Capítulo XXVI
Conozco
a Dos Diablesas.
Por fin escucho el canto de los gallos... Casi no pude dormir.
Ya se están levantando todos.
Ay Diosito, se van a ir para la cocina y me van a dejar sola en el cuarto.
Se van a llevar el aparato con el que nos alumbramos y... la oscuridad me da
miedo.
¡Ay Dios mío, si yo antes no tenía miedo!
Oh, me duelen mucho los pies; pero debo irme con ellos.
—¡Mamá — grité— , espérenme! Yo me voy con ustedes.
—No muchacha. ¿Qué vienes a hacer?
Pero no, yo no puedo quedarme aquí... Me paro; me duelen mucho mis pies; ya
me puedo parar; me voy caminando muy despacio para la cocina. Me siento un
poquito más adentro de la puerta. Mi mamá empieza a prender la lumbre. Se
siente muy calientito aquí adentro.
Vuelvo a suspirar profundamente y me pregunto a mí misma: ¿Qué fue lo que
en realidad vi? Ay, yo no sé, pero sentí mucho miedo... por nada del mundo
volvería a ir para allá.
Oh, se me olvidaba que hoy me voy a ir de aquí. Ah, me parece tan triste;
pero dice Istig que es mi primera misión; así es que, lo que yo sienta, creo
que no debo darle tanta importancia. Tengo que ir a enfrentar lo que se me va a
presentar...
Todavía es muy temprano. Mi mamá se empieza a vestir para salir... ahora
voltea y me dice:
—Aurora, ¿ya estás lista?
—Sí mamá — respondí— , cuando usted quiera, nos vamos.
—Por favor quiero que te portes bien — me dijo— . La señora con la que te
llevaré es muy joven y muy bonita; dice que nada más tiene un niño...
Luego me pongo a pensar: Ay Diosito, ¿qué voy a hacer yo ahí? Para mí es una
familia desconocida; siento temor a lo que voy a enfrentar pues no sé lo que va
a pasar pero, ¿acaso Istig no me lo había dicho? Debo tener confianza. Si Istig
me guía, todo estará bien. Ahora tomo mi bolsa de ropa y le digo a mi mamá:
—¡Pues vámonos!
—¡Va! ¿Y ahora tú... por qué llevas tanta prisa?
—Bueno, es que yo pensé que ya nos íbamos.
—Pues si quieres, camínale; yo ahorita te alcanzo.
—Sí, mamá.
Bolsa en mano, empiezo a caminar...
Voy bajando por donde está el guayabo. Me parece tan triste irme... Es como
si fuera un sueño... Por ningún motivo me gustaría salir de aquí.
En este lugar nada más platico con Istig y con los demás muy poco. Parece
imposible que con mi familia con la que he vivido siempre no tenga la libertad
de hablar... Si tuviera esa libertad y esa confianza, sería muy bonito. Yo les
hablaría todo acerca de Istig... Ellos verían la amistad que tengo con él,
pero, pues no es así. Ellos son muy distintos. O tal vez, la que sea distinta
soy yo. A mí no me gusta mucho hablar con ellos pues en lugar de esto me gusta
estar sola y alejada de todos. Me encanta ver el cielo y las figuras que las
nubes van formando. Me gusta mucho ver las estrellas, pues tienen la misma luz
que irradian Istig e Istog... Sus naves son una cosa maravillosa...
Oh, ahí viene mi mamá... Se me acerca muy disgustada y me pregunta:
—¿Y tú qué estás haciendo ahí paradota?
—¡Nada! — me asustó— la estaba esperando.
—Pues yo no sé qué me esperas. ¡Anda, camina rápido!
—Sí mamá.
Yo trato de caminar un poco más adelante que ella. A mi madre no le agrada
que le hablen mucho y yo siento como si me fuera despidiendo de todo eso que
hay aquí.
Ay Dios mío, ¿qué será de esa misión? Inconscientemente siento miedo.
Siento deseos de regresarme y no continuar el camino.
Afortunadamente escucho en ese momento la voz de mi ángel guardián que me
dice mentalmente: Tranquila pequeñita. No te va a suceder nada; recuerda que
siempre voy a estar cerca de ti. La luz divina te iluminará y todo lo
resolverás de una manera muy sencilla... Tu primer misión es muy importante.
