Capítulo XXXII

 

Híncate y ten tus ladrillos.

  

¡Ahí está Juan Carlitos!
Está muy golpeado y completamente desnudo...
¡Oh, qué malvadas son ése par de víboras!
El niño tiene un tabique en cada mano y está hincado. Pobrecito. Él está llorando... Voltea, me ve y baja su mirada...
¡Qué crueles son! Siento deseos de sacar a la criatura de allí pero tengo que soportar hasta tener pruebas de lo que éstas personas hacen. A mí me dan muchas ganas de llorar. Me voy hacia el jardín y ahí empiezo a llorar mucho.
¡Dios mío, ya no es posible soportar más! ¿Por qué permites tanta injusticia?
Luego pienso en mi querido amigo y le digo: Istig, yo ya no puedo aguantar más; si tú no me ayudas, yo haré lo que estime conveniente.
Al instante escucho la voz del extraterrestre que me dice: Tienes que soportar un poquito más Ismig; pues aún no es el momento.
Yo lloro mucho pues me siento muy impotente...
Ahora comienzo a regar el patio...
Me siento muy mal. No quisiera entrar a la casa pero tengo que hacerlo.
No puedo dejar de pensar en el niño que está ahí dentro del baño...
Estoy recogiendo ahora la cocina.
¡Qué malvadas son! ¡Pero un día sacaré a estos niños de aquí! Ay Diosito, ayúdame para que sea pronto...
No, yo no voy a soportar mucho tiempo... Este niño está sin comer desde ayer... Y ellas están muy dormidas...
Istig, ayúdame; tú dijiste que me ibas a ayudar en el momento que yo lo necesitara. Pues bien, detén a estas personas para que no se den cuenta de lo que yo voy a hacer.
Istig aparece muy cerca de donde yo estoy y me dice:
— ¡Cabecita loca! ¿Qué vas a hacer?
— Istig, yo se que tú puedes ayudarme. Nada más te pido que duermas a esas personas hasta que yo haga lo que tengo que hacer.
— Está bien Ismig.
Yo tomo una cazuela y caliento un poco de caldo y un poco de sopa; los pongo en un plato y me encamino hacia el baño...
Abro y cierro muy despacito. Pongo el plato sobre el lavabo... El niño se me queda viendo con mucho terror... Yo me llevo el dedo índice sobre la boca y muy quedito le pido que guarde silencio. Luego quito los dos ladrillos de sus manitas... El niño ya no soporta estar hincado. Lo abrazo por su cinturita y lo recargo sobre mi cuerpo. Luego empiezo a sobar sus piernas y sus rodillas. Él tiene su carita muy enrojecida. Su cuerpecito está rojo de los golpes. Hay partes en las que está completamente morado de su piel... ¡Cuánta injusticia!
El niño tiembla mucho de frío. Yo le digo en voz muy baja:
— No tengas miedo m’hijo; mi muchachito, no va a venir nadie.
El niño tiene mucho miedo pero poco a poco se va tranquilizando...
Enseguida le digo:
— M’hijito espérame un momento.
Me paro y tomo el plato que había dejado en el lavabo. Ahora me hinco en el suelo y le pregunto:
— ¿Comiste algo ayer?
— No Aurora; estoy castigado. Y cuando nos castigan no nos dan de comer.
— Pues mira, ahora vas a comer. Te vas a comer todo lo que te traje. Anda, abre la boca pues yo te voy a estar dando de comer. Mientras tú comes te voy a contar un cuento muy hermoso... Mira m’hijo, había una vez un
niño muy bonito, así como tú, y ese niño quedó sin su mamá...
Él me voltea a ver y me pregunta:
— ¿Qué se hizo su mamá?
— Mira m’hijo; ella vino a la Tierra pues nuestro padre Dios la mandó... Su misión en este mundo terminaba cuando su hijito cumpliera cinco años... Entonces, Diosito mandó para que la llevaran a su presencia. Ella fue llamada a la presencia de Dios y Diosito ya no la dejó venir pues su alma era tan blanca y tan pura que Diosito dijo: Si esta alma volviera a la Tierra, se ensuciaría... Ella se quedó entonces allá con Diosito.
Juan Carlitos me vuelve a preguntar:
— ¿Y el niñito se quedó solito como yo?
— No m’hijito; el niñito no estaba solo pues tenía uno de los amores más grandes y él era su papá. Así tú no estás solo, pues tienes a tu papá y tienes que quererlo mucho, comprenderlo y cuando tú puedas, ayudarlo.
— Pero yo estoy muy chiquito. Además, la señora que se casó con él, no deja que yo le hable pues siempre nos castiga y le dice a mi papá que estamos dormidos.
— Bueno m’hijito, pero es que no te he terminado de contar el cuento... ¿Sabes? Un día aquél señor también se casó con otra señora y la señora era muy mala; golpeaba y castigaba a los niños, especialmente a aquél niño que había quedado sin su mamá... Pero, ¿sabes? Como aquél niño era muy bueno, Diosito le mandó a una hada...
— ¿Qué es una hada?
— Mira mi amor, pues yo no sé mucho de esto pero creo que es como un ángel que mandan del cielo a ver por las personas buenas... ¿Sabes? El hada llegó a aquella casa y empezó a cuidar a aquél niño, y a su tiempo sacó a ese niño de esa casa y el niño fue muy feliz. Así, tú piensa que un día Diosito va a mandar a alguien para que tú y tus hermanitas salgan de esta casa y vivan rodeados de amor y de felicidad...

