UN SUEÑO HECHO REALIDAD

 

Su plática seguía sin parar, cada vez con más entusiasmo, mientras yo seguía leyendo al azar aquella literatura que, aunque contemporánea mía, eran como voces del futuro, considerando la procedencia de su autor, las cuales me habían sido entregadas como un regalo. ¿Se habría dado caso semejante alguna vez? No lo sabía. Pero sí sabía que yo estaba recibiendo aquellas voces que por obra y gracia de él me iban a convertir en un escritor. ¿No lo deseé tantas veces en mi niñez? Pero ahora, ya de grande, aquel sueño dorado de mi infancia lo veía cada vez más lejano, y ya muy pocas veces aparecía dentro de mis recuerdos infantiles, porque me di cuenta que yo jamás podría lograrlo.

Fabrizio continuaba hablando quien sabe cuánto, pero su voz ya era distinta: una inflexión diferente matizaba cada palabra, habiendo veces en que le costaba trabajo pronunciar algunas, tal vez porque aún en su parsimonia se advertía cierta prisa, como si tratase de sostener el ritmo de su juventud, de una juventud que en muy pocas horas se había terminado. El Fabrizio que presentaba por la mañana un rostro igual al mío, ya se encontraba muy marchito, pues había muchas más arrugas y su pelo estaba canoso y opaco; sus mismos ojos presentaban cierta opacidad... Me di cuenta de que ya no podía adivinar mis pensamientos, pues le había hecho mentalmente muchas preguntas que no me había respondido; pero pensando que exis­tía la posibilidad de que no me hubiese contestado por estar tan entretenido al hablarme sin tregua, pensé hacer referencia de algo acerca de é1, y empecé preguntándole decenas de veces: ¿Por qué estás tan viejo?... ¿Por qué tienes tantas arrugas?... ¿Por qué tienes el pelo blanco?... ¡Fabrizio! ¡Contéstame!... ¿No me oyes?...

A cada momento se hacia más y más viejo, tanto, que ya parecía mi abuelo. Yo no sentía miedo al tener frente a mi a aquel anciano que repre­sentaba por lo menos 70 años, pues era una persona buena, de eso estaba seguro y sabía que no me haría ningún daño. Pero pensé que si seguía envejeciendo, ¿hasta dónde llegaría? Pero luego algo me hizo comprender que no podría envejecer más de lo que ya estaba en su tiempo; pero a la vez me preguntaba: ¿Por qué había perdido tan pronto su lozanía? ¿Habría fallado el infalible CEC por estar tan lejos de él, no pudiendo sostener por más tiempo su juventud? ¿Encontró algo en este tiempo que logró alterar el programa que se había impreso en sus células para que permaneciese joven? Ya sus facciones no guardaban ninguna semejanza con las mías, pues su piel ya libre de grasa y músculo colgaba casi pendulante en sus mejillas y cuello, así como debajo de sus ojos.

De pronto sentí un sudor helado que acompañado de marcada laxitud restaba fuerza a todo mi cuerpo, pues pensé que yo también podría haber envejecido junto con él. Había cerca un espejo, pero desde allí no podía verme, y no tenía fuerza ni para mover un dedo. Noté que mi corazón latía muy acelerado y mi boca no respondía a mis deseos de hablar, pues el temor me mantenía con los dientes apreta­dos. Entre todo lo que él hablaba, noté que dijo muy enfático, pero un poco vacilante que dejaba traslucir cierta inseguridad.

-Ya te digo, Tony. Recuérdalo muy bien que tienes que hacer muy pronto la transcripción de este escrito, porque cada hoja ha sido programada para autodestruirse. Puedes quitar nombres o cambiarlos, así como también quitarle lo que no te guste, pero no le añadas ni una sola palabra, por favor.

-¿De cuánto tiempo dispongo? -pregunté entre dientes y con los labios rígidos.

-Bueno, si no puedes hacerlo pronto, yo desde allá aumentaré el tiempo de vida de estas hojas hasta que lo hayas transcrito todo. Así es que no te preocupes; pero entre más pronto lo hagas será mucho mejor, ¿no crees?... Mmm... ¡Ya recuerdo tienes exactamente un año. Ni un día más.

