Capítulo XXVIII
Veremos
Quién Vence a Quién.
—No sé —respondió el niño— , ella siempre ha sido así.
—No te preocupes, te prometo que ustedes van a salir de esta casa y van a
ser muy felices; pero aguanta un poquito más... Ay m’hijito discúlpame pero la
señora puede buscarme; y si me encuentra aquí... para qué quieres. Mira, yo ya
me voy pero, si hay tiempo o en una oportunidad que tenga antes de que me vaya
voy a venir a verte.
—Oye Aurora... ¿Y qué vas a poder hacer tú por nosotros? Tú también estás muy
chiquita.
—Sí m’hijo.
—Aurora, ¿cuántos años tienes?
—Tengo doce años. Pero no te apures. Yo te voy a sacar de aquí a ti y a tus
hermanitas.
—Pero, ¿cómo?
—Por medio de tu papá. Por favor no le digas nada a nadie. Ya me voy; no
sea que me vea la señora o su hermana.
Yo me salgo y vuelvo a cerrar la puerta. Camino hacia el lavadero. Lleno un
bote de agua y comienzo a tirarla en el cemento y el pasto...
Ahora ahí viene la hermana de la señora y me dice:
—Aurora, ven por favor.
—Sí señorita, ya voy.
Yo camino hacia donde ella está.
—Sí señorita, dígame, ¿qué se le ofrece?
—Mira, quiero que le digas a mi cuñado que el niño no fue a la escuela.
Yo me siento muy mal. Yo no puedo decir eso. Ah, ojalá que el señor no me
pregunte. Luego ella me dice:
—Ven a comer.
Pero yo no quiero ver al señor. Estoy segura que van a aprovechar el
momento en que yo me siente a comer para usarme como un testigo en contra del
niño. Y contesto:
—¿Sabe señorita? Le agradezco mucho pero mejor me voy sin comer, pues está
un poco retirada la casa donde vive mi hermana. Así es que, mejor otro día las
acompaño.
—¡Espérate Aurora! Es que queríamos que le dijeras algunas cosas al señor.
—Discúlpeme señorita, si usted quiere, mañana aquí nos vemos.
Ella me ve con mucho coraje.
Yo voy y agarro mi bolsa de donde la tenía guardada. Estoy dispuesta a irme
pero ahora veo que la señora está junto a la señorita... Al verlas a las dos,
no sé por qué me dan ganas de reírme... es como un reto, y lo hago viendo a los
ojos tanto a la señora como a la señorita.
Aún me siento enojada; así es que me encamino muy resuelta al comedor...
cuando llego, le digo al señor:
—Señor, buenas tardes.
El señor es muy atento. Se ve que es muy buena persona. Pero, ¿cómo es
posible que no se dé cuenta que ha traído a su casa a un par de víboras?
Luego él me hace la invitación diciendo:
—¿Gustas sentarte a comer con nosotros?
Yo volteo a ver a las dos mujeres; siento que mis ojos las ven con mucho
desprecio. Ellas bajan la cabeza y yo contesto:
—Señor, le agradezco muchísimo pero casi siempre acostumbro comer sola.
—Bueno; ¿ni un vaso de agua tomas?
—Es usted muy amable señor; tal vez en otra ocasión lo acepte. Muchas
gracias y hasta mañana.
—¿Ya te vas?
—Sí señor.
—¿Traes la llave para que entres a la casa?
—No. Procuraré estar mañana aquí temprano.
—No, de ninguna manera... A ver, tú, Ofelia, dale una llave aquí a esta
niña. La señora voltea a ver al señor muy extrañada... En verdad está muy
sorprendida. No atina qué decir y le contesta:
—¿Estás loco? Esta niña no sabemos ni de dónde viene.
El señor ha visto el cambio que en ella se dio... ¡Esto es lo que yo
quería! Empezar a quitar esa venda de los ojos.
Yo haciéndome la graciosa, le digo:
—Ay señor, no sabe cuánto le agradezco su confianza y más cuando me está
dando la llave de su casa; le aseguro que nunca se va a arrepentir.
La señora aún se niega a darme la llave y le increpa:
—¿Tú crees que está bien que le des la llave a esta chiquilla?
Él ve el coraje que hay en su tierna amada y le pregunta:
—¿Qué pasa? ¿Sucede algo mi amor?
En ese momento interviene hábilmente la cuñada.
—Ay cuñadito, es que ella está muy nerviosa...
Voltea a ver a su hermana y le guiña un ojo de complicidad.
—Ay mi amor —parece que entiende el plan la señora y suaviza el tono de
voz— , es que en este momento no tengo aquí mis llaves; creo que las tengo en
mi recámara.
—No importa. El señor se para, extrae de la bolsa su llavero; de ahí saca
una llave y me la ofrece:
—Esta es la llave de la casa, Aurora... No vayas a dejar de venir. A la
hora que tú puedas llegar, pero no faltes.
—Muchas gracias señor —le dije— , hasta mañana, si Dios nos da licencia.
El seor se vuelve a sentar y sigue comiendo.
Empiezo a caminar y cuando paso junto a los dos lobos vestidos de ovejas,
les sonrío muy "amable" y les digo en voz baja:
—Ay señora y señorita, está emocionante el juego y ya veremos quién vence a
quién.
Ellas se sorprenden; voltean a verme y voltean a ver al señor también. El
señor no se da cuenta. Yo me retiro fingiendo mucha alegría... Así salgo hasta
la calle...
Empiezo a caminar... Está muy sola esta colonia...
Hay muchos camiones; pero si tomo uno de esos camiones, no sabría dónde
bajarme. Además, me siento mal. Es mucha tristeza la que siento.
Prefiero irme caminando. Así aprovecho para sacar de mi mente tanta
maldad...
Jamás pensé que viniera a enfrentarme a esto. Pero Dios e Istig me van a
ayudar a rescatar a esos pobres niñitos del infierno en el que están...
Ojalá y no los sigan maltratando, pues yo no soportaría mucho esto...