LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>> VIOLENCIA, DE JAVIER PÉREZ

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Violencia

Javier Pérez

 

 

violencia: comportamiento deliberado que resulta en daños físicos o psicológicos a otros seres humanos, o más comúnmente a otros animales y se lo asocia, aunque no necesariamente, con la agresión, ya que también puede ser psicológica o emocional, a través de amenazas u ofensas.

 

            Tengo que sentirlo, sino no es lo mismo. Hay cierta cualidad, en ciertas personas, que me lleva a ver cuál podría tener posibilidades y cuál no. Esa mujer, por ejemplo; la única en las inmediaciones que lleva el bolso colgado del hombro, en lugar de cruzado sobre el pecho. Sería extraordinariamente fácil acercarme por detrás, buscar el momento preciso en que deje de aplicar presión sobre la correa del bolso, quizá una pequeña pulsación de curiosidad al mirar un escaparate, o el instante de echar a caminar después de haberse detenido en un paso de cebra, y aplicar un fuerte tirón al pedazo de cuero colgado para salir después a la carrera.

            Pero entonces consulto lo que sea que me dicta quién sí y quién no, y me dice que quizá no sea la mejor opción: su forma de andar denota cansancio; incluso a través de esa especie de pantalones piratas negros que lleva puestos, se le pueden ver los tobillos hinchados; trabaja demasiado, pues, y de pie, lo cual me lleva a pensar en un empleo de mierda detrás de un mostrador, quizá limpiando casas, y de ahí al cálculo del efectivo posible en el interior de su bolso, o sea, escaso. También están los detalles referentes a la vestimenta y el estilo de ésta; ecos de mercadillo y ofertas de centro comercial de la periferia.

            Dejo que la mujer se aleje.

            Sigo buscando. Enciendo un cigarrillo, mientras tanto.

            Tres portales a la derecha de la terraza del bar en el que el café se me enfría sobre la mesa, un chico de unos veinte años sale a la calle. Empieza a caminar despacio, en mi dirección. Por la intensidad y la resolución de las zancadas, deduzco que lleva algo de prisa, o quizá que estaba demasiado aburrido en casa y que, de repente, se le ha ocurrido un sitio adonde ir. Al pasar junto a mi silla, veo que lleva una de esas carteras con cadena, firmemente sujeta al cinturón de los tejanos. Lo dejo pasar, demasiadas complicaciones.

            Doy otra calada al cigarrillo y continúo la inspección.

            Las doce y treinta y nueve, marca el reloj de la farmacia en la acera de enfrente. Ni tarde, ni pronto.

            Durante los cinco minutos siguientes, unas seis personas entran y salen del bar. Cuatro de ellas pasan junto a mí, sin prestarme atención. Soy un tipo corriente, tomándose un café corriente, en un bar cochambroso. Ninguna de ellas me invita a ponerme en marcha.

            Un posible objetivo cruza la calle en dirección a la farmacia cuando me acabo, al fin, el café, y enciendo otro cigarrillo. El humo meciéndose frente a mis ojos desdibuja un poco la figura del hombre, pero él sí que activa mis alarmas. Un tipo un poco demasiado elegante para este barrio, quizá un comercial especialmente consciente de su atuendo, o un ejecutivo de baja escala que acaba de salir de una reunión en alguno de los edificios de oficinas desperdigados por los alrededores. Da lo mismo, en definitiva. Él va a ser mi primer trabajo de hoy y, con un poco de suerte, el último durante un par de días.

            Con la vista fija en la puerta de la farmacia, mientras espero a que ésta vuelva a escupir a mi victima de vuelta a la calle, me acerco a la barra del bar, pago el café y apago el cigarrillo en uno de los ceniceros.

            Modifico mi lenguaje corporal, de forma que no parezca que tengo prisa, alterando cualquier pauta que pueda dar impresión de ser sospechosa, mientras salgo del local, directo hacia la farmacia.

            Me  entretengo con las ofertas del escaparate: cremas reductoras, pociones milagrosas contra los quilos de más, fotografías de un mundo de pesadilla en el que los protagonistas trotan inconscientes, desposeídos de cualquier enfermedad… Hasta que veo que el hombre trajeado extrae su cartera del bolsillo interior de la americana y paga lo que sea que contengan las dos cajas, del tamaño de un cepillo de dientes, que el farmacéutico está envolviendo. Parece voluminosa, buena cosecha.

