El Regalo
Prometido.
...¡Uf, uf, por fin llego a mi casa!...
Aún tengo miedo. Me da mucha tristeza que mi abuelito sea así... si yo nunca le he hecho nada.
Están Georgina y Claudia jugando con el resto de las niñas; me acerco hasta donde se encuentran y una de ellas me dice:
—¡Vente para que nos acompañes a jugar!
Mis amiguitas insisten en que juegue con ellas y yo les digo:
—Por favor... hoy no quiero jugar...
No quiero jugar porque siento deseos de estar sola; quiero estar sola para llorar mucho, pues mi pecho me duele bastante. Yo sé que así descansaría y ya no me dolería igual. Ellas no lo comprenden así, pues no saben por lo que acabo de pasar...
De pronto, Juanita, una de las niñas, se enoja y me avienta el muñeco que trae cargando y yo le pregunto:
—¿Por qué me lo tiras?
—¡Porque quiero! —Me gritó—, además, ¡no quiero que juegues con nosotras ya que estás muy fea!
Yo agacho la cabeza y le digo:
—Yo no tengo la culpa de ser así.
—¡Además no tienes pelo! —Juanita insistía—... ¡Todo se te está cayendo!
—Es verdad...
Acepté ante ella... Después opté mejor por retirarme. Me voy alejando poco a poco de ellas... camino hacia el arroyo. ¡Ya no quiero que me vean! Sigo caminando... llego hasta un lugar donde hay mucho tepetate y allí me siento; estoy sola y me siento muy triste. Luego pienso: “Dios mío, ¿por qué me tratan así? ¿Será que soy muy mala? pero yo no las ofendí...” Así permanezco durante mucho tiempo...
Empieza a caer la noche. Yo no tengo ganas de regresar a la casa porque me dolió mucho lo que me dijeron. Prefiero estar un poco más aquí, pero, escucho una voz que me dice: “Piensa, piensa en mí, tú no estarás sola, yo siempre estaré contigo...”
Yo pienso en Istig; sí, ahora veo... es... ¡lo que siempre he visto! ¡Es como una bola de luz! Ahora la luz es transparente... ¡Es como si tomara la forma de un hombre!... Se acerca, yo le veo y reparo en algo que no había tomado en cuenta pues, es como si no pisara... es como si fuera un muñeco. ¡Es la silueta de un hombre!...
—¿Quién eres?... ¡Pensé que eras Istig!
Él sonríe y me dice:
—¿Si no me ves en cuerpo, no crees en mí?
—¡Es que yo siempre te he visto con cuerpo!
—¡Está bien, pequeña!
Sin hacer un sólo movimiento, se transforma instantáneamente en una persona. Yo no podía salir de mi asombro y le pregunté:
—¿Cómo le hiciste?
Ahora sí puedo verle sus ojos y su cuerpo... Yo insisto:
—¿Cómo le haces para cambiar así?
—Aún no es tiempo de que lo sepas; ahora dime, ¿por qué sufres? ¿Acaso no te dije que hoy vendría a darte algo que te estaba haciendo falta para que no sufrieras humillaciones y malos ratos?
—Sí, ya recuerdo que me lo dijiste; ¿qué vas a hacer?
—Lo primero es decirte que lo físico no importa, lo mejor es lo que se lleva dentro. Cuando te dijeron fea, no supieron lo que decían; en el alma limpia de una criatura como tú, no existe nada feo, no le des importancia... ellas también son niñas. Mas sin embargo, te voy a ayudar. ¡Tendrás lo que ahora estás perdiendo!
—Está bien Istig. ¿Sabes?, a mí me dolió mucho... es más, me sigue doliendo mucho.
—Es parte de lo que tienes que estar pasando mientras estás aquí en la Tierra. Pero ya no estés triste, mira, de aquí a unos días tendrás todo el cabello que perdiste ¡y aún mejor!... en muy poco tiempo tendrás tu pelo más largo que ninguna.
A mí me da mucho gusto y le pregunto:
—¿De verdad Istig?
Él se sonríe y me contesta con una pregunta:
—¿Alguna vez he faltado a mis promesas?
—No Istig. ¡Gracias por todo!
—Regresa a casa —me dijo—; habrá otras ocasiones en las cuales me acompañarás a lugares muy hermosos. Pero sí te voy a decir: ¡No debes de sentirte triste! Y quiero que sepas que tu hermana Georgina muy pronto se va a alejar de aquí.
—¿Adónde va a ir?
—Se alejará de ustedes para tratar de ayudarlos.
