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Los personajes de Slayers pertenecen a su  creador.

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Cuando finalmente lograron despertar a  Zelgadis, este tenía una sonrisa tonta y Xellos pensó que hubiera sido buena  idea hablar primero con Amelia.

"Lo siento mucho Amelia, hablé sin  pensar." Dijo con una sonrisa mientras trataba de poner a su amigo en  pie.

"No te preocupes Xel-kun, se le pasará en unos días. Siempre le pasa  igual."

"¿Uh? ¿Siempre?" La joven se echó a reir  cándidamente.

"Este será nuestro cuarto bebé." A Xellos le costó algo de  trabajo asimilar la información. Después de todo... en seis años habían sucedido  varias cosas.

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Filia despertó sobre lo que parecía ser un  nido o al menos tenía esa apariencia. Era una depresión en la roca llena de  almohadones y sábanas. Dicho nido ocupaba gran parte del salón donde se  encontraba. Se levantó y trató de quitarse los nudos que sentía en la espalda  por la mala posición. El lugar estaba practicamente al aire libre, como una  enorme plataforma cubierta apenas por una cúpula de piedra con enormes columnas  para sostenerla sobre la base formando unos masivos arcos a modo de entradas por  sus cuatro puntos cardinales. Se acercó a uno de los arcos y quedó muda del  asombro. En el espacio de cielo sobre el valle y rodeado de montañas volaba un  solitario dragón.

Sus hermosas escamas doradas refulgían al sol como el  oro bruñido y su aerodinámica silueta se deslizaba graciosamente como un águila.  Filia se llevó una mano al pecho, ese era un cuadro que no iba a olvidar  fácilmente. La gigantesca bestia cambió el rumbo en dirección a la torre donde  se hallaba Filia. Sobrevoló la cúpula, creando una fuerte brisa que alborotó sus  cabellos. Filia lo siguió con la mirada, corriendo hasta el otro borde para  poder ver lo que haría.

Lo vio girar nuevamente hacia ella, dando una  vuelta alrededor de la torre y posándose delicadamente en el borde. Su altura  era como la de cinco hombres, no tan gigantesco como Valtiera y sus ojos de un  hermoso color azul. Dio unos pasos hacia la joven cuando un brillo intenso lo  cubrió, quedando en su lugar un joven. Sus largos cabellos platinados a la  cintura y cortados con precisión se revolvieron con el fuerte viento como  sedosas cintas. Vestía una armadura liviana de color dorado y llevaba una espada  de considerable tamaño ceñida a la espalda. El resto de las ropas era de un  material de blanco puro, como el lino.

"Princesa Filia." Dijo al tiempo  que hacía una profunda reverencia. "Soy Milliardo, el guardián de la torre. El  Rey Valtiera me ha ordenado que le muestre a su Alteza cómo  transformarse."

"¿Transformame en qué...?" Recordó entonces las palabras  del joven y abrió los ojos desmezuradamente. "¿No te referirás a ese asunto de  que soy un dragón, verdad?" Milliardo asintió y sonrió.

"No es tan  difícil como parece." Filia no supo cómo reaccionar. El hombre que tenía frente  a ella no era en nada parecido al joven Valtiera, a quien comenzaba a tomarle  animadversión. Hasta ella misma podía sentir la diferencia en el aire que lo  rodeaba, sereno y apacible. Su mirada clara parecía traspasar su cuerpo hasta  ver en su alma. "¿Quiere comenzar ahora? Mientras más pronto aprenda más pronto  podrá bajar."

"Hai." Le dijo algo nerviosa y Milliardo extendió una mano  que Filia tomó con delicadeza.

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Xellos apenas había tenido  tiempo para conversar con sus amigos. Primeramente Amelia le había mostrado los  pequeños Greywords, uno de cinco años y dos gemelos fraternos de tres. Los tres  crios, todos niños, tenían el mismo color de cabello que su madre y la misma  cualidad rebelde. Ninguno se pudo estar quieto el tiempo suficiente para que  Xellos los pudiera observar con detenimiento pues aparentemente, también habían  heredado su hiperactividad.

