Así he estado durante varios días.
Una noche, estando todos dormidos, yo percibo un aroma que para mí es muy conocido; es una sensación muy agradable, es como si alguien me llamara, pero, yo no puedo pararme; todos están muy dormidos, la puerta se abre sola... ¡Sí, ahí está, es Istig! y me dice:
—¡Hola pequeña! ¿No te dije que no quería que te sintieras mal?
—¿Y qué quieres que haga?
—Por ahora, nada más que mires mis manos.
—¿Yo?, ¿me vas a aliviar?, ¿tú crees?
Él levanta sus manos un poco, las mueve muy lentamente, ahora de sus manos brota una luz blanca pero esta vez no es muy fuerte, siento un calorcillo muy agradable... minutos antes todo mi cuerpo me dolía, ahora ya no me duele y él me dice:
—Es suficiente; ¿ahora te sientes mejor?
Mientras me dice eso, baja sus manos, se acerca a mí de una manera inexplicable... pues no le veo dar paso alguno, siendo que se encontraba a varios metros de distancia. Los miembros de mi familia están acostados en el suelo pero él pasa sobre ellos y no los lastima, ¡es como si flotara en el aire!
—¡Hola pequeña! —me saluda nuevamente—, ¿ahora sí te sientes mejor?
—Sí.
—Quiero decirte una cosa —prosigue Istig—; mis visitas a ti serán más retiradas. Tú quieres irte de aquí, pero aún no es tiempo. Te quiero mucho; pero te voy a decir una cosa: quiero que aprendas a valorar lo que en Tierra hay, si lo ves de un lado agradable, la Tierra es bonita.
—¡No es como donde ustedes están!
—Por favor, no hagas comparaciones; el Todopoderoso a cada planeta le dio lo suyo. Aquí también es hermoso, existe el sol y la Tierra, existe el agua y el aire; les dio cosas muy hermosas que no saben valorar, nunca hagas comparaciones de un lugar y de otro, es por eso que siempre están pensando en estar allá con nosotros. Ahora te vas a sentir bien. Por un tiempo vas a olvidar todo lo que te hace daño y serás feliz, jugarás con estos niños que están aquí, te gustará hacer compañía con ellos, yo te digo que todo te gustará, en todo verás la grandeza Divina, en todo descubrirás algo que no habías descubierto. Busca algo, pues solamente tú lo podrás descubrir en el agua y en las flores, en las nubes y en los cerros y verás todo de otra manera, olvidarás por unos días aquél lugar a donde te he llevado y harás de cuenta que nada más éste lugar has conocido. ¿Estás de acuerdo?
—Como tú digas Istig.
—Muy bien, desde mañana empezarás a dejar esta cama, te sentirás débil, pero no tanto como para no pararte, pasarán tres días que te vas a sentir así, luego, serás otra niña completamente diferente, vas a jugar con los demás, te la vas a pasar bien... ahora, te daré un poco más de energía y después vendré a darte más para que puedas realizar tu vida nueva; ¡hasta pronto pequeña!
—Ajá; hasta pronto.
Istig ya se fue; y yo duermo plácidamente esa noche...
Ahora amanece. Ya no me siento cansada... ya no estoy como estaba. Mi hermana se levanta, me abraza y me pregunta:
—¿Cómo estás Aurora?
—Bien.
Luego me dirijo a mi mamá diciéndole:
¾Quiero salir.
—No hija, todavía ahí estate. Te vamos a llevar a que te sigan inyectando.
—No, yo ya no quiero que me inyecten.
—Sí, te tienen que poner todas las inyecciones que dio el doctor.
—No, yo ya puedo pararme, además, esas inyecciones no me están sirviendo para nada.
—Si no te sirvieran no te podrías parar —replicó mi madre.
—No, por favor, ya no me lleven a inyectar; mire, si ya no me las ponen, va a ver usted que ya no las necesito.
—Está bien; vamos a dejar de inyectarte por dos días, pero si sigues mal, te voy a llevar de vuelta.
—Sí, está bien... pero quiero salir a jugar.
—No, ahí quédate.
—Cuando usted se descuide yo me voy a salir.
—¡Ah que condenada escuincla!, ¡mira Georgina!, tú me vas a cuidar a esta niña, para que no se salga.
—Sí mamá.
—Yo me voy a ir a Torreón —dice mi madre—, haber qué traigo para que coman.
—Está bien.
Mi mamá empieza a peinarse... se cambia; viste también a Claudia y luego se marchan. Nos quedamos solas; Ponciano y Sabino también se retiran. Eusebio está pequeño, él no dice nada; mi hermana se envuelve y me pregunta:
—¿Tienes frío?
