Capítulo XXVII
¡Mataron
al Niño a Golpes!
Timbran nuevamente a la puerta...
Las diablesas están felices. Ahora es la señora quien se para a abrir...
¡Ah, no cabe duda que éstas personas son verdaderamente diabólicas!
Al abrir la señora la puerta, aparecen dos niñas. Son muy lindas; son casi
de la misma edad; tienen el pelo muy cortito pero muy bonito. Son hermosas las
dos...
A la más chiquita le sucede lo mismo que al niño... La señora le jala de
los cabellos y le grita:
—¡Estás castigada, métete a tu cuarto y no vas a salir ni a saludar a tu
papá!
La niña trata de decir algo pero la señora la golpea en su carita. El pobre
angelito se inclina para tomar su mochila pero la señora se la arranca de las
manitas; le da un aventón y le grita ahora más fuerte:
—¡Vete a donde te dije!
La niña pasa muy cerquita de donde yo estoy; pero va agachada y llorando,
ni siquiera me ve... La niña más grande se queda viéndolas y pregunta:
—Y ahora, ¿yo qué voy a hacer?
La señora voltea a verla y le dice:
—¿Qué querías hacer escuincla?
La toma de los cabellos y la avienta sobre el mueble de la sala. Luego le
pega muy fuerte en la cara... La niña comienza a llorar pero la señora le grita
para que se calle y la manda también a encerrarse a su cuarto...
Ahora se ríen muy felices las dos harpías.
Ven la libreta rota del niño y la señora le pregunta a la señorita:—
¿Qué vamos a decir a mi esposo cuando llegue?
Enseguida prenden un cigarrillo... Se sirven yo no sé que sea... es algo
que está en una botella pero refresco no es... Tal vez están emborrachándose...
Cruzan la pierna y muy cínicamente la señorita toma la palabra:
—Vamos a planear lo que le vamos a decir... Mira, antes que todo, vamos a
tirar todos los libros por toda la casa...
Se para la señorita y empieza a sacar los libros de las mochilas...
Comienza a regarlos por toda la sala. Luego avienta dos libros cerca de la
puerta que da a la calle...
Se escucha como que se detiene un carro frente a la casa...
La señora es la que dice:
—¡Ya está aquí!
La señorita carga al bebé y la señora se dirige al baño. Saca al niño a
empujones y lo lleva a su cuarto; le exige que finja estar dormido y lo cubre
de pies a cabeza... ¡El niño ni siquiera ha comido nada, pero tiene que
obedecer! La criaturita está con los pies entumidos; sus rodillitas las tiene
muy amoratadas. Yo creo que si no lo hubiera quitado de su "castigo",
el pobre se hubiera desmayado. Él no puede estirar bien sus pies. Yo creo que
el niño está desmayado en su camita. Ella lo ve, le toma una mano y revisa su pulso,
luego le toca la frente y la cara, se ve muy asustada; voltea a todos lados y
rápido lo tapa con la sábana. Cierra la puerta y va con las niñas; abre y se
mete al cuarto...
Yo me acerco más. Si me ve aquí se va a enojar...
Pero tomo un trapo, lo humedezco un poco y camino rápido hacia la puerta de
la recámara de las niñas... Ahora finjo estar sacudiendo una planta que está
junto a la puerta. Las hojas son grandes, muy verdes y bonitas... Comienzo a
limpiar una a una...
Acto seguido, la señora se apresura a ir a recibir al señor, y en cuanto lo
ve, lo abraza y le dice:
—¡Hola mi amor! ¿Cómo estás?
Él la besa y le responde:
—Estoy muy bien mi vida. Bueno, y esto, ¿qué significa?
—Mi amor; yo no te quisiera dar ninguna pena... Te quiero tanto... Pero tú
sabes que los niños... Pobrecitos, son tan inocentes... Mira, yo estaba en la
recámara con mi hermana y no me di cuenta que estuvieron jugando y tiraron
todos los libros... No nada más aquí, sino en la sala también...
El señor se enoja y dice:
—Mira nada más... Tú, mi amor, que eres tan buena y tan dulce, tener que
pasar por estas penas aguantando a mis hijos... ¡Ah, mi amor, es que tú eres
una santa!
Ella lo abraza muy fuerte; se ríe y le dice:
—Mi amor, es que te quiero tanto, que basta que sean tus hijos para quererlos
como si fueran míos.
