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Era una fría madrugada de otoño y la emperatriz no podía
dormir. Una pesadilla horrible había turbado su descanso obligándola a
salir descalza y a medio vestir a su pequeño jardín. La noche había
sido tan fría, que el suelo, estaba recubierto por escarcha provocada
por la congelación del rocío nocturno.
La emperatriz, que había
salido de su futón empapada de un sudor casi febril, pareció recuperar
la sensación de lo real al poner sus pequeños pies sobre el helado
suelo de piedra que cruzaba el estanque de su jardín.
El aire helado, que lo
había tornado todo del color de la madera aquel otoño, entró hasta
los pulmones de la emperatriz del mismo modo en que la tormenta
cae sobre los campos destruyendo las cosechas, del mismo modo en
que, el río, se torna feroz tras el deshielo, tratando de arrastrar
todo cuanto hay a su paso, pero dejando esa sensación de pureza y calma
tras él. Tras esa primera bocanada de frescura que casi dolió, la
pequeña emperatriz notó una recuperada sensación de alivio y
tranquilidad al comprobar que nada de lo que había presenciado era
real, sólo había sido un sueño, un mal sueño, ahora estaba segura
porque se podía saber viva, el frío que subía por sus delicados y
blancos pies dolía tanto que le indicaba que ya estaba del todo
despierta, “prefiero aguantar este dolor que volver a caer dormida y
tener tales sueños” se dijo a si misma, así que, saltando
delicadamente de piedra en piedra, cruzó el estanque de su jardín de
nenúfares hasta llegar al pequeño templo que había al otro lado del
mismo.
El templo era muy pequeño
pero, aún así, estaba bien acondicionado y aunque restaba abierto al
resto de jardín quedaba bien guarecido del frío.
Al pisar el suelo del
templo, la emperatriz agradeció que estuviera seco y guardara un poco
de la calidez típica de la
madera. Pudo notar la madera crujir dulcemente bajo sus pies y ese
sonido, la reconfortó. Se arrodilló frente a la figura de Buda e hizo
una reverencia en señal de respeto, había decidido pasar lo que
restaba de noche en vela y meditando el porqué de aquel espantoso sueño,
se preguntaba amargamente ¿por qué?, porque ella, que nunca había
querido el mal para nadie, podía ser capaz de ver en sueños tales
atrocidades. No quería ni cerrar los ojos, pues el recuerdo de lo
vivido en su pesadilla la hacía estremecerse horrorizada.
Sin saber porque, de
repente, en aquel mar de tranquilidad, la asustada emperatriz comenzó a
cantar una canción que su madre le había enseñado de pequeña. Pensar
en su madre siempre había hecho que Ayumi, pues así se llamaba la
joven emperatriz, recuperara su entereza. Mientras cantaba, el aire que
salía de su pequeña y perfectamente simétrica boca, formaba tímidas
nubecillas de vapor al entrar en contacto con el frío exterior. Sus
dulces cantos, que parecían brotar de sus carnosos labios, de igual
modo en que brota el agua de un manantial sereno y cristalino, resonaban
melodiosos entre las rocas del templo y se perdían suavemente entre las
ramas desnudas de los cerezos del jardín.
Todo estaba en
paz y equilibrio entre sí y parecía que la joven emperatriz había
conseguido olvidar lo que la había llevado hasta allí, así que, sin
darse cuenta, cerró sus preciosos ojos almendrados, que ya no tenían
el brillo de los de un cervatillo asustado, y cuando empezaba a rozar el
umbral de la vigilia, un millar de terribles imágenes se agolparon en
su cabeza en un segundo haciendo que recuperara su aspecto asustado de
nuevo, la pobre muchacha sabedora de que aquello no podía ser otra cosa
que una terrible premonición se llevó las manos a la cara y rompió a
llorar con angustia. La paz que antes había inundado su jardín, se
rompió en un estallido sordo y repentino de lágrimas y temor. Sus
gemidos suplicantes y anhelantes de ayuda hicieron que una pequeña y
graciosa criatura saliera de su letargo, era el dragón de la
emperatriz, que había despertado de su sueño al oír llorar a su dulce
niña.
La joven muchacha no se
percató de que ya no estaba sola, como estaba encogida sobre sí misma,
doblegada de pena y temor sobre su propio regazo, no se había dado
cuenta que un pequeño dragoncito de color rojo y dorado, de aspecto
descarado y resuelto, aunque ahora un poco dormido, la miraba fijamente
con gran curiosidad. Al notar esos pequeños e interrogativos ojos que
buscaban los suyos, la emperatriz levantó su rostro y, en un gesto de
infinita candidez e inocencia, enjugó sus lágrimas con la manga de su
desbaratado kimono blanco tal y como lo haría una niña pequeña.