Yo le contesto: Sí Istig, ojalá que me tiendas la mano cuando lo necesite.
Él se sonríe conmigo y me pregunta: ¿Estás dudando de mí? ¿Acaso alguna vez
te he abandonado?
Yo le contesto: No Istig...
En ese instante mi mamá me alcanza; me toma del brazo y me regaña:
—¡Te estoy hablando, ah, muchacha zonza, parece que vienes dormida... tengo
horas hablándote y tú... "perdida"!
—Ay mamá, es que no me di cuenta... ¿Qué me decía?
—¡Ya hasta se me olvidó! Ah, mira hija — parece que recordó— , espero que
te portes bien con esa señora.
—Sí, mamá. No se preocupe y que sea lo que Dios quiera.
Seguimos caminando y yo ya no siento ningún miedo... Lo que ahora siento en
mí es una seguridad muy grande.
Llegamos hasta donde tenemos que tomar el camión... Luego lo abordamos y al
subirnos... ¡Oh, increíble, ahí en el camión está Istig! Parece uno más de los
muchos pasajeros que venían utilizando ese servicio.
Él voltea y me ve, me saluda muy cortés inclinando ligeramente la cabeza;
esos ojos y su manera de mirar nunca los podré olvidar. Yo trato de acercarme a
él... Mi mamá no se da cuenta. Él viste de una manera muy bonita. Usa una gorra
muy parecida a la de los agentes de tránsito; pero viste de blanco y azul
marino.
Es muy curioso, pues nadie se fija en él. Su personalidad sobresale a la de
los demás... pero, es como si nada más yo lo viera...
Ahora mi mamá me jala y me dice:
—¡Hazte para acá hija!
Yo me asusto, pues iba bien distraída. Mi madre me sienta sobre sus
piernas.
Yo no dejo de estar mirando a mi amigo Istig. De pronto, ¡él se empieza a
transformar!...
La gente que viene en el camión no se entera de nada de eso que yo estoy
presenciando... Istig se empieza a mover... Se convierte en una esfera de
luz... Luego, él ya no está aquí... ¡desapareció!
Esto es una prueba de que él siempre va a estar conmigo. ¡Ah, qué contenta
estoy... pues vamos a ver cómo me va en ese lugar donde voy a estar!
El camión sigue su marcha y al poco tiempo hace una parada. Algunas
personas se levantan de sus asientos y caminan hacia la puerta de la bajada. Mi
mamá también se para y me dice:
—Vámonos hija; aquí es.
Empezamos a bajar del camión.
Yo pensaba que era más bonito aquí. Hay muchos árboles... Pensaba que iba a
estar más adentro de la ciudad. Por una parte me da mucho gusto, pues así haré
de cuenta que vivo allá donde está la casa de mi mamá...
Caminamos por toda una calle derecha. Hay muy pocas calles. Casi todas las
casas están solas; se ven bonitas las casas... De pronto, nos paramos en una
casita muy bonita; es color melón por fuera, las puertas son negras; estamos en
la colonia López Mateos... Hay un rosal con unas flores muy lindas; las flores
son blancas y cada una forma un ramito de tres flores; una es muy grande, la
otra es mediana y la otra es más chica, tal vez estas tres flores representan
al Padre la más grande, al Hijo la mediana y al Espíritu Santo la más pequeña.
O, a lo mejor es al revés... bueno, quién sabe... ¡Ay mamita! Ella ya está
tocando la puerta... Ay, yo me entretuve viendo las flores... Ahora me voy
corriendo a donde está mi mamá. Justo a tiempo llegué pues, ahora abre la
puerta una señora. Ella es muy joven y muy bonita; es una señora alta y
delgada; su piel es blanca y su pelo es negro. ¡Ah, qué lástima que siendo tan
bonita por fuera, sea tan fea por dentro! Ay, Istig, en esos ojos se ve la
maldad; y son muy bonitos. Bueno, que Dios me agarre confesada.
Ellas se saludan. La señora es muy altiva. Se me queda viendo y me
pregunta:
—¿Eres tú la niña que va a trabajar?