Él la besa mucho y le dice:
—Eres tan dulce y tan tierna... ¡No cabe duda que tengo lo mejor del mundo;
pues eres un Ángel!
Caminan los dos abrazados... ella lo conduce astutamente hacia la sala y le
dice:
—Ven mi amor; ven para acá.
Al tiempo que entran a la sala, la señora finge una sorpresa muy grande:
—¡Oh, mi amor, pero mira nada más qué desorden hicieron estas niñas!
Él se enoja mucho y grita:
—¡Pero cómo es posible! ¿Es que estos niños no tienen ninguna educación?
—No te preocupes —seguía actuando la señora— , ahorita me pongo a recoger
todo.
Como una verdadera santa, la señora se hinca en el suelo y hace como que
quiere recoger el tiradero... El señor se encoleriza y grita:
—¡Ahorita ellas mismas son las que van a recoger!
Ella se incorpora rápidamente, lo abraza y le dice:
—No mi amor, espera. Mira mi amorcito, es que yo les llevé de comer a sus
recámaras y estaban cansaditos y les pedí que se recostaran pues tú sabes que
se van muy temprano a la escuela...
Él trata de ir a las recámaras. Pero ahí viene la cuñada y le saluda:
—¡Hola, qué tal! ¿Cómo estás?
Lo abraza y le da un beso en la mejilla...
Yo estoy sorprendida... Jamás había visto unas personas así. Si no lo
estuviera viendo yo no lo creería... De pronto se me quedan viendo y dice la
señora:
—Oh, mira, esta niña me la acaban de traer ahorita para que me ayude a
hacer el quehacer; ¡Acaba de llegar!
La señora me grita:
—¡Oye, niña, ¿cómo me dijiste que te llamas?!
—Mi nombre es Aurora Molina.
—Oye niña, ¿qué estás haciendo ahí?
—Perdone señora, estoy sacudiendo las hojas de la planta.
—Ahorita sigues sacudiendo. Antes que todo, te vas a poner a recoger la
sala. Pones todos los libros en orden... ya ves que los niños los tiraron ahí
en el piso.
Yo siento que el estómago se me revuelve. Con cuánto gusto le diría al
señor todo lo que hacen, pero aún no es tiempo. No contesto nada y voy hacia la
sala...
Empiezo a separar todas las libretas y después los libros. Yo no sé cuáles
son de uno y de otro...
¡Ay pero esas Diablas hacen tanto daño a esos pobres niños!
Oh, aquí está la libreta que rompió la señorita... Yo la guardo debajo de
mi blusa... Al fin y al cabo ya no les va a servir...
Termino de recoger los libros. Ahora camino hacia donde tengo mi bolsa de
ropa. La agarro y me la llevo al lavadero. Ellos están comiendo... Ah, qué
ingratos, no se acuerdan de los niños.
Yo saco un vestido mío y ahí envuelvo la libreta.
Ahora me fijo que nadie me vea y muy despacio abro el cuarto del niño...
¡Qué raro, el niño está en la misma posición! ¡Ay Diosito, está muy frío!
¡Ah, Padre Todopoderoso, dale la salud a este niñito, está demasiado frío!
Me acuerdo de mi amigo y lo invoco: ¡Istig, ven a ayudarme, ven a ayudarme,
este niño te necesita! Cuando llegó de la escuela estaba muy chapeteado y ahora
está muy pálido... Ay Dios mío, y ahora ¿qué hago?
Inmediatamente escucho la voz de Istig en mi mente que me ordena: Soba todo
su cuerpo; muévelo y oprime su pecho tres veces, rápido y sin temor.
Yo empiezo a mover su mano izquierda, luego la derecha... Ahora la cabeza y
luego su pechito, pero el niño no reacciona.
¿Y si les dijera cómo está el niño? No; dirían que quién me dio permiso
para entrar.
Sigo moviendo todo su cuerpo. No, no reacciona...
Vuelvo a rogar: Oh, Istig, por favor ayúdame. Ay Diosito, ayúdame... Dios
mío, si tú devolviste la vida a Lázaro; tú también puedes devolverle la vida a
este niñito...
Mi desesperación es mucha... Oh, me siento tan impotente y pienso: Dios mío,
Padre eterno; óyeme y ayúdame, yo te ofrezco mis manos para que por medio de
ellas des la salud a este niño...