"Ojalá sea una niña." Suspiró Amelia con  ilusión, pasando la mano por su vientre aún plano. Zelgadis la abrazaba con  fascinación y con la misma sonrisa tonta. Uno de los gemelos se detuvo al lado  de Xellos y lo miró insistentemente.

"Mamá. ¿Por qué tiene el cabello  púrpura? ¿Y por qué tiene los ojos así?"

"¿Así cómo?" Amelia salió de su  estado de perfecta ilusión.

"Como gato." Amelia le dio una mirada  nerviosa al pequeño y justo entonces sus dos hermanos se le unieron para  observar al príncipe de Koubuchi.

"¿Es un hombre gato?" Preguntó el  mayor.

"No, no soy un hombre gato." Xellos sonrió y miró a la Reina. "¿No  hay problema si les digo lo que soy?" Pero fue Zelgadis quien le  contestó.

"No lo creo. Niños, ¿recuerdan el cuento del demonio y la  princesa?" Los tres pequeños asintieron. "Pues él es el demonio." Les dijo con  una sonrisa juguetona.

"¿El valiente demonio que estuvo atrapado por el  collar?"

"¿Y que destruyó al monstruo que iba a casarse con la  princesa?"

"Waaaooo."

Xellos sintió que el rostro se le ponía de  mil colores al escuchar las coloridas exclamaciones de los niños y la mirada que  ahora le daban. Se llevó una mano a la nuca y trató de sonrió apenado. Cuando  los abrió nuevamente los niños estaban demostrando con gran emoción lo que  recordaban del *cuento*. Amelia los miraba y sonreía con ojos tan tiernos como  los de Zelgadis. Por unos instantes Xellos los observó también, no con ojos  tiernos o con una sonrisa paternal. Los miraba con los ojos del niño que nunca  había tenido la oportunidad de jugar con otros, encerrado en un hermoso  castillo, rodeado de sirvientes y de su madre adoptiva, pero aún así,  solo.

Les echó un vistazo a Zelgadis y Amelia y se preguntó si sus  verdaderos padres lo habrían observado alguna vez con esos mismos ojos de amor o  habrían compartido esa misma felicidad. No estaba seguro, no había tenido la  oportunidad pero algo sí sabía. Zellas lo había mirado con amor maternal, sí  había participado de esa felicidad y eso era algo que él valoraba por sobre  todas las cosas. ¿Cómo podía entonces separar a esos pequeños de su padre o de  su madre? Estaba seguro de que Zelgadis le impediría a la Reina acompañarlos  aunque ella quisiera, pero él se ofrecería a ir en busca de  Filia.

"¿Xellos-san, te sientes bien?" Preguntó Amelia con algo de  preocupación.

"Ahh... Claro que sí Amelia. Sólo estaba pensando en  avisarle a mis sirvientes que estaremos en camino dentro de poco tiempo para que  se vayan preparando."

"¿Traíste sirvientes? ¿Dónde están?" Preguntó  asombrada.

"Acampan en las afueras del palacio." Contestó con rapidez  pero sin inmutarse.

"Pero Xellos-san, aquí en palacio había espacio para  ellos también." La Reina hizo un puchero de desaprobación.

"No te  preocupes Amelia, ellos están bien."

"Entonces avísales que se preparen.  Yo prepararé algunas cosas." Le dijo Zelgadis son seriedad.

"Hai." Xellos  se levantó y abrazó a la Reina. "Espero que nos volvamos a ver pronto." Le dio  una breve mirada a Zelgadis que lo dejó un poco extrañado, pero con su sonrisa  de siempre disipó toda duda. El Rey de Sairentosutoon salió para prepararse y  Xellos se dirigió a donde se encontraban sus fieles seguidores. Estaba decidido.  No le permitiría a Zelgadis afrontar tamaña empresa.

