Capítulo XI

 

Una Nueva Vida...

 

 

   ...Me quedé profundamente dormida... 

   Empiezan a cantar los gallos. Ahora ya no tengo miedo.

   Permanezco acostada... aunque tengo ganas de levantarme.

   Es curioso... ahora tengo muchas ganas de salir; ya me siento mejor que ayer... pero tengo que quedarme aquí porque si me levanto, mi mamá va a despertar y en la noche dijo que venía cansada...

   ¡No importa!, que al cabo ya va a amanecer...

 

   Luego despiertan todos. Mi papá le pide una cubeta a mi mamá y se va a ordeñar las vacas. Georgina está moliendo el nixtamal. Mi mamá está haciendo tortillas...

   Ahora entra mi papá cargando una cubeta llena de leche con mucha espuma...

   —¡Marina! —ordena mi padre a mi madre—, asa unos chiles rojos y pásame para acá el molcajete.

   —¿Tú lo vas moler? —Preguntó mi madre.

   —Sí, porque me gusta bien remolido.

 

   Aprovecho que todos se encuentran en la cocina y me levanto; ahora ya no batallo para pararme; me pongo mis zapatos y pienso: voy a ir al “Barro” para traer flores y ponerles a la virgencita de Guadalupe y al Sagrado Corazón... y me voy... no me ve nadie...

   Hay unas flores muy bonitas; yo no me había fijado que las flores son bonitas y corto muchas; hay rojas, moradas, blancas... corto de todas. Ya con éstas son suficientes, pienso, y me regreso a casa. ¡Uf, mi hermana ya me está buscando!...

   —¡Ay Aurorita!, ¿dónde andabas?, ¿de dónde traes esas flores?

   —Me escapé —le dije—, fui al Barro y las corté de allí.

   —¿Y para qué las quieres?

   —Son para la virgencita de Guadalupe y para el Sagrado Corazón de Jesús. Pero mira, si yo voy ahorita a la cocina me van a regañar porque ya me levanté. ¿Me traes unos botes con agua?

   —¿Para qué los quieres?

   —Para colocar las flores y que no se marchiten.

   —Sí, ahorita te los traigo.

   Ella se va a traérmelos. Yo no alcanzo para limpiar las imágenes de la virgen y el Sagrado Corazón... ¡Ah, ya sé!, voy a traer una cubeta grande para subirme a ella y alcanzar... Luego tomo dos playeras ya gastadas y con eso voy a limpiarlos. Humedezco una de ellas; empiezo a tallar los cuadros y con la otra voy secándolos... Ahora sí, ya quedaron bonitos. Enseguida tiendo la cama. Con la misma agua que tenía en el bote empiezo a rociar todo el cuarto; huele bien, es como si hubiera llovido...

   —Aquí está el agua —se acerca y me dice mi hermana—, ¿vas a ocupar todos los botes?

   —Creo que sí.

   —¿Quieres más agua?

   —No, de aquí les voy a vaciar a los demás botes.

   —Bueno, como quieras; deja irme, me está hablando mi mamá.

   —Sí, está bien.

   Mi hermana se aleja. Yo estoy preparando las flores; en dos botes voy a poner las flores blancas porque significa pureza; en otros dos pondré rojas porque significa amor; en otros dos voy a poner moradas porque para mí significa luto y amor... ¡Ahora sí!... Sigo barriendo. Quedó muy bonito. Ojalá que también a mi mamá le guste...

 

   Termino de recoger el cuarto; me siento un poquito agotada... voy y me recuesto en la cama; veo las flores que le puse a la virgen y al Sagrado Corazón.

   Se ve bien pero... algo falta... ¿Qué es? Me dije: el blanco es pureza, el rojo es amor, el morado luto y amor... oh, ya sé lo que me hace falta... ¡ahorita me voy y traigo unas ramas de sauce!

