“CENICIENTO” ¡A la Mexicana!

 

Al pensar en el documento literario que aquel muchacho o anciano del futuro me había dejado como regalo, instintivamente salí del baño con su ropa en mis manos, la cual dejé caer sobre el respaldo del sillón en donde había permanecido sentado. Me volví al baño y vi que sus zapatos estaban todavía sobre el piso, y considerando que no era correcto porque se mojarían o me estorbarían, entré y los tomé. Eran de la misma marca y estilo que los que yo traía puestos, con la diferencia que estos estaban completamente nuevos, pues ni siquiera un pequeño doblez sobre su superficie delataba que algún pie hubiese dado un sólo paso con ellos. Les miré las suelas de piel y no aparecía en ellas ni la más mínima rozadura o partícula de polvo que suele quedar al pisar el pavimento aunque sea por un momento, sino que tenían ese brillo inmaculado como si jamás hubiesen estado en contacto con una superficie rasposa. ¿Vendría flotando? -me pregunté. Las agujetas permanecían atadas con fuerza en la forma que es costumbre actualmente. Me quité el zapato derecho y traté de introducir mi pie en el zapato correspon­diente de él, pero fue imposible. Una vez desatado lo logré, confirmando que calzábamos del mismo número. Si ya tenía el zapato derecho puesto, me pondría también el izquierdo, “para que se vayan amoldando a mis pies” -pensé. Como no había comido nada durante todo el día, decidí salir a la calle para cenar algo ligero, pues tendría que acostarme pronto porque me encontraba algo cansado, y aunque no sentía sueño, pensé que una vez sobre la cama no tardaría en llegar. Me puse una corbata y cambié la chamarra por un saco verde oscuro que le quedaba muy bien al pantalón.

Atravesé la Alameda Central rumbo al Zócalo, y poco tiempo después de cruzar San Juan de Letrán encontré un restaurante que me pareció muy atractivo. Se encontraba atestado de gente, pero en el recibidor un atento edecán me condujo a un lugar vacío que, según me pareció, era el único que había. “¡Vaya, suerte!” -me dije. Un momento después apareció un mesero a quien solicité un frugal refrigerio que, luego de haberlo puesto sobre la mesa, lo ingerí con una prisa muy superior a la acostumbrada.

Al haber terminado con todo lo que había en los platillos, yo continuaba inmerso entre aquel enigmático laberinto en que me había situado la reciente experiencia, pero, no obstante de que mi ensimismamiento era tan absorbente, me cercioré de que los comensales de las mesas circundantes aludían negativamente a mi persona, no alcanzando a escuchar palabras que me hiciesen comprender el motivo da su aversión para conmigo, pero sus penetrantes miradas y ácidos gestos fueron más que suficientes para hacerme comprender que mi presencia no les era nada grata. Me pregunté qué faltas habría yo cometido para merecer semejante rechazo, y lo que consideré más lógico fue que pude haberme olvidado de las más elementales normas de urbanidad que tiene uno que atender al estar ante una mesa. El haberme retirado de su presencia en ese momento hubiese sido lo más acertado, pero consi­derando que sería mucho mejor demostrarles que estaban equivocados en su tan ligero juicio, ordené, ahora sí, una opípara cena que me fue servida espléndidamente.

Durante el tiempo que me llevó consumir gran parte de lo que tenía ante mí, atendí cada detalle tan correctamente como alguna vez lo había leído en un libro; pero la puesta en práctica de todo mi acervo de conocimientos para quedar bien en semejantes situaciones no fue suficiente para serenarlos, sino que a cada momento hacían más ostensible su inconformidad. Estuve a punto de preguntarles acerca de su comportamiento, pero mejor opté por pagar al atento mesero, dejándole sobre la pequeña charola senda propina que le hizo agradecerme con amplia sonrisa. Tomé el pasillo que me conduciría a la salida, y al caminar unos cuantos pasos sentí que ¡no tenía zapatos! ¿Cómo podía ser posible que me los hubiese quitado mientras cenaba? A mí siempre me había parecido repulsiva esa actitud que presentaban algunas “personas” para mí detestables. Me regresé al lugar en donde había cenado para tomar aquel par de zapatos que fuera de mis pies habían causado tan justificado disgusto, y con la cara inflamada por la pena que me causaban las ahora más desaprobatorias miradas, llegué hasta la mesa inclinándome para ver en dónde habían quedado los zapatos, pero ¡ya no estaban! Llegó hasta mí el mesero que me había atendido, preguntándome qué buscaba.

-Acabo de cenar aquí dejando mis zapatos bajo la mesa pero ya no están. ¿No miró usted quién los tomó?

-¿Quién podría ser capaz de tomar un par de zapatos ajenos mientras cena, joven? -me respondió disgustado quien un momento antes me había sonreído-. Por favor tenga la bondad de salir de aquí inmediatamente. ¿Qué no se da usted cuenta del mal rato que está haciendo pasar la presencia de un muchacho descalzo?

-Disculpe -musité resignado, pensando que había sido él quien los había tomado.

