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Nada hay de bueno que merezca la pena recordar de mi vida, pero
si ha de servir para algo que os ponga al corriente de mi historia, que
así sea.
Mi nombre es Ayumi Yukishiro, aunque prefiero que nadie me
conozca por mi apellido pues avergonzada estoy de él. Así que Ayumi ha
de ser mi nombre y todo cuanto sepáis de mi. Lejos de parecer algo
fuera de lo común, en mi país pasaría inadvertida entre las demás
chicas. Mi aspecto es muy normal, soy una muchacha de 18 años que tan sólo
cuenta con su cuerpo y su cerebro para sobrevivir. Mi estatura pequeña
me ha permitido pasar inadvertida siempre que lo he necesitado, pero mis
maneras y mis ojos negros han hecho que la gente y sobretodo los varones
se fijaran en mi. Mi cuerpo es femenino y voluptuoso, aunque en la
cantidad justa para hacer enloquecer a cualquier sucio varón. Mi
comportamiento sumiso y obediente, aprendido, como más tarde os contaré,
en una Okiya de Kioto hace que entre los caballeros de la corte
occidental mi presencia no pase desapercibida.
Soy
una Semidiosa hija de la muy apreciada Haru Sama (Diosa de la
Primavera). Mi madre era una preciosa criatura celeste que hacía
florecer los cerezos en primavera y que esparcía el olor de la tierra
en flor por el aire de mi muy querido Japón. Mi padre, un ser del que
prefiero decir poca cosa, era un hombre sin honor y sin moral. Era un
sucio leñador que vivía huraño a los pies del Monte Fuji y que se
dedicaba a cultivar su odio hacia el resto de seres vivos en su soledad.
Todo
empezó un día hacia el final de la primavera. Mi madre, Haru Sama,
viendo que su trabajo se acababa por aquel año y enamorada como estaba
de su propia obra en la tierra, de sus árboles en flor, del olor de la
tierra, del calor que desprenden las rocas al sol, de la textura de la
hierba... decidió ignorar por una vez en su vida las reglas y bajar a
la Tierra. A los pies del Monte Fuji, en un riachuelo cálido y
escondido en el seno del bosque, fue dónde se decidió mi destino y el
de mi pobre madre. Haru descendió de los cielos para bañarse en aquel
riachuelo que de siempre había mirado con envidia sin saber que al
desnudarse estaba sellando su propia muerte. Se despojó de su
maravilloso traje de plumas de cisne y sumergió su perfecto cuerpo de
Diosa en las aguas azules y cristalinas del río. Distraída y alegre
como estaba no se percató de la presencia de un par de ojos impuros que
la observaban con deseo, mi padre sin que ella pudiera hacer nada por
remediarlo, le quitó a mi madre su vestido de plumas y la sorprendió
en pleno baño. No quiero ni imaginar como sucedió el resto, pero puedo
imaginar la pena de mi madre, sus lágrimas y sus súplicas a mi padre
para que la dejara ir, puedo imaginar también a un sucio mortal
mancillando el perfecto cuerpo de mi madre y forzándola para poseerla.
Puedo llorar por la pena y dolor que mi madre tuvo que sentir y también
puedo llorar al pensar que mi venida a este asqueroso mundo no fue
deseada por ninguno de mis progenitores. Al poco tiempo mi madre me
alumbró a mi en una noche fría y lluviosa del invierno más negro y
triste que nunca se ha recordado en mi país.
Mi madre murió aquella misma noche y la única herencia que me
dejó fue la melancolía que siempre llevo conmigo, mis ojos negros bajo
los cuales hay dos lunares que marcan el camino de mis lágrimas y mi
naturaleza de mestiza como semidiosa.
