Capítulo XXXVI

 

¿De qué lugar vienes?

  

¡Sí... Ahí está! Pero, ¿por qué tiene él que aguantar esos castigos? Siento mucho coraje y me encamino hacia el baño... Tomo los ladrillos y los aviento.
—No m’hijo —le digo— ¡Ya no vas a soportar más esto!
Él llora y me dice:
—No Aurora, así tengo que estar porque estoy castigado.
—No m’hijo, siéntate, creo que no hay nadie aquí. Espera, voy a poner el seguro de la puerta para que no puedan entrar.
Siento al niño y rápidamente voy a poner el seguro... Regreso, recorro bien las cortinas y le digo:
—Carlitos, ven m’hijo. Yo no quiero que tú sigas sufriendo aquí.
Me siento muy cerca de él y comienzo a sobar sus rodillitas... Pobrecito, es tan indefenso; es tan hermoso... Luego, se me ocurre que salgamos de ahí y le digo:
—Ven m’hijo, vamos un ratito al jardín... ¿Sabes? Te prometo que a partir de hoy no vas a recibir más golpes.
Él se me queda viendo con sus ojos muy tristes y me dice:
—Aurora, ya no quiero estar aquí... llévame contigo y también lleva a mis hermanitas. Dime, ¿cómo es en donde tú vives?
—Ay m’hijo, mejor te voy a platicar de dónde vengo.
—¿De qué lugar vienes?
—Hay cosas que se tienen que callar m’hijo... Yo vengo de un lugar que está aquí cerquitas ¿sabes? Te voy a decir cómo es, mira, ven siéntate en mis piernas y cierra tus ojitos y haz de cuenta que estamos los dos ahí en ese lugar. Mira, yo vivía en un lugar muy bonito; se llama Las Juntas; mira, hay un río en el que siempre está corriendo el agua... Cuando yo estoy ahí en ese rancho, a mí me encanta ver esos campos; son unas montañas no muy altas. Me gusta ver en cada figura, en cada árbol y en cada piedra la grandeza divina de Dios... Me gusta bajar al río y meterme en el agua y durar horas allí... Allí yo soy feliz. ¿Sabes? Aquí no es igual que allá. Allí hay cosas que aquí no se pueden ver. Cuando yo estoy allá en ese río me gusta recostarme en el agua y cerrar los ojos para así poder concentrarme en descubrir el eco del agua. El eco del agua es como el tallar del cristal; es un eco muy divino; es algo maravilloso. Es como si fueran campanitas de cristal. Esos pájaros que cantan alrededor del río, que vuelan sobre los árboles y que cuando estás ahí bañándote puedes ver bien los colores de sus plumas... Yo creo que cuando los pájaros cantan, están alabando a Dios y sus cantos son porque están llenos, regocijantes de amor y felicidad... Ay m’hijo, si tú supieras qué hermoso es eso... Qué limpio... Ahí todo es limpio... Ahí no hay maldad... Ahí se siente la tranquilidad y el amor. El amor a Dios y el amor a todos los seres que nos rodean. Pues mira m’hijo, nosotros tenemos un corazón; nuestro corazón es pequeñito, pero en ese corazón que tenemos, pueden caber tantas personas como todas las que habitan la Tierra... Carlitos voltea, se me queda viendo y me dice:
—Aurora, llévame a ese paraíso, llévame a ese lugar.
Pero yo pienso: Ay m’hijo, si yo tuviera más edad, me los llevaría conmigo y ahí estaríamos felices; pero ustedes no están acostumbrados a esa vida. Así es que le contesto:
—Mira m’hijo, para vivir en un lugar así se necesita estar acostumbrado... Pero cuando tú estés grande, tal vez si no olvidas lo que te estoy diciendo, lo vas a buscar, y si no encuentras ese lugar, busca otro... otro muy parecido; imagínate que estás ahí porque Dios en todo lo que hizo, puso Su amor y Su sabiduría. No habrá nada parecido con el amor, la sabiduría y el poder de Cristo... Oh, pero, ¡párate mi amor, mira, se escuchó el ruido del carro! Vamos, no te asustes. Yo lo abrazo y camino rápido con él hacia el baño...
Él me pide que lo deje tal y como estaba. Yo no quisiera pero no quiero que lo castiguen por mi culpa, así es que le digo:
—Está bien Carlitos.
Le pido por favor que se hinque como estaba y... Oh, Dios mío, qué pruebas tan duras, pues yo misma tengo que poner en sus manos aquellos ladrillos.
Ahora están timbrando la puerta. Tengo que ir y abrir...
Ahí están. Oh, par de brujas.
