Capítulo XXIII

 

¿Es que Soy tan mala...?

 

 

   Seguimos corriendo... soy yo la que va adelante. Ya casi llegamos; me detengo y le digo a mi hermana:

   ¾Ve tú primero y me esperas en la piedra grande.

   Ella voltea y me pregunta:

   ¾¿Qué vas a hacer tú?

   ¾A ver qué... ándale ¾le indiqué para que siguiera.

   Ella se ríe y me dice:

   ¾¡Ya sé! Vas al baño...

   Yo guardo silencio y ella se va. Me siento a un lado del camino y pienso: Ahora voy a ver si es cierto lo que está pasando... Es como si me diera miedo llegar hasta ahí; pero tengo que llegar. Aquí sigo sentada... la verdad es que tengo miedo ir.

   Es que, si en verdad estoy mal de mi cabeza... ¡Oh, no, sería una desilusión muy grande!... De pronto, mi hermana me grita:

   ¾¡Aurora, mira, ven, córrele!

   Yo me paro, empiezo a correr... pero, antes de llegar me detengo nuevamente. Luego escucho la voz de Istig que me dice:

   ¾No debes de dudar; ya mucho te lo he repetido... Simón Pedro dudó y estuvo a punto de perderse en el mar. Tú no comprendes que para el Todopoderoso no hay imposibles. No tengas miedo y sigue adelante.

   ¾Sí Istig ¾le respondí.

   Ahora voy; dentro de mí siento mucha seguridad. Llego hasta donde está mi hermana y me dice:

   ¾¡Mira Aurora ¾está espantada¾, mira lo que pasó; quién sabe cuándo se volteó esta piedra al otro lado del camino!

   Yo no hablo; dentro de mí doy gracias a Dios porque ¡era Verdad! Ahora, ella me dice:

   ¾¡Te estoy hablando Aurora! Yo ayer pasé y no estaba así... estaba ahí ¾señaló¾, donde siempre ha estado; no se ve que se haya rodado pero sí se ve que quedó con la parte de abajo hacia arriba... Oye, ¿y por qué no siguió rodando hacia abajo del río?

   ¾Es que ahí nos la dejaron para que nos sentemos.

   ¾Pues ahora sí vamos a tener donde descansar cuando traigamos algo bien pesado.

   ¾Sí; pero ya vámonos.

   Nos vamos y mi hermana sigue dudando; voltea hacia atrás a ver la piedra y dice:

   ¾Fíjate que volteada quedó mucho mejor; pues por el otro lado estaba más mal.

   Yo no le contesto. Me quedo callada pues en realidad yo misma estoy sorprendida... Al mismo tiempo estoy contenta y doy gracias a Dios porque esta prueba haya sido muy positiva.

   Mi hermana insiste:

   ¾Oye, ¿cómo se rodaría esa piedra? Pues no ha llovido.

   ¾Será que no se rodó.

   ¾Ah, ¿no? ¿Entonces cómo se vino para acá?

   ¾Ay, mira, yo no sé... ¡Mira ¾le apunté con el dedo hacia el árbol¾, ahí está la cubeta!

   ¾¿Quién se la va a llevar primero ¾preguntó Claudia¾, tú o yo?

   ¾Mira, yo te voy a ayudar hasta el arroyo y de ahí te la llevas tú hasta el pedazo negro; luego yo me la llevo hasta la casa.

   ¾Mejor tú te la llevas más para allá.

   ¾Sí hombre; como sea, pero ya vámonos. ¿Quién sube al árbol, tú o yo?

   ¾Mejor tú súbete ¾dijo mi hermana¾, y yo la agarro.

   ¾Bueno.

   Comienzo a subir por el árbol; agarro la cubeta y me agacho todo lo que puedo para que Claudia alcance a recibirla. Ahora ya la tiene. Luego le pregunto:

   ¾¿Ya la agarraste bien?

   ¾¾respondió¾, ya bájate.

   Empezamos a caminar de regreso a la casa y Claudia se viene quejando todo el tiempo; camina muy despacio pues le duele mucho un pie... Yo tengo prisa por llegar pronto... Ella se queda atrás; y yo le hablo de la siguiente manera:

   ¾Claudia, córrele; si no te apuras, aquí te voy a dejar la cubeta.

   ¾Espérame... es que me duele mucho mi pie.

   Yo me siento debajo de un mezquite y le pregunto:

   ¾A ver, ¿dónde es donde te duele?

   ¾Aquí mira...

   Se levanta el vestido y veo que toda la pierna la tiene llena de bolitas por dentro... Yo me siento mal y le digo:

   ¾¿Quieres que te sobe la pierna?