A mí de pronto se me quita todo aquel temor que sentía y le contesto:
—Sí señora; soy yo.
Ella se me queda viendo de arriba hasta abajo, y haciendo un ademán me
dice:
—Está bien, pásate para adentro.
¡Ay Diosito, la casa es muy bonita pero, aquí se siente mucha tristeza! Qué
raro, Istig dijo que había tres niños; dos niñas y un niño a los que había que
ayudar y yo nada más veo uno chiquito.
Yo camino por la casa; procuro no levantar mucho la cabeza. La señora
camina tras de mí; mi mamá viene más atrás. La señora me pregunta:
—¿Cómo te llamas?
—Aurora Molina.
—Bonito nombre. Deja ahí tu ropa y te pones a recoger la cocina — me
ordenó.
Yo dejo la ropa y camino hacia la cocina. Ahí hay muchos trastes sucios. La
cocina es muy bonita. Es una cocina integral. Ahora empiezo a separar los
vasos, los platos y todo lo demás... Comenzaré a lavar primero los platos...
Mientras yo estoy lavando los trastes, mi mamá está con la señora.
Estoy poniendo todo en orden, pero, escucho algo... es respecto a mí. Yo me
pongo a lavar la estufa pero estoy escuchando; la señora le pregunta a mi mamá
que dónde me voy a quedar pues ella nada más me necesita en el día... Mi mamá
no sabe qué hacer y le dice:
—Señora... entonces ¿me la llevo?
—No señora; me hace mucha falta.
Yo salgo hasta donde están ellas platicando e intervengo en la
conversación:
—Mamá, pensé que ya se había ido.
—No hija. Es que no sabemos dónde te vas a quedar a dormir. Hija, yo creo
que nos vamos a regresar...
Yo pienso: No, yo no me puedo ir de aquí... ¡Istig, ayúdame! Si es aquí
donde tengo que estar, dime dónde puedo yo dormir
Escucho fuerte y claro la voz de Istig me dice: ¿Acaso no tienes aquí cerca
una hermana? Por lo pronto estarás con ella, después irás a otro lado.
Mentalmente agradezco a mi amigo: Oh, sí, gracias Istig... Entonces me
dirijo a mi mamá:
—Mamá, pero esto no es un problema; si la señora necesita que yo le haga su
quehacer, yo me voy a dormir con Cruz.
—Sí hija, es verdad.
—¿Quién es Cruz? — Preguntó la señora bonita.
—Cruz es mi hermana; ella vive cerca de aquí, en la colonia Juárez.
—¿Sabes en qué calle vive?
—Sí señora.
—Qué bueno, porque la voy a anotar. Permíteme traer un lápiz y una libreta.
Ella se retira a traer la libreta. Mientras yo le digo a mi mamá:
—No se vaya con pendiente; yo voy a estar bien.
—M’hija —parecía preocupada— , pero queda retirada la colonia Juárez.
—No se preocupe mamá; está bien, así me distraigo en ir y venir.
—Bueno m’hija, está bien.
Ahí viene ya la señora... se acerca y me pregunta:
—Vamos a ver, ¿cómo me habías dicho que te llamas?
—Aurora Molina.
—Bueno... ahora dime, ¿cómo se llama la calle?
—La calle se llama Río Zula.
—¿En qué colonia es?
—Es en la colonia Juárez.
—¿Qué número tiene la casa?
—Mire señora, jamás me he fijado qué número tiene; además, no sé leer. Pero
si en algo le sirve, le voy a decir, ahí hay una vecindad... y es el lugar
donde vive mi hermana.
—Está bien Aurora.
La señora voltea a ver a mi mamá y dice:
—Bueno señora pues, Aurora se queda conmigo. Ella está muy chiquita pero...
pues ojalá sepa hacer el quehacer.
—Ella sabe lavar y planchar —mi mamá hablaba bien de mí— , para lo demás,
no creo que le sea difícil hacerlo.
La señora sonríe... es una sonrisa muy forzada y dice:
—Está bien señora; déjemela aquí.
—Sí señora.
Luego mi mamá se despide de mí:
—Hija, nos vemos después.
