Capítulo XXXIII
Me
gustaría comer ensalada.
Rápido corro nuevamente hacia la ventana, la abro y les digo:
— Por favor espérenme tantito; voy por la llave.
Me alejo corriendo... Tomo mi bolso; busco y encuentro la llave... ahora
corro hacia la puerta y la abro. Carlitos trae cargando su mochila; se la
detengo y le digo:
— Deja ayudarte m’hijito.
Cierro la puerta bien con llave y camino con la mochila del niño. Luego les
digo a las niñas:
— Miren, para que no tengan problemas, vamos a poner las mochilas en sus
recámaras. Vengan, vamos rápido. Ustedes dejen aquí sus mochilas.
Luego me dirijo al niño:
— Carlitos ven, vamos a dejar tu mochila.
Juan Carlos camina muy despacio... Yo me regreso y le pregunto:
— ¿Qué sucede Carlitos, ¿te sientes mal?
— Sí, me duele la cabeza. No sé qué es lo que tengo.
El niño está temblando. Lo tomo de la mano y le digo:
— Ven m’hijo, vamos.
Camino despacio... llegamos a su recámara. Pongo la mochila sobre la silla
que está ahí a un lado de la cama. Ahora me acerco a Carlitos y le digo:
— M’hijo, te voy a ver tu espalda.
Empiezo a desabrochar la camisa... luego le comento:
— Pero mira nada más, hace mucho frío y tú ni siquiera traes camiseta.
El niño no presta atención a lo que he dicho; está como "ido".
Termino de quitarle la camisa y veo que su espaldita está demasiado golpeada.
No tiene un lugar donde no haya sido martirizado... Pobrecito, con razón está
así. Ah, qué injustas son. Parece imposible que tanta maldad haya en unas
personas. Luego me dirijo al niño:
— Carlitos, ¿quieres comer algo?
— No Aurora; lo que tengo es mucha sed.
— Ahorita te voy a traer agua m’hijo; pero no has comido nada. ¿No quieres
mejor un juguito?
Él tiene su boquita muy reseca y me dice:
— Aurora, si la señora y su hermana te descubren conmigo, te va a ir muy
mal.
— No m’hijo, ellas no están en la casa; así es que dime si prefieres tomar
un jugo.
— Aurora, es que... No podemos comer otra cosa que lo que ellas nos dan.
— ¿Y qué es lo que les dan?
— Mira, nos dan nada más el caldo de lo que comen.
— ¿Carne no les dan? ¿O frijolitos?
— No, nada más una tortilla y un poquito de caldo.
— Bueno m’hijo, eso es cuando ellas están aquí... pero como ahora no están,
ustedes, tú y tus hermanitas son los que ordenan aquí en esta casa... Así es
que, dime, ¿qué es lo que vas a querer?
Las niñas ya vienen de regreso de su recámara y yo les pregunto:
— A ver muchachitas, ¿qué es lo que van a comer hoy?
— Pues yo creo que lo de siempre.
— No m’hija, a ver dime, ¿qué es lo de siempre?
— Pues mira Aurora, nos vamos a encerrar en nuestra recámara hasta que la
señora, su hermana y mi papá terminen de comer; y cuando él se vaya a su
trabajo, seguimos nosotros para comer.
— ¿Por qué hasta entonces?
— Porque hasta entonces podemos comer el caldo que hayan dejado.
— Bueno m’hija, eso es cuando ellas están aquí, pero resulta que ahora
ustedes son las que mandan aquí en esta casa... Díganme, ¿qué les gustaría
comer?
La niña más chica y Carlitos no saben qué, pero la más grande sí sabe. Ella
me dice:
— ¿Sabes Aurora? A mí me gustaría comer una ensalada que mi mamá nos
preparaba...
— Dime m’hija, ¿cómo era esa ensalada?
— No recuerdo bien; pero era de atún.
— Sí m’hija; bueno, ¿y de tomar?
Juan Carlos dice:
— A mí me gustaría tomar un jugo de manzana.
La niña mayor dice:
— A mí también.
Y la más pequeña responde:
— También a mí me gusta el jugo de manzana.
— Bueno —les dije muy contenta— , pues vamos a ver qué hay allí para hacer.
Empiezo a buscar...
Hay un cuartito lleno de despensa... Hay muchos jugos; cajas de refresco;
pomos con nueces; muchas cajas de galletas; botes con chocolates; cajas de
aceite comestible; muchas pastas; frascos de cristal llenos de dulces; otros
con paletas de dulce; hay costales de azúcar, mucha harina, habas, lentejas...
Yo creo que aquí hay de todo el mandado que existe... Aquí hay mucho atún,
sardinas, chícharos enlatados y muchas latas de distintos alimentos.
Yo tomo una lata de chícharos, luego tres latas de atún, un frasco de
mayonesa... Mmm, creo que con esto es suficiente... Salgo y cierro la puerta.
Le digo a una de las niñas:
— Mira m’hija, ahora vamos a hacer rápido algo para comer. Por favor,
pásame de ahí un abrelatas.
Ay Diosito, ojalá que no vayan a regresar las señoras...
