Capítulo XXIX

 

Si Yo Estuviera con mi Mamá...

  

Aún me falta mucho por caminar...
Ay, Ay, ¿cómo le haré para sacar de ahí a esos niños?
Escucho la voz de Istig que me dice: Tranquila; con inteligencia todo lo vas a lograr.
Yo le respondo, más bien, pienso: Sí Istig, yo confío en ti.

Ahora voy cruzando la calle que da a la casa de mi hermana. Ahí está mi cuñado Cecilio, que me mira y se para; extiende su mano para saludarme y me dice:
—Buenas tardes cuñadita. ¿Cómo estás?
—Bien, Cecilio, gracias. Dime, ¿está Cruz en la casa?
—Sí; llega con ella —me invita a pasar.
Yo camino hacia la puerta de la vecindad. Entro a su casa y encuentro a mi hermana lavando. Ella no se percata de mi presencia. Me acerco a ella hasta llegar a su espalda. Le cubro los ojos con mis manos sin hablarle. Ella se sobresalta y pregunta:
—¿Eres tú Dora?
Dora es una hija de ella. Mientras retiro mis manos de sus ojos, le digo:
—Soy yo, Cruz... Aurora.
—¿Qué andas haciendo por acá?
—Es que empecé a trabajar y como la señora no tiene dónde me quede a dormir... Pensé que tal vez tú me dieras oportunidad de quedarme en tu casa.
A mi hermana le causa gracia y me contesta:
—Sí, claro; qué bueno que hayas pensado en venirte.
—Bueno —me ofrecí— ... pues, ahora si quieres, te ayudo a lavar.
—Pero pon primero tu bolsa de ropa ahí en mi cuarto.
Yo llevo la bolsa con ropa para adentro del cuarto...
Regreso y comienzo a tallar en un lavadero contiguo un poco de la ropa que mi hermana estaba lavando... Mientras lavamos, Cruz me pregunta:
—¿En qué lugar empezaste a trabajar?
—En la colonia López Mateos.
—¿Y estás a gusto ahí?
—Pues mira... acabo de empezar a trabajar.
Me dan ganas de decirle que no estoy a gusto; de decirle todo lo que ahí pasa... Pero no, tengo que callar.
Ella interrumpe mis cavilaciones:
—¿Qué piensas?
—Pienso que me voy a ir temprano a casa de la señora.
—¿A qué hora piensas irte?
—Pues, creo que como a las siete de la mañana para llegar pronto allá.
—Bueno, pues entonces nos damos prisa a lavar para que te puedas ir temprano.
—Sí Cruz.
Yo sigo lavando y luego ella me dice:
—Mira, tenemos que acabar de lavar toda esa ropa; y voy a sacar otra más que tengo sucia.
Mi hermana se aleja y al poco rato regresa con otro tambache de ropa sucia. Ya es tarde y luego me dice:
—Ahorita vengo Aurora; voy a ver dónde está Cecilio. Mientras tú te quedas lavando.
—Sí Cruz.
Ahora ella se va...
Es demasiada ropa y Cruz no regresa pronto...
Y tengo que tallarla toda; pues ella dijo que hoy se tenía que lavar toda esta ropa...
Al rato se asoman Cruz y Cecilio por la vecindad. Ella me pregunta:
—¿Todavía no terminas de lavar esa ropa?
—La estoy poniendo en cloro — le contesté— . Todo lo que estoy tallando, la estoy poniendo en estos botes.— Bueno pues, a ver a qué horas terminas... Nosotros ahorita venimos; vamos a la calle un rato.
—Sí Cruz, está bien.
Yo sigo lavando...
Termino de tallar la ropa pero Cruz no viene.
Me asomo a la calle. Ahí anda un muchacho que conozco. Le pregunto a éste:
—Oye, Arnoldo, ¿no has visto a Cruz?
Él se monta en su bicicleta sin responderme, se va raudo y veloz... regresa en unos momentos y me dice:
—Están ella y Cecilio cenando.
—¿Dónde están?
—Ahí con doña Lupe.
—Bueno, gracias Arnoldo.
Yo me regreso al lavadero y sigo lavando la ropa...
