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SOCIOS INSTITUCIONALES
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A este lado del océano David Barreiro
Me dijo el nombre del tipo al que debía encontrar y le contesté con una carcajada. No le hizo ninguna gracia. Un hombre como él, con un despacho en la última planta de un rascacielos, una mesa de caoba, dos secretarias y un coche de pedigrí en el garaje del edificio no puede soportar que un detective fracasado con barba de tres días y los zapatos desgastados se ría en su propia cara. Pero todo aquello era demasiado divertido para contenerse. Aún así, aquel editor mantuvo la serenidad y se recostó en su sillón ergonómico a la espera de que mi hilaridad cesara. Pasaron unos minutos hasta que me recompuse. Entonces continuó hablando: - Mire, no malgastaría mi tiempo con alguien como usted si tuviera otra alternativa. - No sabía de mi prestigio. - No se lo puede ni imaginar. Precisamente, la razón de que le necesite es lo bajo que ha caído. Es la única persona a la que nadie creería si algo de esto saliera mal. - Le agradezco el cumplido. Traté de disimular pero aquel golpe me había dolido. En otros tiempos había sido un prometedor detective en el cuerpo de policía. Habían pasado muchos años, era cierto, pero uno nunca olvida sus sueños, aunque ya los haya abandonado. - Además - siguió - se dice por ahí que le gusta leer. ¿Es cierto? - Algo hay que hacer hasta que abren los bares. Trató de sonreír pero ya había perdido la costumbre. Sacó del cajón de su mesa un sobre blanco. Contenía billetes nuevos que equivalían a un par de años de trabajo. Puede que ya no me quedara estima, pero seguía necesitando alimentarme. - ¿Y dónde se supone que está? - le pregunté. - Ahora mismo lo desconozco, pero no me cabe ninguna duda de que los próximos días los pasará en Gijón. - ¿Por qué? - ¿Pero en qué mundo vive? Es la Semana Negra, allí se mueve como pez en el agua. No sabía de lo que me hablaba. Me explicó en qué consistía y no me pareció una mala idea. Después de todo, en el verano tórrido de Madrid, mis únicos casos solían reducirse a buscar pendientes en el fondo de alguna piscina. Además, había leído mucha novela negra en mi juventud con la intención de aplicar aquellas historias a mi vida, aunque nunca había dado resultado. Me entregó la mitad del dinero y aguardó a la última pregunta que, lógicamente, tenía que llegar. - ¿Por qué no colabora con ustedes? Suspiró, se levantó y caminó hacia la ventana. Se quedó mirando, a través del cristal, la ciudad sombreada por aquel enorme edificio. - Hace cuatro o cinco años vino por aquí. Se presentó sin haber concertado una cita, con la certeza de que le recibiría. Se sentó en esa silla en la que usted, por llamarle de alguna manera, está ahora y me dijo que podría colaborar con nosotros, como consejero de nuestros escritores negros. Por aquel entonces era un género menor, en decadencia desde el punto de vista del mercado, y su personaje apenas tenía ya atractivo alguno. Alcanzó la madurez hace sesenta años, ¡sesenta años! Estaba acabado, o al menos eso pensaba yo. Pero poco a poco todo cambió. Primero fue uno de los protagonistas de Lorenzo Silva, después retazos en los diálogos de Rafael Reig, y la gota que colmó el vaso fueron los cubanos, Padura y Lunar Cardedo. ¿Sabe qué le digo? Esos malnacidos no habrían sido capaces de escribir ni una sola palabra sin sus consejos. Sus personajes tendrían la misma vida que un títere. El caso es que ahora no dejan de vender libros, maldita sea, y mi única labor en los últimos meses ha sido achicar agua. Así que necesito que termines con él y, si existe un lugar ideal, ese es la Semana Negra. Me convenció el lado humano de aquel tipo y decidí aceptar el caso. Siempre he admirado en los demás mis propias carencias. Todos aquellos billetes ayudaron, por supuesto. Unos días después me encontraba en un tren negro -así lo llamaban- con destino