Capítulo XXXV
No te me vas a escapar palomita.
Aún es temprano y yo voy caminando por la calle...
Está algo solo; hay unos cuantos camiones y pasajeros ahí.
Un señor moreno se me queda viendo; yo también lo veo pero disimulo. Está
arriba del camión urbano. Es un señor más o menos de unos treinta y cinco
años... No, no voy a pasar muy cerca del camión pues este señor va a tratar de
hacerme daño, puedo notarlo en sus ojos; es como si con su mirada me
desnudara...
Yo camino un poco más deprisa; él al ver que me alejo del camión, se baja y
empieza a seguirme...
Ay Diosito, la calle está muy sola... El lujurioso señor poco a poco acorta la
distancia entre los dos...
Ay Istig, ayúdame, pues ese señor ya no camina... ¡Corre atrás de mí!
A la orilla del camino hay un poste tirado y un hoyo recién abierto; éste está
bastante hondo... No lo pienso dos veces, yo corro y brinco, salvo el hoyo y
sigo corriendo... El señor me grita:
—¡No te me vas a escapar palomita! ¡De nada sirve que corras!
Yo no contesto y sigo corriendo...
El hombre convertido en una bestia no se fijó que había un hoyo y como iba
corriendo, ¡Zas! que se cae al pozo.
¡Gracias Dios mío; gracias Istig! Él mismo se dio su merecido. De ahora en
adelante trataré de pasar lo más lejos que pueda de los camiones.
Yo sigo caminando deprisa... Voy alerta porque así como ese señor me quiso
atacar, puede salirme cualquier otro...
¡Ay Diosito, de la que me salvé!
Sigo mi camino...
Ya voy cerca de donde vive mi hermana...
Me encuentro con Arnoldo y éste me saluda:
—¡Hola Aurora! ¿Cómo estás?
—Hola Arnoldo, estoy bien, gracias.
Él se para y me pregunta:
—¿Te acompaño?
Empezamos a caminar juntos y me dice:
—¿Sabes?... Me gustas un chorro... pero también le gustas a mi tío.
—¿Quién es tu tío?
—Mi tío Chuyín... pero Aurora... ¡Yo quiero que tú seas mi
novia!
—¿Estás loco?
Él sigue insistiendo atrás de mí diciéndome:
—Aurora... si tú me dices que quieres ser mi novia; yo hablo con doña Cruz y le
pido permiso para que te deje platicar conmigo.
—Estás loco Arnoldo, yo te estimo como un simple amigo; además, ¿qué quieres
platicar conmigo? si ya estamos platicando. Bueno, ahora discúlpame.
Llego hasta la vecindad de mi hermana; entro hacia la casa mientras él se queda
parado en la puerta...
Están Cruz y mi cuñado dentro del cuarto; basta verla para darme cuenta que
está muy molesta. Yo saludo:
—Buenas tardes, ¿cómo están?
Ninguno de los dos contesta. Cruz voltea y me pregunta:
—¿A qué horas te largaste? ¿Por qué no terminaste de lavar la ropa?
—Yo me fui en la mañana cuando llegaron tú y Cecilio con el señor Camerino.
—¡Pues no sé por qué no te quedaste a lavar bien la ropa!
—Mira Cruz, toda la ropa es blanca y toda está en cloro, y si no la enjuagué
anoche fue porque ya no había agua.
—¡Pues fíjate en la llave a ver si te acabas la que hay!
Yo camino hacia la llave, le abro y veo que sí hay agua. Regreso y tomo dos
botes con ropa, los llevo hasta el lavadero; vacío algo de ropa en el lavadero
y comienzo a tallar. En eso estoy cuando me habla mi hermana...
Yo voy a ver para qué me quiere y ella me grita:
—¡Pon un bote de agua a calentar para bañarme!
—Sí Cruz.
Tomo un bote con agua y camino para adentro del cuarto... La estufita que
tienen arde con petróleo. Empiezo a tratar de prender la estufa; batallo pues
yo casi nunca la prendo... Cruz se enoja pero ya logré prenderla... Ahora pongo
a calentar el agua y me alejo nuevamente a los lavaderos, pues tengo que
enjuagar la ropa.
Yo uso mi vestido un poco más arriba de la rodilla... Este
vestido me gusta mucho. Es de bolas verde bajito y bolas blancas; la manga es
de tres cuartos de largo; el cuello es un poquito escotado... En eso estoy
pensando cuando Cruz sale del cuarto; va abrazada de mi cuñado. Caminan hacia
el baño los dos. Yo estoy tallando la ropa pues sé que ella es muy celosa por
eso yo trato de casi no hablar con mi cuñado...
