Capítulo IX

 

¿Otra vez trae a la niña?

 

 

   Georgina me ofrece algo de comer y yo como... pero muy poquito.

   Estoy demasiado delgada.

   Mi madre me sienta en sus piernas y comienza a peinarme. Mi mamá se sorprende al ver que casi todo el cabello que jala con el peine, ahí se queda; quita el pelo del peine y me sigue peinando. Nuevamente todo el pelo se queda ahí...

   Me queda tan poco pelo...

   Ella me hace una trenza y ésta, queda muy delgadita.

   Mi mamá está muy triste por mi estado de salud y me dice:

   —Te voy a llevar de nuevo al doctor —rompe en sollozos y continúa diciéndome—... Pobrecita de mi hija, estás tan flaquita. Y ahora todo tu pelo se te está cayendo. Tu papá no ha venido, tiene tres días que no viene... pero no le hace que no venga, yo te voy a llevar al doctor.

   Pasa esa noche...

   Al día siguiente, muy tempranito, pues todavía está muy oscuro, escucho a mi madre que está despertando a todos; yo trato de incorporarme, tengo ganas de llegar hasta el limón pero no puedo dar un paso siquiera. Yo pienso que estando allí será más fácil para Istig venir a mí... pero, es imposible... no puedo...

   Ahora entran mi mamá y mi hermana; Georgina me alza; mi madre me cubre con una cobija y salimos del cuarto; yo tengo los ojos muy hundidos, mi cuerpo es demasiado delgado... Mi cabeza ya casi no tiene pelo.

   —¿Adónde vamos? —Preguntó mi hermana.

   —A la cruz roja —contestó mi mamá.

 

   Cuando llegamos al hospital, es el mismo doctor que me había atendido quien nos ve entrar y le pregunta a mi mamá:

   —¿Otra vez trae a la niña?

   —Sí doctor.

   —Dígame, ¿qué síntomas tiene?

   —Tiene mucho frío; ella dice siempre que se está congelando; se pone muy morada de la mano izquierda y el lado izquierdo de su cara se le hincha mucho.

   —Vamos a examinarla —dijo el doctor—, es curioso, la última vez que la trajo, se la llevó muy bien; vamos a ver ahora qué es lo que tiene. ¿No será que la olvidan mucho tiempo?

   —Siempre estamos ahí —responde mi madre.

   —¿Dónde es ahí? —Interrogó el médico con ironía.

   —¡Donde ella está acostada!

   —La vamos a dejar aquí de hoy para mañana, a ver cómo reacciona —dijo el doctor.

   —Sí doctor; entonces, ¿me puedo ir y regresar mañana? —Dijo mi madre.

   —¿Hay alguien más con usted?

   —Nada más esta niña, doctor —y señaló a mi hermana.

   —Sería conveniente que usted se quedara pero, si no puede... váyase, mañana regresa para ver cómo sigue ella.

   —Sí doctor.

  

   Mi mamá se va; a mí me gustaría decirle que no se fuera o que me llevara con ella pero, no, no puedo hacerlo. El doctor prepara unas agujas, ordena que me pongan un suero; en el suero está poniendo una inyección; el suero está cayendo gota a gota, el doctor revisa mi mano, mueve un poco más la aguja y la asegura con unas telas; ahora, me toma de la cabeza, me observa detenidamente y enseguida sale.

 

   Ahora me encuentro sola pero no importa, yo quiero estar sola. Si Istig viniera yo me aliviaría rápido... bastaría con que él moviera sus manos. Con sólo ver su luz me sería suficiente pero él no viene... Así pasan los días...

 

   El suero no da ninguna reacción favorable a mi cuerpo...

 

   —Doctor —dice mi mamá—, mejor me llevo a mi hija pues no tiene caso que la tenga aquí.

   —Su hija está muy mal —contestó el doctor—, ¿quién la va a estar atendiendo?

   —Pues yo doctor; si usted me da algunas medicinas, me voy a encargar de cuidarla.

   —Está bien, señora pero, ¿por qué no puede dejarla aquí?

