Hace
mucho, mucho tiempo, vivían un anciano y su nieto Taro en el
fondo de una montaña.
Allí también vivía un conejo que pasaba el
tiempo cometiendo maldades.
Este en aquellos días tenía una cola muy
larga y grande y hacía alarde de ello.
Un día el anciano dijo a Taro: "Voy a
trabajar a la montaña y regresaré al atardecer, por eso espérame
con la comida lista."
Taro contestó: "Lo haré. Cuídese
mucho."
Cuando
Taro estaba cocinando, vino el conejo y le dijo: "Taro,
Taro, dame un poco de comida por favor."
Taro se quería negar pero no pudo porque era
muy amable.
Entonces le dijo al conejo: "Come sólo
un poco" y le entregó una olla.
Pero el conejo se comió todo y escapó rápidamente.
Cuando regresó el anciano se quedó
desilusionado al oír sobre este asunto.
Esa noche ambos no pudieron comer nada.
Al día siguiente, antes de ir a la montaña,
el anciano le dijo a Taro: "Taro, si viene el conejo no le
des comida. ¿Está bien?"
Taro contestó: "Está bien."
Al atardecer, cuando Taro estaba cocinando
nuevamente, el conejo vino corriendo y gritando: ¡Taro, Taro,
tu abuelo se ha desmayado en la montaña!"
Taro se sorprendió y dijo: "¡Dios mío!"
Salió
corriendo en dirección de la montaña y en la mitad del camino
se encontró con su abuelo, el cual se dirigía de regreso a
casa "¡Oh no! ¡Otra vez ese conejo!", dijo Taro.
Cuando regresaron a casa vieron que ya no
quedaba nada de comida.
El
anciano montó en cólera y dijo: "¡Esto es
imperdonable!" y con un hacha en la mano se dirigió a la
caza del conejo.
Este al ver al anciano, echó a correr.
El anciano lanzó su hacha contra el conejo y
éste trató de evadirlo, sin embargo, el hacha llegó a dar en
su larga cola, cortándola.
El conejo estuvo llorando de dolor durante
muchos días y sus ojos se pusieron rojos. Desde ese momento,
los conejos tienen una cola corta y ojos rojos.
Finalmente, el anciano y Taro pudieron comer
con toda tranquilidad.