Asentí con la cabeza en un humilde gesto aprobatorio, y muy serio me quedé mirándole a sus ojos ya sin brillo y algo cansados y tristes. El notar que no estaba muy seguro en cuanto al tiempo de “vida” que tenían la hojas que me entregaba, me hizo pensar en que ya le estaba afectando su senilidad; ¿o era por otras causas?

-¿Me permites pasar al baño para orinar?

Moví la cabeza en señal de aprobación.

-Quien sabe qué es lo que te pasa, Tony. Lo averiguaré enseguida qua salga, y te contaré más acerca de Oskar y Octavio. -Dijo esto abriendo la puerta del baño, la cual cerró tras de sí. Sacando fuerza tal vez de mi mismo temor, me levanté entumecido de aquel sillón, dirigiéndome al espejo. Antes de ponerme enfrente de quien confirmaría mi estado físico, temblaba como un gato friolento. Pero diciéndome: “Sea lo que sea”, me puse frente a él... Allí estaba yo, igual que siempre, sin que me acompañase el menor signo da vejez prematura, no encontrando nada anormal en mi piel por más que la escudriñé... Respiré lleno de satisfacción... El reloj de la torre latinoamericana empezó a sonar, y tuve la curiosidad de contar los campanazos. Fueron nueve.  Consulté mi reloj que había dejado sobre un peinador y marcaba también las nueve. ¿Cómo era posible que hubiesen pasado ya doce horas sin sentir yo deseos de llevar a cabo alguna necesidad fisiológica? Ni siquiera había bebido agua, y el hambre que sentía por desayunar al momento en que sonó el teléfono, no sólo no había aumentado sino que había desapa­recido por completo... ¿Habría tocado la recamarera?... Tal vez tocó y al no obtener respuesta abrió con su llave maestra, pero a vernos tan enfrascados en la conversación prefirió no molestar y se marchó. ¿Cómo era posible que hubiese pasado tanto tiempo? Me dejé caer sobre el mismo sillón, revoloteando hidrofóbicas en mi mente un sinfín de conjeturas. Pensé que si Fabrizio no hubiese aparecido, ¿en dónde estaría yo? Tal vez mirando alguna película o una obra teatral, ya que eran mis lugares preferidos por la noche... Mañana si iré a Chapultepec, pues la vez pasada que vine dejé para el día lunes la visita a los museos, ya que no sabía que ese día no abren... ¿Por qué en algunas ocasiones las cosas no salen a como uno la planea?... ¿Será cierto eso de que: “Uno propone, Dios dispone y el diablo descompone”? En este caso, yo propuse, Dios dispuso y, hasta allí, porque el diablo no ha tenido ninguna injerencia en todo esto; al contrario todo esto ha sido obra de Dios, a quien le agradezco con toda mi alma.

Mientras me hacía más preguntas seguía sosteniendo en mis manos aquel enorme acordeón de albanene “que se destruiría a sí mismo cuando ya lo hubiese yo transcrito”... ¡Vaya! ¿Qué todavía necesita­ré más pruebas para estar convencido de que Fabrizio viene de donde dice? Por supuesto que no tengo la más mínima duda de que así es, pues ¿qué persona de este tiempo podría lograr lo que él logró al ­ofrecerme esas imágenes tan maravillosas? Y por si fuese poco, sobre aquellas vistas tan extraordinarias podía ver cómo sus manos iban plasmando sobre estos papeles todos los números que iba mencionando. La raíz cuadrada la obtenía tan rápido como si hubiese tenido una calculadora en su cerebro... O tal vez sí la tenía... Sus increíbles poderes me hicieron vivir lo que nunca pude haber imaginado, pues realmente viajé millones y millones de kilómetros sin haberme movido un sólo milímetro de mi asiento... ¡Ah, caray, ya pasaron 45 minutos y todavía no ha salido del baño! Dijo que iba a orinar. ¿Qué otra cosa estará haciendo?

Yo seguía leyendo el escrito que me regaló, el cual me parecía muy interesante, y empecé a sentirme muy afortunado de ser yo el receptor de aquella tan insólita deferencia. ¿Sería yo el único en la historia de la humanidad?... ¡Podría ser que sí!

Hosted by www.Geocities.ws

1