Capítulo XV

 

Las Tijeras Mágicas.

 

 

   Estando ya en la casa mi persona, todos nos retiramos a dormir, pues es tarde.

   Yo estoy muy contenta, no me da sueño pues estoy deseando que amanezca; tengo la ilusión de que mi hermana me corte el pelo...

   Con esos pensamientos, por fin, me quedo profundamente dormida.

   Llega el nuevo día...

   Todos empiezan a levantarse. Yo me paro, voy y le pregunto a mi mamá:

   —¿Va a ir con mi tía Cuca?

   —Sí, ayúdame a poner las guayabas que cortaron en una cubeta; escoge las mejores y me las vas poniendo allí.

   Yo corro; agarro la cubeta y empiezo a separar las guayabas. Cuando terminé de llenar la cubeta le pregunté a mi madre:

   —¿Quiere que le separe más guayabas?

   —No, ya con esas.

   Me paro y salgo de la casa; estoy deseando que ya se vaya. Ella se termina de peinar y comienza a vestirse. Le llama a Georgina mi hermana y le dice:

   —Georgina, ya me voy, quiero que vayan como a las tres de la tarde a encontrarme a Santa Bárbara.

   Georgina le interroga:

   —¿Y cómo voy a saber cuándo son las tres de la tarde si no tenemos en qué oír la hora?

   —Cuando esté bajando el sol —contesta mi mamá y apunta—, de ahí de La Ceja... cuando vaya a la mitad de La Ceja, entonces son las tres de la tarde.

   —¿Quién va a ir conmigo?

   —Te llevas a uno de los muchachos.

   —¿También a Aurora?

   —No, a Aurora aquí la dejas. Ella no se debe de cansar mucho. Ah, otra cosa, a ella no me la pongas a recoger leña.

   —¿Por qué no?

   —Porque ella no está bien; si se agita le haría mucho daño y no quiero que me la anden espantando o haciendo correr. Bueno, ya me voy porque se me hace tarde.

   —Sí —dice Georgina—, está bien.

   —Ya me voy, hija —voltea y me dice mi mamá.

   —Sí mamá —respondí—, que Dios la bendiga, la cuide y la socorra mucho.

   Ahora ya se fue mi mamá; espero que se retire más... Ahora va más lejos. Mi hermana está adentro de la cocina, yo entro corriendo y le digo:

   —¡Georgina, ya se fue mi mamá!; ¿ahora sí me cortas el pelo?

   Ella voltea y me dice:

   —No, porque no tenemos tijeras.

   —Mira —le dije—, si me lo cortas, yo voy a conseguir unas tijeras.

   —Ahorita no. ¿Qué no ves que tengo mucho quehacer?

   —Yo te ayudo y entre las dos terminamos más rápido.

   —¡Ya oíste lo que dijo mi mamá! Que no te pusiera a hacer nada.

   —Pero no le vamos a decir. Mira, tú lava los cántaros donde ponemos el agua y yo con una cubeta más chica acarreo el agua del pozo.

   —Me da miedo que te vayas a enfermar... Pero, tengo mucho quehacer. ¿Tú crees que no te enfermarías si me ayudas?

   —No, no me enfermo.

   —Entonces, mira: ayúdame a traer el agua mientras yo termino de moler el nixtamal, pero no te lleves la cubeta, llévate estos dos botecitos.

   Los tomo y le digo:

   —Ahorita vengo, mientras tú lavas los cántaros para poner el agua.

   —Sí, mientras yo los lavo.

   Bajo corriendo por el arroyo y llego donde está el pozo. Lleno los botecitos de agua y me voy para la casa; vacío el agua y me voy otra vez... Así doy varias vueltas hasta que los termino de llenar. Luego me le acerco a mi hermana que todavía no termina y le digo:

   —Georgina, ya terminé de acarrear el agua.

   —Terminaste muy pronto —lo dice asombrada.

   —¿A qué más te puedo ayudar?

   —Yo creo que mejor ya te sientas un rato.

