los modales lentos y los largos silencios; del segundo admir� su vocaci�n social. Tambi�n fue influido por los personajes de la serie Los intocables, que vio unas tres veces de principio a fin. As� que, seg�n se dec�a, compr� y trajo para Colombia el autom�vil donde fueron baleados Bonny y Clyde, y se mand� tomar fotos disfrazado de
Pancho Villa, con charreteras, botones de plata y gran sombrero al�n, y tambi�n de Al Capone, con sombrero de ala quebrada y tabaco en la boca. Aun as� se le segu�a escapando lo esencial de su imagen, y termin� siendo un ser de mil rostros.


Arc�ngel me advierte con tranquilidad que si quiero buscar qui�n hable mal de Pablo debo averiguarles a sus enemigos. �Pero los enemigos vivos, porque los muertos a veces no hablan�, dice y empieza a hacerme la lista: la DEA (Departamento Estadounidense Antidroga) lo califica como el mayor criminal de la historia. En Colombia, el general Miguel Maza, su archienemigo, que lo persigui� de manera sistem�tica e implacable -contra quien Pablo hizo estallar dos cargas apocal�pticas de dinamita-, lo describe como �un hombre excepcional, una de esas personas que la naturaleza produce cada siglo entre millones, que desperdici� su vida haciendo el mal�. El general Hugo Mart�nez Poveda, uno de los hombres que lo derrot�, lo define, en cambio, en t�rminos lac�nicos: �No ten�a caracter�sticas de l�der, fue lo que fue por el dinero, us� el dinero para buscar cari�o y protecci�n entre los humildes�. Pero le hace la venia por su capacidad para infiltrar los organismos de seguridad y reconoce que por ello hu�a de las maneras m�s insospechadas; se esfumaba, se deshac�a cuando los oficiales daban por segura su captura. �Brazo armado del r�gimen corrupto� lo han llamado otros, que insisten en que Pablo fue azuzado y utilizado por la burocracia militar y pol�tica, y por sectores olig�rquicos, enemigos de la moralizaci�n del pa�s. Como un soci�pata lo definen los psiquiatras que estudian con obsesi�n su personalidad: �Un hombre ed�pico, egoc�ntrico, desafiante de la autoridad y las normas, sin reato moral�. Francisco Santos, una de sus v�ctimas, uno de los herederos de El Tiempo, el m�s importante peri�dico del pa�s, lo define como �un Da Vinci del crimen�. El pol�tico Alberto Villamizar, a quien Pablo intent� matar, a quien le secuestr� a su esposa y a su hermana y quien desempe�� un papel preponderante en su entrega a la Justicia, dice que �era un hombre inteligente y guerrero, que no ten�a l�mite entre el bien y el mal y no respetaba para nada la vida humana�.

�Pablo? Pablo era el mejor amigo y el peor enemigo. Nunca le faltaron las guerras -en alguna medida vivi� de ellas y para ellas- y las hizo con terquedad de sagitario acompa�ado de hombres rebautizados como Pasarela, Suzuki, Carrochocao, Trapiadora, Arc�ngel, Tyson, Pinina, Chopo, Mugre, Arete, Angelito, Cuchilla, P�jaro, Boliqueso, Bocadillo, Monja Voladora, Chapeto, Zarco, Risas, Comanche, �angas, Misterio� Algunos se vincularon reci�n graduados de bachilleres en el colegio de los salvatorianos. En vez de curas, como quer�an sus familias y como en alg�n momento llegaron a creerlo ellos mismos, terminaron de bandidos. Pero como el que peca y reza empata, seg�n dice el dicho tradicional, aun en el furor de su maldad participaban en la Semana Santa en La Estrella. En la Noche de Prendimiento, el Jueves Santo, caminaban descalzos llevando sobre sus hombros, en grupos de doce, una pesada imagen que evoca la escena en la que Cristo se dirige al juicio, traicionado por Judas.

Todos aprendieron a matar, pero no lo hac�an por los odios anidados en sus tripas, como los viejos p�jaros -los asesinos de la Violencia de mitad de siglo XX-, que mataban con un sentimiento que lindaba con el misticismo. �stos, los de Pablo, gente de la ciudad, hijos del capitalismo salvaje, mataban por negocio. El oficio lo aprendieron de Jorge Mico y Elkin Correa, quienes lo practicaron con eficiencia en los a�os setenta durante la guerra de clanes. Y de To�o Molina, que cada vez que mataba a alguien corr�a a susurrarle el pecado a la Virgen de la Candelaria en la Catedral del Parque de Berr�o, en Medell�n.

Si para Pablo la excesiva crueldad fue el principio de su fin, el amor por su familia lo remat�. Tuvo una gran capacidad de orga-nizaci�n, se rode� de poderosos cercos de seguridad y mont� un gran aparato de inteligencia. Pero su c�lculo y su sangre fr�a llegaban hasta donde nac�a la debilidad por su familia. Sus amigos dicen que cre�a profundamente en Jesucristo y admiraba su Evangelio. Ten�a un hogar cat�lico, con el proyecto de llegar a ser numeroso, como las ancestrales familias antioque�as. �Era tan buen padre que se escond�a de sus hijos para fumarse un vareto -cigarrillo- de mari-huana, su �nico vicio permanente�. Sus hijos, su esposa, fueron su tal�n de Aquiles, y de esa debilidad se valieron al final sus enemigos para cazarlo.


�Hoy, de nuevo, do�a Victoria, la mujer del Patr�n, est� ausente�, me dijo Arc�ngel lament�ndose de que ella, tanto en muerte como en vida, lo siguiera mirando a distancia, y que �l tratara de alcanzarla sin lograrlo. Ahora me se�ala la imagen omnipresente de do�a Hermilda. Me acerco a escuchar las declaraciones que da a la televisi�n: ��Pablo? Pablo fue el mejor hijo del mundo, eso fue lo que fue. Y el colombiano m�s bueno que ha nacido�, dice mientras Arc�ngel va arrancando la maleza y escucha silencioso...




ESE FUE PABLO EMILIO ESCOBAR GAVIRIA   "EL PATRON" EL MERO CHINGON ........
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