   ¾No, porque me lastimas.

   ¾¿Por eso todo el tiempo te quedas dormida agarrándote tu pierna?

   ¾Sí.

   ¾Bueno, pues entonces vámonos.

   Yo camino pero ahora tengo que hacerlo más despacio. El sol cala mucho. Pobre de Claudia; camina muy despacio y viene muy triste... Voy a pedirle a Istig que la cure; pero yo creo que ahorita no vendría... Istig ven; lo llamo tres veces pero Istig no aparece... Ojalá que pronto él se comunique conmigo...

   ¾¡Claudia, procura caminar un poquito más rápido!

   ¾Sí Aurora.

   Empieza a caminar más rápido... pero, luego ya no puede caminar. Yo me pregunto, ¿y ahora, cómo le voy a hacer? Pues tendré que ir aventajando la leche y regresarme por Claudia. Ella está más delgada pero es más alta que yo. ¡Ay Diosito! Me la voy a tener que llevar cargada... Luego me dirijo a Claudia y le digo:

   ¾Claudia; aquí está muy solo... Voy a ir dejando la cubeta un poco más adelante y me voy a estar regresando por ti.

   ¾No; mejor aquí déjame y ve por mi mamá.

   ¾No, entiéndeme, yo no te puedo dejar aquí. Así es que sube a mi espalda y vámonos.

   ¾Pero, es que tú no tienes zapatos.

   ¾No importa, así nos vamos.

   ¾Entonces ponte los míos.

   ¾Bueno, préstamelos.

   Yo me pongo sus zapatos y empiezo a caminar; pero me quedan bastante grandes.

   ¾¿Sabes una cosa? Mejor me voy descalza.

   ¾No, póntelos. Te van a calar mucho las piedras.

   ¾No, así me voy sin zapatos; pues estoy segura de que si me los pongo me voy a caer y entonces sí vamos a estar igual. Así es que, ten tus zapatos y cárgate en mi espalda.

   Ella se queja al trepar en mi espalda.

   ¾No te apures ¾le digo¾, pronto te vas a aliviar.

   Ahora llego hasta donde había dejado la cubeta de leche.

   ¾Aquí me esperas; voy a dejar la leche más lejos y vuelvo por ti.

   Agarro la cubeta y empiezo a caminar. Mientras camino, pienso: ¿Por qué Istig no viene ahora? Bueno, es que luego yo me enojo con él... ¿Estará disgustado conmigo? No, ojalá que no. Sería lo último que me podría pasar... ¿Dónde estará Georgina? Yo siento que ella está sufriendo mucho; pero pronto me voy a ir y tal vez allá la encuentre.

   Me regreso por mi hermana y le digo:

   ¾Vamos; súbete otra vez a mi espalda.

   Y seguimos caminando; mejor dicho, sigo caminando. Ahora ya vamos cerca de la casa. Gracias a Dios ya estamos llegando. Mi mamá se asoma y me pregunta:

   ¾¿Qué pasó; qué tiene Claudia?

   ¾No sé mamá; empezó a quejarse que le dolía una pierna.

   ¾Sí hija, ella está mala de su pierna. Desde antes de que ustedes nacieran, yo ya estaba muy gorda y me aventó un buey desde arriba del patio hasta el guayabo. Yo caí sobre la piedra y cuando desperté, estaba tu abuelita poniéndome alcohol. Desde entonces yo sentía un dolor a este lado ¾me señaló el lado izquierdo¾, pero yo nunca sentí dolor del lado donde estabas tú... ojalá y que se le quiten esas bolas a esta muchacha.

   Yo estoy cansada. Pero, es más fuerte la tristeza que siento. ¿Por qué no vino Istig?

   ¾Mamá ¾le dije¾, ahora sí me voy a acostar un rato.

   ¾Sí hija, descansa.

   Yo me voy y me recuesto sobre la cama. Me siento muy triste.

   ¡Ahora sí, Georgina no está aquí; Claudia está enferma y mi amigo Istig creo que ya no me quiere!

 

   Me cubro de pies a cabeza y me pongo a llorar.

   Siento un dolor muy fuerte en el pecho; siento una desesperación terrible. Quisiera no existir... Sigo llorando. Me siento tan desamparada; tan sola... y exclamo:

   ¾¡Dios mío! ¿Por qué se han alejado de mí? ¡Diosito! ¿Es que soy tan mala? Castígame como Tú quieras pero no permitas que Istig se aleje de mí ni mis hermanas...

   A mí esto me da mucha tristeza...

   Luego me quedo profundamente dormida.

 

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