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Hace mucho, mucho
tiempo, en algún lugar vivía una pareja de ancianos muy
amable.
Un día, el anciano, al ver a su vecino
maltratando a un perrito, se dirigió a él diciendo: "¡No!
¡No lo hagas!"
El vecino le contestó: "¡Este perro
estropeó mi campo! ¡Pero lo perdonaré por esta vez!"
El buen anciano propuso a su mujer:
"Vamos a criar a este perrito."
La anciana contestó: "Sí ¡Lo
llamaremos Shiro! porque es de color blanco." Y
ambos lo criaron con mucho cariño.
Shiro
creció rápidamente.
Un día, éste se encontraba escarbando la
tierra y el anciano al verlo le preguntó: "¿Qué te
pasa?" y se puso a su lado para ayudarlo a cavar la tierra.
El anciano se sorprendió al ver aparecer
mucho dinero del hoyo que habían cavado.
La pareja de ancianos se puso muy contenta y
ambos agradecieron al perro: "¡Muchas gracias Shiro!"
El vecino, al ver lo sucedido se llevó a
Shiro para que haga lo mismo en su jardín.
"¡Busca
el dinero!", dijo el vecino.
Y Shiro empezó a escarbar y el vecino se
puso a su lado a hacer lo mismo.
El vecino se sorprendió mucho al ver que del
hoyo aparecía mucha basura en lugar del dinero que tanto
esperaba. Irritado, mató a Shiro.
Los
ancianos sintieron un profundo dolor por la muerte del perrito.
Ellos erigieron una tumba y plantaron un árbol
pequeño en su memoria.
El
árbol creció en un instante y el anciano se dirigió a su
mujer diciendo: "Vamos a hacer un mortero con este árbol y
machacaremos arroz para hacer tortas." Y así lo hicieron.
La pareja de ancianos se sorprendió mucho al
ver que en esta oportunidad la torta de arroz se transformó en
dinero.
El vecino al ver esto se llevó el mortero y
machacó arroz para hacer tortas.
Pero
no pasó nada.
Este se irritó y encendió el mortero.
Los
ancianos se pusieron muy tristes y trajeron la ceniza a su casa.
En ese momento sopló un viento fuerte y la
ceniza se dispersó.
Unos árboles muertos que se encontraban
cerca de allí empezaron a brillar y los cerezos empezaron a
florecer.
Los
ancianos muy sorprendidos dijeron: "¡Todavía no es
primavera pero los cerezos ya han florecido!"
En ese momento pasaba por casualidad el
monarca quien se dirigió al anciano: "¡Qué maravilloso!
¡Voy a recompensarte!"
El vecino al verla dijo: "¡Yo también
puedo hacer lo mismo!" y vertió ceniza.
Pero
la ceniza salpicó en la cabeza del monarca.
El vecino fue encarcelado y los ancianos
vivieron felices para siempre.
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