Kador

 

 

 

              La gente suele llamarme Kador, aunque mi nombre en su extensión completa es Kadorian Rasiel. Tengo 29 años de edad y por mis venas corre sangre occidental, pero mi madre siempre me dijo que he heredado muchos rasgos de mi abuelo, el cual era en gran parte oriental.

            Mi aspecto físico es bastante “característico”, siempre he llamado la atención a mucha gente que me ha visto. Poseo una altura superior a la media de mi época, mido un metro ochenta, mas o menos , poseo un físico fuerte y robusto, tengo el pelo negro largo casi hasta los hombros, mis ojos son de un tamaño razonable e incluso ligeramente rasgados pero siempre me han gustado por su color negro azabache, mi nariz es de tamaño normal, mi piel posee una tonalidad ligeramente clara aunque no me falta el color.

            El día de mi nacimiento es especialmente doloroso para mí. Nací una noche extrañamente fría, a pesar de que fuese en plena primavera. Mi madre me tuvo en casa de mi tía puesto que mi padre estaba en uno de sus muchos viajes para su sire...Mi madre sufrió grandes penalidades para darme a luz, a pesar de haber tenido anteriormente a mi hermana, un sufrimiento que se alargó durante siete interminables horas, para acabar dando a luz a un niño extremadamente delicado y casi muerto. Nunca volvió a ser la misma mujer...Uno puede preguntarse como sé todo esto si no era mas que un recién nacido y no era consciente de lo que estaba pasando, pues mi padre fue mas que suficiente para contármelo una y otra vez hasta la saciedad. Siempre me echó la culpa de todo.

            Mi familia era de origen noble pero este título nobiliario lo había comprado mi padre después de haber estado al servicio del rey como caballero. Pero las malas cosechas y el tiempo adverso favoreció a que mi familia llegara al borde de la ruina, todo esto ocurrió mientras tenia apenas unos pocos años de edad. Esto ocasionó que mi padre tuviera que volver a ponerse al servicio del nuevo rey para poder recuperar nuestra economía, este nuevo rey tenia aun mas sed de conquistas que su padre,. Mientras mi padre se marchaba a las largas campañas de guerra mi madre se quedaba en casa y mi hermana era la encargada de cuidarnos a ambos, a mi porque era demasiado joven como para desenvolverme por mi mismo y a mi madre porque su salud había empeorado en las últimas estaciones , hasta el punto de casi no poder moverse de sus estancias. Esta época fue una de las mas felices que recuerdo, pasaba largos ratos con mi madre, la cual me enseñó a leer, a escribir y a pensar de manera lógica y razonable, mi hermana me educaba en las maneras de comportamiento noble y a montar a caballo, hice grandes migas con los hijos de una de las cocineras y nos pasábamos largos ratos jugando como niños que éramos...

            El día en que mi madre falleció lo recuerdo como un día extremadamente “extraño”, puesto que me embargo un sentimiento de  desolación tan extremo que me encerré en mi mismo hasta el punto de llegar a negar la existencia de recuerdos sobre mi madre. A los dos días cumplía doce años de edad y mi padre decidió hacerse cargo de mí, llevándome a casa de mi tía donde  proseguiría con mi educación y cargo.

             No podría guardar peor recuerdo de aquella época. Me levantaban todos los días de madrugada para dar de comer a los animales en las cuadras y mantenía limpios sus establos. A medio día mi padre me llevaba consigo para revisar los límites de las tierras y por donde podían haber problemas con las tierras de los nobles colindantes. Mientras el iba montado en su cabalgadura yo me desplazaba a pie durante muchos kilómetros y a la hora de comer tenía que procurarme yo mismo la comida, sus palabras resuenan en mi mente todavía; “nadie dará nunca nada por un bastardo como tú, así que siempre te procuraras tu propia comida...”

            Al entrar la tarde mi única dedicación era el entrenamiento con armas donde mi padre me enseñaba su manejo, como matar y torturar de una manera mas eficaz. Así todas las tardes y noches, incluso hubo un día en el invierno de mis trece años, que en un combate de entrenamiento mi padre me asestó una estocada en la espalda que me ocasionó tremendo sufrimiento y una cicatriz que me cruza toda la espalda que me recuerda constantemente el momento en que perdí todo resquicio de niñez que me podía haber quedado.

            Durante los fines de semana mi tía me daba algo de su tiempo para instruirme y educarme, según ella, tenía que aprender a comportarme como un autentico señor. Pero en realidad lo único que deseaba era la tremenda fortuna incipiente de mi padre, puesto que algún día yo heredaría y tendría que estarle a ella “agradecido por ser mi educadora y guía en este mundo tan cruel”...

            Los años pasan rápido ciertamente y cuando poseía mis diecisiete ya era lo suficientemente adulto como para acompañar a las tropas del rey en compañía de mi padre, que era uno de sus comandantes, a las escaramuzas con reinos vecinos, nobles traidores, revueltas, etc... Llegó un punto en que el arte de la guerra me satisfacía crecientemente y mis opiniones resultaron, en ocasiones, de gran ayuda, aunque siempre fueran expuestas en nombre de mi padre. Las guerras eran su vida y el quería que fuesen la mía para que el dolor que sintió el al morirse mi madre se mitigase al ver a su hijo, que tanto se parecía a ella, matando y dando sufrimiento allá por donde fuera, lograría que ella desapareciera como si nunca hubiese existido pero su recuerdo le acompañaba allí donde yo estuviese... quería destruirme.