—Sí mamá. Que Dios la bendiga.
Mi mamá se va y la señora cierra la puerta. Su expresión cambia
completamente; sus ojos son demasiado duros... Oh, mira de una manera como si
quisiera destruir. ¡Diosito, ayúdame, qué mirada tan dura tiene esta señora!
De pronto escucho la voz de Istig que me dice: No te agaches y mira de
frente; tú estás por encima de ella. No dejes que te domine con esa mirada.
Yo volteo y me le quedo mirando a los ojos... Ella se me queda viendo
fijamente como ordenando: ¡Baja la vista!
Yo siento que mis ojos tienen una mirada muy fuerte, pero en ellos no hay
rencor; es como si por medio de mis ojos enviara una luz muy potente pero muy
dulce a la vez.
Ella al ver mis ojos, titubea... Voltea a ambos lados y agacha la vista...
Camina hasta la sala y sin voltearme a ver, me pregunta:
—¿Sabes cocinar?
—No señora. Pero dígame, ¿qué es lo que quería?
—¡Hazme unos huevos estrellados y me los traes a la sala!
—Sí señora. ¿Cuántos huevos le voy a hacer?
—Hazme dos... Y por favor, ¡los quiero bien hechos
—Sí señora.
Doy la vuelta y camino hacia la cocina. Tomo una cazuela y la pongo en la
estufa; enseguida empiezo a hacer los blanquillos... Ojalá y no se me
revienten, porque esa señora es capaz de aventármelos a la cara...\
Por buena suerte me salen bien. Ahora los pongo en un plato y camino con
ellos a la sala... Oh, se me olvidaba una cuchara... Tomo una cuchara y la
pongo a un lado de los huevos en el mismo plato...
Ahí está la señora. Yo me acerco a ella y le digo:
—Aquí está el plato señora.
—¡Vaya, por lo menos sabes hacer unos huevos! Mira, ve al cuarto del fondo
y pregunta si ya viene mi hermana a desayunar conmigo.
Yo doy la vuelta, camino... Toco a la puerta y una voz pregunta:
—¿Quién es?
—Perdone —respondí— , dice su hermana que si va a desayunar con ella.
—Entra y prende la luz — me dijo.
Yo entro, prendo la luz y la veo; es una señorita muy parecida a la señora;
es muy bonita pero tiene una mirada muy diabólica... Voltea y me ve con una
mirada despreciativa y me pregunta:
—¿Quién eres tú?
—Mi nombre es Aurora Molina.
—Bueno.
La señorita se sienta sobre la cama y me ordena:
—Pásame la bata.
La bata está sobre una silla; la tomo y se la doy... Ella es algo así como
muy cortante.
—Ya puedes salir —me ordenó.
Yo doy la vuelta y me voy hacia la cocina... Al pasar por la sala, veo que
está la señora dándole de comer al niño.
Cuando termino de recoger la cocina, me encamino hacia la sala y pregunto a
la señora:
—Señora, ¿qué voy a seguir haciendo?
Ella voltea, me ve y me dice:
—Lava la ropa que está en el cesto.
—¿En dónde está la ropa?
—Está en el rincón; al entrar, en la recámara de los niños.
Yo doy la vuelta y voy a buscar la ropa. Mientras camino, pienso: Qué raro,
Istig me dijo que aquí había tres niños a los que tenía que venir a cuidar o a
rescatar, pero yo nada más veo a este chiquito. ¿Estará Istig equivocado, o yo
me equivoqué de casa? Bueno pues, me espero... Ya encontré el cesto y lo llevo
cargando hasta el lavadero... Comienzo a sacar la ropa del cesto y a
separarla... Sí, voy a lavar primero la ropa blanca... Pero, aquí hay ropa de
niños... Hay un uniforme de niño... Debe tener más o menos cuatro ó cinco años;
a no ser que sea mayor, quién sabe. Sigo sacando la ropa; aquí hay un uniforme
de niña... Aquí hay otro... Han de estar muy seguiditos porque la ropa está del
mismo tamaño. Bueno, yo empiezo a lavar. No es mucha ropa...