De pronto, escucho en mi mente la voz de Istig que me recuerda: Ismig, ya es tiempo; ya es suficiente.
Enseguida me paro y le digo al niño:
— M’hijito, ya tengo que irme; no digas que estuve aquí contigo... Ahora híncate y ten tus ladrillos.
Veo que quede bien limpia la carita del niño. Ahora tomo el plato... salgo y vuelvo a cerrar la puerta.
Camino rápido hacia el jardín y digo: ¡Gracias Istig, ojalá que nunca cambies conmigo! ¡Te quiero mucho; hasta pronto!
En cuanto apenas llegué al jardín apareció la señora de la casa.
Yo finjo estar regando el pasto... Ella me pregunta:
— ¿A qué hora llegaste?
Se da aires de gran señora. Yo la volteo a ver... La veo con cierta indiferencia y contesto:
— Casi acabo de llegar pues nada más he recogido la cocina.
— Ve al closet del cuarto del niño y me traes el uniforme de la escuela.
Camino hacia el cuarto del niño. Abro una puerta y busco... Pero no, en este lado no está. Abro la otra puerta del closet... Sí, aquí está el uniforme.
Ahora la señora le habla al niño... va, se mete al baño y lo saca. El niño está muy rojo de la cara, se ve como si tuviera mucha temperatura...
A empujones lo mete a su recámara. Ahora lo avienta sobre la cama y luego me ordena:
— ¡Dale el uniforme para que se vista!
Le truena los dedos al niño y le ordena:
— ¡Vístete rápido para que te vayas a la escuela! ¡Y no quiero que hables con nadie!
Juan Carlos está muy entumecido pero aún así se empieza a vestir...
En cuanto el niño termina de vestirse, la señora le vuelve a gritar:
— ¡Ya vete!
El niño toma su mochila y empieza a caminar hacia fuera del cuarto... Va a salir pero me mira que estoy ahí parada; él se me queda viendo. En su mirada hay mucha tristeza... Es como si sus ojos me dijeran: ¡Ayúdame! Pero yo no puedo hacer nada en ese momento...
La señora se distrae un poco viendo al niño más pequeñito que tiene. Yo aprovecho para guiñarle un ojo a Juan Carlitos y le digo:
— Tranquilízate, pronto saldrás de aquí.
El niño sigue caminando y yo voy junto a él...
La señora se queda un poco atrás. Cuando estamos llegando a la cocina le digo:
— Cálmate m’hijo; te prometo que van a salir de esta casa tú y tus hermanitas.
Ahora la señora casi nos alcanza. Yo entro a la cocina y el niño camina hacia la puerta principal...
Ya se fue el niño... va en una combi blanca junto con otros niños y niñas; es la combi que lo lleva al colegio...