   —Porque estará mejor cuidada allá. Tengo más hijos.

   —¿Cuántos hijos tiene señora?

   —Tengo diez.

   —¿Son mayores o menores que la niña?

   —Son cuatro niños más chicos.

   —Bueno, se va a llevar la niña pero me la va a estar trayendo para ver cómo sigue. Recuerde: no debe darle a beber agua, debe tratarla con mucho cariño y ponerle mucha atención.

   —Sí doctor, ¿cuánto le voy a deber?

   —No, no es nada señora. Llévesela y cuídela mucho; acompáñeme tantito por favor, le daré algunos medicamentos para que se los esté suministrando, perdone ¿sabe usted leer?

   —Sí doctor.

   —Bueno, en esta receta le voy a anotar cómo debe tomar las medicinas. Mire, estas son inyecciones, le va a poner una por la mañana y otra por la tarde.

   —Sí doctor.

   —Puede llevársela.

   —Muchas gracias por todo doctor.

   —No tiene nada qué agradecer, que les vaya muy bien.

 

   Regresamos a casa y yo le digo a mi hermana Georgina:

   —Déjame un ratito en el sol, por favor.

   —Sí, pero te voy a poner una cobija y una almohada para que estés más a gusto.

   —Está bien.

   Así pasa el tiempo...

 

   Un día de esos, se acerca mi madre con un plato de caldo de pollo, me ruega que coma pero no quiero; se sienta cerca de mí, me toma por los brazos y me recarga en su cuerpo; ahora, toma la cuchara y empieza a darme un poco de caldo y dice:

   —Toma, hija, te vas a poner bien. Ten, trata de comer una tortilla con tu caldito.

   —No mamá, nada más un poquito de caldo, siento la garganta demasiado seca.

   Batallo un poco para pasar el caldo; poco a poco voy pudiendo tomar algo del caldo...

   —Ya es muy tarde —dice mi madre—, y es hora de llevarte a inyectar.

   —¿Quién me va a inyectar?

   —Te vamos a llevar a Santa Bárbara; te va a inyectar la madre Victoria.

   —Está muy lejos.

   —No importa hija, te vamos a llevar.

   Nuevamente, mi hermana me carga en sus brazos; llegamos a Santa Bárbara. Me inyectan y siento que todo me da vueltas; veo todo borroso, ahora, ya no sé más de mí...

   Así duro más o menos media hora; empiezo a reaccionar, mi hermana está sentada cerca de mí, me tiene tomada de la mano; entra la madre Victoria y dice:

   —Estoy muy preocupada, ¿no ha vuelto en sí tu hermana?

   —Sí madre —contestó Georgina—, ya abre los ojos.

   Yo volteo a ver a la madre, le sonrío muy débilmente y le digo:

   —Estoy bien, madre, muchas gracias.

   —Qué bueno hijita —y dirigiéndose a mi hermana—, dime, ¿te llamas Georgina, verdad? ¿Quieres quedarte aquí con tu hermanita?, para que no vayas y vengas diario.

   —No, madre, porque mi papá se puede enojar.

   Mientras la madre le pregunta esto a mi hermana, mueve un té que lleva en una olla con una cuchara, ahora se pone un poco de té en la mano y dice:

   —Ya está bueno, dáselo poco a poco con la cuchara.

   Mi hermana toma la cuchara y la olla, cerca de donde yo estoy se encuentra un buró, allí coloca mi hermana la olla y la cuchara; se para, me toma a mí por la espalda, me acomoda las almohadas dejándome casi sentada; luego toma la olla y la cuchara y me ofrece poco a poco el té; está calientito y me cae muy bien...

   —Es un té de yerbabuena —me dice—, toma más.

   —Ya; ya no quiero.

   —Bueno, pues entonces ya nos vamos.

   —Pero —le dije—, ya no me cargues, yo me quiero ir caminando.

   Y... la verdad es que no... no puedo caminar. Definitivamente ella me alza, le da las gracias a la madre y nos retiramos.

   Está algo lejos la casa... Ella camina y camina conmigo en sus brazos...

 

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