|
Es curioso explicar lo
que no se recuerda a partir de lo que nos cuentan nuestros
mayores, así pues, trataré de haceros llegar, con la mayor
veracidad posible, mi humilde llegada al mundo y mi posterior
aprendizaje de la vida a través de mis andanzas por él.
Mi nombre es Lota
Loriana de Emberlis, aunque todos me conocen como Lotloriem, y
soy hija de Irdon de Emberlis y Yuno de Loris. Mi padre era el
hijo mayor de la casa elfa Emberlis y su matrimonio con mi madre
fue por conveniencia, una especie de tregua con los Loris.
Aunque largos años de convivencia hicieron que llegaran a
quererse, nunca estuvieron enamorados. Mi madre era la hija
pequeña de su casa y por ello mi abuelo decidió que fuera ella
la que se desposara con mi padre, ya que por ser la hija menor
tenía menos valor que sus hermanos mayores, que deberían
proseguir con la estirpe de la familia. Ella era joven y alegre,
quizás demasiado joven para ser entregada como esposa. Era una
criatura delicada y dulce, de cabellos dorados como los rayos
del sol y los ojos celestes como el cielo en el día más
despejado que podáis imaginar, su piel blanca destilaba pureza,
era una Loris de pies a cabeza de eso no hay duda.
De siempre
me han dicho que a pesar de la luz y calidez que irradiaba mi
madre, yo heredé la oscuridad de la noche otoñal en la que nací,
supongo que lo que heredé fueron los cabellos azabache de mi
padre y su energía vital, fuerza y valor propios de los Emberlis.
Por fortuna para mí y a pesar de todo, me parezco a mi madre, un
cuerpo pequeño y fino, femenino y liviano, ágil como un
cervatillo entre los árboles. Nací durante la séptima noche de
la tercera luna llena, la Luna de las Hojas Plateadas, así, mis
ojos grises dan fe de ello.
Supongo que mi
infancia fue de lo más corriente, una infancia tranquila y
vulgar entre los Elfos del Bosque Klarmun. Criada a caballo
entre las costumbres paternas y maternas, no tuve mucho tiempo
para aburrirme. Como fui hija única mi padre se empeñó en
adiestrarme como si hubiera nacido varón: me enseñó a cabalgar
como el más hábil de los jinetes, me mostró la forma en que se
maneja nuestra arma favorita, el arco y gracias a todas aquellas
enseñanzas he salido de más de un apuro. A mi me encantaban esas
actividades salvajes y animadas... me sentía libre y parte del
bosque, corriendo por los campos y ayudando a mi padre en sus
tareas, siempre medio desaliñada y con el cabello apenas
recogido, alborotada y llena de energía.
Así pasaron muchos años, y llegué a ser tan diestra con el arco
y las flechas como el que más. Los demás chicos no tuvieron
problema en tratarme como a uno más y pronto nos encontramos
metidos en montones de problemas y líos. Solíamos ir al estanque
a buscar tritones que luego metíamos en las cajas de costura de
las niñas a las que enseñaba mi madre. Mi mejor amigo, Ledrid, y
yo, siempre acabábamos castigados por ello, pero no nos
importaba soportar el castigo si recordábamos, entre carcajadas,
las caras de miedo de las niñas. También recuerdo que solía
dejar de reír cuando veía la cara de disgusto de mi madre, que
se obstinaba en echar la culpa a mi padre por todo aquello. Yo
odiaba verlos disgustados y más aun por mi culpa, pero siempre
contaba con el apoyo de Led.
Led y yo, fuimos compañeros de juegos y travesuras durante años.
Éramos casi como hermanos, o eso creía yo. Yo hubiera sido una
muchacha elfa de lo más peculiar y feliz de no haber sucedido lo
que, por otra parte, era inevitable.
Llegamos a la adolescencia, y yo me había convertido en toda una
muchachita. Bajo mis ropas de chico, empezaban a despuntar mis
verdaderas formas de mujer y Led era ya todo un reclamo entre el
resto de muchachas del pueblo. Yo apenas le daba importancia a
ese cambio, pero nuestros cuerpos si lo hicieron. Mi madre,
alertada por todos esos cambios decidió que mi lugar ya no podía
seguir estando entre los muchachos e hizo que mi padre, al que
el cambio dolió casi tanto como a mí, me obligara a ayudar a mi
madre en las tareas domésticas. Ella se empeñó en hacerme
recoger los cabellos e inculcarme un poco de “pudor” femenino,
así que tuve que fingir que era cómodo llevar esas ridículas
faldas hasta los tobillos y soportar las burlas de las otras
chicas.
Yo no hubiera aguantado aquella estúpida situación durante mucho
tiempo, pero el hecho de que hubiera sido mi padre quien había
decidido todo aquello me hacía mantener la calma.
Mi relación con Ledrid cambió radicalmente y me sentí muy sola
durante mucho tiempo. Aparentemente me había transformado en una
joven de aspecto sosegado, pero en mi interior se libraba una
batalla, necesitaba volver a sentirme libre y viva, anhelaba
correr por el bosque y sobretodo echaba de menos a mi querido
Led. Ninguna de las chicas acababa de aceptarme y ahora ya no
contaba con mi fiel amigo de la infancia para explicarle como me
sentía, así que una noche, cansada de aquella situación sin
sentido, fui a su encuentro.