Enseguida de los lavaderos hay dos tambos conteniendo agua; allí hay un bote de
plástico chico pues es en el que acarreamos el agua para llenar los bidones.
Hay mucha espuma en el lavadero. Yo me retiro para agarrar un bote y poner la
ropa... Comienzo a tallar la ropa en el lavadero y de pronto Cruz me avienta un
bote de agua con jabón encima. Yo no me explico por qué lo hizo pues no me dijo
nada... Ahora me limpio la cara y le pregunto:
—¿Qué pasó?
—¡Das mucho caldo y poca carne!
Yo no sé por qué mi hermana me dice eso, pues ellos no están almorzando; yo no
les he servido nada... Ay, yo creo que no está bien de la cabeza y le pregunto:
—¿Hay caldo... quieres que lo caliente?
Ella ya no me dice nada pero se acerca más y me da una
cachetada bien fuerte. Yo no sé qué es lo que le pasa... ¡Ay Diosito! ¿Será que
está loca? Ella camina hacia el baño con mi cuñado y me grita:
—¡Aurora, tráeme dos botes a la mitad de agua, y ya tráeme el agua caliente!
Ella abre el baño y yo meto los botes con el agua. Ahora voy a traerle el agua
caliente y se la dejo casi en la puerta.
Me regreso y sigo lavando. No sé qué es lo que le pasa a mi hermana. Termino de
lavar la ropa y empiezo a tender... Luego le digo a mi hermana:
—Cruz, ¿me das permiso de ir con una señora a hacerle su quehacer?
Ella finge no oírme. Tres veces le pregunto si me da permiso para ir con la
señora. Cecilio mi cuñado me dice:
—Aurora, ve a la tienda y tráeme una cerveza.
Yo no quisiera ir porque hay muchos señores a un lado de la tienda tomando y me
molestan... pero si no voy, Cruz se puede enojar; así que le digo a mi
sobrinita:
—M’hija acompáñame, dile a tu papá que te dé el dinero para la cerveza.
La niña va por el dinero y regresa. Yo la agarro de la mano y empezamos a
caminar hacia la calle...
Ciertamente encontramos reunidos allá afuera a muchos hombres. Entre ellos está
el esposo de la señora que vive en el primer cuarto de la vecindad. Yo prefiero
atravesar la acera pues no quiero pasar cerca de ellos...
Llegamos a la tienda y compramos la cerveza. Caminamos rápido pues ya empieza a
caer la noche... Ahí está ese señor... nos sigue y me dice:
—¿Qué pues mamacita, te acompaño?
Él está tomado. Yo agarro muy fuerte de la mano a Dora y le digo muy quedito:
—Lista m’hija, cuando yo te jale, ¡te echas a correr!
—Sí tía.
El señor se acerca... estira las manos como para abrazarme. Yo jalo rápido a mi
sobrinita y nos vamos corriendo por media calle. Se ve que el señor se queda
muy enojado...
Ahora llegamos a la casa y le digo a mi hermana:
—Cruz, aquí está la cerveza.
Ella la agarra de muy mal modo y se la da a mi cuñado. Como ya es tarde, sólo
espero que me indique mi hermana dónde acostarme pues me siento muy cansada.
Ella se empieza a cambiar de ropa y mi cuñado también lo hace... Luego me dice
Cecilio:
—Ve a ver si la tienda está abierta.
—Sí.
La tienda está un poco retirada de la vecindad. Yo camino pero todavía no llego
a la esquina cuando veo que ahí viene su compadre Camerino. Apresuro el paso...
veo que la tienda ya está cerrada... Empiezo a regresarme para la casa...
Ah Dios mío, seguramente van a estar tomando otra vez, pero ni modo; yo qué
puedo hacer... Ahora voy dando vuelta a la calle... A lo lejos diviso parado el
camión de Camerino y a alguien que sube, parece que es Cecilio. Yo corro para
alcanzarlos... Sé que me vieron, pero se van... Entro a la vecindad. La puerta
del cuarto está cerrada con candado... Nada más lo hicieron de mandarme a la
tienda para dejarme afuera... Yo voy y me siento sobre un lavadero a esperar...
a ver hasta qué horas llegan...
