¡MI AMIGO SE DESINTEGRÓ TOTALMENTE!
Al ser las diez de la noche y no salir él
todavía del baño, pensé que algo le había pasado. ¿Se desmayaría? -me
pregunté-. Estuve tocándole varias veces la puerta y hablándole pero no conseguí
que abriese... Giré la chapa y empujé despacio la puerta... Yo no había oído
que le echase agua a la taza. Abrí más la puerta y entré, encontrando dentro
del baño sólo la ropa y zapatos que él traía puestos... ¡Su cuerpo material se
había desintegrado y había desaparecido todo por completo!... Allí ya no había
nada de él, de su persona; sin embargo, sentía que alguien o algo invisible
para mis ojos materiales llenaba con su presencia cada centímetro de aquella
habitación. Sentí un agudo escalofrío que me penetró hasta la médula de mi
huesos y empecé a sudar. Así reaccionó mi cuerpo ante aquella inesperada
sorpresa que, ¿sería la última? Su ropa estaba sobre los zapatos como si la
hubiese dejado caer en forma vertical, así como si al faltarle la materia de su
cuerpo ya no hubiese tenido en dónde sostenerse. Todo esto frente a un espejo
en donde, infiero, se cercioró de su decrepitud. Yo sabía perfectamente que su
cuerpo no había salido por la pequeña ventana del baño, pues además de la
protección de rejas metálicas, mantenía una tela mosquitera tan fija como desde
que la colocaron... Cuántas preguntas acudían a mi mente para las cuales no
tuve ni he tenido respuesta alguna. ¿Por qué se fue sin despedirse? Ni siquiera
tuve tiempo para darle las gracias.... Entrando al baño me dijo que había más
que decir de Oskar y Octavio... ¿Sería que únicamente doce horas era lo máximo
que podía permanecer en este tiempo? ¿Optaría regresar porque se miró tan viejo
en el espejo? ¿El CEC ya no podría mantenerlo joven debido a la distancia de
16,089 años? ¿Por qué sería así su partida, tan repentina?... Tomé su ropa y
miré en las etiquetas las mismas marcas que había en la ropa que yo traía
puesta. Parece ser que de este tiempo él no podía llevarse nada. Pero, ¿por qué
sí pudo traerse este paquete de papel? ¿Sería porque el CEC lo programó para
ello? Y si aquí no tenemos un CEC, ¿cómo podría trasladarse a otros puntos del
tiempo y del espacio una materia que no hubiese sido sometida a semejantes
tratamientos? Tal vez por eso fue, pero realmente no comprendo cómo es que é traía
esta ropa igual a la mía que compré en “El Palacio de Hierro”. ¿Él también la
compró allí? ¿Cuándo? ¿Con qué dinero? Cuando se materializó en este tiempo
debe haber estado desnudo, ¿cómo es que pudo vestirse con esta ropa? ¿Tendría
el poder de reproducir objetos y así fue como logró obtener copias exactas de
mi indumentaria? Los zapatos, sombrero y ropa, todo es completamente igual a lo
que yo traigo puesto... Parece que de un ser así pueden esperarse todas las
cosas que para nosotros son imposibles... ¡Oh, Fabrizio, si pudieses
responderme aunque no te viese! Pero tal vez ya estás muy lejos de aquí. Quizás
ya te encuentras instalado en tu bellísimo departamento que ha quedado a una distancia
de: 15’080,451’480,000 kilómetros... Sí, si sumo los dígitos uno tras otro me
da un total de 36=9... ¿O acaso la distancia que nos separa es de:
49’182,914’880,000 kilómetros?... Sí, ya sé que sumando uno tras otro los
dígitos obtendré un 54=9. ¿Es esto una casualidad? -me pregunto-. Y me respondo
que no. Esto es más bien el efecto de una causa motivada y representada por los
cuerpos cósmicos, pues es exactamente la distancia que ha recorrido el Sistema
Solar dentro de nuestra Galaxia durante 16,089 años a 220 kilómetros por
segundo. Este fue el total que me revelaste y que aquí tengo anotado. Luego
comprobaré si son datos correctos. Me dijiste que para esta clase de cálculos
no se toman en cuenta los años de 366 días porque las líneas grabadas en el
espacio no son rectas sino curvas, y con ello se da una compensación usando
siempre como base el factor 365. Estamos tan lejos ya, Fabrizio y, sin embargo,
es posible que tú me estés mirando frente a ti sobre algún muro de espejo de tu
casa valiéndote de esa maravilla que es la quinta dimensión. Quizás lo que yo
estoy hablando tú lo escuchas, pero yo no puedo ni verte ni escucharte ya
más... Bueno, si es que me escuchas, quiero que sepas que estoy muy agradecido
de ti por haberme traído este regalo tan valioso que tú recogiste de
experiencias humanas y de animales de mi tiempo. Lo leeré y posteriormente
procederé según tus indicaciones. No creas que echaré en saco roto todo lo que
has hecho por mí desde cuando yo era un bebito. Hay miles de millones de
personas en la actualidad, y de entre todas ellas tú y el CEC me eligieron a
mí. Dile al CEC que también a él se lo agradezco, porque estoy seguro que
también él posee sentimientos como nosotros, tal vez mucho más diversos y humanos...
A veces pienso que esta tan repentina vejez que presentaste ante mi fue
deliberada para ofrecerme una prueba más de tu procedencia y de tu poder. Pero
quiero que sepas que ya no necesito más pruebas, pues sé que en ningún momento
me mentiste... Sé que ni aun con mis grandes deseos podría yo hacerte llegar
algo que te beneficiase, porque todo lo tienes, pero quiero que sepas que con
la más infinita sinceridad del Universo te envío el deseo más valioso que
existe y que sé que sin él nadie existiésemos: ¡QUE EL CREADOR DEL UNIVERSO TE
BENDIGA CON SU ESPIRITU SANTO POR SIEMPRE JAMAS, FABRIZIO!
Después de la formulación de mi más intenso y sublime deseo que le envié a mi extraño visitante deseando que lo recibiese en cualquier punto del tiempo y del espacio en que se encontrase, permanecí de pie no sé por cuánto tiempo frente al espejo, no contemplándome porque ni conciencia tenía del ser que se reflejaba en él, sino tratando de aceptar, digerir o asimilar -no se cómo llamarle- toda aquella inesperada experiencia que ni en mis más fantásticos sueños pensé que pudiese existir. Parecía que todo mi cerebro se encontraba ocupado procesando o desglosando tan singular acontecimiento, que ni una parte de é1 se atrevía a ordenar a mis pies que se moviesen, permaneciendo allí con mis manos sobre su ropa que descansaba encima del lavabo luego de haberle visto las etiquetas... ¿Por qué acepté dialogar con un extraño, si cuando anteriormente alguien se me había acercado aunque fuese para preguntarme la hora, les había rechazado con tan firme decisión? Y ahora, más que platicar con un desconocido había consentido su ingreso en mi habitación. ¿Ejercería él cierto dominio en mi cerebro desde un principio? Si lo acepté porque era joven como yo, eso no era una garantía de que pudiese confiar en él, pues siempre he estado consciente de que cualquier desconocido representa cierto peligro; hasta un muchacho de doce años o menor puede esconder un arma... Bien, lo más importante era que nada malo había pasado. Si él había dominado mi voluntad desde un principio, ¿qué más daba si todo estaba ya consumado?... Bueno, digo que todo en lo referente a su visita, porque parece que apenas vamos empezando, pues tengo que transcribir todo lo que hay en esos papeles que me dejó, y sólo él debe saber qué tantas cosas encierran.