            Por algún motivo, imaginaba que el hombre llevaría la cartera en el bolsillo trasero de los pantalones, por lo que el detalle de haber visto dónde guarda exactamente el efectivo, me obliga a replantearme la estrategia. Un replanteamiento sutil y sin importancia, la verdad sea dicha. El mecanismo del robo, a efectos, viene a ser el mismo: un choque fortuito con el hombre (ahora frontal, en lugar de trasero) y una disculpa a medias, mientras mis manos aprovechan el impacto para colarse, sibilinas y adiestradas, en su chaqueta; desorientado durante una fracción de segundo, el tipo no se percata de que mis hombros esperan el momento adecuado para ejercer de pantalla contra las posibles miradas hacia mis dedos, conocedores de la rutina de escamotear y camuflar el botín en dirección a un bolsillo, cosido a propósito, en el interior de mi cazadora. Apenas dos segundos de operación.

            Repaso el plan otra vez, más por costumbre que por precaución, y dejo que el hombre trajeado salga de la farmacia, mire a ambos lado, como si estuviese tratando de recordar dónde ha dejado el coche, y gire a la derecha, en dirección contraria a dónde yo estoy. Tendré que seguirle un rato, en busca del momento propicio. Sólo espero que su coche esté tan lejos como aparenta.

            El hombre gira a la derecha, camina hasta el paseo paralelo a la calle en la que ha empezado nuestra relación unilateral, y gira a la derecha por éste. Una caminata agradable. Quizá tenga ganas de estirar un poco las piernas, lo cual confirma en parte mi tesis de la reunión de negocios y me llena los ojos de posibilidades en cuanto al contenido de su cartera se refiere. Sigo con el acoso a distancia, convirtiéndome en una casualidad, con la atención puesta en la espalda negra, decorada con rayas verticales de un gris casi blanco, de mi presa.

            ¿Está disminuyendo el paso, o es que yo estoy demasiado ansioso? Disimulo un poco y aumento la distancia entre los dos, lanzando miradas fugaces a mi objetivo. Ahora se ha parado del todo, en medio del paseo, y escruta algo escrito en un papel que se acaba de sacar del bolsillo.

            Está buscando una dirección, claro. Eso me complica un poco el trabajo.

            Consulto con el dispositivo en mi interior. Me dice que a la mierda, que vale la pena seguir adelante, que el hombre del traje supura el suficiente dinero como para que correr algún riesgo que otro.

            Vuelvo a ponerme en marcha.

            La presa también.

           

            ***

 

            Entonces Agustín se arrodilla frente a mí y la imagen me produce un asco tan hondo e irracional que tengo que apartar la mirada de él.

            —¡Pégame!—suplica—¡Pégame y llévatelo todo! Eso es lo que querías desde el principio ¿no?

            —Cierra la puta boca.

            —¡Esto no puede quedar así! Al menos, que uno de los dos salga de aquí con algo…

            El aire de la cabina del ascensor se vuelve pegajoso e imposiblemente turbio. Con los ojos acostumbrados a la oscuridad, los detalles más horribles del diseño del mismo vuelve a refulgir en todo su patético esplendor.

            Algo tira de mis pantalones hacia abajo. Sé lo que es, por eso no quiero mirar. El gimoteo constante, el sonido como de pájaros agonizando después de haber caído a un lago de agua helada, que sale de la garganta de Agustín me está desquiciando un poco más.

            Casi siento la necesidad de pegarle, pero eso sería darle la razón a él.

            —¡Hazlo de una vez, por Dios!

            —Si tengo que volver a decirte que te calles…

            Dejo la amenaza a medias, por que estoy en un callejón sin salida, de todos modos.

            Entonces todo el ascensor se sacude como un espástico haciendo la digestión. Un rayo de esperanza se ve eclipsado por la risa casi histérica que sustituye al gorjeo de Agustín. Doy un paso atrás, en busca de un milímetro de espacio no contaminado, pero la risa rebota en las paredes oscuras del habitáculo, en el cristal que ya sólo refleja mi sombra, pues la del hombre en traje que yace en mis pies queda fuera de su alcance, y convierte cualquier ínfimo lugar del apenas metro y medio cuadrado en el que ambos agonizamos, cada uno a su manera, en algo aborrecible.

