MATERIA Y ANTIMATERIA

 

-¿Qué clase de energía utilizan?

-En los planetas cercanos al Sol, su propia energía convertida en electricidad por medio de las gigantescas Plantas solares que gravitan cada planeta, y en los lejanos al Sol la antimateria es el energético que hace milagros, pues esta energía tiene las más diversas aplicaciones, desde la agricultura nuclear hasta impulsora de naves interplanetarias, pasando por creaciones de pro­gramas en los CEC para viajar a las estrellas... Sí, por supuesto que los CEC acompañan al hombre a donde quiera que vaya, pues de otro modo no habría progreso porque tú conoces la naturaleza destructora del hombre: lo que unos construían con gran empeño y sacrificio, otros se encargaban de destruir con sus diabólicas guerras. Afortunadamente ya existen los CEC que evitan cualquier acto de terrorismo y acciones negativas que pudiesen dañar al ser humano o a sus obras. Es por eso que el hombre ha progresado tanto.

-¿Hablaste de viajes a las estrellas?

-Así es, pues ya los terrícolas han poblado muchos planetas que pertenecen a otros sistemas solares.

-¿Como cuáles?

-Primeramente poblaron planetas de la estrella Próxima Centauri, que está a una distancia de la Tierra de 1.3 parsec; posteriormente poblaron planetas de Sirio, estrella situada en la Constelación del Can Mayor y que está a nueve años luz de la Tierra.

-¡No sabes cuánto me gusta la cosmografía!