Ya hay muy poquita agua. Si no saco esta ropa, Cruz se va a enojar... Pero, ¿qué puedo hacer? Voy a meter toda la ropa y la voy a dejar en cloro, al fin y al cabo es pura ropa blanca. A ver hasta qué hora viene Cruz... Lo peor de todo es que dejó la puerta de su cuarto cerrada...
Una de sus niñas me habla desde adentro del cuartito:
—¡Tía, ya tenemos hambre!
—Ahorita viene tu mamá, hija. Tal vez fue a traerles algo para que coman
Yo me siento muy mal; pues los niños piden de comer y yo no tengo dinero...
Dora y Aurorita están llorando; el niño Juanito tiene mucha hambre también.
Si voy a buscar a Cruz... se va a enojar.
Me acerco a la puerta y le pregunto a Dora:
—Oye m’hija, ¿quién vende aquí comida o algo que puedan comer?
—Doña Lupe vende cena —me respondió.
Pero, yo sé que ahí están Cruz y Cecilio.
—Sí m’hija; pero, ¿no hay otra persona que venda?
—Sí tía, ahí en la esquina hay una señora; y ella vende cena.
—Bueno m’hija, ahorita vengo
—Tía, ¿nos va a traer de comer?
Yo no contesto, pues no tengo con qué comprarles.
Me salgo de la vecindad arriesgando que si Cruz se enterara de mi salida, se enojaría mucho conmigo...
Voy caminando... paso por una casa y recuerdo que ahí vivía hace tiempo mi hermana Teresa... Afuera encuentro a Juanita, Lupe y Mary, las niñas de los nuevos inquilinos; cuando me ven, corren y me abrazan; luego me pregunta Juanita:
—¿Qué andas haciendo aquí tan noche?
—Pues vine a trabajar; pero en la casa de la señora no hubo dónde durmiera, así es que decidí venir a dormir con Cruz.
Juana me abraza de nuevo y me dice:
— Ven, vamos con mi mamá.
Yo camino con ellas y éstas se pelean entre sí pues todas me quieren llevar abrazada. Ahora Mary se adelanta y le dice a su mamá:
—Mamá, ¿quién crees que vino?
—¿Quién vino m’hija?
En ese momento me acerco yo a la puerta; ella se para corriendo y me dice:
—¡Aurora, mi muchachita!
Me abraza y me pregunta:
—¿Cómo has estado m’hija?
Yo también la abrazo y luego le contesto:
—Bien señora, muchas gracias.
—M’hija, ya es muy tarde, ¿qué andas haciendo a estas horas en la calle?
—Mire señora Juanita, es que empecé a trabajar pero como no había lugar dónde dormir en la casa de la señora, me vine a dormir a la casa de Cruz. Pero, ya hace mucho rato que se salió a la calle y no ha regresado... Y yo vine a ver si les conseguía algo para que cenaran los niños.
— Ay m’hija... mira, Chonita la de enfrente vende cena pero, ya es muy noche.
Luego ordena a sus niñas:
—¡Fíjense a ver si todavía tiene algo que les venda!
Yo sintiéndome apenada le digo:
—Es que... la verdad es que, no traigo dinero. ¿Usted podría prestarme?
—Sí m’hija. ¿Cuánto necesitas?
—Si puede présteme diez pesos; si Dios me da licencia, el sábado se los regreso.
Ella mete la mano a la bolsa del delantal y me da diez pesos.
—Gracias señora Juanita; el sábado se los regreso.
Ahí viene Lupita corriendo; luego me dice:
—¡Aurora, sí hay taquitos todavía!
Yo me despido:
—Bueno señora, muchas gracias; ya me voy para alcanzar a llevarlos.
Ella me abraza y me dice:
—Sí m’hija, que te vaya bien.
Me da un beso en la frente... Yo me voy a casa de la señora que vive enfrente. Doña Chonita también me conoce pues ya me había visto que venía aquí con mi hermana Teresa. Le saludo diciéndole:
—Buenas noches señora.
Ella voltea, me ve, me reconoce y me dice:
—Ah, mi niña, ¿son para ti los tacos
—Sí señora.
—¿Cuántos vas a querer?
—Pues, deme diez pesos.
Se me queda viendo un poco extrañada y me pregunta:
—¿Todos te los vas a comer?
