Capítulo XXV
Istig me salva de otra paliza.
Ya amaneció...
Voy a darme prisa al quehacer para irme a bañar al río...
Ahora ya terminé... Es muy temprano; pero no, no voy a ir con mi mamá, desde
ahorita me voy a ir a meter al río...
Llego al río y veo el agua muy cristalina. Me voy a estar aquí parte del día
pues no sé hasta cuando vaya a volver...
Ahí me quedo recostada sobre el agua. Hay unas piedras altas a un lado que me
tapan; si mi mamá se asoma no me podrá ver...
En el río hay mucho tepetate; ahí no hay tierra suelta. El lugar donde ahora me
encuentro forma como una lanchita; ahí se junta el agua. El tepetate que hay
ahí es como si fuera cemento pues si barriera en esa parte, quedaría muy limpio
y sin lodo; hay ocasiones en que he lavado este lugar para tender la ropa para
que se seque y queda muy bonito...
Más debajo de donde ahora estoy, hay un sauce. En el charco hondo que está
junto al sauce hay peces, en ocasiones vamos y los sacamos pero casi no nos
dejan ir para allá. De aquí para allá está muy cerca. Le decimos el charco de
los caballos porque es profundo. Enfrente de aquí de donde estoy, a unos quizás
seis metros, hay un barranco que le decimos El Cortapico; a mí me gusta mucho.
Bueno, a mí me gusta todo el cerro...
Ahora me están hablando... ¡Ah, qué a gusto estaba yo aquí! Tengo que
salirme del agua para ir a ver qué quieren.
Ahí viene mi hermana Claudia; tengo que salirme del agua. Ah, qué pena. Si por
mí fuera, me quedaría aquí toda la vida. Ni modo... salgo del agua y empiezo a
vestirme. Claudia me grita:
— ¡Aurora, ven, te habla mi mamá!
— ¡Ya voooy...! — Le contesto.
Termino de cambiarme y camino deprisa. Las piedras están resbalosas y traigo
los pies mojados. La ropa interior y el fondo con el que me metí al agua los
traigo puestos. Si me la hubiera quitado... así me hubiera puesto el vestido
seco; pero no importa, ahorita llego a la casa y me cambio.
Quiero llegar rápido, así que me preparo para dar el salto de una a otra piedra
y ¡zas! que me golpeo... ¡Ahora sí!, mi mamá se va enojar más. ¡Ay, me dolió
mucho mi pie! Me voy a sentar un ratito para ver si se me quita este dolor.
Me dan ganas de llorar; me duele mucho. Ojalá se me pase el dolor... ¡Ahh, ahh!
Ahí viene Claudia otra vez; ahora me grita más fuerte:
— ¡Aurora, te habla mi mamá!
— ¡Aquí estoy, lo que pasa es que me resbalé!
Mi hermana le grita a mi mamá desde donde está parada:
— ¡Mamaaá, venga a ver a su hijita; le estoy hablando y de adrede se queda
sentada!
Ahora llega mi mamá; está enojada y me dice:
— ¡Vas a ver Aurorita, ahí estáte todavía!
Yo intento pararme pero me duele demasiado mi pie... ¡Ahh Diosito, tengo que
pararme de aquí! Comienzo a sobarme el pie... Creo que se me torció. Me duele
mucho pero tengo que ir hacia donde está mi mamá. Camino hacia donde ellas están...
Siento un dolor como si me jalaran desde arriba de la pierna, se me está
hinchando bastante... ¡Ay mamacita, ya estuvo de que ahora sí no me voy a
escapar!
Mi madre ya tiene un palo en la mano... Yo ya estoy llegando hasta donde ella
se encuentra. Se me acerca y me dice amenazante:
— ¡Rebofiada! ¿Hasta qué hora ibas a estar en el agua? ¿Quién te dio permiso de
que te fueras a meter tan temprano?
Levanta el palo y me pega fuerte. ¡Ay, Diosito! Con la ropa mojada siento que
me hubiera ardido hasta el hueso. Siento muchas ganas de llorar pero de pronto
siento como si un calorcito me invadiera. Al mismo tiempo escucho en mi cerebro
la voz de mi amigo que me dice: "No, no debes llorar, aguanta y
camina".