Pasa el tiempo y ellos no llegan...
Ya es muy noche y sé que si me quedo dormida aquí, puede venir el esposo de
Susana a molestarme otra vez... No, no puedo ni debo dormirme. Debo esperar
hasta que ellos lleguen... Pasan varias horas y ya casi amanece cuando escucho
un ruido; sí, es el camión de Camerino que se detiene en la puerta. Cecilio no
se baja; Cruz entra a la vecindad y me pregunta:
—¿Qué estás haciendo allí afuera?
—Te estoy esperando.
—¡Métete rápido y ponte a ayudarme a hacer de almorzar!
Yo siento que me duele la cabeza pero, mejor ni le digo. Entro a la casa y
trato de prender la estufa... Me cuesta mucho trabajo hacerlo. Preferiría
prender leña que encender esta estufa. Bueno, qué remedio. Sigo insistiendo...
Cruz entra en ese momento y me pregunta:
—Oye, ¿todavía no puedes prender esa estufa?
—No Cruz, es que batallo mucho para hacerlo.
Me da pena, pues ella está demasiado disgustada, así es que trato de prenderla
lo más rápido posible... Ay Istig, ¿por qué no me ayudas? ¿Sabes? Me parece
demasiado triste este lugar; pues llego aquí con mi hermana y a veces ni
siquiera la veo; y cuando la veo, casi no platicamos... En ese momento entra
nuevamente Cruz y me dice:
—Aurora, oye bien lo que te voy a decir, quiero que para cuando regrese ya me
hayas hecho el almuerzo para llevárselo a Cecilio.
—Cruz, ¿qué voy a preparar para que lleves?
—Quiero que prepares chile rojo... allí está el molcajete para que lo muelas.
Haces sopa de fideos y frijoles y me pones todo en la portaviandas amarilla.
—Sí Cruz, está bien.
Ahora ella da la vuelta y se retira. Yo me quedo en la cocina. Me parece un
sueño estar aquí en este lugar... Yo era más feliz allá en casa de mi mamá,
pero si aquí es donde debo estar, pues aquí voy a seguir. Ay Istig, ayúdame
para continuar con todo esto... Mientras preparo los alimentos, sigo platicando
con mi amigo Istig... más bien, es como si no los preparara yo. La sopa
"nos" está quedando muy bien.
Cruz es muy enojona y comento con Istig: Ojalá le guste la comida como se la
preparo pues si no le gusta, es capaz de echármela encima.
Sólo me falta moler el chile rojo. Mmm, yo tengo mucha hambre... Cruz me dijo
que le pusiera el chorizo que está ahí guardado. Lo tomo, lo parto y lo voy
poniendo en la cazuela...
Ay, ay, con el hambre que tengo y esto que está quedando como para chuparse los
dedos...
Termino de preparar la comida y empiezo a lavar el portaviandas; lo seco y no
pongo el almuerzo ahí pues si Cruz se tarda, va a estar la comida fría y se
enojaría mucho... Mejor ahí mismo dejo la comida en la mesa y recojo todo lo
que usé. Todos los trastes que ocupé los llevo y los pongo en el lavadero...
Ahora saco agua de un barril y empiezo a lavarlos. Tengo que darme prisa porque
se me hace tarde para ir a ver a Juan Carlos...
Ay Diosito, ¿cómo estará? Istig, yo sé que tú eres muy bueno... No permitas que
le duelan los golpes que le da la señora... Istig, tú puedes hacerlo... Tú
puedes evitar que su cuerpo sea tocado; el pobrecito está muy adolorido... Ay
Diosito, ya es muy tarde y Cruz no viene...
Yo me pongo nerviosa y para calmarme empiezo a lavar el baño de la vecindad. Lo
termino y empiezo a barrer el patio pues a Cruz le pagan para que lo haga. Ella
está de encargada de aquí de este lugar. Termino de regar con agua el patio y
de barrerlo... Gracias a Dios que ahí viene ya mi hermana. En cuanto se acerca,
le digo:
—Cruz, yo ya me voy.
Me voltea ver muy disgustada y me pregunta:
—¿Ya pusiste la comida en el portaviandas?
—No, pues no sabía que te ibas a tardar, por eso dejé la comida sobre la mesa
hasta que tú vinieras.
—Devuélvete y pon toda la comida en el portaviandas.