Al salir del  castillo le dio una última mirada al lugar, de inmediato fue rodeado por Youki y  sus doncellas vestidas como guerreros. "Es hora de partir." Les susurró. Al  levantar la vista pudo ver a Amelia en uno de los balcones, sonriéndole y  agitando la mano efusivamente. Xellos levantó la mano y contestó el saludo.  "Vamos." Murmuró y su figura pasó a ser un reflejo de obscuridad en movimiento.  Amelia se tapó la boca asombrada y luego vio cómo los guerreros seguían el mismo  ejemplo, perdiéndose de vista entre las sombras de la entrada principal al  castillo. Su cuerpo se estremeció levemente.

"¡Zel!"

"¿Qué sucede  amor?" Zelgadis estuvo a su lado en un instante al escuchar el agitado  llamado.

"Xellos y sus sirvientes... desaparecieron en el  aire."

"K´so. Debí imaginar que no aceptaría mi ayuda tan  fácilmente."

"¿Crees que pueda salvar a Filia?" Le dijo  preocupada.

"Necesita ayuda. Si en verdad está a punto de enfrentarse con  dragones va a necesitar toda la ayuda posible." Dejó lo que había comenzado a  preparar y garabateó unas notas. Las envolvió en dos hechizos y los envió a gran  velocidad. "Espero que la testaruda de Lina pueda controlarse por unos días y  darle un poco de ayuda a Xellos."

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Filia se dejó caer  frustrada sobre los mullidos cojines mientras el sol comenzaba a descender su  glorioso fuego sobre la nebulosa amplitud del valle a los pies de la torre. Con  cada color que se descomponía sobre la neblina Filia sentía su frustración  desvanecerse. A su lado, en silenciosa compañía estaba Milliardo. Sus ojos de  aquel azul frío, casi metálico, observaban a la princesa suspirar.

"¿En  qué piensa la Princesa?" Filia no se sobresaltó, la suave voz de Milliardo tenía  esa cualidad en ella.

"Pienso... en demasiadas cosas." Susurró sin  moverse.

"Piensas en el Príncipe que vendrá a rescatarte?" Filia volteó  el rostro levemente para ver a su acompañante.

"¿Príncipe? No necesito  esperar por nadie. Tarde o temprano bajaré de esta torre y probablemente sea por  mi propio esfuerzo y no por esperar a un Príncipe Azul montando un blanco  corcel. Esos son sólo cuentos." Lo vio esbozar la más pequeña de las  sonrisas.

"Los cuentos no siempre son fantasías."

"¿Quién podría  saberlo? La mayoría son para hacer dormir a las pequeñas y tontas princesas."  Musitó con amargura. "Te lo digo por experiencia." Fijó su vista nuevamente en  el horizonte y Milliardo se acercó a ella, colocándose en perfecta  contraposición de modo que las piernas de Filia señalaban hacia el oeste y las  suyas hacia el este. Aún así casi podía tocarla con el hombro. Descansó sus  brazos sobre las rodillas flexionadas y sus suaves cabellos se deslizaron al  frente. Con un leve gesto los recogió y los dejó caer del lado opuesto de forma  tal que si Filia quería, podía ver su rostro por completo.

"Conocí una  vez a una princesita." Murmuró de forma audible para Filia. "Muy hermosa. Apenas  había abierto sus ojos al mundo y todos la envidiaban." Su voz era como el  arrullo de las olas sobre la arena y Filia se relajó.

"¿Qué le  sucedió?"

"Los que la envidiaban descubrieron una profecía que no le  gustó a nadie y fue decidido que la pequeña princesita debería  morir."

"Ese... es un destino cruel." Musitó la joven.

"Pero no  todo estaba perdido. La noche antes de que fuera cumplida la terrible sentencia,  uno de los fieles servidores de la criatura la arrebató a donde ninguno de los  que la envidiaban podían seguirla."