Yo pienso: ¡Pero mi pie me duele mucho!
La respuesta es la siguiente: "Ahora ya no te va a doler".
De pronto, el pie me truena; es como si me le hubieran dado una vueltecita muy
rápida; un jalón a los dos lados... pero nadie me tocó. Ya sé, Istig está aquí.
Mi mamá se enoja porque no lloro y me dice:
— ¡Ah mira, tienes mucho valor! ¿Verdad?
Y me vuelve a pegar; esta vez más fuerte. Pero a mí no me dolió nadita... Ahora
se enoja mucho más y vuelve a levantar el palo; va a pegarme con él, pero el
palo se parte muy cerca de la mano de ella... Mi mamá se espanta y me dice:
— ¡Ay indigna! ¿Por qué se me rompió este palo? ¡Claudia, ve a traerme otro
palo!
Yo me encuentro entumida; tiemblo toda de frío, pues estoy escurriendo de agua;
lo bueno es que mi pie ya no me duele. De pronto, es como si mi mamá se hubiera
dado cuenta y dice:
— ¡Lárgate y quítate esa ropa!
— Sí mamá — le contesté.
Ahora me voy muy despacio... Entro al cuarto y me pregunto, ¿qué me pongo? Casi
no tengo ropa... Sí, me voy a poner este vestido. Sí, este está bien... Ahora
me visto. Ahora sí ya tengo qué peinarme; el pelo me llega un poco más debajo
de los hombros... Es muy bonito y es muy abundante... Gracias Istig; gracias
por haberme dado este pelo que ya no tenía.
Ahora entra mi mamá y me regaña:
— ¿Todavía no te acabas de vestir? ¿Por qué te fuiste a meter tan temprano al
agua?
— Es que tenía ganas de estar en el río.
— ¡Pues para en la noche vas y te duermes en el río!
Yo me quedo callada... Ahora se me acerca más, me agarra de una oreja y me la
retuerce... Luego me avienta hacia la puerta y me dice:
— ¡A ver si ahora ya te vas a almorzar!
Yo agacho la cabeza y me dirijo hacia la cocina. Tengo mucho sentimiento. No
tengo ganas de desayunar... Pero ahí viene mi mamá y me pregunta:
— ¿Ya estás almorzando?
— Es que no tengo hambre.
— ¡Ah, mira qué niña tan berrinchuda!
Mi mamá tal vez piensa que yo estoy enojada; pero no, yo no estoy enojada.
Siento mucha tristeza. Ella se quita el zapato y me empieza a pegar... Luego da
la vuelta y se sale diciendo:
— Ultimadamente, ¡no comas!
Ella se va y yo me acerco a la puerta; me fijo que no haya nadie y salgo
corriendo... Me dirijo hacia La Pedrera... Quisiera llegar muy lejos...
Paso por ese lugar y sigo sin detenerme. Voy llegando a La Ceja de la
colmena... Ahora sí puedo llorar sin que nadie me vea. Llego y me siento en una
piedra... Pero, de pronto, oigo algo... es... es como si estuvieran
escarbando... Yo volteo para todos lados... No doy con el lugar exacto... No sé
por qué me empieza a dar miedo, pues estoy algo retirado de la casa.
A lo lejos veo unas chivas que están pastando; y pienso que tal vez quien está
cuidando de esos animalitos sea la persona que está escarbando...
Pero... si aquí casi nadie viene... De pronto me acuerdo que en esta cueva
dicen que se escondía mi abuelito. Él era cristero. Dicen que a todos los que
se levantaron en armas contra el gobierno, los federales les perseguían y los
mataban...
¡Ay Diosito! ¿Y si fuera un difunto el que está haciendo ese ruido?
Cuentan que mi abuelita venía hasta este lugar a traerle a mi abuelo y a los otros
alzados carrilleras y mucho parque... También dicen que se cargaba una canasta
con alimentos para darles de comer a las personas que se escondían y peleaban
contra el mal gobierno.