   Me paro y me voy caminando hasta donde hay un sauce muy grande y frondoso. Está difícil subir, pero sí voy a poder hacerlo... Ahora empiezo a trepar por el árbol; ya subí hasta donde se encuentran dos horquetas del árbol. Tengo que sentarme aquí porque me siento mareada; está algo alto el tronco, abajo hay pura piedra... Si me cayera de aquí —sonrío para mis adentros—... me rompería la cabeza. Tengo que sentirme bien...

   De pronto, escucho una voz que me dice: Ladéate  sobre el árbol, cuelga los brazos hacia abajo, uno a cada lado de la rama... tranquilízate, nada te va a suceder; ahora respira y piensa: “Estoy bien”. Estás bien, yo te ayudaré... sigue respirando fuerte; ahora deja escapar el aire lentamente...

   Así pasan unos minutos y luego me dice Istig: Ahora ya puedes abrir los ojos; ya estás bien... ¡Gracias Istig por ayudarme!

 

   Ahora abro los ojos; es bastante alta la rama que tengo que subir, es muy lisa pero, ¡podré hacerlo! Lentamente empiezo a trepar por el árbol; ya llegué hasta donde quería y empiezo a cortar las ramas. Ya, con estas son suficientes.

   Empieza el descenso... continúo bajando... ya me queda poco... si brinco de aquí, llego más pronto; voy a brincar de aquí a la piedra. ¡Ya, ya estuvo! Empiezo a recoger las ramas y me regreso muy rápido pues no quiero que mi mamá se dé cuenta.

 

   Estoy nuevamente en la casa; mi mamá todavía no viene para el cuarto; tomo otra vez la cubeta en la que me había subido y empiezo a colocar las ramas en el techo de la casita y a los lados; ahora sí me gusta más... me faltaba el verde que significa la esperanza.

   Ahora sí me voy a recostar. Cuando lo hago, escucho que alguien viene; sí, ya la veo, es mi hermana Georgina. Al entrar al cuarto, sorprendida se queda viendo todo el interior...

   —¿Tú trajiste las ramas? —Me preguntó.

   —Oh, sí.

   —Pero, ¿cómo le hiciste para bajarlas?

   —A lo mejor un pajarito me las trajo —le digo sonriendo.

   Mi hermana mueve la cabeza de un lado a otro; se acerca hasta mí y dice:

   —¡Qué bueno que ya estés mejor!

   —Sí. ¿Sabes?, me sucede algo muy curioso... Es como si yo, no fuera yo.

   —¿Por qué dices eso? —Me pregunta asustada.

   Me incorporo, la abrazo y le digo:

   —No te espantes. Es que... ahora veo las cosas; antes, es como si no las viera. Ahora a todo le encuentro algo bonito. Mira, las flores son lindas, las ramas también lo son y poniendo todo como lo puse... creo que quedaron bien.

   —¡Claro, se ve muy bonito el altar que hiciste!

   —Mira —repuse—, yo le pido a Dios y a la virgencita de Guadalupe que me dé la Gracia de saber el significado del color de las ramas, de las flores blancas, las rojas y las moradas...

   —¡Ay m’hija —voltea y me dice—, yo no sé qué te pasa!, pues yo las veo y no tienen nada; ¡yo no sé qué les ves tú!

   —Tal vez lo que tú no les puedes ver...

   —Bueno, es que, en realidad te quedó muy bonito el altar; las flores también tienen unos colores muy bonitos... ¡Se me olvidaba, ven, vamos rápido!

   —¿Adónde?

   —Es que mi mamá me mandó para que te llevara a la cocina a almorzar.

   —Pero yo todavía no tengo hambre.

   —Ándale, vamos.

   —Está bien, espérame.

   Nos dirigimos hacia la cocina; allí está mi mamá... ya está enojada, por lo que regaña a mi hermana de la siguiente manera:

   —¡Fregada muchacha, yo pensé que también tú te habías ido a dormir!

