OH, ¡SORPRESA!

 

El sábado 17 de octubre de 1964 me encontraba hospedado en un hotel del centro histórico de la ciudad de México. Había llegado de provincia el domingo anterior, llevándome el propósito de hacer algunas compras ordenadas por la empresa para la cual trabajaba.

Terminé mis operaciones comerciales el viernes, y el fin de semana me disponía a visitar los museos de Chapultepec, para lo cual muy temprano me di un regaderazo, me afeité, me vestí con un pantalón verde militar, camisa de punto color perla, una holgada chamarra del mismo tono que el pantalón y un sombrero de pana también verde. Me encontraba dándome los últimos toques ante el espejo, cuando el reloj de la torre latinoamericana empezó a dar las nueve de la mañana con sus fuertes sonidos. En el preciso momento en que escuché el último campanazo sonó el teléfono, y una voz de la administración del hotel se dejó escuchar para decirme que el señor Rivera Félix me esperaba en el lobby.

-Debe haber un error -corregí-, el señor Rivera Félix soy yo..

-No, no hay ningún error, señor. Quien le procura es el señor José Fabrizio Rivera Félix.  Dice que es su hermano.

-¡Oh, sí! Bajo en seguida -contesté disimulando mi sorpresa, pues yo no tengo ningún hermano. De seguro era alguien de los almacenes donde había hecho las compras... Pero si a nadie le dije en dónde me encuentro hospedado... ¿Me verían entrar o salir de aquí? ¡vaya, alguien que gasta mis mismos apellidos! Espero que no sea una trampa. Mucho me han recomendado que no me fíe de nadie en esta ciudad tan grande; que no hable con desconocidos, etcétera... Bien, nadie me hará ningún daño en el lobby del hotel.

Saliendo del ascensor me dirigí a la administración.

-Disculpa. Soy José Antonio Rivera Félix. ¿Quién me procura?

-El señor que está sentado allá -contestó señalando con marcada discreción-, el de sombrero verde.

-Gracias.

Dirigí mis pasos lentos hacia aquel sombrero verde que era lo único que sobresalía del respaldo de un sillón, y acercándome por su flanco derecho me le puse enfrente. Él se puso de pie como impulsado por un resorte, y a la altura de mi rostro quedó el suyo ofreciéndome generosa sonrisa. Tardé en responder a aquel amistoso gesto, pues quedé estupefacto ante su presencia... y creo que cualquier persona sentiría lo mismo, pues era como si me estuviese mirando ante un espejo, ya que se encontraba vestido igual que yo, y su rostro era exactamente idéntico al mío. Quiero remarcar que no era parecido, sino completamente igual; con mis verrugas y pequeños lunares como los recordaba.  Me pareció embarazoso continuar así y pensé hablar, pero no encontraba qué decir.

Él seguía sonriendo esperando a que yo hablase, pero como tal cosa no sucedía, fue él quien lo hizo.

-No te sorprendas porque nos parecemos, José Antonio, pues entre tantos millones de personas no resulta extraño que haya dos idénticas, ¿no crees? Además, la ropa la hacen en serie y es por eso que coincidimos en vestirnos igual. Tan extraordinario acontecimiento sólo significa que poseemos gustos paralelos y esto ya es mucho más que una ganancia.

-Sabes mi nombre, pero yo no recuerdo haber conocido a alguien que sea fisicamente igual a mí.

-Ya recordarás cuando empecemos a platicar, Tony. ¡Siéntate!

-¿Por qué me dices Tony?

-¿No te llaman así tu familia y tus amigos?

-Si, pero...

-¿Pero qué?  De aquí en adelante te voy a llamar así yo también. ¿De acuerdo?

Asentí en silencio inmerso en mi sorpresa.

-¡Siéntate!