   —No, es que quiero que terminemos pronto. Mira, todavía te vas a tardar un rato en moler el nixtamal, luego vas a hacer las tortillas... ¡Ya sé!, mientras, yo lavo los trates.

   —Está bien —acepta mi hermana—, pero no andes corriendo tanto.

   —No, me voy a ir más despacio.

   —Bueno.

   Yo empiezo a recoger los trastes y me voy al río. Va muy bonita la corriente. Pongo los trastes en el agua; el agua está muy fría; comienzo a lavar los trates.

   Es curioso, tengo tantos deseos de terminar pronto. Termino y camino para la casa. Llego y mi hermana está preparando todo para hacer las tortillas...

   —¿Tan pronto viniste?

   —Sí, ¿ya vas a tortear?

   —Sí, pásame de ahí la máquina por favor.

   Agarro la máquina y se la doy. Luego me siento junto a ella y le pregunto:

   —¿A qué te ayudo?

   —Ya m’hija; ya siéntate.

   Yo sé que el cuarto no está recogido. Me paro y le digo:

   —Ahorita vengo.

   —¿Adónde vas?

   —Voy allá afuera un ratito.

   Me salgo de la cocina y me voy al cuarto. Están las cobijas tiradas por todos lados, pues casi todos duermen en el suelo. Las recojo, las doblo y las pongo sobre la cama. Sigo recogiendo los costales que se tienden en el piso; enseguida recojo un petate que está tendido. Ahora nada más me falta por tender la cama. Comienzo a quitar las cobijas de la cama; sacudo todo y empiezo a tender. Ahora todo está bien pero... ¡de una vez voy a barrer!... así que tomo un bote que está en el patio y me voy hacia el río...

   Lleno de agua el bote y me regreso rápido; empiezo a regar el agua en el piso pues es pura tierra. Así va a oler muy bien y así ya no se levantará el polvo, pienso. Termino de barrer el cuarto y sigo con el patio. Aquí sí se levanta más tierra, está grande para regarlo todo.

   —¡Aurora —me llama mi hermana—, ven para acá! ¿Qué andas haciendo? ¡Mira nada más qué terrenal traes!

   —Es que estaba barriendo el patio.

   —¡Ya siéntate!, no quiero que te canses.

   Yo me siento cerca de ella y le pregunto:

   —¿Quieres que le atice al fuego?

   —Sí, por favor.

   —¿Te falta mucho para terminar?

   —No —y me indica—, ya nada más esta masa me falta.

   —¡Qué bueno que ya vas a terminar! —Me alegré.

   Siento aburrimiento e impaciencia al estar allí esperando... De repente, sin saber cómo pasó, se voltea un palo y me quema en la mano pues estaba cerca del fuego.

   —¿Te quemaste? —me preguntó Georgina un poco asustada.

   —Sí, pero fue poquito.

   —¿Te duele?

   —No, es una quemada muy chiquita.

   —Mira, retírate de ahí —me ordena—, pues ya terminé.

   —Sí, está bien.

   Ella se para y le pregunto:

   —¿Adónde vas?

   —Voy allá afuera.

   —No, espérate —le pedí.

   —¿Para qué? —preguntó un poco turbada.

   —Es que, estás sudando mucho. Tienes que esperarte a que te enfríes un poco.

   —Sí, sí, tienes razón —asintió con la cabeza.

   —Mira, mientras yo recojo aquí, tú te sientas un ratito para que se te enfríe un poco el cuerpo, pues si sales así te puedes enfermar.

   —Ándale pues.

   Ella se sienta y yo empiezo a recoger el metate, la máquina de hacer tortillas y retiro el comal de la lumbre.

   —Ahora sí —después de un breve descanso me dijo Georgina—, ahorita vengo.

   Ella sale de la cocina; yo me pongo a rociar el piso y continúo barriendo. La cocina es muy pequeña... Termino y ahora sí, ya está todo limpio.

   —¿Ya andas de vuelta con tu polvareda? —me increpó dulcemente Georgina.

   —Sí, pero ya acabé.

   —Ven —me invita—, vamos a sentarnos bajo la sombra del capulín.

