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La colilla todavía humeaba
en los dedos de ese hombre de cincuenta y tantos años. Ya se
había olvidado de cuanto pudo haber empezado a fumar. Debió
ser, mas o menos, a los dieciséis años... sí, su padre se lo
agradeció con la paliza de rigor. En aquellas épocas era lo
habitual.
Nunca había
hecho nada grande en su vida y la sensación de que algo había
tirado la vida por el desagüe le invadía cada vez que se
miraba en el espejo.
Ahí sentado,
mirando como el humo hacía extrañas figuras en el aire, no podía
recordar cuanto tiempo había perdido el control de todo lo que
sucedía a su alrededor. Lo que sí podía recordar era el
momento en que perdió ese control.....
Era joven,
veinticinco años nada menos, cuando empezó con su nueva
oficina en el centro de la ciudad. Le gustaba adentrarse en los
antros más recónditos de la ciudad, era su afición. Allí se
podían encontrar los mejores casos e historias de toda la
ciudad. Era el mejor cazador nocturno.
Miró el
luminoso de un bar, casi apagado por los años, y se dijo a sí
mismo que ese sitio podía valer para empezar. Entró...
La estancia era
de un aspecto muy antiguo, sobredecorado con cuadros grotescos y
toda ella en penumbra. Habría unas seis personas mas el barman.
La barra se encontraba ubicada en la pared derecha y se extendía
por casi toda ella hacia el fondo. El resto estaba ocupado por
mesas y unas cuantas sillas sin orden aparente pero que
destilaban una historia de años de mugre. En el fondo del local
había una pequeña tarima que estaba llena de cajas de cervezas pero que en sus buenos tiempos debió ser un improvisado
escenario de cantantes y artistas locales. La fauna que habitaba
tan curioso habitad no era mucho mejor que el mismo local, por
lo menos a simple vista. Esbozando una sonrisa para si mismo se
dijo que era patético. Era lo que buscaba.
Se sentó en un
taburete de skay rojo enfrente de la barra, en un extremo de la
misma. Pidió una cerveza y se dijo a sí mismo que era mejor
beberla desde el mismo casquillo, por seguridad. Con la cerveza
en la mano hizo girar el taburete sobre si mismo para empezar su
trabajo...
Seis personajes
seis presas, cada cual mejor. Dos borrachos discutiendo sobre
bobadas incoherentes, un chulo con su puta repartiéndose la
"comisión" diaria, un tipo sentado en la barra
cabizbajo, con pinta de tener problemas mas allá de los
habituales y por último estaba ella. Era una mujer que estaba
sentada a la penumbra de una mesa recóndita, casi
imperceptible. Tuvo que agudizar la mirada para darse cuenta de
que había algo extraño en esa mujer, algo que no encajaba con
el lugar. La eligió a ella.
Decidió
levantarse y acercarse para empezar con su trabajo. A medida que
se acercaba mayor era su sorpresa. Esa mujer era increíble. Debía
tener mas o menos su edad pero parecía mas joven. Tenía el
pelo de color negro azabache que contrastaba con una piel casi
marmórea, su mirada era tan penetrante e impasible que uno se
podía marear al mantenérsela. Su cuerpo se podía vislumbrar a
través del vestido que era casi liviano, sus piernas, cruzada
una sobre otra, eran tremendamente largas y femeninas, se movían
al compás de una música inexistente como incitando al deseo.
Al llegar a su
altura, él se quedo mirándola mientras se pensaba como podía
ser que esa mujer estuviera ahí, tan tranquila sin que ningún
hombre de dudosa reputación intentara agredirla. Ella levantó
la mirada hasta que ambas se encontraron y durante unos segundos
todo pareció estar quieto en el tiempo.
-¿Quieres
sentarte o te vas a quedar ahí?- Ella rompió el silencio.
El se sentó
sin mediar mas palabra. Ahora que estaba cerca de ella podía
ver que su percepción había fallado. Era aún mejor de lo que
había pensado. Tenía un estilo glamuroso que le recordaba a
las películas de antes, pero a la vez era más natural. Tenía
unos movimientos insinuantes y acompasados con la respiración,
la cual hacía que su pecho se moviera y se ciñera al vestido.
Sus labios tenían el tamaño justo como para ser la perdición
de mas de uno. Tuvo que centrarse al sentir que ella se
percataba al humedecerse los labios. Se recriminó así mismo
por ser tan indiscreto y no ser mas delicado.
Le echo un último
vistazo al pecho de ella antes de sacar la pequeña grabadora
que tenía en su bolsillo.
Todo el local
era una escena de una mala película de los años cincuenta. Dos
borrachos dormidos, un par de "negociantes", un hombre
que roza el patetismo junto a un camarero de dudosa
profesionalidad y por último estaban esos dos desconocidos.
Sentados en la misma mesa, un hombre y una mujer, compartiendo
confidencias, el pregunta y ella respondía al tiempo que ambos
fumaban...
Todo estaba en
el mismo paquete. La mujer, él y todo el deseo posible. La
oficina era el escenario perfecto para todo este desarrollo.
Ambos se desnudaron uno enfrente al otro mientras no se quitaban
los ojos de encima. Observar la
desnudez de ella era lo mejor
que pudo haber encontrado en todo lo que
llevaba de vida. Sus pechos eran suficientemente grandes,
duros y tersos como para que él sintiera arder por el deseo.
Ambos cuerpos
se fundieron en un abrazo pasional sobre la mesa del despacho,
iluminados por las luces de la calle que entraban por la
ventana. El silenció fue acompañante de gemidos y
respiraciones acompasadas que inundaban todo el despacho. El
embestía aquel dulce cuerpo que tanto deseaba desde hacía unas
horas y ella le respondía con gemidos, miradas de placer y
movimientos certeros. Ella se elevó sobre si misma para
agarrarse a sus hombros y llevando su boca al cuello, le pasó
la lengua por todo su perímetro antes de empezar a besárselo
lentamente, mientras él sentía que grandes escalofríos le
recorrían la espalda. El sudor no tardó en manar de ambos,
como si de fuente de calor y pasión se tratase, anticipándose
a lo inevitable. Una corta explosión de placer se hizo notar en
ambos cuerpos al tiempo que estos se tensaban en un intento de
zafarse de tanta pasión.
La lluvia
contra la ventana le despertó.
Estaba acostado
en su cama. Miró a su lado y comprobó que nadie había estado
mas que él. Se levantó dolorido después de dormir en una
posición incomoda
para cualquier ser humano. Se dirigió al baño
con intención de orinar pero algo le detuvo a la altura del
espejo. Giro la cabeza y se observó durante unos instante....
No podía ser; su cuerpo había cambiado, no era el mismo que
ayer. Tenía el pelo canoso y grandes arrugas surcaban todas las
facciones de su cuerpo. Su mirada era vieja y cansina como si...
se tratase de un cincuentón....
Allí sentado
en la silla de su oficina no paraba de pensar que era lo que había
pasado aquel día, no sabía porque pero el calendario se había
aliado con su imagen y el no podía recordar. No podía recordar
todo lo que había pasado a su alrededor. No sabía quien era
esa mujer, la grabación no la encontraba y lo peor era que no
podía recordar la cara de ella. Simplemente sabía que la
deseaba y que era
muy hermosa. Lo peor era no saber que era lo
que era de ella...
Se encendió un
cigarro, el ultimo de la cajetilla. Encendió el cigarro al
tiempo que se decía así mismo;
- Tengo que dejar de fumar.
Nota
del Autor: Para todas las personas que poseen la enfermedad del
olvido que es la mayor de las penas que pueden asolar el alma de
un ser humano.
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