   —No, lo que pasa es que estaba convenciendo a Aurora para que viniera.

   —¿Por qué hija —me pregunta—, todavía te sientes mal?

   —No mamá, ya estoy bien.

   —Ándale pues, siéntate para que almuerces.

   Yo como que no tengo ganas y le digo:

   —Mejor deme un poquito de té.

   —Sí m’hija. ¿No quieres un taquito de chile?, mira, lo hizo tu papá, está bien bueno.

   —Está bien, voy a agarrar un taco.

   Tomo una tortilla y le pongo chile; me empiezo a comer el taco pero no me lo termino; me salgo y se lo doy al perro; luego entro y comienzo a tomarme el té; está sabroso...

   —Mamá —le pregunto—, ¿hoy no va a salir?

   —Sí hija, voy a llevarle de comer a tu papá.

   Me retiro, pues tengo ganas de un limón con sal; voy y paso cerca del limón pero no me detengo a cortarlo, bajo hasta el río; ahí busco un lugar para sentarme... ¡Ahhh, qué a gusto estoy! De pronto, hay algo que me llama la atención: ¡Es el eco del agua! Yo cierro los ojos y me quedo oyendo el sonido que produce el agua al correr. Es tan tranquilo... nunca lo había apreciado así... es tan bonito... ¿Por qué antes nunca lo aprecié?... No importa.

   El sol calienta bien. Creo que el agua está buena para bañarse. Ahorita voy y traigo un jabón y un estropajo además de un peine...

   Me voy lo más rápido que puedo a casa, tomo las cosas y me regreso; hay una pilita que forma el tepetate, allí me gusta para bañarme, creo que no hay nadie alrededor, sí, aquí me meto a bañar... ¡Qué sabrosa está el agua!... Ahora me tallo el cuerpo y la cabeza. Me da mucha tristeza al notar que tengo muy poco pelo.

   Ahí me quedo recostada; todo mi cuerpo está cubierto por el agua, sólo mi cabeza se encuentra afuera del agua...

   Ya es tarde... debo salirme del charco de agua porque luego me empiezan a buscar pero, no traje nada para ponerme, si me ven que llego mojada se van a enojar... Sigo pensando: Si me recuesto sobre una piedra caliente se me secará pronto la ropa. Sí, así lo voy a hacer. Me recuesto sobre una piedra; está bastante caliente... así pronto se me va a secar la ropa. Con mis manos, sobre la frente hago sombra para mis ojos y me quedo viendo hacia arriba; hay pocas nubes, cada nube tiene su gracia; es como si en cada una de ellas se encuentra una figura, es como si jugaran entre ellas, se mueven; si los demás se fijaran... tal vez lo notarían.

   Las nubes se mueven formando distintas figuras. ¡Qué hermoso es el firmamento! Nunca me había dado cuenta lo bello que éste es. Mi ropa está ya casi seca... ¡Ahh si pudiera ver más esas nubes!...

   Ahí viene mi hermana hablándome. Debo pararme rápido para que no vea que he estado exponiéndome al sol; se acerca y me dice:

   —¿Desde a qué horas te viniste?

   —Desde que mi mamá se iba a ir.

   —¿Todo ese tiempo te has estado aquí?

   —Sí, mira, yo no te quería decir pero sé que no te vas a enojar conmigo.

   —¿Por qué, qué hiciste?

   —Me metí a bañar y me estuve ahí acostada en el sol.

   —A ver si no te hace daño... Pero no le digas a mi mamá porque ella sí se enoja y te pega.

   —No, no le voy a decir.

   —Vámonos; ahí están las muchachas para jugar con ellas.

   —Como que no me siento a gusto con ellas.

   —¿Por qué?

   —No sé; no me gusta como usan a las muñecas.

   —¿Por qué, qué hacen?

   —Ellas alzan las muñecas, les hablan y les dan pecho; y a mí eso no me gusta.