Ellas entran y me pregunta la señora:
—Aurora, ¿no ha salido Juan Carlos de su cuarto?
—No, yo acabo de llegar y no lo he visto por ningún lado.
Ellas se ríen y se sientan en la sala. Ahora voltea la señora a verme y me ordena:
—Ya puedes retirarte.
Yo doy la vuelta y camino hacia la cocina. Desde ahí las puedo ver y escuchar todo lo que ellas platican...
Veo que ellas sacan muchas bolsas de otra más grande que iban cargando; traen zapatos, vestidos, traen varias cosas... Ahora platican y se ríen. La señorita le dice a la señora:
—Qué bien hiciste en venirte con este hombre, pues él no sabe nada de tu pasado. Ahora puedes hacer una vida nueva.
—Ojalá que jamás se dé cuenta de mi pasado, pues esto sería el fin de todo.
—Bueno, pero, olvidémonos de eso; ahora vamos a ver qué es lo que le vamos a decir a tu esposo cuando llegue.
Me hablan y me piden unos cerillos... Yo voy y se los llevo. Los toman y me dicen que me retire.
Yo me retiro y entro en la cocina.
Ellas siguen en la gran plática... La señora dice:
—¿Qué estaría bien decirle a mi esposo cuando venga?
—¡Le diremos que no fue a la escuela! ¡Sí, pero también le diremos algo más!
—¿Qué otra cosa le podemos decir?
Se quedan maquinando sus malévolos pensamientos. La señora truena los dedos y dice:
—¡Ya sé, le diré que andaba de aquél lado donde están los árboles!
—Sí, qué buena idea... Le diremos que andaba con unas niñas y que la señora de al lado nos vino a avisar que él andaba haciéndoles groserías a las niñas.
Están muy contentas... Ahora dicen:
—Bien; pero necesitamos a alguien que diga que es verdad lo que le vamos a decir.
—Sí, ya sé; pero, ¿quién sería la persona indicada? Mmm... ¡Ya sé, pondremos de testigo a Aurora! ¡Ella será nuestra mejor aliada!
¡Yo no puedo creerlo! Siento ganas de llorar de impotencia y de coraje... Pero finjo no darme cuenta de nada...
Luego me llaman:
—¡Aurora, ven para acá!
Yo siento que tiemblo de coraje y de impotencia. Mientras yo camino hacia la sala, ellas siguen platicándose:
—¡Ahora sí le va a pegar muy fuerte a Juan Carlos!
Llego hasta ellas y les pregunto:
—Perdón, ¿quién de las dos me habla?
La señorita me dice:
—Ay Aurora, es que queremos pedirte un favor muy grande.
—Sí, dígame.
—Queremos que digas al señor cuando venga que Juan Carlos no fue a la escuela y que vino una señora que vive al lado de la casa a decir que fuéramos por él porque estaba haciéndole groserías a una niña.
Yo no contesto nada. Me volteo, pues no quiero que vean ni que sepan lo que en este momento estoy sintiendo. Así que le pregunto:
—¿Es todo señorita?
—Sí Aurora, eso es todo. No olvides cada una de nuestras palabras.
—No se preocupe ninguna de las dos —y empiezo a caminar— , pues todo lo que ha pasado, lo tengo muy bien grabado dentro de mí.
Me dirijo hacia la cocina. Me siento muy triste. ¡Qué difícil es estar en esta situación!
Luego pienso en mi amigo extraterrestre: Ay Istig, yo ya no puedo más. Dame permiso para hablar francamente. Istig, por favor, dame permiso de hablar...
Escucho su voz en mi mente que me dice: Mi pequeña Ismig, pronto podrás hacerlo. Ya nada tendrás que sufrir en esta casa.
Yo le contesto: Qué bueno Istig, ha sido algo muy duro para mí; pero gracias a Dios y a ti Istig, ya voy a poder alejarme de aquí.
Empiezo a lavar el patio que queda a un lado de la cocina...
Ya es muy tarde y muy pronto llegará el señor. Dios mío, por favor ayúdame para seguir adelante.
De pronto, oigo que el carro del señor se detiene en la puerta de la casa. Ay Diosito, ahí está ya... ¡Ay Dios mío! ¡Ayúdame Istig! Por favor, si aún no debo hablar, no permitas que este señor entre o por lo menos detenme para no cometer un error. Oh, ahí entra el señor. La señora igual que siempre, corre y lo abraza... Dios mío, si en verdad lo quiere, ¿por qué ella no quiere a sus hijos? No me lo explico. Son unas criaturas muy lindas.
Ahora se le cuelga del cuello y le dice:

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