Yo me voy a la cocina. Ay, yo ya tengo mucha hambre, pero se va a llevar toda
la comida... Ay Diosito, y a los niños, ¿qué les va a dejar para que coman? En
eso estaba pensando cuando mi hermana entra y me grita:
—Ya estuvo preparada? ¡Anda, date prisa que mi compadre va a pasar por mí!
—Sí Cruz, ya está preparada.
—¡Pues salte porque ya voy a cerrar!
Yo me salgo y en ese momento llega el compadre Camerino con su camión. Pienso
que Cruz está mal. ¿Cómo es posible que toda la comida que preparé se la lleve
a mi cuñado y a sus amigos? ¿Y sus hijos, qué van a comer? Yo me pongo muy
nerviosa al pensar que los niños no van a tener qué comer... Ya sé... voy a ir
a la tienda de Andrés; él es un muchacho muy buena gente. Su mamá y su papá me
conocen... les voy a pedir algo fiado para que puedan comer mis sobrinitos...
Me voy corriendo y llego a la tienda de don Marcial. Qué bueno que al otro lado
del mostrador están el señor y la señora y no está Andrés, pues con él sí me
daría pena. Al llegar, los saludo:
—Buenos días señora, ¿cómo está?... Señor, buenos días.
Ellos siempre están muy alegres y me contestan:
—Buenos días, Aurorita.
Es un par de viejitos muy lindos. Ah Diosito, ojalá que si yo un día me llegara
a casar, fuera tan feliz como ellos lo son... Yo creo que no hay nada más
bonito que conocer a un muchacho, llegar a quererlo mucho, casarse con él y
vivir toda su juventud juntos; pero lo más bonito sería llegar a la vejez
juntos. Esta pareja se ve tan bonita... yo creo que toda su juventud la pasaron
juntos y ahora siguen igual. ¡Qué hermoso ha de ser! La señora me abraza; tiene
sus ojos azules. No sé por qué pero me encantan los ojos azules. Su esposo
tiene los ojos verdes; a mí me gustan más los de color verde... Es curioso,
siempre que veo unos ojos verdes, busco en ellos algo que no sé qué es... mejor
dicho, sí lo sé, es el amor y la bondad, la sinceridad y la honradez. Pero,
¿dónde miré yo esos ojos?... Ojalá que un día lo recuerde. La señora me tiene
abrazada... Ah, me siento tan a gusto. Es como si sus brazos me llenaran de
amor y de tranquilidad. Yo con nadie he podido sentir eso. Es como cuando uno
tiene mucho frío y lo arropan y lo abrazan. Qué sensación tan bonita y tan
agradable se siente. Pero, luego reacciono y digo:
—Oh, señora, perdón, estaba tan a gusto con usted que casi me quedo dormida.
—No importa mi angelito; tú sabes que yo te quiero mucho.
—Gracias señora, ¿sabe? Es que venía a ver si me hacía favor de fiarme dos
litros de leche y unas piezas de pan.
—Sí m’hija, ya sabes que lo que se te ofrezca.
—Muchas gracias.
—Ve con Andrés y dile que te los dé.
Voy hasta donde está su hijo. Andrés se me queda viendo mucho. Él tiene los
ojos azules y una mirada limpia. Me mira fijamente con mucho agrado. Es como si
toda su cara se suavizara al verme. No me da miedo su mirada pero sí se me hace
raro que me mire de esa manera... Yo tomo unos panes; los traigo en la mano y
él se me queda viendo tanto que ni siquiera me los agarra para ponerlos en una
bolsa.
—Andrés —lo interrumpí— , por favor, ¿puedes ponerme estos panes en una bolsa?
Él se sorprende y me dice:
—Oh, sí Aurora, disculpa.
Mientras los va poniendo en la bolsa me pregunta:
—Aurora, ¿cuántos años tienes?
—Tengo doce años... Bueno, yo creo que ya mero cumplo los trece.
—Ojalá que cuando tengas trece años te dejen ser mi novia.
Yo agarro la leche y los panes, me retiro de con Andrés corriendo y le digo a
la señora:
—Señora por favor me apunta esto.
—Sí m’hija, pero ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes miedo? ¿Quién te asustó?
—Es que Andrés me preguntó que cuántos años tenía y yo le dije que ya voy a
cumplir trece años y él me dijo que ojalá me dejaran ser su novia cuando los
cumpliera. A ella le da risa y me dice:
—No le hagas caso m’hija; está loquito. Pero mira, no te asustes, a mí me
gustaría mucho que un día tú te casaras con uno de mis hijos; pues serías como
una hijita para mí.