a Gijón. Estaba rodeado de unos tipos acostumbrados a investigar en los huecos de las letras. Reconocí a muchos, a otros nunca los había visto y de algunos ni siquiera había oído hablar. Llegamos a la ciudad que baña el Cantábrico y nos adentramos en el recinto de la Semana Negra del que apenas salí en los días siguientes más que para dormir unas pocas horas cada madrugada. No perdí de vista en ningún momento a los escritores que por allí pasaron: a Lunar Cardedo, a Padura, a Fernando Martínez Laínez y a todos los demás. Pero no encontré al hombre que buscaba. Conocía demasiado bien el oficio para dejarse ver tan fácilmente. Aunque algo me hacía pensar que no andaba demasiado lejos, he de decir que no eran más que suposiciones, el instinto dañado de un hombre en el declive de su carrera. Así llegó el último día y, harto de acudir a mesas redondas, presentaciones de libros, recitales de poesía y conferencias, decidí dejarme caer en una de las terrazas y tomar una botella de sidra. Si soy sincero, y no veo motivo para no serlo a estas alturas, estaba resignado, tenía la sensación de que volvería a penar en casos inanes en cuanto regresara a Madrid. Fue entonces cuando le vi. Estaba sentado en una mesa al lado de la mía a unos metros del río Piles, aprovechando los últimos rayos de sol de la tarde. Al principio no le reconocí porque se había ataviado como el resto de escritores y artistas que frecuentaban el recinto: camiseta negra, pantalones cortos y ojeras escarbadas en las mejillas. Sin embargo, sospeché de aquel tipo que aún guardaba en el pelo la huella elipsoidal de un panamá y que fumaba en blanco y negro. Me quedé observándole hasta que confirmó mis suposiciones al pedirle a la camarera unas gotas de bourbon para aliñar su té con hielo. Entonces me acerqué a él, pero antes de que sacara mi pistola ya me apuntaba por debajo de la mesa: - Has tardado demasiado en encontrarme, muchacho. Parece mentira, por esas canas que luces se diría que llevas tiempo en el oficio, pero aún no has aprendido lo necesario para ser un buen detective. - No es tan fácil, esto no es como en su época, ahora todo es más complicado. ¿Qué hace usted aquí? - Necesitaba aires nuevos - me dijo -. Alejarme de esos sicarios de medio pelo y de las mujeres sofisticadas y altivas de California. Aquí no es necesario llevar un fórceps para conseguir la sonrisa de una dama y a los tipos como yo nos favorece la barra de estas tabernas. ¿Cómo las llaman aquí? ¿Chigres? Qué nombre tan horrible, por cierto. Me preguntó quién me había contratado y no tardé en responder. Supe de inmediato de qué lado ponerme y no tuvo nada que ver con que me estuviera apuntando con un arma. Le conocía, le había leído demasiado para no admirarle. Se rió cuando le conté mi encuentro con el editor, pero seguía a lo suyo, perdido en el cielo de Gijón: - Además, amigo, este sol es escaso pero natural y salvaje, no como en Los Ángeles donde da la sensación de que sólo amanece cuando el jefe de eléctricos conecta un Fresnel. Y lo que atravesamos el otro día en el tren sí que eran montañas, no las dichosas colinas escritas de Hollywood que tienen el vértigo de un tobogán. Nos quedamos charlando un rato y luego se fue sin que yo opusiera resistencia alguna. Le vi desaparecer tras el Molinón y despedirse de algunos de sus discípulos con un gesto disimulado. Me imaginé a Bernie Ohls buscándole en su oficina o al señor Sternwood echando de menos su conversación. Pero a mí no podía engañarme, si el viejo Phillip Marlowe se había fugado de las páginas de Raymond Chandler no era solamente para dar clases magistrales a escritores con el talento de un amanuense, sino para buscar a este lado del océano a Peluca de Plata. © David Barreiro
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BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal - 2004-2006
sede provisional: c/ de la Sal, 5 - 08003 Barcelona
actualización: septiembre 2006