¡Salven a mi
Abuelita!
...río... pero estoy indecisa. Es como si quisiera ir y al mismo tiempo no quisiera ir.
Pero hay algo dentro de mí que me dice que vaya. Sí, sí voy a ir.
Resuelta por fin, me paro y camino hacia fuera. Cuando llego a la puerta, veo a mi abuelita que está barriendo el patio de su casa, que es vecina a la nuestra. Yo me voy por otro lado para que no me vea y bajo al río...
Llego al río... Hay un árbol muy bonito y se me antoja para subirme. Sí, sí me voy a subir... Ahora me acerco al árbol y empiezo a trepar por su tronco; llego hasta donde están dos ramas. Está difícil para subir pues es muy resbaloso. Si me resbalo, caería hasta abajo, debo tener cuidado. No, ya no voy a subir más... aquí me voy a quedar.
Veo hacia todos lados, todo se ve solo; duro un ratito ahí y enseguida veo a mi abuelita que viene hacia el río y trae cargando una tina con trastes sucios.
Si me ve aquí, me va a regañar. Por eso no dejo que me vea... Ella llega al río, baja la tina que iba cargando, se agacha y empieza a sacar los trastes de ahí; los pone en el agua pero... ¡Algo le pasa! ¡Es como si ya no se pudiera enderezar!... ¡Se va a caer!...
El río lleva bastante agua, si se cae ahí, seguro se ahoga... ¡Yo debo bajar! ¡No sé cómo subí hasta aquí! Está muy difícil para bajar... Volteo hacia todos lados, busco algo para apoyarme y bajar pero no hay nada. Si me bajara por aquí caería hasta abajo pues este árbol está muy a la orilla del barranco. ¡No sé por qué se me ocurrió subirme aquí!... ¡Oh, pero mi abuelita cae... cae al agua y yo no puedo bajar!...
¡Oh, sí!, ¡Istig, Istig me ayudará! —Ruego por que se presente mi amigo— ¡Istig ven, te necesito ven rápido, por favor!...
Espero unos momentos...
Mi abuelita empieza a ser jalada por la corriente del agua y se está alejando...
Yo pido con más fuerza: ¡Istig, ven! ¡Al fin, ahí viene! ¡Es... en lo que él siempre viene!, ¡brilla mucho con el sol! y cae, cae hacia abajo... es como...
—¿Qué es Istig? —Le pregunté.
—Ahorita te digo lo que es... ¡Por ahora voy a sacar a tu abuelita del agua!
—Pero —intrigada pregunto—, ¿dónde estará?, yo no la veo.
—¡Espera, enseguida regreso!
Istig desaparece; tampoco a él lo veo...
Instantes después, escucho la voz de mi amigo y voy corriendo para donde me llama... Sí, ahí está. Ahí tiene a mi abuelita; llego hasta ellos a la carrera...
—¡Istig! —Pregunto jadeante—, ¿cómo está mi abuelita?
—¡Está bien!
—Entonces, ¿por qué está dormida?
—Así va a permanecer por unos momentos.
—¡Por favor, despiértala ya!
—Espérate pequeña, aún no.
Haciendo caso omiso a lo que me decía Istig, yo me acerco a mi abuelita y le empiezo a mover la cara...
—¡Oh!... Hay...
Hay algo en su cuello; es como una herida; volteo a ver a Istig y le pregunto:
—¿Se le clavó un palo a mi abuelita?
—No; esta herida no es de hoy.
—Pero si hoy la arrastró el agua.
—Sí, pero esta herida tiene muchos años.
—Entonces, ¿por qué está fresca?
—Así ha estado durante mucho tiempo.
—¿Por eso trae siempre su cuello tapado?
—Sí —Responde Istig.
—Y, ¿tú no la puedes curar?
—¡Por supuesto que sí!
—Entonces, ¡por favor cúrala!... ¿A qué hora va a despertar?
—Ahora mismo... No le digas a nadie que aquí estuve.
—Es que, ¿ya te vas? Tú me dijiste que la ibas a despertar.
—Mira pequeña, le curaré esta herida y al mismo tiempo reaccionará; por eso te digo que no le comentes nada de mí.
—Está bien, Istig.
Él mueve sus manos y de ellas brota una luz muy fuerte; enseguida voltea y me dice:
—¡Hasta luego pequeña!
Ahora ya no está él aquí y mi abuelita está despertando... Yo le tomo de la cara y le pregunto:
—Abuelita, ¿cómo se siente?
—Ay... Ay —se queja—... ¿qué me pasó? No me acuerdo de nada hijita, es que, es que me mareé...
En ese momento como que recuerda y reacciona muy excitada:
—¡Oye hija, yo me caí al agua!...
—Sí, abuelita.
—¿Quién me sacó?, ¿quién fue hija? ¡Tú no pudiste haberlo hecho!...
—No, abuelita... No fui yo.
—¿Quién fue entonces?
—Fue...
Yo quisiera decirle toda la verdad pero Istig me encargó que no lo dijera.
—¿Quién es ese señor hija? —Me volvió a insistir.
—Ese señor bajó de arriba...
—¿Sería del pueblito de Los Mazos?
—No, abuelita... Él viene de máaas arriba...
—¡Qué raro hija! ¿Será de El Cimarrón? —Mencionó otro pueblo.
Yo sólo sé que ya no debo hablar más; así que, invito a mi abuelita a incorporarse.
—Venga abuelita, párese.