—Ay señora, no diga eso. Yo a usted la quiero mucho pero no necesariamente
tendría que casarme con uno de sus hijos.
Entonces el señor se ríe muy fuerte y dice:
—¿Por qué no m’hija? Me gusta tu sencillez y tu inocencia y a mí también me
encantaría que fueras la esposa de uno de mis hijos.
A mí me da mucha pena y le contesto:
—Don Marcial, muchas gracias... Ahí me apunta por favor lo que me llevé.
Yo doy la vuelta y me voy corriendo... Ay Dios, ya es muy tarde y se van a
enojar allá donde trabajo. Entro a la vecindad y empiezo a tocar muy fuerte la
puerta de la casa de mi hermana...
—¡Aurora, hija, abre!
Ellas están todavía dormidas... Ay Diosito, ¿y cómo me van a abrir si el
candado está puesto? Yo sigo golpeando la puerta pero no abren. No, no
despiertan... Ah, ya sé, voy a conseguir una escoba para hacerle como la otra
vez... Voy con doña Eduarda, pues allí vive muy cerquita; vive en la misma
vecindad y ya está levantada. Yo la saludo:
—Buenos días doña Lala... pensé que todavía estaba dormida.
—Ya tengo rato que me levanté; son las ocho de la mañana.
—Doña... yo venía a ver si me prestaba una escoba...
—¿Para qué la quieres?
—Para tratar de abrir la puerta. Es que necesito darle esta leche y estos panes
a mis sobrinitos pero están dormidos.
—Ten Aurora, llévatela, te la presto.
—Gracias señora, ahorita se la traigo.
Tomo la escoba y regreso corriendo a la casa de Cruz... Toco de nuevo a la
puerta pues quiero que despierten... Ahora sí ya despertó Aurora. Yo le digo:
—Aurora, párate m’hija. Mira, voy a meter este palo de escoba en la puerta. La leche
la voy a dejar muy cerquita de la puerta, así, cuando yo haga palanca y se
empiece a abrir la puerta, tú metes la leche, la pones arriba de la mesa y
luego metes los panes, ¿vale?
Empiezo a hacer palanca y... Ay Diosito, ¿cómo le hago? La puerta está muy
dura. ¿Será que no voy a poder? ¡Tengo que poder! No los voy a dejar sin
comer...
Insisto en hacer palanca con la puerta hacia adentro pero en verdad está muy
difícil...
—Oye Istig, ayúdame... Diosito, por favor ayúdenme, pues ya se me está haciendo muy
tarde...
Al instante veo una luz blanca muy luminosa que se acerca... ¡Sí, es mi amigo
Istig!
—Istig —le rogué— , ayúdame. Tengo que abrir esta puerta.
Él se ríe igual que siempre; no lo veo físicamente pero escucho claramente su
risa. La luz que vi hace un instante desapareció pero yo sé que él está
conmigo. Ahora escucho que me dice:
—M’hijita... Ismig... el candado está abierto.
No le creo pues acababa de revisarlo y estaba bien cerrado. Yo sigo empujando
la puerta. De pronto, el candado se mueve... ¡Es verdad, está abierto!
—Ay Istig, esto es obra tuya... Gracias Istig. Eres tan lindo. Perdóname por no
atender tu voz.
Escucho nuevamente la voz de Istig en mi mente: Ay Ismig, yo sé que pese a
todo, eres muy terca.
Yo respondo: No me regañes Istig, por favor no me regañes.
Ahora puedo entrar a la casa. Mis sobrinitos aún están en el suelo acostados.
Cecilio y Cruz duermen en la única cama que tienen.
Ahora por lo menos van a comer... Me les acerco y muevo suavemente a Aurora;
ella es la mayor de los niños y le digo:
—Aurora, despierta m’hija.
Ella abre los ojos y me mira, estira sus manitas y me abraza. Yo le acaricio el
pelo. Ella me da un beso y yo le digo:
—M’hija ya me voy... mira, aquí les dejo esto para que almuercen. Les das a tus
hermanitos y comes tú también. Yo ya me voy pero por favor no le digas a Cruz
que entré pues se enojaría mucho.
—No tía, no le voy a decir nada.
Me salgo. Cuando estoy cerrando la puerta me acuerdo y le digo:
—Aurora, por favor no vayas a prender cerillos.