—¿Tú crees que regrese pronto?
—No, no es alejamiento total. Ella estará viniendo seguido... Ahora es ella, después serás tú... Antes de que se vaya, pídele que te corte el pelo.
—No, porque se van a burlar más de mí.
—Ya no se reirán... Cubrirás tu cabeza durante ocho días; no te la vas a destapar. Ahora regresa, y no guardes rencores.
—Está bien Istig; ¡hasta pronto!
Una vez que mi amigo se ha ido, camino de regreso a casa... ya es muy noche. Georgina no está. Nadie se entera de mi llegada. Es como si ni me tomaran en cuenta... ¿Por qué nada más Istig y Georgina se preocupan por mí?...
Veo a mi madre, me acerco a ella y le pregunto:
—Mamá, ¿dónde está Georgina?
—La mandé a La Navidad para que fuera a ver a tu hermana Cruz.
—¿Va a venir hoy?
—Creo que sí...
—Ya me voy a acostar —le dije y ella no me contestó.
Me acuesto y pienso: “Ojalá que venga pronto, pues me tiene que cortar el pelo...”
Amanece... me despierto... me levanto y busco a mi hermana Georgina y no la encuentro... creo que no ha regresado. Luego voy con mi mamá y le digo:
—Mamá, ¿me puedes cortar el pelo?
—¡Muchacha visionuda! —Me gritó—. ¡De por sí que estás fea... Imagínate pelona!
Yo siento muy feo por lo que me dice; pero Istig me pidió que no hiciera caso de lo que me dijeran y hago lo posible por no hacer notar lo que siento por dentro.
Un rato después, veo a lo lejos que mi hermana Georgina viene hacia acá... ¡eso me alegra!
Mi mamá está tan enojada que al percatarse de la llegada de mi hermana, grita:
—¡Chano, tráeme un palo!
—¿Para qué lo quiere? —Pregunta mi hermano.
—¡Esta fregada Georginita se quedó allá... pero me las va a pagar!
Mi hermano va y trae el palo que le pidió mi mamá.
Yo corro a encontrar a Georgina; nos abrazamos... A espaldas mías siento que mi madre se acerca. A mí me avienta a un lado y a mi hermana la toma de una mano y le empieza a propinar una buena paliza al mismo tiempo que le pregunta a gritos:
—¿Por qué te quedaste allá?, ¡ahora que venga tu padre le voy a decir para que te dé otra friega!
Abrazo nuevamente a mi hermana. Mi madre se da la vuelta y a mí también me da unos golpes, empiezo a llorar y ella me dice:
—¡Cállate muchacha alcahueta!
Mi madre se va para la casa y nosotras nos quedamos allí solas...
—¿Por qué te quedaste? —Le pregunté.
—Porque Cruz me puso a lavar su ropa.
—¿Te dolieron mucho los palazos?
Ella voltea conmigo, sus ojos están llenos de lágrimas, me abraza y me dice:
—No.
Luego se suelta riendo y me pregunta:
—¿Y a ti te dolió?
—No.
La verdad es que sí nos dolió a las dos... pero mejor nos abrazamos... lloramos y terminamos riéndonos. Después nos controlamos y le digo:
—¡Vámonos a la casa!, si no, mi mamá nos va a volver a pegar.
Georgina se para rápido y me dice:
—¡Ay, no... mejor nos vamos!, al cabo mañana que se vaya nos salimos y hacemos un columpio y nos vamos a divertir mucho.
—Bueno.
Llegamos y nos metemos a la cocina. Georgina me dice:
—Será mejor que te vayas al cuarto, porque si mi mamá nos ve a las dos juntas, se va a enojar mucho y nos puede castigar.
En ese preciso momento, mi madre entra... Georgina toma una olla, me la ofrece y me dice:
—Ten el agua que me estabas pidiendo.
Yo comprendo que lo hace para disimular que no estábamos juntas. Tomo el recipiente y empiezo a beber de él. Cuando termino de tomar el agua, dejo la olla sobre la mesa, salgo de la casa y voy y me siento frente a la puerta.
Mi madre ya está un poco más tranquila. Se dirige a mi hermana y le dice:
—Como eres muy buena para desobedecerme... ahora te va a tocar hacer todo el quehacer a ti sola. Nadie te va a ayudar a hacerlo.
—Sí mamá —contestó Georgina.
Mi hermana empieza a recoger los trastes sucios; los pone en los botes y se dirige hacia el río a lavarlos. Yo estoy esperando la oportunidad para ir a ayudarle.
