LOS RELATOS DE BRIGADA 21 >>>  BLUES DEL AMULETO, DE LLUÍS GUTIÉRREZ

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BBlues del amuleto

Lluís Gutiérrez

 

Siento su liviana presencia en el fondo del bolsillo de mi abrigo, suave como la piel de una amante, reconfortante como la caricia de una madre. Me aferro a su presencia mientras cruzo esperanzado la puerta que me devuelve al mundo.

Mi padre me lo regaló al cumplir catorce años. Un negro sin un amuleto que le proteja, lo tiene difícil en este país, me explicó. Supongo que mi desencanto le forzó a aclarar algo que él consideraba obvio. Sea como sea yo esperaba un calidoscopio. Estoy seguro que de no haber muerto al cabo de poco tiempo en una reyerta entre borrachos, mi padre me lo hubiese conseguido, le faltó tiempo.

Fue entonces cuando comprendí que mi padre estaba en lo cierto, un negro necesita un amuleto si quiere sobrevivir, así que lo incorporé a mi vida y prometí que nunca mas me separaría de él.

Mama Stella Mae, la mujer de mi padre me dijo un día que tenía que visitar a unos parientes en Alabama, que no debía preocuparme si tardaba unos días en regresar, hay un buen trecho entre California y Alabama, esas fueron sus palabras. Me dejó una cesta llena de comida, hasta se preocupó de preparar tres tarros de compota de ciruelas. Nunca nadie ha conseguido preparar una compota de ciruelas como la de Mama Stella Mae.

Del tipo que pasó a recogerla en un Packard del cuarenta y siete solo recuerdo que tenía una piel que amarilleaba de tan negra  y que cuando sonreía mostraba un diente de oro. Eso es algo que nadie me  puede discutir porque durante el poco rato que pasó hablando conmigo no paró de sonreír. Yo le enseñé mi amuleto y le dije que ante una pata de conejo, su diente de oro no valía nada. Asintió gravemente y me ofreció diez dolares por mi amuleto. No se lo hubiese vendido por nada del mundo.

Mama Stella Mae me abrazó muy fuerte y me pidió que me cuidase y creciese rápido, luego se fueron. Imagino que algo les debió pasar por el camino ya que nunca mas volví a verles.

Al cabo de un tiempo fui a vivir con mi amigo Rabbit. Nadie puede vivir en una casa si no tiene dinero para pagarla. Rabbit  y su familia vivían en una especie de campamento, allí estaban sus padres, once hermanos, cinco abuelas y dos abuelos. Nunca entendí demasiado bien lo de los abuelos ni nadie se molestó nunca en explicármelo. Fueron buenos tiempos aquellos, mi amuleto me ayudó en todo momento, conseguí trabajo con Bledsoe, el repartidor de hielo, un verdadero empresario con carro y un viejo caballo de propiedad y todo. Creo que si hoy aun tengo las manos tan duras es de tanto trajinar hielo. Bledsoe, las tenía aun mas duras que yo, un pescozón de aquel fulano era algo que me hacia desear estar lejos de allí cuando se enfadaba. Ojalá Dios le hubiese dado tanta facilidad para repartir el dinero como los pescozones, al bueno de Bledsoe.

A los diecisiete conocí a Davaila, ella quería ser trompetista de jazz y tocar con la Orquesta de Jelly Roll Morton, visitar Las Vegas, New York y Europa. Las malas lenguas decían que esa debía ser la causa de que Davaila se entrenase soplando en todas las pollas del barrio. Yo siempre he creído que el verdadero problema estaba en la piel clara y el pelo casi lacio de Davaila, las otras negras se pasaban la vida intentando conseguir dinero para cremas que les desrizasen el pelo, dormían con redecillas y se lo lavaban con zumo de toronja para estirárselo. Davaila simplemente se peinaba y con el pelo liso y su  piel canela suave, casi parecía blanca, la denunciaba el culo, tenía culo de negra y lo meneaba como una negra bien orgullosa de la anchura de sus caderas. Me enamoré de Davaila y cuando ella aceptó venir a vivir conmigo en la habitación que la vieja Betty nos alquiló, casi lloré de felicidad. Por supuesto no me olvidé de darle las gracias a mi amuleto, lo hice a escondidas porque Davaila decía que eso eran supercherías de negros, creo que lo que realmente dijo fue supersticiones, me contó que las dos palabras eran muy parecidas pero no significaban lo mismo, ella había ido cinco años a la escuela de la iglesia baptista y sabía el significado de muchas palabras que yo desconocía.