Oh, es algo muy bonito... Es como si dentro de mí naciera una fuerza muy
grande. ¡Ahora mi Padre está aquí! Yo tomo al niño por la cabeza... Oprimo sus
sienes y aprieto su pecho. En el nombre del Padre... y oprimo; en el nombre del
Hijo... y vuelvo a oprimir; y en el nombre del Espíritu Santo... y oprimo una
vez más...
Oh, ahora el niño empieza a quejarse muy débilmente. Ahora me agacho y
soplo muy fuerte en su boca. Ahora debe de entrar el aire a sus pulmones. Sigo
soplando por su boca... ¡Bendito sea Dios! Ahora el niño comienza a respirar.
Es muy fatigado su resuello. Mientras él empieza a reaccionar yo sobo muy
lentamente su pecho. Ahora tomo sus dos manos; fijo muy fuerte mi mirada en su
frente y pienso: ¡Despierta, te tienes que sentir bien... esta fuerza que te
estoy dando, va a penetrar por todo tu cuerpo; esta energía te hará
reaccionar!...
El niño empieza a moverse. Es como si sus ojos le pesaran mucho al
abrirlos... parpadea y cierra los ojos; vuelve a parpadear y los vuelve a
cerrar... Ahora los abre muy despacio... se me queda viendo y me pregunta:
—¿Quién eres tú?
Yo doy gracias al Padre y le pido perdón por el atrevimiento de haberle
ofrecido mis manos pues Él no necesita nada de nosotros. Y yo soy tan poca
cosa... tan insignificante. ¡Oh, Dios mío; siento como si te hubiera ofendido!
¡Padre, gracias por haber dado la salud a esta criatura!
Al niño nuevamente están saliéndole los colores en su cara. Con su mirada
insistía en la pregunta que me había hecho y yo le digo:
—Ay m’hijito, ¿tienes frío?
—Sí. ¿Quién eres? ¿Cómo te metiste?
—Mi nombre es Aurora Molina, m’hijo.
—¿Cómo entraste?, la puerta tiene llave.
—No me di cuenta que tenía llave la puerta; yo nada más le di vuelta y se
abrió. Dime, ¿cómo te sientes?
—Pues mira, me siento bien; pero estaba soñando.
—¿Qué soñabas m’hijito?
—Estaba soñando a mi mamá.
—¿A tu mamá? ¿Dónde está ella?
¿Qué no es la señora que vive en esta casa?
—No. Mi mamá hoy vino a verme... Íbamos por un camino muy grande... ella me
iba a tomar de las manos y no sé por qué me caí y ya no supe a qué hora se fue
mi mamá.
—Dime, ¿cómo era el camino que caminabas?
—Mira, era un camino muy bonito; pero haz de cuenta que la tierra tenía un
color como nubes; sí, era como las nubes... Todo alrededor había puras nubes;
pero, ¿sabes? Hay una cosa muy curiosa, entre más caminaba yo más para arriba,
crecía más y más. Crecía, me hacía yo muy grande... Pero de pronto me caí y
desperté aquí en mi cama. Yo iba muy a gusto... Oye Aurora, ¿tú tienes mamá?
Yo acaricio su cabecita y le respondo:
—Sí, m’hijo; yo aquí tengo a mi mamá.
—¿Y qué sientes tener a tu mamá?
—Mira m’hijo; nuestra mamá y nuestro papá son como si fueran lo más grande
y lo más bonito que hay en la Tierra y debemos de quererlos mucho y respetarlos
ya que nadie nos va a querer como nuestros padres. Mira m’hijito, tu mamá
seguramente está con Diosito y tú estás aquí en la Tierra con tu papá... Pero
si tú quieres que tu mamá sea muy feliz en el cielo, pórtate bien y guarda muy
bien su recuerdo, ya que ella no se va a olvidar de ti y siempre estará a tu
cuidado, de tus hermanitas y de tu papá... Dime, ¿de qué murió ella?
—Bueno, yo estaba muy chiquito pero me dicen... Bueno, mi papá me dice que
mi mamá murió de un ataque al corazón. Yo creo que si mi mamá viviera, sería
muy linda y muy buena conmigo y con mis hermanas.
—Sí m’hijo, claro; pero ella es muy buena... Ay m’hijo, si yo te pudiera
explicar, ¿sabes? Es que, ella es más buena allá donde está. Desde allá está
pidiendo por todos. Dime, ¿por qué es que esa señora los golpea tanto?...