Obedeciendo su imperiosa orden tomé asiento sobre un sillón que formaba un ángulo de 90 grados como el que él ocupaba, y dejándose caer sobre el mullido mueble empezó a hablar sin tregua de mi pueblo y de mi familia, mencionando a cada uno por su nombre. Me dijo cóno era mi madre y la fecha y hora exacta en que falleció; me habló de mi padre diciéndome qué enfermedad padecía y en dónde vivia; me habló de mis hermanas mencionándome nombres, color de piel y fecha de nacimiento de cada una de ellas; me habló de mis abuelos maternos y paternos, situación que me sorprendió sobremanera, ya que tres de mis abuelos fallecieron muchos años antes de que yo naciese, y como él representaba la misma edad que yo, no alcanzaba a comprender cómo era que sabia de ellos tantas cosas como si realmente les hubiese conocido. En varias ocasiones intenté preguntárselo, pero él continuaba hablando de sucesos de mi niñez, de anécdotas que sólo yo conocía y de cuantas travesuras llevé a cabo. Algunas cosas yo no recordaba muy bien, pero conforme iba hablando yo iba recordando aquellas nebulosas escenas que siendo de tan escaso interés para mi memoria no se grabaron indelebles, o si así pasó, eran detalles tan carentes de importancia que se hallaban almacenados en el “archivo muerto” -pensaba. Pero allí estaba aquel ser exhu-mando recuerdos olvidados como quien se pone a pasar antiquísimas películas sustraídas de alguna filmoteca.

La absoluta precisión de todo cuanto mencionaba no dejaba cabida a la dubitación. Él nos conocía a mi familia y a mí mucho mejor de lo que pude haber imaginado, pero ¿por qué yo no lo recordaba? Mientras él seguía hablando yo hurgaba dentro de mis más recónditos pensamientos para ver si en el barrio o en mi escuela había habido algún muchacho igual a mí, pero por más esfuerzos que hacía no lograba recordar a alguien que tuviese mis mismas facciones. Sin embargo, lo que un rato antes había sido desconfianza y temor de enfrentarme a un desconocido, ahora sentía confianza e interés por saber quién era aquel ser que sabía tanto de mí como si durante toda mi vida hubiese estado mirándome, y sin esperar más una pausa en su incontenible monólogo le interrumpí casi gritándole:

-¿Quién eres?

-Soy José Fabrizio Rivera Félix -respondió despacio poniéndose el dedo índice de la mano derecha en su boca, dándome a entender que bajase la voz.

-¿Pero cómo es que me conoces?

-No podría decírtelo aquí porque ya ves que “hay moros en la costa” -musitó en voz baja mientras señalaba a alguien que estaba muy atento a nuestra conversación. -¿Podríamos pasar a tu habitación?

-Por supuesto -acepté.

Se puso de pie, y después de que avanzó unos cuantos pasos le pregunté si era suyo el paquete que dejaba sobre el sillón.

-Sí. Gracias. Realmente no lo había olvidado, sino que lo hice deliberadamente para ver si tú habías reparado en él, pues este paquete es un obsequio para ti.

Fingí no haber oído lo del “obsequio” permaneciendo en silencio. Tomamos el ascensor mientras él seguía hablando de lo más sobresaliente de mi niñez. Entramos a mi habitación y a señas le indiqué que tomase asiento en la pequeña sala que había en la recámara haciendo yo otro tanto en un sillón frente al que él ocupaba. Dejó el paquete sobre la mesita que había entre los dos sillones y pensé que lo había hecho a propósito para que formulase alguna pregunta al respecto,  pero consideré más prudente no hacerlo.

Por fin dejó de hablar como dándome oportunidad para que yo también lo hiciese, y aunque revoloteaban en mi mente muchas preguntas, no hallaba a cuál atender primero pues todas pugnaban por salir al mismo tiempo, y lo que sucedía era que no movía la boca. Ambos permanecíamos callados como si hubiésemos olvidado el propósito de llegar hasta allí. ¿Qué no fue para hablar con más libertad sin que oídos ajenos se cerciorasen? Él paseaba la vista de un lado para otro deteniéndola largo rato sobre cada objeto escudriñándolos con gran interés. Yo le observaba en silencio tratando de aceptar que había otro cuerpo físicamente igual al mío y que allí estaba frente a mí con quien sabe qué propósitos. Pero como no podíamos seguir así sin hablar opté por romper el sepulcral silencio que ya se hacía cansado.

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