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SOCIOS INSTITUCIONALES
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Cuento criminal navideño Sergi Álvarez
El viejo Chevy paró, pero los focos no se apagaron, lo que provocaba un curioso efecto sobre la nieve que seguía cayendo sin descanso; luces y sombras bailando sobre la cabeza del agente, ajenas al cadáver de allá abajo. La puerta del conductor se abrió y por ella asomó un cuerpo inmenso. Pasaron unos segundos antes de que el inspector Brite consiguiera salir por aquella minúscula portezuela, tuvo que luchar frenéticamente con la pernera de su pantalón, que se había quedado trabada en el freno de mano. Después se acercó a la escena con la cabeza gacha, como un toro a punto de embestir, las gigantescas pezuñas haciendo crujir la nieve, las alas del abrigo revoloteando a su alrededor, y el agente, mucho más joven que él, al tenerlo a menos de dos metros, no pudo dejar de pensar que aquel hombre tenía un gusto pésimo para las corbatas. - Se acabaron las noches de juerga para éste- dijo, sin siquiera saludar. El joven asintió, respetuoso. Medio hundido en la nieve yacía el rechoncho cuerpo de Santa Claus. Un enorme machete del ejercito sobresalía de su espalda, el saco de los regalos vacío a su lado. En su agonía aquellas manos gordezuelas cubiertas por manoplas encarnadas parecían haber escarbado dos pequeños e inútiles surcos sobre la nieve, que la propia tormenta estaba borrando. Los dos hombres rotaban alrededor del cadáver, pateando fuerte para entrar en calor. - ¿Le tocaba guardia esta noche, señor? - No. Estaba por aquí cerca y respondí al aviso de Central. ¿Cuánto hace que lo encontró? - Una media hora, a lo sumo. - ¿Ha visto a alguien por los alrededores? - Nadie, no creo ni que los propios vecinos se hayan enterado. Parece que había huellas de neumático y algunas pisadas, pero la nieve ya las ha estropeado. Esta vez fue el inspector Brite el que asintió. Fruncía el ceño, nubes de vaho salían expelidas por sus fosas nasales y de nuevo el agente tuvo la sensación de hallarse delante de un toro a punto de embestir; los músculos en tensión, los ojos surcados por cientos de venitas rojas, las pupilas dilatadas, quizás por la oscuridad y el frío, quizás por algo más. El joven sintió un escalofrío. - Parece que mañana un montón de niños van a llevarse una sorpresa- dijo. Una carcajada cascada emergió de las profundidades de su garganta. El Inspector Brite le miró y sintió lástima por él. Que ingenuo, todavía un polluelo recién salido del huevo. Todo el mundo sabe que son los padres los que se encargan de los regalos de sus hijos, y no Santa Claus. En cambio ¿qué sucede con los regalos de los padres? ¿De dónde salen? Él estaba convencido de que era su esposa la que le compraba aquellas horribles corbatas hasta que llegaron las navidades posteriores a su divorcio y allí, sobre la mesilla del comedor, al lado de los restos de la cena pre-cocinada, encontraba siempre un paquete con un lacito, y dentro del paquete otra corbata horripilante que se sentía obligado a llevar en Nochebuena, más por miedo que por otra cosa. Y puede que llevara cinco años viviendo sólo, a base de porquerías, whisky barato, café y bencedrinas, pero sabía, él sabía, que ahí fuera había un hijo de puta rollizo, feliz y vigilante, encargado de recordarle, por lo menos una vez al año, que era un maldito fracasado. El ronquido de un motor hizo que los dos policías se volvieran. Al hacerlo vieron llegar una ambulancia. Ni siquiera llevaba la sirena puesta para no atraer la atención del barrio, animal silencioso, concentrado en el deglutir y digerir las copiosas cenas, los cánticos, el calor de la familia, los nervios de los niños que no podrán dormir esperando la llegada del tipo muerto del saco vacío tirado sobre la nieve. El agente vió como se acercaba el forense, un hombre seco, de aspecto quebradizo, que daba la mano al toro. - Scoch- se presentó. - Brite- respondió el otro. Al agente le pasó fugazmente por la cabeza un slogan publicitario que reforzó la sensación de irrealidad. Esa sensación, presente desde que había encontrado el cadáver de aquel pobre diablo disfrazado, que ahora volvía, intensificada al comprobar que la corbata del forense, el señor Scoch, era tan horrorosa como la del inspector Brite. Y que parecía haber nacido una extraña complicidad entre aquellos dos hombres después de haberse estudiado mutuamente unos segundos, como si hubieran reconocido el uno en el otro a un igual. El forense se agachó e inspeccionó a la víctima, puso especial énfasis en la parte de la espalda de la que crecía la empuñadura del machete del ejército. - Está claro que se trata de un suicidio- se rió. El inspector Brite se unió a las risas. El agente, mucho más joven que los otros dos, los miraba muy serio. Luego se rebuscó en los bolsillos del abrigo hasta que encontró un arrugado paquete de tabaco y les ofreció. Tres hombres encendieron tres cigarrillos sobre el cadáver y aquella maldita nieve que no dejaba de caer. Luego, mientras los enfermeros levantaban al muerto en una camilla, el joven preguntó: - ¿Quién coño lo habrá hecho? El inspector y el forense se miraron un momento. Fue Scoch quien habló. Mientras lo hacía acariciaba suavemente su corbata. - Con un tipo así… Podría haberlo hecho cualquiera. Hay miles de sospechosos en esta misma ciudad. Luego la ambulancia marchó con el cadáver, el agente se metió en su coche y regresó a comisaría para darse una ducha y volver con su familia, y el inspector Brite se introdujo con dificultad en la cabina del viejo Chevy, mientras los copos de nieve bailaban iluminados por los focos. No redactaría el informe aquella noche, prefería dejarlo para mañana. Cogió la bolsa de papel, con botella dentro, que había comprado para celebrar la fiesta y la tiró al asiento de atrás, junto con los regalos que había robado de aquel saco y la funda del machete del ejército.
© Sergi Álvarez Calzada |
BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal - 2004-2006
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actualización: diciembre 2006