Ahora la señora y la señorita caminan hacia la sala. La señora le pide a su hermana que le cuide el niño en lo que ella se mete a bañar.
Yo me acerco a la señora y le pregunto:
— Señora, ¿qué va a desayunar?
— Prepárame un licuado de plátano con dos yemas.
— ¿Y usted señorita?
— A mí me traes un jugo de naranja.
Me alejo hacia la cocina y preparo el licuado; ahora preparo el jugo de naranja. Pongo los dos vasos en una charola y los llevo a la sala...

En la sala hay una mesa de cristal. Allí hay un florero muy bonito con flores rojas. Ellas parecen estar muy entretenidas... Me ignoran y no me voltean a ver. A mí no me gusta nada su actitud. Me acerco más a la mesa y ahí pongo la charola. Doy la vuelta para retirarme; luego volteo y les digo:
— Ahí está el jugo y el licuado que pidieron.
Algo me iban a decir pero yo salgo rápido de la sala. Se ven entre ellas y dicen:
— ¿Qué se cree esta mocosa? ¡Se muestra con una altanería... como si no fuera lo que es!
Yo no hago caso.
No me siento nada bien en esta casa. Ahora nada más falta que cuando llegue de la escuela, vayan a golpear igual a Carlitos...
No sé, pero yo siento que no voy a aguantar mucho esto...

Me pongo a lavar el patio y el pasillo que quedan a un lado de la cocina. No puedo separar de mi mente su carita y el cuerpecito de Juan Carlos... Él es como si fuera un angelito...
Ahora termino de lavar el patio y el pasillo. Camino hacia donde está la señora. Ya no están en la sala... Empiezo a recoger ese lugar; a barrer y a sacudir...
Luego cargo una cubeta de agua. La llevo nuevamente hacia la sala y comienzo a lavar el piso. Limpio la entrada de la puerta de la calle... Sigo con la cocina. Ahora nada más me falta el baño y las recámaras.
Llevo el agua y la tiro en el lavadero. Me encamino hacia la recámara de la señora. Sobre la cama están recostadas las dos... Ahora pregunto:
— Perdone señora, ¿ya puedo asear las recámaras?
Ellas se miran una a la otra y la señora me dice:
— Sí Aurora, pasa.
A mí no me gusta nada este cambio; pues siento que algo están planeando. Ellas se paran y caminan hacia la sala. Yo entro a la recámara y pienso: ¿Qué estarán planeando? ¿Será algo en contra mía? No; es en contra de Carlitos...
Ahora empiezo a sacudir la cama y a tenderla. Tengo que dejar limpia esta recámara... Ojalá no estén planeando una maldad más grande.
Termino la recámara y paso a la recámara del niño...
Ahora ya nada más me falta la recámara de las niñas. Empiezo a sacudir la cama; debajo de la cama encuentro unos papeles... ¡Qué raro, estos papeles están llenos de sangre!
A punto estoy de terminar de asear la recámara de las niñas, cuando oigo que me llaman. Yo camino hacia la sala...
Ahí están las dos; la señorita trae al niño pequeñito cargando. La señora me dice:
— Aurora, ahorita regresamos, vamos a salir un momentito.
— Sí señora.
— Mira Aurora; si vienen los niños antes que yo, no los vayas a dejar que entren a la cocina.
— No señora.
Ellas se van. Yo veo por la ventana... Sabe Dios qué estarán planeando.
Se suben al carro blanco. La señora va manejando. Se alejan...
Ay, qué alivio... Ojalá que Juan Carlos y las niñas lleguen antes que la señora...

Ya es tarde. Yo creo que sí van a estar primero ellos aquí...
Casi estoy terminando el quehacer cuando suena el timbre... Me asomo por la ventana. ¡Sí, son los niños! Yo quiero abrir pero...
¡Está cerrado con llave!...

 

Hosted by www.Geocities.ws

1