            Un pequeño brote de claustrofobia. Por lo visto, es algo contagioso.

 

            ***

 

            La presa vuelve a pararse frente a la enorme puerta acristalada de un edificio casi al final del paseo. Alarmas contradictorias en mis tripas. Si entra en el edificio, una parte de mí dice que lo deje, que será virtualmente imposible acecharle lo suficiente como para encontrar el hueco por el que colar las manos y birlarle la cartera; otra parte, la más insistente, sigue diciendo que vale la pena, que con este tipo podríamos haber dado con el filón que nos permita seguir tirando una semana más.

            El hombre trajeado entra en el edificio. Le sigo.

            Primer paso: comprobar la portería. En caso de que la cosa fuese muy, pero que muy mal, lo mejor es no tener más testigos que la propia víctima. La policía cuenta con que la victima de un robo, más aún si es un robo tan sutil como el que estoy a punto de cometer, la clase de robo en la que soy todo un experto, estará tan confusa y avergonzada que la descripción del ladrón apenas resulta fiable. Siempre buscan a alguien que pueda confirmar o desechar el retrato robot.

            Es la primera vez, si es que llego a consumar, que hago esto en un espacio cerrado. Las calles son mi coto de caza. No sé cómo puede acabar todo el asunto.

            Si bien a mi izquierda hay un pequeño mostrador, con algo de correspondencia apilada encima, no se ve rastro alguno de una presencia humana que lo regente. El encargado de la portería ha abandonado su puesto de trabajo. Un punto para mí.

            Segundo paso: cámaras. El edificio es lo suficientemente antiguo como para no tenerlas, y con el suficiente aspecto de que en él ocurran cosas importantes, se cierren transacciones de suficiente altura, como para que sí. Paseo la vista por las paredes, distraído, mientras el hombre del traje avanza hacia el ascensor.

            No hay cámaras a la vista. Pero eso tampoco me pone las cosas más fáciles de cara a enfocar la situación de forma racional, antes de que el ascensor baje del todo y pierda a mi presa para siempre.      

            Me acerco peligrosamente a él. Mando a mis músculos interpretar su papel: soy un hombre normal y corriente, vulgar, que coge el ascensor para llegar a la notaría situada en la cuarta planta del edificio; por eso he dudado tanto tiempo antes de avanzar, junto a la puerta, en caso de que el buen hombre que está a punto de ser mi compañero de ascensor sospeche, estaba buscando el piso exacto al que dirigirme en las placas atornilladas a la entrada.

            ¡Bling!

            Las puertas correderas del aparato se abren. Nadie baja, dos suben.

            Pulso el botón de la cuarta planta, rezando en silencio por que el hombre trajeado no se dirija a la quinta, sexta o séptima. Fuerzo un poco la situación, no demasiado, en vista de que el tipo no se decide a pulsar, a su vez, botón alguno, obnubilado como está, con la vista perdida en las puertas a punto de cerrarse, apretado contra el extremo izquierdo de la cabina.

            —¿Piso?—pregunto amablemente.

            —¿Qué?...—el hombre parece salir de un sueño muy profundo—. Perdón… al cuarto.

            No sé si eso es bueno o malo. Lo decidiré en un par de segundos.

            Las puertas se cierran frente a nuestras narices. Los tendones en mis dedos se tensan, abriéndose a la adrenalina que fluye, lenta y constante, por todo mi cuerpo, ahora convertido en un resorte malvado a punto de saltar.

            El hombre suda, como si deseara estar en cualquier otra parte.

            Yo también.

 

            ***

 

            No hay más movimiento que el temblor insoportable del cuerpo de Agustín, que ya ha abandonado su posición arrodillada a mis pies por una fetal, mucho más patética pero menos a mi merced, en una esquina.

            —No saldremos nunca de aquí —grazna, calmado de forma psicótica.

            —Ojalá tú no salieses nunca —le escupo.

            —No es justo… Yo no quería…

            —Querías matarme, psicópata de mierda —la frase suena un poco más estúpida de lo que sonaba en mi cabeza hace un segundo, así que la remato con una advertencia—. Y ya procuraré yo, como sea, que no te salgas con la tuya.

            —Esto no… no tiene nada que ver contigo.

            —Anda y que te follen.