Os
preguntaréis como se yo todo esto... a veces creo que tal como lo
aprendí preferiría no saberlo, pues fue mi padre quien se encargó de
recordarme en cada una de sus palizas como mi madre gimió de dolor
cuando la poseyó y sus lágrimas la noche que me trajo sola a este
mundo. Él se preocupó bastante durante los 13 años en que viví con
él de marcar mi cuerpo con dolorosas cicatrices físicas y marcar mi
alma con sus palabras envenenadas y sus asquerosos recuerdos. A veces no
entiendo como logré sobrevivir hasta los 13 años de edad puesto que mi
padre nunca se preocupó de mi lo más mínimo. Si no hubiera sido por
las hadas y elfos del bosque que supieron ver en mi los rasgos de mi
madre y me reconocieron como hija suya hubiera perecido a los pocos días
de nacer, pero no fue así, ya que me cuidaron las criaturas del bosque
que se preocuparon de despertar mis poderes desde muy joven y hacerme
sabedora de lo bueno que tenía dentro. Prefiero no recordar con
demasiado detalle mi infancia ya que a pesar de las enseñanzas y afecto
que recibía de los seres del bosque siempre acabo recordando la cara
regordeta, sudada y grasienta de mi padre el leñador Kuroku Yukishiro,
sus palizas y mi cara en el lodo manchado por mi propia sangre. Aun hoy
me estremezco de miedo al recordar el gruñido de la puerta de nuestra
casa a la entrada de mi padre en ella, el pánico se apoderaba de mi
pensando e imaginando con que excusa me apalizaría aquel día. Dejo
caer una lágrima y prosigo con mi historia.
Mi padre además de ser un hombre increíblemente inhumano y
pestilente también era una avaro y un codicioso miserable que se
deshizo de mi en la primera oportunidad que tuvo, hecho, por otra parte,
que me permitió alejarme de él y de su asquerosa existencia, aunque
también me separó de mis queridos amigos del bosque. A la edad de 13 años
fui vendida por mi padre a un hombre que me llevó a Kioto para darme a
la protección de una casa de Geishas, la Okiya Takani. No puedo decir
que mi vida tuviera con aquel cambio unas expectativas de futuro muy
buenas pero durante los dos años que permanecí allí me vi libre de
palizas y recuerdos tristes. Nada más llegar a la casa, la dueña de la
Okiya se percató del áurea celestial que me rodeaba, así que en
cuanto pudo empezó a organizar mi preparación como Geisha. Los
primeros meses en la Okiya Takani fueron duros y el trabajo me
sobrepasaba, pero nunca protesté por tener que trabajar. Trabajé como
criada de la Okiya solamente durante cinco meses porque la dueña se
apresuró a inscribirme en la escuela de Geishas para que yo empezara mi
preparación como cortesana. Aprendí todo lo que se me ofreció y así
cultivé mis formas y mis maneras. Se me instruyó en la forma de tratar
a los varones y en como entretenerlos, educaron mi cuerpo y mi mente
cosa que siempre les he agradecido.
No puedo decir que como aprendiza de Geisha mi vida fuera mala o
me faltara de algo, muy al contrario debo afirmar que fue una época de
paz y tranquilidad en mi vida. Pero mi tranquilidad duró poco. Todo se
echó a perder una noche en que oí a la señora Takani hablando con dos
hombres acerca de mi virginidad... me estaba vendiendo al mejor
postor... aquella misma noche abandoné mi Okiya y nunca más regresé a
Kioto. Tenía 15 años cuando me hice dueña de mi vida por primera vez.
Desde
entonces han pasado tres años. Tres años que contaron para mi como
toda una vida. Durante ese tiempo muchas cosas han acontecido a mi
humilde existencia, al principio me sentía sola y perdida, no sabía
hacia donde podía ir o que debía hacer, al fin y al cabo era la
primera vez que me las tenía que apañar yo sola.
En mi soledad me puse
a recordar a mi pobre madre y decidí que me refugiaría en el bosque
que ella tanto había querido, prefería morir en la misma tierra que
había sido la perdición de mi madre que vivir como una reina el resto
de mi vida a cambio de mi honor vendiendo mi cuerpo. Anduve durante días
y días sin descanso y sin probar bocado alguno. Así fui adentrándome
en el bosque durante nueve días y nueve noches... en la noche del décimo
día me sentí desfallecer, tan cansada estaba que, allí mismo, en
medio del bosque de Shimabara y a
los pies de una pequeña roca santuario me arrodillé y junté las manos
en plegaria para que la muerte me encontrara en actitud de
arrepentimiento y perdón y me llevara con ella de buen grado. Me había
abandonado a los brazos de mi única esperanza, la siempre fiel muerte y
en aquella fría calma, entre el olor a hierba húmeda, cuando sentí
que mi alma dejaba mi cuerpo, una voz serena y cálida me trajo de nuevo
a este mundo, yo entonces no lo sabía y creía que el propio Buda me
llamaba a su lado, pero aquella voz amable y cariñosa era la del que se
convertiría en mi protector y maestro, mi querido y anciano sensei
Takeda-san.
