SEGUIR UNA VIDA “NORMAL”

 

Tan pronto como regresé al pueblo en donde tenía fijada mi resi­dencia, me dediqué a leer lo que Fabrizio había escrito conectado mentalmente a un ordenador de aquél año 18,053 en que existía coma una unidad más de vida humana. Cuán distinto era su mundo del mío y, sin embargo, qué estrechamente vinculados se encontraban todavía después de exactamente un año en que se presentó ante mí para darme a conocer tantísimas cosas que yo ni siquiera había imaginado.

Aquella mañana dominical me había despertado más temprano que de costumbre, y lo primero que hice fue mirar la caja que contenía el albanénico acordeón, la cual había puesto sobre el buró junto a mi cabecera. Como no iba ir a trabajar, había decidido no salir de mi recámara en todo el día, pues tenía que estar pendiente de aquel documento que testimoniaba en silencio la existencia de seres inteligentes en otras dimensiones de tiempo y espacio. Muchas veces sentí deseos de compartir todo aquello con alguien pero había callado siempre porque, ¿quién de las personas que me rodeaban tendría la suficiente inteligencia como para comprender lo que se encontraba allende las fronteras de nuestros sentidos? Todo lo que yo pudiese revelar, para ellos sería sólo locura aún cuando les presentase la tangible prueba que conservaba con tanto celo, pues analizando aquello con vista y tacto, no eran más que papeles albanene comunes y corrientes, según era la apariencia que presentaban. Los tipos de letras eran muy distintos a lo actuales, al menos a los que yo conocía, pero no se advertían otras evidencias que pudiesen convencer que se trataba de algo extraordinario.

Tan pronto como había terminado de leer el contenido de aquellas cuartillas, me dediqué a llevar a cabo la transcripción a mano. Debo decir que algunas partes de la multicitada literatura fue censurada por mi fuero interno, cuyo espíritu acendradamente mojigato no concebía que pudiesen darse semejantes acontecimientos, entre entes contemporáneos míos, así es que puritanamente los pasé de largo sin que hubiesen quedado grabados en mis papeles. Había una diferencia diametralmente opuesta entre la esencia del ser que lo escribió y lo que allí se comentaba, pero tal hecho no me sorprendía porque en ningún momento me dijo que fuese autobiográfico, sino que eran sucesos vividos por personas animadas por solamente la mitad de un alma. En ningún momento me dijo que se trataba del catecismo del padre Ripalda, un compendio de virtudes o una antología de conceptos morales; sino que era todo lo que la vida ofrece a los seres humanos y que muchos de ellos aceptan en mayor o menor grado. Aún así, si yo tuviese que elegir algún tema para un libro, jamás me decidiría por algo tan escabroso y difícil de manejar, pues hay por allí tantas personas “perfectas” acechando para lanzar un juicio demoledor a quien abra la boca.  Lo único perfecto del universo es su Creador -pensé.

Apenas de haber regresado de la ciudad de México, las personas con quienes mantenía un trato cotidiano empezaron a decirme que veían en mí algo extraño, algo distinto que antes no habían percibido porque no estaba presente. Yo les preguntaba qué era lo que notaban en mí, pero decían no saber cómo explicarlo, mas todas coincidían al revelar que sentían como si dentro de mí hubiese alguien más. Mi novia me decía que cuando nos besábamos, ella sentía la presencia de una tercera persona, aunque no precisamente como algo independiente de los dos, sino como una entidad separada de mi persona pero, al mismo tiempo habitando dentro de mi mismo cuerpo.  “O sea que es -me decía- como si dentro de un frasco hubiese agua y aceite. Se pueden ver juntos pero no fusionados. ¿Sí me explico?” En aquellos momentos sentía deseos de comentarle mi gran secreto, pero siempre consideré que no me creería y optaba por guardar silencio y minimizar lo que ella decía sentir para que se olvidase de ello. De hecho, antes de que me lo hiciesen notar, yo ya sabía que no era el mismo ser con su esencia original con que siempre me había conducido, sino que mis acciones se presentaban afectadas, no en forma negativa, por supuesto, sino al contrario, proyectando gran superación. Yo sentía que no era el mismo, pues cuando hablaba, muchas veces me expresaba con palabras que jamás había oído y, por tanto, desconocía por completo su significado. Ya que mi interlocutor no estaba frente a mí anotaba aquellas palabras y las buscaba en el diccionario, encontrando que eran más correctas que lo sinónimos que anteriormente empleaba. Primeramente esto se dio con palabras en español mientras hablaba, pero cuando mi mente ordenaba a mis manos reproducir mis pensamientos sobre un papel, lo hacía mezclando frases en otros idiomas sin que yo jamás hubiese tenido conocimiento de ellos ni por medios visuales ni auditivos. Huelga decir que tuve que comprar diccionarios en aquellos idiomas para poder traducir mis propios escritos, encontrando que mis pensamientos habían sido expresados correctamente con palabras que desconocía. Muchas veces tenía que preguntar a otras personas en qué idioma estaba escrito aquello que “había visto en una revista -les mentía- porque tenía que comprar el diccionario correspondiente”.

Yo ya no escribía como lo había hecho siempre, sino que ahora me parecía hacerlo con las mismas palabras que utilizaba Fabrizio. Cuánta conmiseración debía haber sentido por mí quien me observaba en una infinita interrogación contemplando el firmamento sin encontrar jamás respuestas que mitigasen un poco mis inquietudes, que ahora me presentaba un alud de conocimientos que no sabía cómo manejar. ¿O lo hacía para que yo tuviese una prueba más de que no me había mentido? No sabía por qué sucedían tantas cosas, pero me daba cuenta de que mi incorrecto español había mejorado muchísimo sin previo estudio. No siento pena decir que sólo asistí unos cuantos días a la escuela primaria porque no fue culpa mía y sería muy prolijo explicar los motivos, así es que lo que había en mi acervo cultural era sólo lo que mi padre me ofreció en mi temprana instrucción y lo que yo había captado al leer. Así es que debe haber causado lástima a Fabrizio aquel niño que soñando con ser un escritor no hubiese podido asistir a la escuela, que de la noche a la mañana me transformó en algo distinto culturalmente hablando, no convirtiéndome en un sabio, por supuesto, como doy prueba de ello, pero sí me situó en un nivel intelectual muy superior al que antes tenía. ¿Qué habría hecho en mi cerebro? ¿Cómo habría podido plasmar en mis células cerebrales todo cuanto grabó? Mil nuevas preguntas revoloteaban en mi mente, pero comprendiendo que nunca sabría las respuestas, trataba de no seguir torturándome al rumiar por largas horas todo aquello que ya estaba en mi ser como un hecho completamente consumado.

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