            Por un momento da la sensación de que Agustín se va a echar a llorar, pero supongo que sólo es un efecto causado por la mezcla de falta de luz y la escasez de sentido común que domina la escena. El tiempo parece escurrirse hacia los lados aquí dentro, como si todo, absolutamente todo, fuese consciente de que nadie sabe qué va a pasar a continuación, cuando el ascensor se ponga en marcha de repente, o acuda alguien a sacarnos de aquí. El futuro es de una incertidumbre supina, y estoy empezando a ceder a la presión de ignorar todo lo que pueda acontecer a partir de este punto de lamentable inflexión.

            —Creo que no puedo respirar —informa Agustín, devolviéndome los pies al proverbial suelo.

            —Si no pudieses respirar, tampoco podrías hablar.

            Siento la tentación de sentarme, permitirme descansar un poco, junto al montoncito improvisado a mi espalda formado por su chaqueta, la mía, los restos del cartón que cobijaba los botes de pastillas, y la pistola, que estoy velando; pero temo que si lo hago, si me pongo en una posición no dominante como en la que estoy ahora mismo, Agustín pueda reaccionar y saltarme al cuello. Nadie diría que el pobre miserable pueda ser capaz de hacer nada semejante, viéndolo recostado, abrazándose a sí mismo, en la esquina en la que ha decidido vegetar, pero no me fío un pelo de semejante cabrón.

            Sigo de pie. Trato de distraerme.

            —Quizá no deberías haberte tomado todas esas pastillas —digo, intentando que Agustín reaccione de alguna forma, la que sea, que me permita calibrar en qué punto estamos y cómo va a acabar todo.

 

            ***

 

            Aprovecho el torpe arranque del ascensor para examinar el terreno que nos rodea, a mi presa y a mí. Una distancia demasiado larga nos separa, pero el habitáculo que compartiremos los próximos veinte o treinta segundos se cierne sobre ambos como el presagio de una encerrona. No le tengo donde quería, pero servirá. Tiene que ser aquí dentro, ahora. O eso, o ya puedo dar por perdida tanta jodida molestia por llegar hasta aquí.

            Controlo el reflejo de nuestras espaldas en el espejo al fondo del ascensor. No creo que me de demasiados problemas; de hecho, incluso es posible que me permita esconder los dos gestos mecánicos que necesito para desposeer a la victima de su cartera.

            El hombre del traje saca un paquetito de la bolsa de la farmacia, lo abre con unos dedos torpes y húmedos, y extrae de él un tubo metálico, poco más pequeño que un puro. Destapa el tubo y fuerza la verticalidad de éste hasta que un puñado de pastillas grisáceas cae en la palma de su mano derecha.

            Sin querer, me he quedado observando la operación más tiempo de la cuenta. El hombre se percata, se echa el puñado de pastillas a la boca, las traga, y dice:

            —Son pastillas de cafeína. Trabajo demasiado… 

            Hay cierto nerviosismo aferrado a las palabras del hombre. Puedo oírlo. No me apasiona el conato de contacto personal que estamos teniendo en este momento, pero algo me dice que eso mismo puede precipitar mis posibilidades a favor de salir victorioso de la escaramuza. Doy un paso inapreciable en dirección a mi presa, busco los puntos débiles de su postura.

            —A mí me pasa lo mismo —digo, accidentalmente.

            —¿Qué?—pregunta el hombre.

            —Nada. Que yo también trabajo demasiado.

            —Ah…—es lo único que alcanza a replicar él. La visión de su pupilas dilatadas, su lenguaje corporal, y las minúsculas gotas de sudor que le perlan la frente, me confirman algo que lleva dándome vueltas por la cabeza desde antes de que se cerrasen las puertas del ascensor.

            —¿Claustrofobia?—me aventuro, en un intento por buscar algo más de complicidad que me permita acercarme, apenas otra pulgada, a mi presa.

            —Sí ¿Tanto se nota?—confirma él, prácticamente a mi merced.

            —Sólo son cuatro pisos —le tranquilizo.

            —Hacía años que no subía a un ascensor, pero hoy…

            Una sacudida detiene el ascensor en seco y deja en suspenso la frase del hombre. La brusca desaceleración se me sube a la garganta. Entonces las luces de la cabina desaparecen, el instinto aflora, mis dedos se mueven.