Luego escucho que están tocando a la puerta. Yo no puedo ir a abrir porque
no me han dicho que abra... Siguen tocando y... Ahí va la señora. Se asoma por
la ventana; se ríe y se sienta nuevamente. Yo sigo lavando... Ahora va la
hermana y se reúnen las dos. Algo planean pero no alcanzo a oír... Debe ser
algo malo porque se ríen muy fuerte.
¡Ah, Dios mío! Haré algo muy triste en esta casa... Se siente mucha
tristeza en esta casa.
Yo ya estoy terminando de lavar y siguen tocando a la puerta. Las señoras
no se mueven de donde están. Yo me seco las manos... me dirijo a la sala, llego
hasta ellas y digo:
—Señora, llevan mucho tiempo tocando a la puerta, ¿quiere usted que abra?
Ella voltea y me ve; es como si con la pura mirada me quisiera callar. Me
dan ganas de echarme para atrás pero, algo más fuerte es como si me detuviera
la cabeza viendo de frente a aquella señora. Adivino que ella quisiera que yo
me agachara y me retirara de ahí; pero algo más fuerte que yo me obliga a
mirarla a los ojos... Ella se dirige a mí de la siguiente manera:
—No, no abras todavía; cuando yo te diga que abras, vas a abrir la puerta.
—Sí señora, está bien. Perdone, ya terminé de lavar. ¿Qué otra cosa quiere
que haga?
—Ve y tiende la cama de la recámara que queda al fondo. Primero barres,
limpias y después tiendes la cama... Igual limpias la recámara de los niños.
Ah, del lado derecho está el baño; también lo lavas y lo secas.
—Sí señora.
Me doy la vuelta y me voy.
Siguen timbrando a la puerta...
Ellas no se paran de donde están.
Yo estoy recogiendo la recámara...
Termino y me paso a la de los niños...
En este tiempo hace mucho frío. La cama de la señora, que acabo de tender,
tiene tres cobertores más la sábana y la colcha... y la camita de los niños
nada más tiene su sábana y su colcha... ¡Deben pasar mucho frío! Qué raro... Ya
habrá tiempo de ver todo esto.
Ya es muy tarde... Siguen timbrando la puerta.
Ahora ellas ven el reloj; se ríen y algo dicen... Se para la hermana de la
señora y se encamina hacia la puerta...
Abre... Es un niño muy bonito el que estaba tocando la puerta. Él trae
cargando su mochila. Está vestido con un pantalón azul marino, su camisa es
blanca y su saco es azul marino también... Pero, en cuanto él se para en la
puerta, la señorita lo toma del brazo y ¡lo avienta contra la pared! El niño se
golpea muy feo en la frente y cae al suelo... Ella lo patea; lo pellizca... El
niño va a llorar pero le cubre la boca... Oh, yo siento mucho coraje. Me dan
ganas de ir y quitárselo. Pero esto es sólo el principio y debo aguantar.
Luego le grita al niño:
—¡Enséñame tu tarea!
El niño empieza a sacar sus libros y luego una libreta y dice:
—Yo ya tengo mucho tocando la puerta, pero como no me abrían, me senté a
hacer mi tarea...
Le interrumpe la señorita, le da un manazo muy fuerte en su boquita y le
vuelve a gritar:
—¡Cállate!
El niño empieza a sangrar de su boca... La señorita toma la libreta del
niño, la rompe y le dice muy cínicamente:
—¿Sabes? ¡Estás castigado!
El niño agacha la cabeza... Él es muy pequeño todavía.
Acto seguido, la señorita lo lleva al cuarto del baño... Lo desnuda
completamente; le ordena que se hinque y en cada manita le pone un ladrillo...
¡Ah, Dios mío, cuánta maldad y cuánta saña! ¿Qué puede hacer esta
criaturita con esos demonios? ¡Ah, Dios mío! ¿Cuánto tiempo voy a aguantar
viendo todo esto?
La señorita sale del baño y deja ahí al niño hincado y cargando los
ladrillos...
¡Ay Diosito, ayúdame! ¡Ah, cómo me dan ganas de entrar y sacarlo! ¡Estoy
furiosa, no sé qué hacer! Dentro de mí escucho a Istig que me dice: Tranquila
pequeña; esto es apenas el principio...