-Lo sé igual que tú. Te recuerdo perfectamente bien cuando a tus escasos cinco años de edad te quedabas horas y horas contemplando el firmamento y preguntándote qué sería todo eso que brillaba allá arriba. “¿Podré algún día subir y tomar aquellas luces tan bonitas?” Te preguntabas tantas veces en tu soledad. Nunca te atreviste a preguntar a tus papás qué era todo aquello. ¿Por qué no lo hiciste? Porque pensabas que ni ellos podrían responderte la verdad. Siempre me dije que tú eras un niño muy especial, pues muy pocos niños a tan tierna edad se sentían atraídos tanto por el macrocosmos como por el microcosmos. En muchas ocasiones leí tus pensamientos desesperados inclusive, de querer hacerte pequeñísimo, pero tan pequeño, -te decías- “para pararme sobre ese granito de arena que brilla tan bonito con el Sol y poder correr y correr sobre él hasta cansarme”. Luego continua­bas: “Y si cuando estuviese tan pequeño descubriese otro granito de arena sobre este que veo y al desear hacerme tan pequeño lo lograse, y así este granito pudiese verlo como una montaña y también pudiese correr sobre él; y luego en esa montaña descubriese otro granito de arena y pudiese hacerme tan pequeño que también me pareciese una montaña, ¿cuántas veces podría lograrlo y hasta dónde llegaría?” Por supuesto nunca pronunciaste la palabra átomo, pero para allá ibas, pues tus razonamientos eran similares a los de los griegos que los concibieron. Y recuerdo muchos otros pensamientos que tenías que no correspondían a un niño de tu edad. Pero aunado a todo ese bullicio de insólitas inquietudes de querer saber, de querer explorar y conocer el universo que te rodeaba, estaba adherida como lapa esa parte negativa que ha sido por siempre tu inseparable compañera, la timidez. Antes de cumplir tus cinco años tú ya sabías leer, escribir y resolver las operaciones básicas de matemáticas, pues tu papá te instruyó en ello sin importar que tuvieses dos años de edad, que fue cuando empezó él tales actividades contigo. Recuerdo qua tú leías con fruición cuanto libro caía en tus manos, y aparte de analizar su contenido pensabas en cómo sería la persona qua lo había escrito. Así fuiste teniendo pensamientos cada vez más avanzados hasta que llegaste a preguntarte si podrías tú algún día escribir un libro. Recuerdo que en ese momento te estremeciste como si hubie­ses cometido un sacrilegio, o como si hubieses pisado un terreno prohibido. El miedo al fracaso siempre estuvo presente en ti desde aquellos momentos en que sentías gran necesidad de hacer algo, y al mismo tiempo “algo” muy dentro de ti te decía que no lo hicieses porque fracasarías. Cierta noche soñaste qua eras ya grande y que ­una gran multitud te felicitaba porque habías escrito un libro. Tu felicidad era tan grande, que cuando al despertar te diste cuenta de que todo había sido un sueño, te pusiste a llorar. Sin embargo, ese otro “algo” que dentro de ti te animaba, cada día que pasaba te impulsaba más a que lo hicieses, a que empezases a escribir cualquier cosa. Hasta que un día tomaste un cuaderno y un lápiz, y empezaste a escribir lo que oías que hablaban los vecinos; pero como para continuar tenías que permanecer en el patio de tu casa, y eso no era muy cómodo ni “se veía bien”, entonces comenzaste a escribir lo que hablaba tu familia. Y así pudiste llenar página tras página de cuanto oías hasta que lograste plasmar un pandemonium, pues aquello no tenía “pata ni molote” -así decía tu mamá cuando las cosas resultaban incongruentes, ¿recuerdas?- Al paso del tiempo no quedaba ninguna página en blanco y tú te sentiste satisfecho, guardando aquello en un baúl como el más valioso tesoro. Tú tenías cinco años... Por favor discúlpame si te ofendo, pero me causabas lástima y a la vez ternura y gran admiración porque siendo un niño tan pequeño te disponías a incursionar en aquellos terrenos tan impropios y difíciles para ti. Sentía que mingitabas fuera de la olla. Esto lo oí quién sabe en dónde, pero también escuché: “De chicos dicen lo qua van a ser de grandes”. Entonces sentía ser tu admirador sin que tú sospechases un neutrino. Así decimos en mi tiempo para referirnos a algo muy pequeño. Cuando ya fuiste a la escuela y tuviste oportunidad de leer más libros, cobró más fuerza tu deseo de escribir. Tengo muy bien presente que en cierta ocasión el maestro hablaba de “Aladino y la Lámpara Maravillosa”, preguntando a todos los alumnos qué le pedirían a Aladino si lo tuviesen enfrente, respondiendo todos las cosas más diversas, excepto tú que guardaste silencio. Al notarlo el maestro te preguntó, y tú le contestaste muy seguro: “Yo le pediría que me convirtiese en escritor”. La aprobación del maestro fue disuelta por las risotadas burlonas de tus condiscípulos, diciéndote uno de ellos: “Ya estarás Shakespeare”. Después todos te llamaban así con tono burlesco, y eso te hacía sentir mal. Cuánto deseaba yo poder hablarte para animarte porque sabía que podías hacerlo si lo intentabas en serio. Cuando ya de joven volviste a intentarlo nunca pasaste de diez cuartillas, pues el temor al fracaso se apoderaba de ti y abandona­bas la empresa. Yo continuaba en mi empeño por comunicarme contigo, pero me era imposible lograrlo, así es que tenía que conformarme con verte luchar y desistir quien sabe cuántas veces. Entonces pensé que tenía que prepararme para venir ante ti con mi cuerpo y así poder animarte... ¿Só1o para animarlo? -me pregunté- ¿no sería mejor hacer algo más concreto?...

-Fabrizio. Disculpa que te interrumpa.

-Dime.

-Todo esto que me dices de que viajabas sin tu cuerpo me parece tan interesante, que me gustaría mucho vivir una experiencia así. ¿No podrías tú ayudarme diciéndome cómo conseguirlo?

-Oh, Tony, esto es imposible sin tener en este tiempo la tecnología necesaria.

-¿Y no podrías llevarme en tu nave?

-Yo no he venido en ninguna nave. He oído hablar de viajes astrales que, obviamente viajan descorporizados, pero eso es otra cosa y, realmente es un terreno que desconozco por completo.

-¿No me dijiste que algunos OVNI’s son naves que vienen del futuro?

-Sí. Pero también te dije que vienen sin tripulación, al menos las que vienen de mi tiempo; sólo traen cerebros electrónicos robotizados, pero no seres humanos de carne y hueso como yo. ¿No recuerdas que te dije que un CEC me situó aquí en fracciones de segundo?

-Bueno, sí, pero es que algo se me pasa al estar pensando si habría la posibilidad de ver aunque sea un poco de todo esto tan fantástico que me comentas... ¡Qué lástima! Pensé que tú... teniendo tantos poderes...

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