"Entonces fue salvada y vivió feliz  para siempre." Concluyó Filia casi con ironía.

"¿Cómo podría saberlo? No  la había vuelto a ver desde entonces." Milliardo pegó una de sus rodillas al  pecho y descansó sobre ella la barbilla.

Filia agrandó los ojos  levemente, la respiración había escapado de su pecho en esos  instantes.

"Pienso... que no llegó a ser tan feliz como hubiera deseado.  Aunque me gustaría creer que al menos ha conocido el amor." Filia agachó el  rostro, una nota triste lo embargaba y sus cristalinas profundidades se opacaron  brevemente.

"¿Cómo podría haber conocido el amor? Pensé... una vez..."  Sacudió la cabeza y sus dorados cabellos, matizados por el sol de la tarde,  resplandecieron en tonos cobrizos. "Pero eso es cosa del pasado."

"¿Pero  y tu príncipe?"

"No es un príncipe. Es un demonio. ¿Acaso puede un  demonio amar?" Dijo con aquella frialdad que la envolvía a veces.

"Dicen  que los dragones son el opuesto de los demonios. Que los dragones son la luz y  los demonios la obscuridad. Pero si los dragones son luz y pureza ¿cómo pueden  odiar?" Milliardo se dejó ir hacía atrás, apoyándose en las manos. "Yo diría que  los dragones y los demonios no son luz y obscuridad."

"¿Entonces qué  son?"

"Son dos superficies similares. Una de ellas refleja el espectro  completo de la luz y la otra la absorbe sin dejarla escapar."

"El blanco  y el negro." Reconoció la princesa de inmediato.

"La diferencia estriba  en la forma en que actúan cuando los ilumina la luz. Ambos la reciben y ambos  deciden qué hacer con ella." Milliardo levantó el mentón de Filia con  delicadeza. "Pero quién podría evitar que fueras como un prisma y no como una  aburrida superficie blanca." Le sonrió con suavidad. "Y si un dragón tiene la  oportunidad de ser diferente no veo por qué un demonio no pueda  tenerla."

Una sonrisa, como hacía tiempo no la recordaba, se posó en los  labios de Filia. Mientras tanto el sol terminaba de ocultarse tras el neblinoso  horizonte y las antorchas de la torre se encendían al llamado del guardián.  "Puedo traerte algo de comer si lo deseas." Le dijo calmadamente mientras se  ponía en pie. Filia asintió levemente. Milliardo se dirigió hacia el borde de la  torre y cuando aún caminaba se transformó, las brillantes escamas refulgiendo  brevemente como una antorcha viviente antes de lanzarse al abismo y extender las  alas.

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Una esfera de luz brilló con intensidad ante los  ambarinos ojos de una mujer menuda y fiera cabellera antes de desaparecer y  dejar un manuscrito en su lugar. La princesa de Herufaia tomó la nota con  interés.

"Umhh... ¡¡¿Qué?!! ¿Pero cómo? ¡¡Esto es la guerra!!" Una  furiosa centella rojiza salió disparada del lugar donde se encontraba hacia los  establos y antes de que nadie pudiera cuestionarle nada espoleó su caballo en la  dirección que indicaba la carta.

Una escena similar y diferente sucedía  en el Reino de Kuusai, donde un rubio de largos cabellos y ojos azules como el  mar leía la misma carta. Un sólo pensamiento pasó por su mente. "Lina." Murmuró  y de inmediato salió a preparar su montura.

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Seis sombras  se detuvieron a mitad del bosque. Xellos sabía que no podía continuar a ese paso  si quería guardar energías para enfrentarse a los dragones. Pero cada vez sentía  más cerca a Filia. Youki se había ocupado en encender una fogata y las cinco  doncellas, libres de presentarse en su forma real, se echaron cerca del mismo  protegidas por sus blancas pieles. En poco tiempo el sastre tuvo sobre el fuego  carne de los animales que habían cazado durante la noche en su estadía en el  Reino de Sairentosutoon.