Cuando cumplí los veinte, Davaila me regalo un aparato de radio, no se como pudo conseguir tanto dinero, era enorme, de color rojo oscuro brillante y tenía dos grandes botones dorados con los que se podía seleccionar las emisoras y poner la música de jazz tan alta como quisieras. Me dijo que cuando ella consiguiese tocar con la orquesta de Jelly Roll, la podría escuchar bien claro. Fueron los mejores años de mi vida, creo que hasta Davaila empezó a confiar en mi amuleto, no creo que nadie en su sano juicio pudiese dudar de su eficacia.

Una noche, después de hacer el amor me dijo: Papi escúchame porque es importante, tu nena se va a Hollywood, conozco a alguien que me ayudara a triunfar, pronto podrás oírme tocar en alguna orquesta importante, entonces vendré a buscarte y viviremos juntos, tendremos un apartamento en Sunset Boulevard y viviremos como los blancos.

La idea no me gustó, le dije que me iría con ella, que en Hollywood la gente también debía necesitar hielo, que necesitaría a alguien que la cuidase y ganase algo de dinero mientras ella triunfaba. No quiso ni oír hablar del asunto. Le ofrecí mi amuleto y me dijo que debía quedármelo yo, que quizás a ella no le funcionase tan bien como a mi. Era por ese tipo de cosas que ella tenía, que nadie podría convencerme de que Davaila no era la mejor mujer para un hombre.

Dos meses después de irse recibí una postal de mi chica, era una fotografía de Sunset Boulevard, me decía que me añoraba, que no la olvidase y que en colores la calle todavía era mas bonita que en la fotografía. Luego ya no volví a recibir mas noticias suyas.

Pocos días antes de cumplir los veintidós me metieron en la penitenciaría del estado acusado de homicidio con atenuantes, los atenuantes eran que el tipo que me acusó de tener demasiada suerte con los dados fue quien empezó la pelea, cuando le conté que tanta suerte era cosa de mi amuleto, se rió e intentó romperme una botella de bourbon en la cabeza; yo me defendí como pude y ya he contado que por trajinar tanto hielo tengo las manos muy duras, además el tipo cayó mal y se rompió el cuello. El otro atenuante fue que el muerto también era negro, por tanto solo me cayeron quince años y como siempre me porté bien, salgo ahora con solo doce años cumplidos.

Aquí en la penitenciaría, hace tres años ya, teníamos un aparato de televisión, parecía cosa de magia poder ver todas las cosas que pasan por el mundo como si estuvieses allí mismo y no encerrado entre cuatro paredes con rejas. Yo cuando actuaba una orquesta de jazz importante me fijaba bien, siempre esperando ver a Davaila; un día vimos a la orquesta de Jerry Roll y ella no estaba allí, en las otras orquestas que actuaron aquel día y otros, tampoco.

Al recoger el sobre con mis cosas, lo primero que he hecho ha sido acariciar mi amuleto, ha perdido algo de pelo y tiene un aspecto algo polvoriento, pero eso no es importante para mi, al fin y al cabo todos envejecemos. 

Ahora, al cruzar la puerta de la calle y dejar atrás la penitenciaria, medio cegado por el sol de mediodía, meto la mano en el bolsillo de mi abrigo y lo siento suave como la caricia de una amante, reconfortante como la mano de una madre y le doy gracias al buen Dios por hacer que mi padre me regalase un amuleto en lugar del calidoscopio.

Desierto de Mohave, invierno de 1960

 

© Lluís Gutiérrez

 

       

                                                         


BRIGADA 21, asociación para la difusión de la novela negra y criminal  -  2004-2006

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actualización: abril 2006


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