—No tía. Yo los voy a poner arriba del gabinete para que no los agarren mis
hermanitos.
—Bueno m’hija, ya me voy.
—Sí tía. Por favor no te tardes, pues ya ves que mi mamá llega muy noche y nos
da miedo estar a oscuras.
—No hijita, yo voy a venir muy pronto.
Ahora salgo corriendo.
Ay Dios mío —pienso— , ¿cómo seguiría? ¿Cómo estará Carlitos? Ay Diosito,
cuídalo mucho. Virgencita de Guadalupe, no permitas que le sigan haciendo daño.
Él es tan lindo y tan inocente... ¿Cómo es posible que le hagan eso? Ay Dios
mío, quisiera volar para llegar a donde está, pero no puedo... Tengo que
caminar muy rápido. De pronto, escucho la voz de mi amigo Istig que me dice:
Ismig, tienes que llegar pronto, Carlitos te necesita. Yo le pregunto:
—Istig, ¿qué le pasa a Carlitos?
—No te preocupes, pero camina rápido. ¡Más rápido... es como si tú fueras
volando! ¡Tú no te cansas! Yo camino "normalmente" en apariencia pues
es... ¡es que ni yo misma sé por qué voy avanzando tan rápido! Mientras voy
casi volando le digo:
—Istig, por favor ayúdame.
Él me contesta:
—Ya sé lo que me vas a decir: Que tú quieres ayudar a esos niños y que quieres
sacarlos de allí... Pero aún no es tiempo.
Yo le vuelvo a rogar:
—Ayúdame por favor, tú puedes hacerlo.
Sólo me dice:
—Todo será a su debido tiempo. Por lo tanto, tendrás que aguantar lo que tú
veas y lo que oigas.
—Pues, ¿cuánto tiempo más tengo que soportar esto?
—El que sea necesario. Pero no te preocupes; te aseguro que ya es poco tiempo
lo que falta.
—Ay Istig, si tú supieras la tristeza que siento... Mira Istig, yo voy a casa
de mi hermana y encuentro el dolor, el hambre y el sufrimiento de aquéllos
niños. Y voy a donde trabajo y está peor, pues Carlitos es muy maltratado. No
sé, hay ocasiones en que no entiendo muchas cosas. ¿Por qué aquí hay tantos
misterios? Porque para mí el odio es un misterio y el desamor es otro misterio.
¿Por qué no todos somos felices? Este planeta sería muy hermoso si en él
reinara el amor y la comprensión pues si esto fuera posible nos veríamos todos
como hermanos pero aquí es como si nada más existiera la persona para sí misma,
porque si yo tengo un pan y veo a otra persona con hambre, me lo como yo y no
tengo compasión de aquélla persona que me ve comer y que ella siente la
necesidad de comer y no puede hacerlo porque no tiene un pan para llevárselo a
la boca. ¿Acaso no me sería mejor, no quedaría más satisfecha si ese pan lo
partiera y fuera la mitad para cada uno... la mitad para él y la mitad para mí?
Yo creo que sería más grande la satisfacción de compartir ese pan. Yo creo que
llenaríamos a más si todo lo compartiéramos; porque una vez Jesús dijo: Hay que
dar agua al sediento y de comer al hambriento. Y tal vez hubo una persona que
preguntó: Señor, ¿cuántas veces puedo dar ayuda al caído? Y Jesús contestó: La
ayuda al caído se le dará cincuenta veces... Esa persona vuelve a preguntar:
Señor, ¿por qué cincuenta veces? Él sonríe y dice: ¿Por qué cincuenta? Porque
en cincuenta no hay cuenta, pero sí te digo mujer, que cada vez que tú tiendas
la mano a un ser caído, estarás ganando algo que no se compra ni con todo el
oro del universo... Ahora, es bueno siempre recordar las palabras de Cristo y
ellas son: Dad de comer al hambriento y dad agua al sediento y dad amor al que
lo necesite pues la maravilla será sembrar amor, ya que por amor estoy aquí...
Ay Diosito, ayúdanos a seguir por el mejor camino...
Por venir platicándole —pensando— a Istig, por poco y me paso de la casa de
Carlitos. Busco la llave de la casa en mi bolsa y abro la puerta...
Entro y... ¡Qué raro... no hay nadie! Pero sí, alguien está aquí en la casa...
Yo siento que alguien está aquí... Oh, ¿dónde, dónde está Carlitos? ¿Será que
está en el baño nuevamente castigado?...