Al ver frente de sí
aquella criatura, que aun siendo tan poquita cosa sostenía aquella
actitud de desfachatez y descaro y la miraba escrutadora, la muchacha no
pudo sino esbozar una leve sonrisa y acercar curiosa su mano al
dragoncito, quien de forma decidida y sin ningún tipo de respeto, saltó
sobre el regazo de la emperatriz y la inspeccionó de cerca. La joven se
quedó totalmente perpleja y sin saber como reaccionar. “Y bien?”
dijo una voz que resonaba alegre y vivaracha “por qué lloras así? Me
has despertado con tu llanto!” la joven emperatriz, al contemplar
aquella cosita graciosa y parlanchina, que trataba de parecer enfadado
cruzando sus bracitos sobre su pecho y arrugando sus bigotes, se echó a
reír tímidamente, “quién eres tú?” preguntó divertida la
muchacha. El pequeño dragoncito, dando un simpático respingo hasta el
suelo y aclarándose la garganta con un par de carraspeos por tal de dar
importancia a su propia presentación, se irguió en gesto marcial y
alzando la cabeza en señal de orgullo dijo con voz firme “soy el dragón
de la emperatriz, soy, el gran Shin” y haciendo una graciosa
reverencia ante la joven Ayumi prosiguió, “vos debéis de ser mi
joven señora, pero, quien lo diría viendo esa preciosa cara amarada de
lágrimas” el pequeño Shin volvió a subir al regazo de la
emperatriz y con sus garritas, acabó de limpiar la cara de la joven,
“esto ya es otra cosa” dijo satisfecho y sonriente el dragón.
Tras un instante en que
las miradas de la emperatriz y su dragón se cruzaron y durante el cual
pareció que algo ya los había unido para siempre, Ayumi, sonrojada por
la vergüenza de aquel fugaz encuentro de sus miradas, dijo: “gracias
por secar mis lágrimas” y tras una amplia sonrisa de la muchacha a su
nuevo amigo, él preguntó de nuevo “pero, no entiendo porque
llorabais, a caso no sois feliz?” la jovencita recordando por un
instante su pesadilla, volvió a entristecer y dijo “he tenido un sueño,
ha sido una pesadilla horrible, temo que sea una premonición y que
acabe por hacerse realidad; he soñado que mi pueblo moría masacrado a
manos de unos bandidos, unos desalmados que sólo querían apoderarse de
lo poco que tiene mi gente, y yo no podía hacer nada por impedirlo,
nada, ni siquiera morir con mi pueblo...” la pobre emperatriz, tan
apenada por su visión, ya comenzaba a destilar de nuevo lágrimas,
“No, no, no... nada de lloriqueos, vos sois la emperatriz y sois una
joven fuerte e inteligente. Vamos, vamos, llorando no conseguís nada”
dijo Shin alzando la cara de Ayumi con sus garritas, “sin duda es, sólo,
una pesadilla y nada de eso, que habéis soñado, se hará realidad, ¿entendido
jovencita?”, Ayumi ante tal serenidad y confianza en sí mismo no pudo
por más que asentir y seguir escuchando, “en cualquier caso”
prosiguió el gracioso dragoncito “si algo así amenazara con pasar
vos estaríais prevenida puesto que, los vigías darían la voz de
alarma y vos podríais dar refugio al pueblo dentro de palacio, y de
todos modos... yo... os protegería” y sacando una pequeña katana
(que ni yo misma, autora de esta historia, sé de donde ha sacado, este
Shin es una caja de sorpresas y empieza a cobrar vida propia, jajaja)
se puso en guardia e hizo unas katas con su diminuta espada, y tras
confirmar que la joven emperatriz sonreía divertida al verlo haciendo
tales cosas, el pequeño dragón sonrió a la muchacha y tomándola de
la mano para llevarla de regreso a su habitación en el interior de
palacio, le dijo “pero eso... otro día, ahora estoy muerto de sueño
y quiero dormir en un sitio caliente” sonriendo, Ayumi preguntó “te
quedarás conmigo para siempre?”, Shin giró la cabeza hacia donde
estaba Ayumi y muy serio replicó “Para siempre”.
Así fue, como la emperatriz Ayumi y su dragoncito
Shin se conocieron.
Desde aquel día siempre estuvieron juntos y Ayumi, nunca más volvió a
tener tales pesadillas, porque sabía que su dragón velaba por ella.
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