   —Pues, entonces no juegues con ellas.

   —Además, me dan miedo las muñecas...

   Pero, algo me dice que tengo que jugar con ellas y sigo diciéndole a mi hermana:

   —¡Ya sé!, mira, si ellas juegan con las muñecas, yo puedo jugar con otra cosa.

   —¿Pero, con qué?

   —Mira, ven; si nos metemos al agua y te fijas adentro del agua. ¿Aquí, qué hay?

   En donde va la corriente se lleva toda la arenilla y deja nada más piedritas.

   —Ayúdame... vamos a recoger piedritas; puras piedritas que estén lisitas y de preferencia que sean blancas.

   Empezamos a recoger las piedritas. Minutos después, volteo hacia ella  y le pregunto:

   —¿Cuántas has recogido “Geo”?

   —Un puño; ¿y tú?

   —Yo también... creo que ya es suficiente.

   —Pues vámonos porque las muchachas se van a ir.

   —Sí, vámonos.

   Voy muy contenta... ahora llegamos; todas nuestras amiguitas están jugando; mi hermana muy feliz les dice:

   —¡Ahora sí va a jugar Aurora con nosotras!

   Se acerca Juanita y me pregunta:

   —¿Cuál muñeca vas a querer?

   —No, ninguna —le respondo.

   —Entonces, ¿cómo vas a jugar?

   —A mí no me gusta ser mamá de las muñecas; por eso yo pensé, si ustedes son las mamás de las muñecas; mira, cuando las mamás tienen a sus hijitos, ellos se enferman y la mamá los lleva al doctor, y el doctor les da pastillas o inyecciones... mejor yo soy su doctor y cuando sus muñequitas se les enfermen me las traen y yo se las curo.

   Ellas se quedan muy sorprendidas y me dicen:

   —Y, ¿de dónde vas a agarrar las pastillas?

   —Miren, ¿ven estas piedritas que recogimos?, pues si sus muñecas son muñecas y no comen, cada piedrita de estas la haremos pasar como una pastilla.

   —No habíamos pensado en eso.

   —Bueno, pues entonces ustedes se van a jugar y yo aquí me siento; miren, esta parte de aquí para acá va a ser mi farmacia; ayúdenme a poner esta tabla aquí pues va a ser el mostrador. Ahora préstenme unas tacitas para colocar las piedritas ahí... se supone que son distintas pastillas.

   —Bueno —dijo Georgina—, entonces vamos a decirle a las demás.

   Ahora viene una de ellas; se llama Lourdes y me dice:

   —¡Buenos días doctora!, le traigo a mi niñita enferma.

   —Está bien, pase conmigo, se la voy a revisar; usted espere afuera por favor.

   Luego de unos momentos, salgo a buscarla y le digo:

   —Su hijita está bien.

   —¿Qué es lo que tiene? —Voltea y me pregunta.

   —Trae una pequeña infección, pero no se alarme... le va a dar una pastillita de estas tres veces al día: una en la mañana, otra al mediodía y otra por la noche.

   Después de atenderle su muñequita a mi amiga, le digo a mi hermana Georgina:

   —Ya me aburrí de jugar, me meteré a la casa.

   —Sí, como tú quieras.

   Pero no, la verdad es que no estoy aburrida; llego y me acuesto porque siento mucho calor... tengo la cara muy roja y siento las manos muy calientes; no puedo pararme. ¡Dios mío creo que voy a enfermarme otra vez!, ¡ya no quiero enfermarme!...

   Se hace de noche y me quedo dormida...

   Después de mucho rato despierto; veo que todos se encuentran dormidos. Tengo mucha sed... Tengo que levantarme a tomar agua pero me da miedo ir hasta la cocina, además, no debo despertar a nadie...

 

   —¡Eh!, ¿quién está ahí? —pienso en voz alta—... “Adió”, ¿será que estoy delirando?...

 

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