            El hombre a mi lado no emite sonido alguno, pero su pecho sube y baja de forma desacompasada y brutal. Noto el estruendo de su corazón conforme acerco los dedos al bolsillo en el que se supone guarda la cartera. Casi me da lástima, el pobre capullo. Mi dedo índice da con el blanco, pero es duro y contradice todo lo que se supone que debería ser.

            Lo que estoy tocando no es una cartera.

            Es duro y frío y contradictorio y tiene una textura a medio camino entre el peligro y la alteración latente del hombre que lleva el objeto pegado al corazón.

            El control remoto de mis facultades tira hacia atrás de lo que quiera que sea que han encontrado sus exploradores. Algo se rasga con un sonido de impaciencia, y al fin sé qué cojones es lo que tengo en la mano.

            El hombre, mi presa, también se ha dado cuenta, y su rabia casi brilla en la oscuridad absoluta del ascensor parado.

            —Eh!—grita.

            Me echo hacia atrás, el metal pesado en mi mano derecha.

            Una pistola. El muy cabrón llevaba una pistola en el bolsillo interior de su chaqueta. ¿Pero qué…?

            Un golpe en la mejilla izquierda me hace levantar las manos para cubrirme ante la absoluta certeza de que un primo hermano suyo le siga, en dirección, sin duda, al otro extremo de mi cara. La pistola cae en algún punto algo a la derecha del hombre que se ha abalanzado sobre mí. El tortazo temido es descargado sobre mi improvisada guardia.

            Me defiendo.

 

            ***

 

            Me siento en una encrucijada. No sé muy bien como funciona el sistema de ventilación de un ascensor parado, pero el aire alrededor de Agustín y de mí parece irse convirtiendo en gelatina poco a poco. El tiempo, la medida abstracta de la linealidad de los acontecimientos, va hacia delante y hacia atrás, en andanadas, dentro de mi cabeza. Empiezo a marearme, pero ése es el menor de mis problemas.

            Agustín parece recuperar la compostura durante unos eternos veinte segundos.

            —Hagamos una cosa… —dice desde su rincón miserable—. Esperamos a que alguien venga a sacarnos, como hasta ahora. Tú me devuelves la pistola y yo te doy todo el dinero que tengo.

            —¿Qué coño estás diciendo? En cuanto salgamos de aquí, pienso llevarte a rastras hasta la primera comisaría que encuentre.

            —No tienes porqué. Te juro que, tal como salgamos, me iré directo a coger un tren que me lleve muy lejos de aquí. A lo mejor un avión. No volverás a verme en tu vida… Pero, por favor, no permitas que todo acabe así.

            —¿Así? ¿Cómo?

            —¡No quiero ir a la cárcel, joder! ¡No me lo merezco!

            —¿Que no te lo mereces? Hijo de puta…

            Agustín ruge un par de palabras que no soy capaz de interpretar y salta sobre mí. Desde la posición de la que parte, me da tiempo más que suficiente para prepararme antes siquiera de que él haya cubierto la mitad del espacio que nos separa. Levanto una pierna aliviada en dirección a la boca abierta del hombre.

            La vibración de sus dientes, al romperse bajo la suela de mi bota, me revuelve el estómago.

            ¡Thunk!

            Lo que hasta hace un momento era un cuerpo envuelto en un traje caro, ahora no es más que un muñeco pesado retorcido a mis pies. Espero no haberle matado, aunque Dios sabe que me importaría un carajo que así fuese.

            Doblo un poco las rodillas, atento a cualquier movimiento del bulto con forma casi humana, dispuesto a volver a reaccionar de forma rápida y contundente si la circunstancia lo requiere, y me cercioro de que Agustín aún respira. Lo hace. No hay problema.

            En algún momento, el ascensor volverá a ponerse en marcha, seguramente siguiendo su camino en dirección a la cuarta planta. Tengo todo el tiempo del mundo para vaciar la cartera de Agustín y quedarme con el último céntimo que lleve encima. Quizá también le robe las tarjetas de crédito; un colega del barrio se dedica a duplicarlas para poder sacar dinero a expensas de sus dueño, por lo que también es posible que pueda sacar algo de ellas.

            Cuando lleguemos arriba, él se quedará donde está. Lo que le pase a partir de aquí, francamente, ya me importa una mierda. Yo bajaré, tranquilamente pero sin pausa, por la escalera y desapareceré en mis calles, las que ya echo tanto de menos que las rodillas se me están empezando a agarrotar por la falta de contacto con el asfalto y, dependiendo del botín, volveré a meterme en algún bar, a ahogar un poco el sentimiento de culpa y, quizá inspeccionar el terreno para futuros golpes.