—No; por favor póngamelos en una bolsa, pues son para llevar.
—¡Ah bueno!
Los empieza a poner en la bolsa y luego me pregunta:
—¿Ahí les pongo el chile y la verdura?
—No, por favor póngamelos aparte
Ya están listos los taquitos... Ahora le pago y me despido:
—Gracias señora, que pase buenas noches.
—Ándale, de nada m’hijita.
Voy saliendo de la cenaduría cuando doña Chonita me llama de nuevo:
—Espera Aurora, ¿no me podrás venir a ayudar un ratito?
—Sí, pero, ¿cuándo quiere que venga?
—Pues si puedes, mañana mismo.
—Pero es que, mire, en la mañana yo estoy trabajando con una señora, así es que yo solamente puedo venir en la tarde.
—Esta bien mi niña; yo en realidad te necesito más bien por las tardes.
—Sí señora, está bien. Bueno, muchas gracias y hasta mañana si Dios quiere.
—Sí Aurora, mañana te espero.
Camino muy rápido por la calle de regreso a casa de mi hermana. Ahí viene un muchacho en una bicicleta... al cruzar junto a mí, se me queda viendo... se pasa un poquito y luego se da la vuelta; se me empareja y me pregunta:
—¿Te acompaño? ¿Dónde vives? ¿Cómo te llamas? ¿No te gustaría ser mi novia?
Yo camino con la cabeza agachada y lo más rápido que puedo. Llego a la puerta de la vecindad y él sigue insistiendo:
—¿Quieres que venga mañana a verte?
Yo no le hago caso y me meto casi corriendo a la vecindad...
Ya es muy tarde y Cruz no ha llegado...
Y ahora, ¿cómo le voy a hacer para darles de cenar a los niños? No sé por dónde meter los tacos que les compré.
Mi sobrinita Aurora que es la mayor de las niñas al verme me dice:
—Tía, tenemos mucha hambre y mucho frío y mi mamá todavía no viene.
—Mira m’hija —traté de tranquilizarla— , yo les traje unos taquitos pero no sé cómo dárselos, pues no hay ni un hueco por dónde meterles la bolsa.
Luego se me ocurre una buena idea y le digo:
—M’hija busca por ahí la escoba o el trapeador...
—¿Para qué la quiere, tía?
—Búscala y ahorita te digo qué vamos a hacer con ella.
La niña se aleja por un momento y cuando regresa me dice:
—Aquí está la escoba.
Por debajo de la puerta hay un pequeño hueco y le digo:
—Por este hoyito —le señalé— , dame el palo de la escoba.
Ella lo mete por allí. Yo logro sujetarlo. Ahora trato de hacer el hueco más grande... voy metiéndolo para tratar de abrir más la puerta. Ahora le digo a ella:
—M’hija levanta el palo hacia arriba todo lo que puedas.
Al ir levantando el palo, va quedando más grande el hueco de la puerta... La cadena se va aflojando; ahora apalanco la puerta para hacer más grande el hueco. El palo me sirve como palanca... Ahora ya cabe por ahí la bolsa de los tacos. Yo le hablo a mi sobrinita:
—Ten Aurora; ahí están esos tacos. Háblales a tus hermanitos y dales que coman... Mira m’hija, ya que cenen, si hay cobijas por ahí, tiendes algunas en el suelo y con las demás se cubren... Acomodas bien a tus hermanitos y se duermen.
Ella me pregunta:
—Tía, y tú, ¿dónde te vas a dormir?
—Yo no tengo sueño m’hija; aquí voy a esperar a tu mamá. Ahora ya cenen y se acuestan a dormir.
Yo voy y me siento sobre un lavadero. Hace mucho frío...
Ah, yo no sé dónde está Cruz que no llega. Yo me recuesto sobre el lavadero...
Ya casi está amaneciendo y ellos no llegan.
Yo tengo mucho frío y pienso: Ay Istig, si yo estuviera con mi mamá, por lo menos no tendría frío...
Estoy acostada boca arriba viendo el cielo... ¡De pronto veo algo!...

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