Yo empiezo a preparar todo rápido... Pongo en un refractario el atún, los
chícharos y la mayonesa. Los mezclo todo y le digo a la niña:
— A ver hija, prueba a ver si te gusta.
— Sí Aurora, está muy sabroso. Así la preparaba mi mamá.
— Bueno, ahora se los daré. ¿Qué les parece con galletas saladas?
— Aurora, mi mamá nos daba esa ensalada en galletas saladas.
— Ay m’hija, qué bueno que sí les guste y que les traiga un recuerdo tan
bonito... Bueno, ahora coman ustedes todo el que gusten... Aquí están también
sus jugos.
Los niños comen con mucho apetito. Yo estoy muy contenta pero recuerdo que
pronto van a llegar esas mujeres... Oh, cuánto diera porque estos niños así
fueran siempre de felices.
Enseguida pienso: Istig, por favor, yo sé que tú, estés donde estés, ves la
felicidad que tienen estas criaturas en este momento... Haz que la señora y la
señorita no lleguen pronto... y dales un poco más de felicidad a estos pobres
angelitos.
Ahora terminan de comer.
Yo tomo una bolsa y ahí pongo las latas vacías... Quedó algo de ensalada
pero tengo que tirarla pues si ellas se dan cuenta, son capaces de golpear a
las criaturas... Mmm, y hasta a mí.
Luego les pido:
— Por favor váyanse cada uno a su recámara y no digan nada de lo que
hicimos.
La niña más grandecita me voltea a ver y me dice:
— ¡Sí, es capaz que nos matan!... ¿Sabes Aurora? Nosotros tenemos a mi
abuelita; ella es muy buena y nos
quiere mucho, pero ella no vive aquí... Nos gustaría mucho ir a vivir con
ella.
— M’hijita... luego platicamos, tengo que salir a tirar esta basura. Ahora
váyanse a sus cuartos. Si les hablan a que coman, van y fingen comer. Yo en
cuanto pueda voy a retirarles lo que les hayan servido. Bueno, ahorita regreso.
Salgo a la calle por la puerta de servicio, llevo conmigo la bolsa donde
puse todo lo que recogí; cruzo la calle, allí hay un contenedor de basura y es
donde voy a dejar la bolsa... La dejo y me regreso corriendo. Ahora abro la
puerta y entro a la casa...
Acababa de ingresar cuando escucho que están llegando la señora y su
hermana. Abren la puerta y entran... Yo pienso: Ay mamacita, ya llegaron; ojalá
que no descubran nada...
Ellas llegan cargando unas bolsas grandes de papel... Están en la sala y me
pregunta la señora:
— Aurora, ¿no han llegado los niños de la escuela?
— Sí señora; están en sus recámaras.
— ¿Vinieron aquí a la sala?
— No señora. Desde que llegaron se encerraron. Yo creo que están dormidos.
— Bueno.
Se sienta junto a su hermana y empiezan a sacar cosas de las bolsas. Es
ropa; son unos vestidos muy bonitos y abrigos...
Vuelven a meter todo a las bolsas. Luego la señora le dice a su hermana:
— Guárdala donde mi esposo no la vea.
Ahora va la señorita a su recámara llevando consigo una bolsa; entra y la
deja. Regresa nuevamente a la sala y se sienta... Toma una cajetilla de
cigarrillos y las dos comienzan a fumar. La señora le pregunta a su hermana:
— Y ahora, ¿qué le vamos a decir a mi esposo?
Su hermana cruza la pierna; le fuma muy fuerte al cigarro, levanta la
cabeza hacia arriba y deja escapar el humo por su boca... Ahora dice:
— ¡Mmm, ya sé! Le diremos que Juan Carlos no fue a la escuela.
Ah qué malvadas son, yo pienso.
La hermana de la señora se para y va a la recámara del niño...
Regresa con la mochila de Juan Carlos. Saca sus libros y su libreta...
Empieza a revisar el cuaderno... Ahora le destruye su tarea...
Me llama la señora y me ordena:
— ¡Aurora! ven y tira estas hojas a la basura.
Yo recibo las hojas y le contesto:
— Sí señora.
Ahora camino hacia donde tengo mi bolso. Me fijo que no me vayan a ver. Abro el
bolso y guardo los papeles... Yo sé que algún día me van a servir.
Regreso a donde ellas están... No alcanzo a llegar pues la puerta principal se
abre y entra el señor. La señora se para rápido y lo abraza. Él también la
abraza. Ella lo besa y le dice:
— ¡Hola mi amor! ¿Cómo te fue?
— Muy bien mi reina.
— Ven, siéntate para que descanses.
Él se sienta. Ella lo abraza y le dice:
— Ay mi amor, tú tanto que trabajas, eres un marido ejemplar y yo te quiero
tanto que daría lo que fuera por no hacerte pasar un mal rato...
— ¿Por qué mi amor... ahora qué sucede?
— Pues nada que Juan Carlos no fue a la escuela. ¿Sabes? No te he querido
molestar pues me lo he callado para evitarte un mal rato... Pero Juan Carlos ya
tiene varios días que no va a la escuela.