Si
podéis imaginar a un anciano de rostro tranquilo y apacible, de ojos
vivos y nerviosos como los de un jovenzuelo que aun se sigue preguntando
porque a la vez que seguros y confiados como los del hombre sabio y
experimentado que no teme a nada porque ya conoce las respuestas a esos
porques y con una sonrisa permanente en los labios, os estaréis
imaginando a mi maestro.
Me
acogió en su casa como si yo formara parte de su familia, igual que si
por nuestras venas corriese la misma sangre. Me adoptó como nieta y
como discípula y yo a cambio entretenía sus noches con mis historias y
mis poemas, él llenó mi vida de sentido con sus enseñanzas y yo
dulcifiqué el final de la suya con mi alegría y mi risa juvenil...
desde entonces siempre le llamé abuelo.
Después
de aquella noche en que me recogió en el bosque cuidamos el uno del otro durante tres años en que me pareció
que el tiempo se había detenido a mi alrededor. Fue la época más
feliz de mi vida, por primera vez me sentí querida y necesitada, porque
si es cierto que en mi Okiya nunca me faltó de nada, la señora Takani
lejos de proporcionarme amor o preocuparse por mi se aseguraba su vejez
al criar a una geisha con tanto futuro como lo podía haber tenido yo.
Durante
esos tres años mi abuelo me enseñó todo lo que él había aprendido
en su dura vida como samurai al servicio del Shogun del emperador. Me
instruyó en el arte del kendo que tan bien dominada y conocía, también
me enseñó técnicas de lucha más apropiadas para una muchacha de mi
condición y estatura, así me convertí en una verdadera experta con el
arco y los kunais (pequeños cuchillos típicamente ninja que son fáciles
de llevar escondidos entre las ropas y que se usan como arma
arrojadiza), además de manejar mi kodachi (katana corta) a la perfección.
Además de educar mi cuerpo también educó mi mente dándome
importantes nociones de anatomía humana y enseñándome algo de política
e historia para que pudiera tener referentes de lo justo y lo injusto,
para que aprendiera a tener criterio de cómo actuar en cada momento según
mis propios principios. Me encantaba oírlo hablar del código de los
samuráis y me quedaba dormida bajo el sol de la tarde escuchando los
susurros de sus oraciones, parece que si cierro un momento los ojos
puedo notar el calor del sol bañando mi rostro y el dulce rumor de la
voz de mi abuelo.
No
se que hubiera sido de mi si no hubiera encontrado a Takeda-san, lo
recuerdo perfectamente... recuerdo la primera vez que le vi sujetar su
espada y el cambio que representó ese instante en mi forma de verle, al
empezar a sostener su espada como el samurai que había sido antaño
retomaba su porte digno y decidido y parecía convertirse en otra
persona, en un hombre que ponía toda su atención en una sola cosa,
sobrevivir? No, aceptar la muerte de la forma más digna, un samurai no
tiene miedo a la muerte porque ya ha aprendido a aceptarla como parte de
su vida, eso le da su fuerza. Esa fue la lección más grande que jamás
me enseñó mi abuelo el samurai Takeda. La muerte de mi abuelo se ha
convertido en el peor recuerdo de mi escasa vida, no puedo explicar como
se llora a alguien al que has querido tanto y al que te has sentido tan
unido, si no conocen sus mercedes esa pena lo único que puedo hacer es
desear que siga siendo así por mucho tiempo.
Después de la muerte de mi querido abuelo al que nunca lloraré
bastante dejé nuestra casa y me dirigí a la costa donde por suerte
encontré un barco con pasaje que iba hacia tierras muy lejanas a mi Japón
natal...
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