Y LLEGÓ EL GRAN DÍA...
En mi tiempo era el 17 de octubre de 1965,
mientras en el tiempo de él estaría celebrando su cumpleaños 874 en aquel ahora
año de 18,054. Me fijé que si sumaba los dígitos uno tras otro encontraba un
18=9, y si lo sumaba con el 18,053 obtenía un 17, día de nuestro natalicio. No
comprendía por qué, pero desde aquél día en que nos encontramos en la capital,
inconscientemente me ponía a jugar con los números ya mentalmente o
plasmándolos sobre un papel, apareciendo casi siempre el nueve.
A las 10:45 de la noche yo ya me había comido
todos los alimentos que había llevado a mi cuarto. Me encontraba cansado de
estar allí con tan pocos movimientos contemplando de muy cerca el albanénico
acordeón en espera de que algo sucediese. Fabrizio me había dicha que sólo
tenía un año de “vida” –ni un día más-, pero ¿en qué momento había empezado la
cuenta regresiva? No lo sabía. Inferí
que el final de aquellos papeles se presentaría a las doce de la noche, tiempo
de la ciudad de México, o sea a las once horas en donde me encontraba.
Así es que si todo era verdad, ya faltaba
poco tiempo. ¿Cómo podrían destruirse solas unas hojas de papel albanene?
Dudaba en un 50 por ciento, mientras que la certeza se presentaba, obviamente,
en la misma proporción, manteniéndome en un punto de equilibrio con pequeñas y
fugaces fluctuaciones que me hacían sentir un “algo” extraño que no sabría cómo
explicar, pues un sí y un no estaban presentes en mí con la misma fuerza
alternándose cada segundo. Aparte de las cosas inefables que sentía, notaba
bastante tensión en todo mi cuerpo, pues en varias ocasiones sentí que mi
respiración estaba suspendida, teniendo que ejercer cierta fuerza a mis
pulmones para que continuasen trabajando.
Tal vez obedeciendo a una silenciosa orden de
ignota procedencia tomé la caja poniéndola sobre mis muslos mientras permanecía
sentarlo sobre la cama, y empecé a levantar las hojas dejándolas caer para
volver a levantarlas tan pronto como sentía que se habían soltado todas. Hice
esto mecánicamente no sé cuántas veces, hasta que repentinamente sentí que una
descarga de energía distinta a la eléctrica pero muy fuerte llenaba todo mi
cuerpo entrando por mis manos que se mantenían inmóviles sobre la caja. Pensé
separarme de aquello poniéndolo sobre el buró, pero no me era posible mover ni
un sólo dedo. Me había sorprendido al iniciarse la descarga que se mantenía
continua pero no tenía miedo, pues algo me decía que no debía tener porque nada
malo me pasaría.
Un momento después sentí que la potente
energía que me había impedido todo movimiento había disminuido un poco de mi
cuerpo permitiéndome retirar mis manos, pero no podía mover las extremidades
inferiores. Manteniendo la vista fija sobre la caja y su contenido vi que todo
empezaba a cambiar de color tornándose primeramente color crema, luego fue
adquiriendo una tonalidad sepia, café oscuro y posteriormente negro para
terminar deteniéndose en un tono gris ligeramente plateado. No despedía humo ni
olor y, sin embargo, cualquier persona que la hubiese visto podría haber jurado
que eran los restos de un incendio. ¿Qué había sucedido en los átomos
constituyentes de aquella materia para que se llevase a cabo tan insólita
transformación? Qué sé yo del comportamiento que puedan presentar las
partículas atómicas o subatómicas obedeciendo órdenes implícitas. Mi ignorancia
absoluta en todo lo referente a fenómenos físicos y químicos me ha impedido
obtener una respuesta.
La energía que me invadía había cesada por
completo. Las letras habían desaparecido. Cuando quise tomar la caja para
retirarla de mis muslos no logré asirla porque estaba convertida en polvo.
Quise tomar el papel pero no podía porque a la menor presión se deshacía.
Contemplé por largo rato tan singular cuanto increíble metamorfosis, pero una vez habiendo pasado un poco mi sorpresa comprendí que no me iba a quedar así toda la noche, así es que me puse de pie resbalando de sobre mis muslos aquel misterioso objeto que, quien sabe por qué extrañas e incomprensibles fuerzas se había desintegrado entre mis manos quedando únicamente un montón de cenizas sobre el piso.