El mando chileno
concentró en el poblado serrano de Huamachuco, dos columnas chilenas
fuertes
en 1.600 hombres
aproximadamente, bajo el mando del Teniente Coronel Alejandro Gorostiaga,
con la misión
de impedir el paso al Norte de las tropas peruanas al mando del General
Brigadier
Andrés
Cáceres, que era acosado por varias columnas chilenas.
Por medio de
estratagemas el hábil comandante peruano pudo eludir la persecución
y seguir al Norte
frente a unos
3.000 hombres. Su deseo derribar al General Iglesias, quien se había
pronunciado
junto a las
provincias norteñas por la paz con Chile, aún debiendo sacrificar
parte del territorio
peruano, condición
que exigía Chile para terminar con la ocupación del Perú
y la guerra. Iglesias
tenía
a sus ordenes escasas tropas, las cuales no podrían o no querrían
enfrentar al mítico caudillo
serrano Cáceres,
apodado ya por los chilenos como “El brujo de los Andes”. Por lo cual la
única
esperanza
chilena para lograr la paz a su conveniencia pasaba por subordinar a los
demás caudillos
peruanos a
Iglesias, de los cuales el principal opositor era justamente Cáceres.
Las tropas
chilenas en tanto estaban muy por debajo de su efectivo teórico,
es más una de las
columnas,
que fue enviada en refuerzo de la otra, se componía de soldados
recientemente repuestos
de las nocivas
enfermedades tropicales, que se ensañaban con las tropas chilenas
(1), pero en
general se
trataba de tropas de buena calidad, compuesta en un gran número
por reemplazos, pero
con muchos
veteranos(2) lo que equilibraba la balanza, por este mismo motivo las tropas
tenían una
excelente
moral. La ventaja del ejército chileno aparte de la excelente cohesión
era que se
encontraba
armada mucho mejor que las tropas peruanas, aunque ambos ejércitos
carecían de
municiones
suficientes para un combate prolongado.
El ejército
de Cáceres en tanto, era apoyado por numerosas montoneras sin ningún
valer militar, al
menos en lo
referente a armamento y cohesión frente a soldados veteranos, como
era el caso de los
chilenos.
En la Imagen la Infantería Chilena se lanza a la carga al toque de Calacuerda contra las tropas serranas
Al saber de
la proximidad de Cáceres, Gorostiaga optó por abandonar el
poblado y atrincherarse en
el cerro Sazon,
el ejército serrano en tanto se posesiono en el cerro Cuyulga, ambos
ejércitos
permanecieron
en estas posiciones hasta el 10 de Julio de 1883, intercambiando esporádicamente
descargas.
Dos compañías
de “Zapadores”, se descolgaron de sus posiciones en un reconocimiento de
las
posiciones
peruanas, pues sospechaban que las tropas serranas podían haberse
escabullido hacía el
norte, lejos
de esto, Cáceres había permanecido en ellas.
Rápidamente
los peruanos enfrentaron a los chilenos y los rechazaron, además
saliendo
agresivamente
en su persecución amenazaron con envolverlas, la batalla había
comenzado, dos
compañías
del Batallón (BI) Concepción enviadas a fin de evitar esto
no pudieron evitar el cerco.
Gorostiaga
frente a tal contingencia ordenó una carga de caballería
al Escuadrón del Regimiento de
Caballería
(RC) “Cazadores a Caballo”, quienes también fracasaron, Cáceres
comenzó a enviar uno
a uno sus
BI a lo cual Gorostiaga reaccionaba enviando a su vez al llano una compañía
por BI
peruano (3)
Por fin el
combate se generalizó, la infantería chilena flaqueaba y
era rechazada en muchas partes de
la línea
de frente, pero un factor imprevisto cambio el curso de la batalla, ambos
ejércitos
comenzaban
a sentir la escasez de municiones.
En la foto Alejandro Gorostiaga el comandante
Chileno, en Huamachuco
Cáceres ordenó a su artillería abandonar sus posiciones
en el Cuyulga y bajar al llano con la
intensión
de bombardear a los chilenos, y según juzgo, decidir la batalla
a su favor. Pero ese fue un
error, puesto
que Gorostiaga vio su oportunidad y ordenó a Parra ensayar otra
carga, esta vez contra
los indefensos
cañones, el resultado fue el esperado los sirvientes fueron sableados
y dispersados.
Al ver esto
Gorostiaga ordeno una carga general a la bayoneta, arma de la que carecían
los
peruanos,
ese fue el fin, desmoralizados por la perdida de la artillería,
sin municiones, ni armamento
para enfrentar
el combate cuerpo a cuerpo, la infantería peruana fue rechazada
y dispersada,
perdiendo
una victoria que pudo resultar decisiva y que tuvieron al alcance de la
mano.
Lo que siguió
después, las tropas sobrevivientes fueron acosadas sin piedad, incluso
el mismo
General Cáceres
debió apelar a su excelente caballo para escapar de un pelotón
chileno que le
persiguió,
incluso el Alferez de Caballería Ilabaca, alcanzo a realizarles
algunos disparos con su
revolver.
Entre los cadáveres
quedaban los restos de los más notables oficiales y soldados peruanos,
los
chilenos realizaron
después del combate innumerables fusilamientos(4). Días después
el Coronel
Leoncio Prado,
también fue pasado por las armas, en el lecho donde yacía
a causa de una herida
recibida en
la batalla(5), enfrentó al pelotón con entereza y sangre
fría, dirigiendo el mismo al
pelotón
de fusileros que le último.
Contando estos
fusilamientos, los peruanos perdieron alrededor de un millar de muertos,
los chilenos
por su parte
tuvieron menos de 60 muertos y más de un centenar de heridos, pero
más allá de las
escalofriantes
cifras, el ejército de Cáceres, que había mantenido
en jaque a los chilenos por
alrededor
de dos años, siendo la principal esperanza de quienes aún
consideraban la posibilidad de
expulsar por
la fuerza a los chilenos o lograr una paz más sin sesión
de territorios, estaba totalmente
destruido.
Jorge Ojeda Frex
(1) Entre el
1º de Julio de 1882 y el 1º de Julio de 1883 el ejército
del Norte (chileno), es decir las
tropas de
ocupación, sufrieron 2.426 bajas, de ellas 149 en combate, 603 por
enfermedad, 1.000
licenciados
por inutilidad física y 674 por “desaparición” la mayoría
de estos últimos deserciones,
que muchas
veces terminaban enrolados en el ejército de Cáceres)
(2) A manera
de ejemplo el Capitán Sofanor Parra del Regimiento de Caballería
cazadores a
Caballo, había
combatido desde Calama, el primer combate de la guerra.
(3) Si bien
existía una diferencia grande entre los batallones peruanos y las
compañías chilenas, esta
no era gigantesca,
puede calcularse que la diferencia era de 1:1,5 o bien de 1:2
(4) Entre estos
según confidenció mucho después Gorostiaga al historiador
chileno Encina, fueron
pasado por
las armas más de 200 desertores chilenos
(5) Este oficial
capturado por los chilenos antes de la campaña de Lima, había
sido puesto en
libertad luego
de haber prometido por su honor no volver a empuñar las armas contra
Chile