Capítulo XXXVII
No
podemos seguirlo callando.
—Amorcito, ¿cómo te fue?
Él la abraza muy fuerte y le contesta:
—Muy bien mi reinita chula. ¿Y ustedes, cómo estuvieron?
—Muy bien... pero... lamentablemente te vamos a amargar el rato... pues es
que...
—¡Hablen! ¿Qué sucede? ¿Sucedió algo malo?
La cuñada se para, abraza al señor y empieza a sacar su veneno:
—Es que... ¿Sabes? Me da mucha pena pero tenemos que decírtelo. ¡Pues ya no
podemos seguirlo callando!
El señor se le queda viendo extrañado y pregunta:
—¿Qué pasa? ¡Hablen por favor!
Ahora es la víbora mayor quien vierte su ponzoña:
—Pues mira ¡Es que Juan Carlos ya no va a la escuela!
—Pero, ¿cómo? ¡No puede ser que ya no esté yendo!
—No mi amor. ¡Él nos ha estado engañando; todos estos días no ha ido a la
escuela! Pero si tú no lo crees... te voy a decir lo peor de todo lo que está
pasando; hoy vino la señora que vive aquí al lado y nos dijo que Juan Carlos
andaba en la mezquitera... ¡Y lo peor de todo es que andaba con una niña, que
la tenía desnuda completamente y le estaba haciendo groserías!
¡Ay Diosito! El señor se ve muy disgustado y la señora sigue con su
terrible mentira:
—Si tú no lo crees, aquí está Aurora, pues ella misma fue por él y así los
encontró.
La señora se dirige luego hacia mí:
—¡Aurora, ven!
Yo le contesto:
—Sí señora, ahorita voy...
Me voy caminando hasta el jardín que queda atrás de la casa; ahí me paro y
me recargo junto al lavadero...
Ahí viene la señorita y me dice:
—Aurora, que vengas.
—Sí señorita, ya voy.
Tomo mi bolsa y camino hacia la sala...
Ay Diosito. Istig, yo no quiero que este matrimonio se separe... ojalá que
no lo hagan...
Escucho la voz de Istig que me dice: Tranquila, tranquila Ismig. ¡Ya todo
está resuelto!
Llego a la sala y veo al señor; él también se me queda viendo... Ahora
voltea a ver a su cuñada y le dice muy enojado:
—¡Tráeme a Juan Carlos!
Mientras la señorita camina hacia la habitación del niño, el señor va
desabrochando su cinturón...
La señorita trae a Juan Carlos. El niño viene agachado y con sus ojos llenos
de lágrimas.
El señor grita y le reprocha a mi pobre angelito:
—¡¿Por qué no has ido a la escuela?!
Levanta la mano para asestarle un golpe...
Pero yo no voy a permitir que lo vuelvan a golpear por nada del mundo. Así
que corro hacia un lado del niño.
El señor se ha quedado con el cinturón en lo alto y está viéndome muy
sorprendido. Ahora yo lo veo fijamente a los ojos. Estoy muy enojada y le digo:
—Discúlpeme señor, pero usted no le va a pegar a Juan Carlos.
El señor está lleno de asombro viéndome. No lo puede creer. La señora y la
señorita están como estatuas, no hablan, simplemente se me quedan viendo. Sus
caras están llenas de miedo. Yo abrazo a Juan Carlos por sus hombros. Veo al
señor y pienso que está un poco más tranquilo, él aún tiene la mano arriba y
con el cinturón. Está tan sorprendido que ni siquiera se mueve; pero yo estoy
muy disgustada y le digo:
—¡No va a volver a golpear a este niño, pues antes que todo, vea a su hijo
cómo está!
El señor baja la mano con la que sostenía el cinturón...
Yo empiezo a desabrochar la camisa de Juan Carlos. Ahora desabrocho su
cinturoncito y voy bajando el pantalón... le quito los zapatos y retiro toda la
ropa del niño. Lo volteo de espaldas hacia el señor y le digo:
—¡Mire bien lo que tiene su hijo!
Él está espantado y contesta:
—Pero, ¿quién fue capaz de tanta maldad?
El niño está demasiado golpeado; toda su espalda y su cuerpecito están
amoratados por los golpes recibidos.
Mientras que el señor se queda viendo a Juan Carlos, yo abro mi bolsa y
saco de ahí las libretas que habían roto la señora y la señorita. Yo se las
muestro y le digo:
—Mire —y se los entrego— , éstos papeles me ayudarán para que vea usted la
verdad.
Él pasa una a una las hojas partidas por la mitad... Es como si no pudiera
creerlo.
Ahora camina hacia el niño y lo abraza... El señor está llorando. El niño
está muy tembloroso, muy pálido, pero también él abraza a su padre.
¡Bendito sea Dios; qué bueno que no le pegó!
Ahora voltea a verme el señor y me dice:
—Aurora, ¿cómo puedo agradecer todo lo que has hecho por nosotros? Te daré
una gran cantidad de dinero para que compres muchas cosas, vestidos, zapatos,
lo que tú quieras...
—No señor. El único favor que yo le pido es que aleje de esta casa a sus
niños, pues es lo mejor.
Él se para, me abraza y me dice:
—Aurora, eres muy buena. Tu cuerpo es muy pequeñito pero tienes un corazón
muy grande... Desde hoy te prometo que mis hijos no vivirán más en esta casa,
pues iré con mi mamá y se los dejaré a ellos; ella siempre los ha querido tener
a su lado.
—Sí señor. Llévelos a un lugar en donde los traten con mucho cariño y con
mucho amor... Ésa será mi mejor recompensa.
—Mira Aurora, desde hoy quiero que sigas viniendo a esta casa. Tú traes la
llave y es como si la casa fuera tuya.
—Sí señor. Le agradezco mucho, pero para mí sería muy incómodo el llegar y
encontrar a estas personas disgustadas conmigo.
—No Aurora, prométeme que vas a seguir viniendo pues si estas dos personas
como tú las llamas, te ofendieran o por lo menos que te vieran de mal manera,
tú me dices y yo pongo todo en su lugar.
—Señor, créame lo que le voy a decir, si puedo pedirle otro favor muy
grande será...
Yo me quedo callada pero él insiste:
—Dime Aurora, yo a ti no puedo negarte nada.
—Señor, creo que habrá otra ocasión para que hablemos usted y yo. Por
ahora, le suplico me disculpe y me disculpen también la señora y la señorita
pues en realidad tal vez las ofendí por hacer lo que hice pero mi intención no
es hacerles un mal, pues yo lo único que quiero es la felicidad para todos. Deme
permiso para hablar con usted después.
Él me abraza y me dice:
—¡Claro que sí Aurora! En el momento que tú decidas, hablaré contigo.
—Gracias señor.
Ahora volteo a ver a los demás. A la señorita y a la señora les digo:
—Por favor, les suplico me perdonen; yo no podía dejar que hicieran más
daño a estas criaturas ni que se lo siguieran haciendo ustedes mismas. Pues sí
les digo, que usted señora, al hacer daño a los demás, es más el daño que se
hace usted misma, piense y ponga a su hijito en el lugar de éste niño... usted
póngase en el lugar de la señora que murió y póngame a mí en el lugar suyo. En
este caso, donde usted estuviera, estaría pidiendo por su hijito y sería muy
cruel dejar en manos de una persona o dos personas a un hijo. Dos personas que
no saben el daño que están haciendo y que no aceptan que más daño aún se lo
están haciendo a sí mismos... Ahora me voy, pero mañana volveré...
Yo voy a retirarme. Pero la señora y la señorita corren y me...