Mi mamá sale al patio... allí se sienta; en el delantal tiene unas mazorcas; se pone a desgranarlas y le va echando el maíz a las gallinas.
Absorta en lo que está haciendo, no se percata que me escapo por el lado del arroyo; ahora no me ve y bajo corriendo. Llego hasta donde está Georgina. Me le acerco y le pregunto:
—¿Ya mero terminas?
Ella voltea, me ve y me contesta:
—No, todavía no; ¿qué estás haciendo aquí? ¿Te mandó mi mamá?
—No, me escapé para ayudarte.
—¡Ay, no! ¡Si te descubre aquí conmigo, nos va a pegar a las dos!
—No. Ella no va venir ahorita. Hay que darnos prisa para terminar pronto.
Nos ponemos las dos rápidamente a lavar los trastes. Terminamos y yo le digo:
—Georgina, mañana cuando se vaya mi mamá, ¿me cortas el pelo?
Ella se asombra y me responde:
—¡Ay, no, si mi mamá se da cuenta, es capaz de ahorcarnos!
—¡Córtamelo! —Le insisto.
—Mañana veremos...
Yo me ofrezco a ayudarle a cargar un bote de trastes para llevarlos a la casa; pero ella me dice:
—No porque mi mamá nos puede sorprender.
—Por lo menos un tramo —le dije—... mira, te voy a encaminar y luego me voy al guayabo a recoger las guayabas caídas.
—Bueno, está bien.
Caminamos juntas y al momento de separarnos le digo:
—Aquí te dejo, yo me voy por este otro lado.
—Bueno, ahí nos vemos en la casa.
Yo me voy y ella camina hacia la casa con sus dos botes. Llego hasta donde están el limón y el guayabo. Me pongo a recoger las guayabas que se encuentran en el suelo; luego recojo los limones; hago una pilita con ellos y voy a la casa por un bote. Allí encuentro a mi hermana y a mi mamá. Mi mamá me pregunta:
—Oye, ¿qué no fuiste a recoger las guayabas y los limones?
—Sí —le contesté—, pero es que se me olvidó llevarme algo para traerlos.
—¡Pues yo no sé en qué andas pensando! —Me gritó.
—Ya los tengo recogidos, sólo iré a traerlos.
—¡Ve rápido y no te tardes!
—No; ahorita vengo.
Tomo el bote y me alejo corriendo. Empiezo a colocar dentro del bote todo lo que recogí. Lo cargo y camino hacia la casa. Cuando llego, le pido a mi mamá que me ayude a bajar el bote; ella así lo hace y me dice:
—Ahora vayan y corten las guayabas y los limones que ya estén buenos.
—¿Vamos las dos? —Le pregunto.
—¡Ah cómo les encanta andar juntas! ¡Váyanse ya!
Nosotras nos alejamos corriendo...
Llegamos y empezamos a subir al árbol.
—El árbol tiene muchas guayabas maduras —comenta Georgina—. ¿A cuál rama te subes tú?
—A la que me dejes.
—Mira, a mí me da mucho miedo subirme a esta rama porque es muy alta y tiene algunas partes delgadas.
—Entonces déjamela a mí —le dije—; yo me subo.
—Pero ve con cuidado.
—No tengas miedo, no pasará nada.
Empiezo a trepar por la rama y voy cortando las guayabas que encuentro buenas; ya estoy muy alto; a mí no me da miedo; hay unas ramas muy delgaditas y yo me subo a una de ellas. Estoy con las dos manos agarrada y sosteniéndome de una un poco más gruesa y pienso: “Oh Dios, creo que estoy muy mal aquí...” De pronto la rama se truena... quedo colgando hacia abajo y me es difícil incorporarme; mis manos son muy débiles y me estoy agotando muy pronto...
Mi hermana se da cuenta de lo que está pasando y me grita espantada:
—¡Aurora te vas a caer... te estás cayendo!
—¡No te asustes, lo que pasa es que estoy jugando!
—¡Ya súbete bien a la rama! —Grita—, ¡si te caes de ahí, te matas!
Yo sé que eso puede suceder, pero no le digo nada. Tengo mucho miedo caer de aquí pero no puedo hacer nada por evitarlo. Ya mis manos no soportan más mi peso; estoy a punto de caer, pero sucede algo... Es como si dentro de mí se hubiera metido... No puedo describirlo... Es como una luz muy fuerte. ¡Ahora ya no tengo miedo! Ahora mis manos pueden fácilmente con mi cuerpo y me acomodo en la rama...
