Cuando despunta el alba... mi hermana toma un rebozo de mi madre, va a donde yo estoy y me alza; en ese momento entra mi madre y le pregunta:
—¿Adónde vas?
—Voy a llevar a Aurora con las madres.
—¡Espérame, yo voy contigo!
Ahora vamos Georgina, mi mamá y yo...
Llegamos con la madre Victoria; ésta se disgusta con mi progenitora en cuanto la ve y le pregunta:
—¿Por qué no vino ayer?, ésta criatura —refiriéndose a mi hermana—, estuvo con la niña hasta muy tarde esperándola. Le tuve que poner una inyección a Aurorita, pero no reaccionó. Yo le pedí a ésta niña que se quedara, pero ella insistió en irse con usted... Bueno; mire señora, su hija está muy delicada, no quiero asustarla, pero creo que está enferma del corazón. La va a llevar al centro y allá busque a éste doctor —le entregó un papel—. Se llama Luis Manuel; le dice que va de parte mía... él la va a ayudar; pídale que le diga dónde puede llevarla para que le saquen unas placas y así estar completamente seguras de lo que tiene.
—Sí madre —contestó mamá Marina—, está bien.
—Anda hijita —le dijo la madre—, ahora vete y no descuides la salud de tu hija.
Nuevamente mi hermana me toma en sus brazos; vamos hacia donde está el camión; nos subimos, así como otras personas más; el autobús inicia su marcha, pasa por donde hay una presa muy grande y, en ese momento siento que mi cuerpo se convulsiona...
—¡Mamá! —grita Georgina asustada— ¡Mire, mire cómo está Aurora!...
La gente que está cerca del asiento donde vamos se para y se acerca donde estamos.
—¡Jesús —exclaman los mirones—, su hija se le está muriendo!
El señor que conduce el camión se detiene, va hasta nuestro asiento y pregunta:
—¿Qué tiene la niña?
—¡Está muy enferma! —Contestó mi mamá.
—¿Cuántos días tiene así? —Insiste el chofer.
—Dos días... ¡pero se está convulsionando!
—¡Vuelvan todos a sus lugares! —Ordenó— ¡Ahora me voy a ir más rápido para que ésta señora pueda llevar a su niña al doctor; ¿a qué lugar la piensa llevar?!
—Me dieron este papel para que la llevara con este doctor —mi madre le mostró el papel al chofer.
—¡Pero —gritó el chofer—... esto está hasta Lomas! Bueno... no estoy muy ubicado pero este lugar está muy retirado del centro; su niña está muy delicada; ¡Mejor llévela a la cruz roja, pierde menos tiempo!, según lo que le digan allá sabrá si busca a este doctor o no.
—Está bien señor.
—Mire, yo siempre llego nada más a La Línea; pero como éste es un caso urgente yo mismo la voy a llevar a la cruz roja.
Ahora el señor conduce más rápido, demasiado rápido hasta que llega a su terminal. Los usuarios del autobús bajan del mismo; las personas que están en espera de utilizar el servicio le preguntan:
—¿Ya va a salir?
—No, espérenme un poquito más... ¡Ahorita doy la vuelta!
Amablemente el señor que conduce el camión nos lleva casi volando a las instalaciones de la cruz roja. Cuando llegamos, el señor nos ayuda a cruzar la calle y le dice a mi madre:
—¡Corra, aquí las espero! Si va a regresar ahorita, viene y me dice para esperarlas y regresarlas.
—Sí señor —contestó mi mamá—, ¡muchas gracias!
Mi madre entra conmigo en brazos y muy deprisa al hospital a donde le pregunta un señor vestido de blanco:
—¿Qué tiene su niña?
—No sé —contestó mi madre.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Dos días.
—¡Qué barbaridad!, recuéstela en esa cama y descúbrala.
El médico se coloca algo en los oídos, a mí me pone la otra parte en el pecho; me busca... Ahora me voltea un poco y me busca sobre la espalda.
—Su niña está muy mal —se dirige a mi madre.
—¿Nos vamos a ir hoy, doctor?
—Mire señora, voy a ponerle esta inyección; creo que hay que hacerle unos estudios.
—Está bien doctor.
—Puede salir y sentarse —la invita a pasar a la sala de espera—; yo le aviso cuando su niña esté mejor. Perdone... ¿cómo se llama su niña?
—Aurora Molina.
—¿Su otro apellido?
—Barraza —dijo mi madre.
—Muy bien —el médico hizo unas anotaciones—; haga favor de esperar allí afuera.
Ahora, el doctor se acerca; me abre un ojo, enseguida el otro; mueve la cabeza, está sorprendido; empieza a oprimirme el pecho al tiempo que me aprieta. Me duele mucho, es como si tuviera una cortada ahí...
Ordena que me lleven a otro lugar; me conducen... al llegar al otro cuarto, me paran sobre un fierro. El doctor me ordena:
—No respires.
Yo no puedo respirar; hay dos señoritas que me detienen. El doctor les ordena que me detengan bien. Se oye algo... Ahora dice:
—¡Ajá!, acuéstenla sobre la camilla y la conducen a una sala.
—Se ve muy mal esta niña —ellas están platicando—, es como si ya estuviera muerta.
Me dejan allí. Se van... Después regresa el doctor; me amarra una liga en el brazo, me sacan sangre en una jeringa y comentan entre ellos:
—¿Cree usted que se ponga bien doctor?
—No sé. Se ve muy mal. Por favor que se hagan rápido éstos análisis.
—Muy bien doctor.
Se salen y me dejan sola...