Ella se sienta, pero... se asusta al ver que no lleva consigo el reboso alrededor de su cuello; es que ella siempre tiene su cuello tapado con un trapo; es una franela blanca y encima se echa su reboso.
—¡Hija!...
Se lleva las manos al cuello y muy asustada me pregunta:
—¿Qué me pasó?
—¿Por qué abuelita?
—Es que mira hija... acércate más, ¿ves aquí en mi cuello?
—Sí abuelita, ¿por qué, qué tiene?
—Mira hija, te voy a decir... Pero antes de todo... dime cómo era ese señor.
Pero yo no debo referirle nada y le digo:
—¡Ay abuelita!, con el susto que usted me dio, yo no me fijé en el señor... con decirle que ni las gracias le di.
—Ay hija, yo creo... yo creo que fue Dios en figura de hombre.
—¿Por qué abuelita?
—Te voy a platicar a ti hijita, pero no quiero que se lo digas a nadie.
—¿Qué es abuelita?
—Mira —comenzó a contarme—, cuando yo estaba recién casada, con una astilla me pique aquí en el cuello...
—¿De adrede abuelita, usted se quería morir?
—No, hija —me abraza y me dice—, lo que pasa es que estaba quebrando un palo y no podía. Puse el palo, una parte quedaba en el suelo y la otra arriba de la piedra; entonces yo agarré una piedra algo grande y la tiré al palo para quebrarlo... pero el palo brincó hacia mí por el lado donde ya estaba astillado... y una astilla se me metió en el cuello. Desde entonces, todo el tiempo procuro traer el cuello tapado pues esa herida nunca me ha sanado.
—¿Por qué abuelita?
—Pues quién sabe hija, el doctor dijo que se me había hecho una “fístula”.
—¿Qué es eso abuelita?
—Sabe hija, lo curioso es que todos estos años me estuvo sangrando.
—¿Por eso se tapaba?
—Sí hijita; pero mira hija: ¡sí vino Dios a nosotros!...
—¿Por qué lo dice abuelita?
—¡Porque mi herida ya sanó, todavía antes de que me cayera al agua mi herida aún estaba fresca!
Se llevó las manos al cuello, se tocó y dijo:
—¡Es como si no pudiera creerlo!
—Ay abuelita, pues gracias a... pues... quiero decir... a Dios, ya está bien.
—Oye hijita, ¿y mis trastes?
—Ay abuelita, yo ya no me fijé en sus trastes... usted los estaba poniendo en el agua.
—Ay hija... a lo mejor también se los llevó la corriente.
—Yo creo que no, abuelita; porque usted los estaba poniendo en la orilla del agua, o sea, donde estaba más bajito... pero, véngase, vamos a ver.
Tomando de la mano a mi abuelita regresamos al lugar donde había dejado los trastes...
—Mire abuelita, ahí están sus trastes.
—Ay hija, ¡qué bueno!... ¡Qué pronto se hace tarde!
—¿Se siente bien abuelita?
—Sí hijita, creo que me siento mejor que antes.
A mí me da risa y le comento:
—Ay abuelita, ¡es que ya le hacía falta un baño!
—¡Mira Aurorita —sonriendo también, hace el ademán de pegarme—, ahora sí te voy a dar un manazo!
Yo la abrazo y le digo:
—¡No se crea abuelita!, yo le voy a ayudar a lavar sus trastes.
—Está bien hijita, así terminaremos más rápido...
Terminamos de lavar y le digo:
—Vámonos abuelita... le voy a ayudar a cargar su tina.
—¡Está pesada para ti!
—No abuelita, no pesa, nada más ayúdeme a subírmela a la cabeza.
Ella me ayuda... luego caminamos hacia la casa. Llegamos, me quito la tina de la cabeza y ella me ayuda tomándole de un lado y así entre las dos la ponemos en el suelo...
—Siéntate hijita; te voy a dar una taza de atole.
Yo no sé si sentarme o no pues le tengo miedo a mi abuelito. Mi abuelito está sentado a la entrada del patio...
—Siéntate hija —insistió mi abuelita—, ¿o es que ya te quieres ir?
—No, abuelita, no es eso... lo que pasa es que le tengo miedo a mi abuelito.
—No, hija, no te va a hacer nada. Ya ves que cuando pasamos cerca de él, ni cuenta se dio; estaba dormido.
—Está bien abuelita, pero si oigo que viene, yo me salgo corriendo por donde usted tiene el rosal.
—Bueno hija, ten, tómate tu atole.
Ella me ofrece una ollita pero yo no la alcanzo a tomar pues ahí viene mi abuelito... Él me ve y se enoja, yo me paro, pero ya está bastante cerca de la puerta... se está enfureciendo mucho... yo quiero salir pero, ¿cómo?...
Mi abuelita sabe perfectamente que yo le tengo mucho miedo...
—¡¿Qué hace aquí ésta muchacha?! —El viejito ya ardía en cólera.
Mi abuelita se le acerca, lo abraza como para tranquilizarlo y le dice:
—No, no le pegues Higinio, ¡ella también es hija de nuestro hijo!
Mi abuelito trata de zafarse para pegarme con el bordón que lleva y le dice:
—¡Hazte a un lado!...
Yo aprovecho el instante de confusión y salgo corriendo por un lado de ellos; atravieso por donde están los rosales...
Ahora estoy del
otro lado de la cerca... y sigo corriendo, porque aún siento la presencia de mi
abuelito... es como si todavía viniera atrás de mí correteándome con el palo...