Era una calurosa noche de verano y tuve que esperar hasta que
todo el mundo sosegara su calor y se acostara. Me sorprendió
gratamente comprobar que no había perdido práctica en
escabullirme de noche desde mi dormitorio, a pesar de que iba
vestida con un camisón más largo y engorroso de lo que yo
hubiera deseado. Me arremangué las que me parecieron “mil capas”
de tul del camisón y sin hacer gruñir ni un solo listón de
madera del suelo de mi alcoba, llegué hasta la ventana. Dudé de
lo que iba a hacer sólo un minuto, pero no porque temiera rasgar
mi delicada ropa, sino porque no sabía si los goznes de la
ventana me delatarían, antes los hubiera engrasado más a menudo
a sabiendas que tenía que hacer alguna incursión nocturna, pero
hacía tanto tiempo que no deambulaba de noche que ya nunca
prestaba atención al mantenimiento de aquella ventana.
Finalmente me dije a mí misma que si no era capaz de correr
aquel nimio riesgo no merecía volver a ver a Led y abrí la
ventana sin pensarlo más. Por suerte para mí, y ahora reconozco
que entonces sentí un gran alivio, mi querida ventana no dijo
nada. De un salto me encontré de nuevo siendo yo misma, me sentí
otra vez como la Lota que siempre había sido, aquel pequeño
cervatillo travieso y salvaje que por una noche volvería a
corretear a sus anchas por el bosque. Moviéndome con cuidado
entre las casas del pueblo y sin hacer vibrar ni un solo brote
de hierba del suelo, llegué hasta la casa de Ledrid. La
costumbre cuando otras veces había hecho esto, era que Led me
estaba esperando fuera de su casa, pero esta vez era diferente,
él no sabía que yo estaba allí y no había forma de avisarlo, así
que tendría que colarme a hurtadillas en su cuarto y rezar a
Marmi para que lo mantuviera callado. Yo sabía que en verano Led
nunca cerraba la ventana de su dormitorio, decía que así las
hadas del viento lo refrescaban por la noche, con lo que no me
resultaría difícil entrar.
De nuevo me ví a mí misma retomando viejas costumbres, hacía
años que no trepaba por un árbol y ahora me encontraba en la
cima del que estaba junto a la ventana de Led. Del árbol a la
ventana sería fácil, un ligero empellón y estaría dentro, pero
calculé mal la fuerza de mi impulso y caí sobre el pobre Ledrid
que fue a topar contra el suelo. Se había despertado de golpe
para descubrir que le había caído un extraño peso encima. Creo
que debió dudar un momento entre pegarle un puñetazo al bulto
que cayendo sobre él lo había despertado o tratar de despejarse
creyendo que no era más q un sueño. Era imposible que él pudiera
ver quien era yo pero no se como me reconoció:
- Lota... ¿eres tú? ¿Qué demonios haces aquí? - De repente y
antes de que pudiera contestar se oyó un golpe en la puerta de
Led:
- ¿Sucede algo? ¿Qué ha sido ese ruido? - Era su
padre.
- Nada padre, sólo me he caído de la cama,
vuelva a dormir. - Y oímos como los pasos se alejaban.
Entonces mi amigo se levantó y me ayudó a incorporarme:
- ¿Cómo has sabido que era yo? - Le pregunté muy
intrigada.
- Por tu olor... por ese olor a vida que
sólo puede ser tuyo. - Y mientras decía eso noté como se
encarnaban sus mejillas y no dejaba de mirarme a los ojos. Yo no
pude hacer otra cosa que sonreír y bromear a cerca de lo que
había dicho de mi olor:
- Así que me estás diciendo que huelo
mal, vaya Led, esa no es forma de tratar a una vieja amiga.
- dije con tono de burla y entonces, sin que yo pudiera
esperarlo, me abrazó, me abrazó de un modo diferente a cuantos
conocía hasta entonces, era un abrazo de anhelo, de deseo, de
añoranza y yo pude sentir que aquello cambiaría mi vida para
siempre. Me quedé inmóvil sin saber que decir y él me tomo por
los hombros y me separó un poco para mirarme a los ojos un
instante antes de volver a estrecharme entre sus brazos.
- Te he echado mucho de menos Lota. ¡No
sabes cuanto! ¡Y ahora te tengo aquí, otra vez conmigo! - Yo
creí reconocer a mi amigo de antaño en aquellas palabras y le
devolví el abrazo con todo el cariño contenido de tanto tiempo
sin cruzar a penas dos palabras con él.
- También yo te he extrañado, por eso no
he podido soportarlo más y he venido a hablar contigo. Esta
situación que me hacen vivir mis padres es absurda, ya no la
aguanto más y necesitaba hablar con mi mejor amigo. - Pude
notar como se clavaron sus ojos en mí buscando una respuesta:
- Tu mejor amigo… claro… nunca he dejado
de ser sólo eso para tí ¿verdad? - Apartó la vista de mí y
se sentó en la cama de manera que la penumbra de la habitación
lo ocultaba:
- Lota, yo... yo te quiero. - Dijo
casi en un suspiro. Yo no quise entender cual era la verdadera
magnitud de lo que me acababa de confesar, y arrodillándome ante
él por tal de poder ver su cara le sonreí y le dije con la mayor
de las inocencias:
- Yo también te quiero Led... ¿Cómo no voy
a querer al que ha sido como un hermano para mí? - Pero
antes de que pudiera acabar la frase me di cuenta que mis
palabras se habían perdido antes de salir de mi garganta
ahogadas por un beso. Aquel, fue mi primer y único beso. Medio
aturdida me levanté como pude y con la cara amarada en lágrimas
me despedí del que siempre recordaría como mi mejor amigo:
- Adiós Ledrid, siempre te llevaré en el
corazón. Cuídate mucho hermano. - Y sin poder mirarlo a la
cara me fui.
Aquella misma noche y sin que nadie me viera,
me marché de mi pueblo. Me despedí de mis queridos bosques y tan
sólo dejé una nota de despedida que decía: “Padre, gracias a
vos descubrí la felicidad y también gracias a vos la perdí. No
creo que vuelva nunca pero sabed que siempre os querré.
Lotloriem.”
|