Capítulo XXXI
Hay que seguir con mucho Amor.
¡Ahí están Cecilio y Cruz!
Vienen en un camión grande; el camión es blanco. Es un camión de volteo y
lo maneja Camerino Rodríguez; ese señor vive en La Navidad. Vienen todos
ebrios... Se estacionan frente a la calle de la vecindad y se quedan arriba del
camión para seguir tomando y platicando.
Como ya está amaneciendo, tengo que levantarme para irme a trabajar...
Me siento un poco... no sé... tal vez cansada... Pero pienso que es pereza
lo que tengo.
Me doy ánimos al recordar lo que me dijo Istig, "Hay que seguir con
mucho amor".
Bastará con echarme un poco de agua en la cara para despertar bien...
Ojalá que mi hermana y su marido no entren para acá para poder bañarme
rápido.
Pienso en los niños de la casa de la señora para la cual trabajo. Ay
Diosito, ¿cómo estará ese niño?
Ahora cargo un bote de agua y lo llevo hasta el baño; el agua está muy
fría, pero pienso que me caerá muy bien. Siento los ojos como si trajera arena.
Tal vez se deba a que no dormí nada...
Si estoy piense y piense que estoy mal, me sentiré peor, así que me
desvisto rápido y ahora empiezo a mojar mi cuerpo... ¡Ah, está demasiado fría
el agua! Nada más sentiré frío al principio pues es la primera que me echo.
Ahora me tallo y ya la siento menos fría...
Ya terminé de bañarme...
Mi hermana Cruz, su esposo y su compadre aún se encuentran en el camión de
volteo platicando y tomando vino.
Yo me visto rápido con la misma ropa que traía y salgo del baño con el
cabello mojado.
No quiero que me vean, pues están bien borrachos y tal vez me entretengan.
Además, para llegar hasta donde voy, está algo retirado.
Ni siquiera me peino, pues el peine está en la bolsa de la ropa que se
quedó adentro de la casa. Ni modo; así me iré.
Me apresuro a caminar en cuanto salgo a la calle...
No he caminado una cuadra siquiera cuando veo que sale de una casa de
enfrente el mismo muchacho que venía anoche hostigándome con sus preguntas
necias. Él me mira y se viene hasta donde yo estoy... Una vez que está junto a
mí, me dice:
— ¡Hola! Buenos días.
Yo camino agachada y contesto:
— Buenos días.
Él pregunta:
— ¿Dónde vives? ¿Cómo te llamas? ¿Sabes? Me gustas mucho. Dime cómo te
llamas.
Yo no contesto y sigo agachada. Él camina muy cerca de la banqueta pues va
montado en una bicicleta... Yo dejo que se adelante un poco y luego cruzo la
calle.
¡Ay Diosito, ojalá que ya no me siga, pues es muy temprano y me da miedo!
Ahora se me ocurre una idea. Ahí está una casa; tiene un barandal blanco y
el barandal está entreabierto, ¡aquí me voy a meter! De mi bolsa saco las
llaves de la casa donde trabajo y finjo estar abriendo la puerta... Él, al ver
que estoy abriendo, me dice:
— Me llamo Juan Hernández... En la noche vengo a verte; me gustas mucho.
Por fin mi galán se retira.
¡Ah, qué alivio! Ahora ya no se ve.
Salgo de esa casa y cierro el barandal. Hay un lote baldío cerca de la
casa. Por aquí me voy a ir, no sea que de vuelta me vea y me vaya a seguir
molestando... Luego me echo a correr, pues corriendo voy a llegar más rápido.
No me acerco al bulevar pues es la hora en que la mayoría de los
trabajadores están pasando y luego me andan molestando...
Sigo caminando...
Llego a la colonia y camino hasta la casa donde tengo que trabajar...
Ay Diosito, ayúdame para poder ver estas injusticias y poderme detener de
mis impulsos. Istig, por favor ayúdame para aguantar lo que aquí sucede.
Saco las llaves de mi bolsa y abro la puerta...
No hay nadie levantado... voy caminando hacia el lavadero cuando escucho
algo... es como si alguien tuviera mucho frío y se quejara... pero... es muy
temprano.
Me paso hasta el fondo del patio. Abajo del lavadero dejo mi bolso y mis
zapatillas... Ahora camino nada más con medias...
Ah, ¿dónde se oye eso?... creo que es en el baño... me acerco y muy
lentamente abro la puerta...
¡Oh, no, ahí está!...