   El árbol de capulín está enseguida del patio de la casa. Llegamos y ahí nos sentamos. Ella lo hace sobre una piedra y yo sobre otra pero más pequeña. Georgina me toma de la cabeza y me recuesta sobre sus piernas; me acaricia el pelo y me dice:

   —Ay m’hija, tienes tan poquito pelo que ya parece que estás muerta. A veces me das miedo cuando te veo dormida. Cuando no te das cuenta te estoy viendo y se me hace muy triste verte así.

   Yo le tomo de las manos y le pido:

   —Córtame el pelo.

   —Pero, ¿qué te corto?... Si ya casi no tienes nada.

   —Te digo una cosa —deseo compartirle mi secreto—, ¿y no se lo dices a nadie?

   —A ver, dime.

   —Mira, si tú me cortas este pelo, yo sé que me va a brotar un pelo muy bonito.

   —Ay m’hija, te encanta soñar.

   —Córtamelo —insistí.

   —Está bien, pero tú vas a conseguir las tijeras.

   Yo me voy corriendo y llego a casa de mi tía Tomasa; ella siempre me ha querido; le digo:

   —Tomasa, ¿tienes unas tijeras que me prestes por favor?

   —Sí, pásate. Ahorita te las doy.

   Mi tía se encamina a su cuarto y regresa con unas tijeras.

   —Ten —me las ofrece—, luego que termines me las traes.

   —Sí Tomasa. Gracias.

   Me regreso corriendo a la casa. Llego hasta donde está mi hermana; ella me pregunta:

   —¿Te las prestó?

   —Sí, mira, aquí las traigo.

   —A ver, siéntate pues... Nada más te voy a recortar un poco el pelo, ¿eh?

   —No —le ruego—, mejor córtamelo todo.

   —¡Ya te dije que nada más te lo voy a emparejar! —me dijo un poco molesta.

   Georgina corta una parte; ríe... se me queda viendo y dice:

   —¡Qué curioso!, lo corté mal. Pero, ¿por qué te lo corté así?, si tenía las puntas bien agarradas y te lo corté de un lado mucho y del otro lado poco. ¿No será que te moviste?

   —No, no me moví.

   —Bueno, pues estate bien quietecita. Ahora te lo voy a cortar del lado que me quedó más largo.

   Se da la vuelta por el otro lado. Con mucho cuidado mide el pelo para que me quede todo parejo; detiene muy bien las puntas pero, al momento que mete la tijera, es como si alguien la jalara más arriba y me deja demasiado corto por ese lado...

   —¿Otra vez te moviste? —Georgina no salía de su asombro.

   —No, yo no me he movido.

   Ella sabe muy bien que yo no me he movido.

   —¿Y ahora qué hago? Pues de este lado te dejé completamente chiquito el pelo. ¡Ya sé!, voy a tratar de emparejarlo.

   Mi hermana trata de hacerlo pero de ningún lado le queda bien. Siempre corta más y más; ahora, de la mitad de la cabeza tengo el pelo muy chiquito. Se me queda viendo y me dice:

   —Yo no quería cortarte el pelo así —trataba de justificarse—, pero, es como si me jalaran las tijeras.

   —No te apures —yo me sentía regocijada—, de una vez córtamelo todo.

   —No, nada más te lo voy a emparejar como este lado, así de chiquito. Pero te tengo que meter demasiado la tijera.

   Es como si en realidad no estuviera Georgina moviendo las tijeras. Se detiene y me dice:

   —Ahora sí te lo voy a tener que cortar todo.

   Me lo corta todo... Luego se me queda viendo y dice:

   —¡Qué fea te ves!, ahora que venga mi mamá se va a enojar.

   —No, no se va a enojar porque me voy a cubrir la cabeza y así no me verá.

   —Bueno; ya es muy tarde, vámonos porque tenemos que recoger el cuarto.

   —No, yo ya lo recogí —dije.

   —¿De veras? —incrédula me preguntó Georgina—. A ver, vamos a ver.