Xellos se acercó con lentitud, observando las  llamas del fuego crepitar bajo la carne. "¿Príncipe?" El joven levantó la vista  hacia el otro demonio, sus ojos claros lo cuestionaban sobre lo que  pensaba.

"¿Cómo es posible que exista una raza tan parecida y a la vez  tan distinta a la nuestra?" Murmuró. "¿Cómo es posible que dos razas se odien  simplemente porque esa es su naturaleza?"

"Piensas que los gatos y los  perros se odian porque esa es su naturaleza?" Preguntó a la vez el sastre. "No  se odian, simplemente son intolerantes a sus diferencias."

"Es lo mismo."  Dijo el joven encogiéndose de hombros. Youki sonrió y negó con la cabeza,  levantando el dedo en señal de desaprobación.

"Si un gato nace y se cria  con un cachorro, ambos aprenderán a sobrellevar sus diferencias. El mismo gato  será tolerante a otros perros, así como el perro será tolerante con otros gatos,  porque ha aprendido algo diferente."

"Sería una lástima." Murmuró Xellos  con una sonrisa.

"¿Y eso por qué?" Le preguntó curioso.

"El gato  podría morir en las fauces de un can intolerante por ser tan confiado." Youki  asintió.

"Tienes razón." Volteó la carne sobre el fuego y lo atizó  levemente. "Por suerte... nosotros no somos ni gatos ni perros."

"Somos  demonios." Dijo con voz inexpresiva.

"Ah, ah... Somos seres astutos que  podemos distinguir entre los canes tolerantes y los que no lo son. Tenemos un  don." Youki se había llevado la mano al pecho y Xellos comprendió que se refería  a la forma en que podían sentir las diferentes emociones emanar de cualquier ser  vivo.

"¿Quieres decir que enfrentaremos a los dragones que nos odian  solamente?"

"No... Todo lo contrario."

"¿Crees que encontraremos  dragones que no nos odien? ¿Más aún, alguno que quiera ayudarnos? Según lo que  leí tal parece que es practicamente imposible que no nos hagan pedazos con  simplemente olernos a distancia."

"Si creyera en todo lo que dicen los  libros literalmente ninguno de nosotros podría ser un demonio. No cumplimos  precisamente con todas las características." Xellos asintió. "Si fueramos como  nos describen los libros ni siquiera podríamos sentir." Dijo al tiempo que  quitaba un pedazo de carne del fuego. "O comer." Le dio una guiñada al joven  mientras le hincaba el diente a la carne aún ardiente. "Jjajaja, pero qué digo,  si fuera así tu madre no estaría volviéndome loco." Le dio una sonrisa pícara y  Xellos palideció.

"¡¡Ohh, ya callate, no quiero escuchar lo que haces con  mi madre!" Exclamó Xellos tapándose los oidos.

"Pues deberías prestar  atención, así no estarás perdido el día de tu boda con la princesa." Xellos  cambió de colores. "La conozco, cielos, casi la crié estando en palacio." Dijo  con una gran carcajada que hizo que las lobas levantaran las orejas en su  dirección. "Esa chica te va a dar quehacer." Y le ofreció parte de la carne a  las lobas y finalmente a Xellos. "Deja de preocuparte tanto por ella, Filia sabe  defenderse, ¿cierto chicas?" Las lobas le ofrecieron su versión canina de una  sonrisa.

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Espero que la espera haya valido la pena. Gracias por ser tolerante conmigo y con lo que escribo. Besos a todos  y ya saben, dudas, preguntas, críticas, flamas, todo es bienvenidol. Se cuidan  mucho!!
Dragon Child
Capítulo 5
Perros y Gatos, Negro y Blanco
Capítulo 6 Pronto
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