            En ocasiones me dirigía al pueblo de la llanura a unas pocas millas de mi casa para comprar víveres, ropa, armas y muchas cosas útiles para vivir y siempre me paraba en una pequeña tasca para beber una cerveza negra, que muy raramente podía saborear.....pero ese día fue diferente muy diferente. Allí estaba ella mirándome directamente a los ojos, como nunca nadie me había mirado. Era una criatura tan bella que me sentí casi como si la idolatrase al verla, sus cabellos de color rojizo eran brillantes hasta el punto de hacerme daño a la mirada, con unos ojos de un azul cielo en los que uno se podría perder si se dejase llevar... El golpe del tabernero fue lo que la distrajo de nuestro “dialogo” a la vez que le ordenaba severamente que se pusiese a trabajar otra vez. En ese preciso momento decidí que volvería a verla.

            Me escapaba los domingos con el pretexto de ir a la iglesia, cosa que no le gustaba a mi padre pero no se metía en temas eclesiásticos ni divinos y aún encima mi tía le decía que me haría bien recuperar un poco de fe, que ilusos. Era mi cómplice la que me solía esperar en el camino antes de llegar a los límites del pueblo y después nos dirigíamos a una pequeña choza al lado del río que valía como molino, pero que los domingo no se utilizaba. Podía pasarme días enteros en sus brazos sintiendo como me amaba y me llevaba consigo a la eternidad de los placeres carnales. Estos encuentros se podían alargar durante todo el día lo que provocaba el enfado de mi padre que me castigaba a golpes, golpes  que solo me hacían sentir un poco mas libre porque en mi mente solo había un deseo....un deseo de ojos azules.

            Solo hicieron falta tres meses para que ella se hubiese olvidado de los susurros que ella misma me decía al oído mientras nuestros cuerpos se fundían en el mas oscuro de los deseos, mientras yo estaba en una de las campañas al sur del reino. En este tiempo se había comprometido con uno de los lugartenientes mas viejos de la zona. Un hombre de unos 50 años de edad que había acumulado una cierta riqueza gracias a sus campañas bélicas destructivas y cruentas, en las que el saqueo era un tema de recordatorio entre los mas antiguos de la zona. Sin duda alguna las palabras de ellas me resultaban tan lejanas y dolorosas a la vez que sentía la necesidad de una explicación de su misma boca. Necesitaba algo para poder culparme a mi mismo y no sentir mas el deseo de degollarles a ambos.

            No lo dude un segundo. Me dirigí directamente a la casa del hombre con la intención de retarle a un duelo a muerte. El me pareció extrañamente confiado al aceptar sin ningún problema. Me pareció raro que ni tuviese miedo a un hombre joven y fuerte como yo, que además era conocido por su habilidad en la batalla. Pero estaba demasiado obcecado como para que eso me importase demasiado. En la misma entrada del pueblo se celebró el duelo donde esperaba calmar mis ansias de venganza, ella volvería a ser mía. Solo duró medio minuto. En ese tiempo yo cargué contra  el como si fuera un animal rabioso pero no me di cuenta de que uno de sus criados sacaba uno de esos artilugios tan de moda en Inglaterra, la hacían llamar ballesta...Caí en el suelo con una punzada que me torturaba el abdomen. No recuerdo nada mas hasta el momento en que me despertaba rodeado de un charco de sangre en la misma hierba en la que me habían abatido. Mi padre estaba de pié a mi lado mirándome como si fuese un animal moribundo y lo único que salió de su boca fueron palabras de desprecio; “Eres una vergüenza para la sangre que mana por tus heridas....”. Me levantó como si de un saco me tratase y me montó sobre mi cabalgadura a modo de fardo, espoleó a mi caballo mientras se montaba en el suyo.

            Dos semanas mas tarde me volví a despertar entre delirios y fiebre en la casa de mi tía. Me informaron que me habían dado por muerto y me habían abandonado a mi suerte el día del duelo. A nadie le había importado.

            Tenía 27 años cuando mi padre había decidido que me dejaba a cargo de sus tierras puesto que el no se sentía con fuerzas para ello, se recluiría en sus aposentos a esperar la muerte. Pero tenía que seguir con mis deberes con el rey. En todo este tiempo me había vuelto mas impasible e incondicional de que la mejor solución es la que va acompañada de sangre. Pero mis estudios proseguían a modo de autodidacta puesto que mi tía había muerto a manos de una fiebre vírica cinco años atrás.

            Me dedicaba a recaudar los impuestos del rey entre la población. No les imponía impuestos demasiado grandes y esto ocasionaba que la gente tuviera cierta tranquilidad en mis manos, incluso se podría decir que llegaron a apreciar a ese caballero de aspecto imponente y apesadumbrado que les regía.