Al dirigirme sin zapatos al Hotel me sentía muy apenado cuando la gente bajaba la vista mirándome, pues seguramente pensaban que yo era un loco. ¿Cuántos dementes había yo visto en semejantes condiciones? ¡Muchos! ¿Ahora era yo uno de ellos? ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Yo no estaba loco! Simplemente se debía a que algunas veces suele uno hacer ciertas cosas inconscientemente, y tan distraído estaba que llevé a cabo una de las actitudes que más detestaba al verlo en otros... “Que le aprovechen los zapatos al mesero ladrón” -sentencié tragando mi disgusto.

Afortunadamente al entrar al Hotel había poca gente en el Lobby, y se encontraban tan concentrados en sus asuntos, que sentí que nadie había advertido mi presencia. No tenía que solicitar la llave en la administración porque al bajar yo no había nadie en ella, y descon­fiando dejarla sobre el mostrador “porque alguien la podría tomar y entrar a mi cuarto” -pensé-, me la había llevado conmigo.

Entré en mi habitación. Encendí la luz. Puse el seguro a la puerta y caminé hacia la cama para dejarme caer sobre ella, pero me detuve sorprendido cuando descubrí que la ropa de Fabrizio que había dejado sobre el respaldo del sillón, ¡no estaba! Mi primer pensamiento fue que alguien había entrado a robar, pero luego vi que el dinero y el reloj que había dejado sobre la cama seguían allí... Entonces aquí nadie ha entrado -me dije-. Resultaba imposible aceptar que alguien hubiese entrado para llevarse solamente aquella ropa que no era mía. Lo lógico era que se hubiesen llevado algo más, sobre todo el dinero que estaba tan a la vista. Revisé el closet y allí estaban mi maleta y toda mi ropa colgada tal y como las había dejado al tomar el saco cuando me disponía a salir.

Nuevos pensamientos tomaron posesión de mi mente sumándose a los que ya formaban un leitmotiv y que, a cada momento estos engendraban otros tantos que permanecían allí, muy dentro de mí, ocupando cada átomo de mi cerebro, según sentía... Debo tomar esto con calma -decidí en aquel momento-, de lo contrario terminaré perdiendo la razón... Fabrizio se desintegró sin que yo pudiese observar cómo; sus zapatos desaparecieron de mis pies sin que me hubiese dado cuenta de ello en ese preciso momento, y su ropa dejó de existir dentro de esta habita­ción sin dejar ninguna huella. ¡Qué cosas suceden! Lo único que quedaba de todo aquello vivido y revivido a cada instante era la caja de ¿plástico? que estaba abierta sobre la mesita conteniendo el albanénico acordeón. Así había decidido llamarle, tomando en cuenta su apariencia... Si desapareciese todo esto también, entonces se me quitaría ese apabullante peso de encima, pues estaría seguro que la secuela de infinitas preguntas que se agitaban frenéticas en mi mente, sólo serían el recuerdo de un sueño. ¡Cuánto deseé que así fuese! Me parecían demasiadas emociones para un sólo día y para un joven cerebro que jamás había imaginado la existencia de semejantes sucesos como parte de una realidad para mí completamente desconocida... Reaccioné: “¡Perdón, Fabrizio, por este inconsciente deseo! Por favor no lo tomes en cuenta. Tú conoces mis pensamientos y sabes bien que te agradezco infinitamente todo lo que has hecho por mí, y aunque desconozco el contenido de tu obsequio, no quiero que te lo lleves porque presiento que encierra un tesoro literario, pues si no fuese así, no te hubieses tomado tanta molestia para hacérmelo llegar. Me sentí confuso por lo que pasó en el restaurante, pero comprendo que tú no tienes la culpa de que yo me haya puesto tus zapatos.” Pronuncié todo esto en alta voz, pensando que me estaba mirando sobre uno de aquellos para mí mágicos muros de cristal de su departamento, que con tan sólo su voluntad se convertían en una superficie mate o brillante, así como en espejos que ampliaban enormemente el espacio, lo mismo que ofrecían aquellas imágenes tan maravillosas obedeciendo sus órdenes mentales.

Tomé todas las hojas de papel en que Fabrizio había plasmado sus cálculos, obviamente con el propósito de verificar lo que estuviera a mi alcance, y entre tantos números me llamó la atención el escrito más extenso que había hecho mientras me hablaba, el cual decía:

“Tony:  La luz que todo lo ilumina desintegrando la oscuridad y la ignorancia, ha sellado con broche de diamante todas las cifras que te he mencionado con relación a los movimientos de la Tierra y el Sol, en donde siempre está presente el número nueve. Así es que escucha el susurro del infinito parto de fotones que el Sol y todas las estrellas expulsan para conferirnos su energía. Si multiplicas su velocidad redondeada de 300 mil kilómetros por segundo por 31’536,000 segundos que tiene un año de 365 días, te dará un total de: 9’460,800’000,000. Si sumas los dígitos uno tras otro encontrarás un 27=9. Ahora bien, si multiplicas 300 mil por 31’622,400 segundos que tiene un año de 366 días, te dará un total de: 9’486,720’000,000=36=9.  Su velocidad exacta por segundo es de: 299,792.457=54=9. Multiplicada por 31’536,000 segundos, te dará un total de: 9’454,254’923,952=63=9 y multiplicada por 31’622,400, el total es de: 9’480,156’992,236.800=72=9.

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