Mi hermana que estaba llorando y viendo muy espantada, me dice:
—¿Para qué andas jugando así? ¡Ya bájate y vámonos!
—Sí, ya voy...
Yo misma me sorprendo de la fuerza que tengo; es como... como si no fuera yo. Ahora el árbol no me parece tan alto.
Bajo de ahí. Estoy confundida. Pero yo sé quién me dio esa fuerza... En mi interior escucho una voz que me dice: “Pequeña, ¿nunca se te va a quitar lo traviesa?
Ahora sí ya sé de quién se trata. ¡Es Istig!; y le pregunto:
—¿Por qué ahora yo no te veo?
Es como si sonriera y me dijera:
—¿Necesito representar un cuerpo para que creas en mí?
—No, ya te conozco... ¿Eres acaso un Dios?
—¡Cómo crees! —Me responde sonriendo—. Dios es algo... Alguien muy grande y poderoso; Dios no tiene comparación. Al igual que tú amas a Dios, yo y mis hermanos también amamos a Cristo, pues Él es dueño y hacedor de todo el universo.
—Entonces, ¿tú qué eres?
—Simplemente uno más de los que adoramos a Cristo.
—¿Tú eres poderoso?
—Te repito que el único poderoso es Jesús. Por favor, ya no me hagas preguntas.
—¿Por qué?
—Eres muy niña y no comprenderías muchas cosas; pero sí te voy a decir algo: a tu edad, ninguna niña podría cumplir con la misión... Es decir, tu primer misión.
—¿Qué es eso?
—Es algo a lo que tú viniste a la Tierra. A los once años tu misión será ayudar a tres criaturas.
—Pero, ¿a cuáles?
—Aún no los conoces. Serán dos niñas y un niño que son injustamente castigados.
—¿Será pronto?
—Poco tiempo te falta para que comiences. Por ahora es todo lo que te puedo decir.
—¿Ya te vas?
—Sí —contesta Istig.
Ahora siento como si alguien se retirara de mí...
Mi hermana no está conmigo.
Veo que se acerca muy deprisa y acompañada de mi mamá.
—Muchacha, ¿qué te pasó? —Pregunta mi madre.
—No sé —le respondo.
—Es que, bajó del árbol y ya no habló —terció Georgina—; se quedó allí parada, pero no hablaba. Yo la movía para que nos fuéramos, pero ella no reaccionó.
—¿Qué era lo que sentías? —Cuestionó mi mamá.
—Nada —fue mi respuesta—, no sentía nada.
—Vámonos pues para la casa.
Yo camino adelante y me dirijo a mi madre:
—Mamá, ¿va a ir mañana a Torreón?
—Sí —respondió—, me voy a ir temprano.
—¿Me va a llevar?
Ella se me queda viendo y me responde:
—No, hija, no creo que aguantes hasta allá.
Yo no contesto nada pero me da mucho gusto, pues ahora sí podré hacer lo que Istig me dijo...
Llegamos a la casa. Allí están Claudia y todas las niñas jugando.
—¿Quieres jugar? —Me invitan.
Yo no tengo ganas y respondo:
—Yo creo que mejor otro día las acompaño.
Lourdes, una de las niñas me insiste de la siguiente manera:
—¿No vas a jugar con nosotras?
—No, Lourdes, mejor otro día.
Ella se molesta e incita a las demás:
—¡Miren qué horrible está! ¿Verdad que está muy fea?
Todas se ríen y contestan:
—¡Sííí!
Con sarcasmo y burlas me gritan:
—¡Vete porque estás muy fea!
Yo me voy; camino muy despacio y llego hasta un lugar donde no me puedan ver. Delante de ellas no agaché la cabeza ni las volteé a ver pues no quería que me vieran llorar... Ahora ya no me ven y empiezo a correr. Corro muy desesperada. Quisiera llegar al fin del mundo, a ver si allí no hay gente que lastime tanto... Pero no... no llego muy lejos; llego hasta donde estuvo la otra vez Istig. Y ahí lloro; lloro mucho...
Ahora es como si hubiera descansado bastante...
Ya se hizo de noche... Estoy recostada boca arriba. Empiezo a observar la luna. ¡Qué hermosa es!, veo las estrellas... ¡Qué lindas cosas hay! La noche está muy tranquila...
Aquí no se escucha ningún ruido de la gente. Me vendré aquí todos los días... Aquí me siento muy a gusto...
Luego camino de regreso a casa...