            Me olvidé de comentar que mis campañas eran siempre victoriosas y no tardé en forjarme una reputación de bravo guerrero. Incluso llegué a mis oídos que cabía la posibilidad de que me nombraran guardia personal del rey. Como había sido mi padre en sus tiempos. Realmente deseaba que no fuese así.

            Todo era demasiado idílico, como para que durase tanto. Ciertamente era una de las mejores épocas de mi vida. Pero le faltó tiempo a mi padre para aparecer en escena. Un día salió de sus aposentos con todo su engalanado encima y tomó las riendas de las tierras que había dejado a mi cargo.

            Todos estaban gozando de una prosperidad que le ponía enfermizo puesto que para el la vida tenía que ser sufrimiento y dolor. Delante de todo el pueblo me echó de mi cargo y sin mediar palabra las tropas del rey a su cargo, aparecieron por detrás de la colina. Entraron casa por casa y se llevaron todos los bienes (escasos) de esta buena gente y a aquel que ofrecía resistencia no dudaban de darle una muerte rápida. Me sentí impotente, lleno de rabia y sin pensarlo dos veces me abalancé sobre los soldados que se estaban ensañando con un anciano, que protegía a sus jóvenes nietas. Sesgué sus cabezas y atravesé a otros tantos hasta el momento en el que unas manos me asían con fuerza y me obligaban a arrodillarme.

            Mi padre me miraba con desprecio al tiempo que me condenaba a observar lo que mi actuación había provocado. Sin ningún tipo de remordimientos ordenó que quemaran el pueblo y que asesinaran a aquellos que se interpusiesen. El horror se elevó a su máxima expresión mientras veía como ardían las casas en una enorme pira. La sangre de esa gente inocente que defendía lo que era suyo, bañaba el barro del suelo. Los soldados desbocados asesinaban, violaban, torturaban sin ningún tipo de freno. Les daba igual los llantos que torturaban mis oídos, no distinguían entre ancianos, jóvenes o niños. Todo valía.

            Después de dos meses y como castigo del rey a mi actuación fui llevado a combatir con las legiones extranjeras, relegado al rango de soldado y sin ningún tipo de derecho. La muerte habría sido mas piadoso. Allí conocí mi capacidad para ser cruel, sino lo era moriría. Con ayuda de un hombre que me acogió como amigo suyo y logré adaptarme con los duros meses en las peores condiciones. Me ofreció su hombro para descansar y a la vez me escuchaba cuando le hablaba de mi anterior vida, en el campo de batalla no era muy diestro así que yo le ofrecía mi apoyo siempre que lo necesitase. En definitiva el me apoyaba el espíritu y yo le apoyaba su vida.

            Conseguimos adentrarnos en las largas estepas congeladas de las tierras del norte para luchar con los últimos resquicios bárbaros que quedaban. Todo por miedo a que un día a lo mejor se aventurasen a nuestras tierras prosperas en busca de nuevos territorios. Pero todo es vano cuando te encuentras frente a frente con un hombre de su condición.

            Eran casi los meses de verano cuando acabamos nuestras incursiones y nos dirigíamos vuelta a casa, yo ya no tenía casa pero me había acumulado cierta cantidad de joyas que me ayudarían a comenzar una vida, mi primera vida. Arturo, mi amigo, iría a ver a sus hijos que estaban con su madrastra en casa de abuela, así que rechazó mi oferta para venirse conmigo pero dijo que me acompañaría al lugar donde quisiera quedarme.

            Escogí un pequeño reino que vi en el mapa, próspero y lleno de nueva gente y vida, sería mi hogar. Pero Arturo tenía otra idea para mi dinero. A pocas millas de ese reino, desconocía su nombre, sacó una daga mientras yo bebía en un arroyo y me atravesó el abdomen. Dejándome tumbado y creyéndome muerto, me abandonó allí mismo. Que fácil le resultó matar a un amigo por un puñado de monedas y olvidar todo lo que habíamos sido el uno para el otro. No le culpo yo también me habría matado si pudiese y además eran tiempos difíciles para su familia que pasaba hambre. Si me las hubiese pedido se las hubiese dado sin dudarlo.

            No sé muy bien como pasó el resto, ya que esta borroso en mi mente. Lo que si puedo asegurar es que me salvó el hecho de que no fuese Arturo muy diestro. Fue una herida de muerte pero no lo suficiente. Al parecer me encontró una tropa de jóvenes jinetes que me llevaron al reino hacia donde me dirigía y allí me curaron.

            Me desperté una semana mas tarde y aún no recobrado me llevaron ante la presencia del mismo rey que se hacía llamar Sir Yosi, acompañado de Sir Polako que era uno de los nobles del reino y su brazo derecho. Les narré mi vida a petición suya y sin pedirme nada mas me nombraron caballero a su servicio. Así de sencillo, sin ningún tipo de compromiso solamente el de serles fiel. Y aquí, en este reino llevo unos 3 años rondándolo y conociendo a sus cortesanos y sus avatares. Pero eso es otra historia.

            Por cierto...decir que en la actualidad tengo 29 años y acabo de empezar a vivir.

 

         Kador

 

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