—Sí Georgina; ¿me llevas allá donde está dando el sol?
—Sí, déjame alzarte.
—No, ya puedo caminar.
—No, porque luego te caes.
—Nada más dame una mano —dije a mi hermana—, y yo solita puedo llegar hasta allá.
—Está bien, vamos.
Llegamos hasta donde está dando el sol... ahora ya no me duele nada, únicamente me siento un poquito débil; mi hermana se va a retirar y me ordena:
—Aquí me esperas; no te vayas a parar; voy a traer unos joconoxtles agrios, ¿no se te antojan?
—Sí.
—Bueno, aquí me esperas.
—Sí, no te tardes.
Mi hermana se va corriendo... llega hasta donde va a traer los joconoxtles; de aquí a donde ella está cortándolos yo la alcanzo a ver bien. Ya me siento mucho mejor; el sol se siente muy calientito; empiezo a sentir mucho sueño...
...Tal vez me dormí, porque de pronto siento que alguien me está moviendo; es mi hermana que me dice:
—Te quedaste dormida.
—Sí... ¿Me quedé mucho tiempo dormida?
—Pues algo; ¡mira lo que te traje!
Ella sostiene un plato lleno de joconoxtles; todos están pelados y partidos en cuatro gajos; toma uno, le pone sal y me lo ofrece diciendo:
—Come... están sabrosos.
A mí se me antojan y empiezo a comer; termino uno y me dice:
—Toma otro.
—No, ya con este; si tu ya no quieres, guárdalos y después nos los comemos.
—¿Prefieres estar un ratito más en el sol o nos vamos a una sombrita?, porque ya está caliente.
La verdad es que yo no lo siento caliente...
—Mira —insiste mi hermana—, si gustas te hago un columpio en el capulín para que te sientas bien, ¿o te quieres acostar?
—No, mejor... ¿sabes qué?, llévame al limón, ahí da el sol y la sombra.
—Sí, está bien, pero está retiradito para que te vayas caminando; ¿quieres que te lleve alzada?
—No, vámonos caminando.
—Bueno, pero muy al pasito...
Llegamos, y me acuesto ahí en la piedra donde siempre lo hacía.
—Voy a recoger unas guayabas —dijo Georgina.
—Sí, está bien.
Ella se pone a recoger las guayabas...
De pronto, claramente escucho en mi mente, la voz de mi amigo Istig que me dice: “Recuerda que desde hoy vas a hacer una nueva vida...”
—Haré lo posible por sentirme bien —le contesté.
Minutos después regresa mi hermana... trae muchas guayabas.
—¿Aurora —me pregunta—, estás dormida?
—No, ¿quieres que nos vayamos para la casa?, ¿vas a hacer algo allá?
—Sí, voy a asear la casa y voy a hacer tortillas para que cuando vengan los muchachos haya qué comer.
—Está bien, vámonos.
Me voy sosteniendo en las piedras; llegamos a la casa y me dice:
—Ahora sí m’hija, aquí te estás acostada, yo voy a moler poquito nixtamal, luego haré unas tortillas y me vengo contigo.
—Sí, está bien.
—No te vayas a levantar.
—No, aquí te espero...
Pasa el tiempo... cae la tarde y luego se hace de noche; llega mi mamá y dice:
—¡Georgina, ya vine!, ¿no dejaste salir a Aurora?
—No —respondió mi hermana.
—¿Qué hicieron todo el día?
—Aquí nos estuvimos encerradas.
—Bueno, ¿ya llegaron tus hermanos?
—No, todavía no llegan. ¡Ah, mire!, allá vienen bajando por el arroyo.
—Qué bueno, para que les des de cenar. Oye... ¿ya no se puso mala tu hermana?
—No; estuvo bien.
—Déjame ir a verla...
Mi madre se acerca al lugar donde me encuentro y me dice:
—Ya vine hija, ¿cómo estás?
—Bien.
—Qué bueno... si sigues así, ya no te voy a inyectar. Ya me voy a acostar porque vengo muy cansada.
Ella se aleja para enseguida acostarse. Yo también trato de dormirme.
De pronto, pasa algo... se escucha un ruido muy extraño... es como si en el aire se oyeran cadenas... Sí, son ruidos de cadenas; a mí me da mucho miedo... los perros empiezan a aullar; se oye un grito muy feo; a mí me da mucho escalofrío, ese grito parece que venía del río, me quedo poniendo atención...
Pasan unos cuantos segundos y se vuelve a oír otro alarido pero ahora ya va más retirado...
Ya no se oye... pasa un rato más y...