Yo tengo miedo pero voy a tratar de ver quién está escarbando...
Ahora estoy llegando a una cantera muy grande... Veo a un señor que está ahí.
Es... tal vez sea el que está cuidando las chivas... Me voy a esconder para ver
quién es... Él está muy desconfiado... Voltea a todos lados y... Oh, hay una
cosa, veo a su cabeza que voltea a todos lados pero, estoy muy cerca y sin
embargo no le puedo distinguir bien su cara... Me voy a quedar muy quietecita a
ver si logro verle la cara...
Oh, es como si él presintiera que aquí estoy o tal vez me vio... Oh, pero ahora
sale corriendo... No le puedo ver la cara, nada más la espalda. Sus pies, es
como si no pisaran el suelo; tampoco trae zapatos; usa pantalón blanco, es un
pantalón de manta y usa una camisa de manga larga blanca y de manta también;
sobre su hombro lleva un gabán; su sombrero es de ala grande y blanco... ¡Ay
Diosito, ya se me perdió! Pero no pudo ir a ningún lado, pues si yo lo estaba
viendo...
¡Ay nanita, ahora sí me dio rete harto miedo! Yo creo que Dios me castigó por
haberme venido sin permiso... ¡Ahora mismo me regreso!
Siento mucho miedo y estoy algo retirada de la casa. Tengo que echarme a
correr; me da miedo estar aquí... Y bajo corriendo...
¡Ay, ojalá que ya llegue... no vuelvo a venir aquí tan lejos!
Ya llegué a La Pedrera... ¡Ahh, que alivio, ya veo ahí la casa! Otra carrerita
y llegaré...
Sigo corriendo y llego hasta donde está el zapote... Ahora sí me puedo sentar
aquí en la sombra... ¡Ahh, que a gusto estoy aquí!
Ahora me quedo viendo a mis pies y... ¡Oh, los tengo llenos de espinas! ¡Ah
Diosito, qué susto me llevé! Luego me empiezan a doler mucho mis pies pues
tengo unas espinas bien clavadas...
Empiezo a quitármelas... ¡Ay, me duele mucho! Pero esto y más merezco por ser
tan desobediente... Me quito varias espinas, pero hay muchas que no las puedo
jalar con las uñas... debo ir a casa y buscar una aguja o un seguro para
quitármelas... Ay, no puedo pararme; me duelen mucho los pies. Pero tengo que
pararme. Tengo que llegar a la casa...
Me dirijo hacia ella; brinco el cercado y luego llego hasta la cocina. No hay nadie.
Ahora entro al cuarto... tomo una aguja y vuelvo a salir. Camino muy lentamente
a la sombra que da el capulín... Ah, me duelen mucho los pies; aquí me voy a
sentar y me voy a quitar todas las espinas.
Las tengo muy clavadas... ¡Oh, me duelen mucho! Algunas no podré quitarlas. Me
sangran los pies y las tengo muy enterradas... Mmhhh... Hasta tiemblo de
dolor... Me recuesto sobre una piedra... y me voy quedando dormida...
Ya es muy tarde cuando oigo voces... Me despierto; estoy en el mismo
lugar... Ahí vienen mis hermanos. Ya está oscureciendo; mis pies todavía me
duelen... Tengo que meterme a mi cuarto. Me paro muy lentamente... ¡Oh, me
duelen mucho mis pies! Pero tengo que meterme a la casa... Como pude llegué
hasta mi camita; luego me acuesto y me cobijo...
Ojalá me vuelva a dormir...
Mientras concilio el sueño, pienso: ¿Qué sería lo que en realidad miré? Porque
no pisaba el suelo... Ay Diosito, yo creo que sí era un muerto... No creo que
hubiera sido el diablo, pues no tenía uñas ni cola larga... ¡Ave María
Purísima! Sólo de pensarlo me da más miedo...
Ojalá que ya amanezca...
Hago un suspiro muy profundo...
¿Por qué no amanece? Me pregunto a mí misma.
Es como si la noche fuera eterna...