   Al llegar al cuarto, asombrada me dice:

   —¡Qué bonito se ve ya todo limpio!... Oye, ¿qué horas serán? Vamos a fijarnos a La Ceja para ver si ya llegó el sol a donde dijo mi mamá.

   Nos encaminamos las dos pero de pronto ella se detiene.

   —No, así no vayas; primero vamos a taparte la cabeza.

   Nos regresamos y me cubre la cabeza con un trapo.

   —Oye —me acordé—, ¿y las tijeras? Vamos a llevarlas de una vez, si no, ya no me las van a prestar.

   —Está bien, vamos a dejarlas.

   Nuevamente empezamos a caminar y de pronto me dice:

   No, tú no vayas, no ves que te van a ver este trapo en la cabeza y van a notar que yo te corté el pelo.

   —Aquí me quedo escondida —repuse—, ve tú y aquí te espero.

   —Bueno.

   Ella se va corriendo. Llega con mi tía Tomasa y le entrega las tijeras.

   Ahora ya viene de regreso; llega conmigo y me dice:

   —Ya es hora de ir por mi mamá.

   —¿No me vas a llevar contigo?

   —No; tú bien oíste que dijo mi mamá que no te llevara, además tienes que esconderte porque si te ve así como quedaste, nos va a pegar a las dos.

   —Pero si traigo la cabeza tapada.

   —No importa, mejor escóndete.

   —Bueno, está bien.

   Yo ahí me quedo parada viendo que va corriendo. Doy la vuelta y me regreso. Ahí están mis hermanos; no me acerco a jugar con ellos, mejor me meto a mi cuarto, veo todo alrededor, hay una alacena de dos tablas, no sé por qué aquí siempre me da miedo, mejor me salgo; camino y me siento bajo la sombra de un árbol. Allí me estoy, viendo hacia arriba de un cerro... Es como si la cruz que está allí no la hubiera visto antes. Hay muchas cosas que me llaman la atención, antes no era así...

   Pasa el tiempo... de pronto, oigo voces y volteo hacia el camino. Sí, ahí vienen mi mamá y mi hermana. Oh, recuerdo que no debe de verme; me paro y camino agachada hacia el interior del cuarto. Rápidamente destiendo las cobijas, me acuesto y me cubro con ellas...

   Luego entra mi mamá y pregunta:

   —¿Qué no hay nadie aquí adentro?

   Está todo a oscuras. Mi mamá se dirige a Georgina diciéndole:

   —Busca los cerillos y prende el aparato.

   —Sí mamá.

   Georgina sale hacia la cocina y yo percibo la presencia de mi mamá. Yo no quiero ni moverme. Mi hermana regresa y enciende la bombilla. Yo le pido a Dios que no me vaya a destapar mi mamá... Afortunadamente no lo hace.

   —¿Quién está ahí acostado? — le preguntó mi mamá a Georgina.

   —Yo creo que es Aurora.

   —¿Le diste de cenar?

   —No.

   —Entonces háblale para que se levante a cenar.

   Georgina empieza a moverme y a hablarme fuerte, pero luego se agacha y me susurra al oído:

   —No contestes, hazte que estás bien dormida... aunque te mueva mucho y te hable fuerte, tú sigue “dormida” —me ordenó.

   —Pero no estoy dormida —repliqué.

   —Tienes que hacer como si lo estuvieras.

   —Está bien. Oye pero, yo tengo hambre...

   —Así estate como si estuvieras dormida; ahorita que se descuide mi mamá yo te voy a traer algo para que comas.

   —Sí, pero no te tardes; no se te vaya a olvidar —le rogué.

   —No, ahorita vengo.

   Georgina se regresa a la cocina y se escucha que algo platican entre ellas. A los pocos minutos viene al cuarto y me trae algo de comer.

   —Ten —me ofrece un taco—, come.

   —Me voy a sentar —traté de incorporarme.

   —No —me detuvo—, puede venir alguno de los muchachos y te ven.

   —Y entonces, ¿cómo quieres que me lo coma?

   —Tápate con la cobija y ahí te lo comes acostada.

   —Sí ¿verdad?, yo aquí tapada y tú comiendo bien a gusto...

 

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