            Qué cojones… Saco un cigarrillo arrugado del paquete casi desecho que llevo en el bolsillo, lo enciendo, y el mundo se vuelve un poco menos raro.

            Por hoy ya he tenido bastante.

 

            ***

 

            Forcejeamos un rato, pero no demasiado. La claustrofobia le está asfixiando, cosa que aprovecho para apoyarme en sus hombros y separar al hombre trajeado de mí. Él va a dar contra una de las paredes, y yo salgo disparado en dirección a la opuesta.

            El hombre trajeado se deshace de su chaqueta con un movimiento casi imperceptible. Se está derritiendo frente a mis ojos, pero no da muestras de querer luchar. Levanta las manos en actitud conciliadora, en oposición a la expresión de su cara, perdida en algún punto entre el pánico y la desesperación.

            Entonces habla.

            —Vamos, vamos. A ver si nos tranquilizamos un poco.

            Estoy a punto de decirle que ha estado a punto de matarme y que se tranquilice su puta madre, pero me callo. Un tenue parpadeo de locura despunta en sus ojos, y no sé muy bien qué reacción provoca eso en mí.

            —Ha sido un acto reflejo —prosigue el hombre—. Esto no va contigo.

            Y justo en este momento, me desarma con un gesto del todo inconcebible. Me tiende una mano pacificadora.

            —Me llamo Agustín —dice—, y siento mucho lo que ha pasado.

            Hago un esfuerzo por intentar encontrar algo dentro, muy dentro de mí, en el lugar en el que se esconden el instinto y las locuras, que pueda ayudarme. No lo encuentro, así que digo:

            —Estás como una puta cabra.

            —Es posible, por que acabo de matar a mi mujer.

            El hielo pálido que sale de su mirada se me cuela en los huesos. Comprendo que lo que dice es verdad.

            —Como ya he dicho —prosigue él, inmerso en su monólogo psicópata—, esto no va contigo así que, por favor, no te entrometas. Tienes que ayudarme a salir de aquí, por favor, llegar hasta la parta cuarta y dejarme acabar con todo esto.

            —¿Acabar con qué?

            Lo sé. Soy estúpido.

            —Tengo que matar al amante de mi mujer… Es ese notario del cuarto piso… él se la estaba follando, y yo trabajo mucho… y las pastillas, a veces no sé…

            Despacio, frase a frase, el tal Agustín se va dejando poseer por lo que sea que tiene en la cabeza, frente a mis ojos. Dejo de pensar, por eso uno de mis pies cobra vida y desplaza la pistola o, cuanto menos, su oscura silueta sedente, hacia el rincón más alejado de su amo, que se va doblando y doblando y doblando, cada vez un poco más cerca del suelo.

            —Creo que lo mejor va a ser que te alejes un poco —acierto a decir, ausente.

            —Pero es que ellos… yo trabajo mucho y ellos…—sigue murmurando el hombre, ignorándome—. Pero ahora tú también lo sabes y llamarás a la policía… ¡No! ¡No llamarás a la policía, por que eres un chorizo! ¡Querías robarme la cartera, por eso has encontrado la pistola!

            Vuelvo dentro de mí mismo después de esa última frase. ¿Cómo puede un hijo de puta estar tan loco y ser tan listo a la vez?

            El hombre se acerca un poco. Yo alzo los puños en señal de aviso. Está fuera de sí. En el tiempo de un parpadeo, la cordura le abandona del todo.

            —¡Tú no lo entiendes! No te va a pasar nada… no te va a pasar nada… sólo quiero llegar arriba, matar al tío que me he robado la vida y luego tirarme por la ventana y acabar con todo… no te va a pasar nada, de verdad. —El hombre se queda sin respiración, se sujeta la garganta, y durante un microsegundo estoy convencido de que se va a morir aquí mismo, luego prosigue —. Te lo suplico, por el amor de Dios. Déjame llegar arriba y acabar con todo…¡Quiero que acabe! ¡Quiero que acabe!

Entonces Agustín se arrodilla frente a mí y la imagen me produce un asco tan hondo e irracional que tengo que apartar la mirada de él…

 

© Javier Pérez  

 

       

                                                         


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actualización: abril 2006


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